Lecturas Perjudiciales

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Las horas derramadas (Extracto)

In Novela, Uncategorized on 2 abril, 2017 at 3:00 PM
Restos del templo del dios Cánope en la Villa Adriana de Giambattista Piranesi

Restos del templo del dios Cánope en la Villa Adriana de Tívoli. Por Giambattista Piranesi.

Por Pablo Hernán Di Marco

Atravesó la ciudad hasta llegar a la vieja estación de trenes, ahora abandonada.

El tiempo trata muy mal a ciertos lugares, pensó comparando esas paredes húmedas, las vigas desprendidas y el oxidado techo de chapa con la moderna maquinaria que acababa de dejar atrás.

Cruzó el terraplén. Entró caminando sobre la basura y se derrumbó en un banco de madera al costado del andén. Más allá de las vías oxidadas, los rascacielos se perfilaban a través de esos agujeros bordeados de vidrios rotos que habían sido los ventanales.

Oyó un ruido: más allá, el perro hurgaba en las bolsas desbordantes de desperdicios. En su larga caminata, lo había olvidado. Por primera vez lo sintió un lastre. Que se marchara, que no lo persiguiera más. ¿Qué quería este animal de él? El perro habrá advertido sus pensamientos, porque dejó la basura y se mantuvo alejado, expectante.

Las horas volvieron a desligarse de la realidad durante el tiempo que Gabriel pasó en la estación, mal resguardado por lo que quedaba de los techos.

Vivió días —acaso semanas— enredado en un sueño opresivo. Por momentos se sintió insolado, con el cuerpo empapado en transpiración caliente, y otras veces el frío lo hacía tiritar.

Una noche…

… estás muriendo, estás muriendo…

… creyó que el corazón se le detendría. Intentó mover un dedo, separar apenas los labios, pero el sueño y el cansancio lo cercaban.

… ya estás enterrado, tal vez estás rodeado de tierra seca y no debés hacer más que descansar… y esperar… y morirte…

—Soy un viejo —dijo—, tengo derecho a morir. Tal vez oiga voces y alguien rece por mí. Pero… ¿quién?

Y la esperanza de no despertar se disipó: su corazón volvía a latir, pudo mover apenas los dedos de las manos.

Una mañana, al abrir los ojos, no supo dónde estaba. Pestañeó débilmente y sintió los párpados mojados. ¿Habría llorado sin darse cuenta?

Enderezándose con dificultad alcanzó a ver, más allá de las vías, los gigantescos edificios acribillando el horizonte. Se palpó los brazos, los notó delgados. Tocó su piel bajo la ropa, y creyó que el cuerpo se le había vuelto de cartón. Intentó levantarse, pero las piernas flaquearon. Volvió al banco, sus manos temblorosas midiendo la distancia. Jadeaba, tomaba aire con la boca seca.

Su mente vacía, agotada, se esforzaba por hilar, por ordenar las ideas. Se le ocurrió que apenas era un gastado títere a merced de los caprichos de un niño violento.
Oyó un ruido a plástico. En esa mancha que se acercaba cargando una bolsa de basura le costó reconocer a su perro. Soleado separó con los dientes unos huesos de pollo y los dejó sobre el banco. Sin importarle la baba, Gabriel peló los huesos.

Más rata que títere, se dijo sonriendo con tristeza. Soleado le lamió los dedos y se durmió a su lado.

Al otro día, Gabriel pudo ponerse de pie y recorrió vacilante la estación. Entró en uno de los baños, abrió una canilla, de la que milagrosamente salió agua, y bebió de a sorbos. No sentía asco ni de la mugre ni de las cucarachas que lo sitiaban.

Durante semanas rejuntó alimentos de entre las sobras, que compartía con Soleado.
Se iba sintiendo menos débil. No lograba contener el temblor, pero al menos podía moverse sin miedo de partirse un hueso.

Recuperaba el ciclo de sueño y vigilia, ocupaba las tardes recorriendo los alrededores de la estación junto a Soleado o mirando las palomas que anidaban en las canaletas de chapa. Dormía al aire libre, la vista perdida en las nubes, escuchando el ulular de los búhos.

Una noche de lluvia, en la que debió refugiarse dentro de la estación, le vinieron a la mente aquellas palabras de Antonio: “A los vagabundos los tienen escondidos, alejados. La noche en la ciudad es peligrosa para usted”.

Palabras más, palabras menos, se repitió la frase por lo bajo. Y recordó al hombre de gris, el hombre del garrote: “Acá no necesitamos mierda. No te busqués problemas. Desaparecé. ¡Desaparecé!”.

Decidió abandonar la estación. Aguzó los ojos inflamados y divisó el perfil de la ciudad bajo un cielo púrpura. Calculó que, caminando lento y tomando pequeños descansos, en pocas horas podría volver al corazón de esa Babel.

Había vivido por décadas como un cobarde, dándole la espalda a la vida y a la muerte. Ahora, solo por una vez, quería animarse a mirarlas a los ojos.


Pablo Hernán Di Marco: autor de las novelas Tríptico del desamparo (ganadora de la XIII Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”), Espiral (finalista del XIX Premio Novela “Ciudad de Badajoz”), y Las horas derramadas (ganadora del XXI Certamen Literario “Ategua”), recientemente publicada en España por Editorial Trifaldi.

Desde Buenos Aires, vía internet trabaja como corrector de estilo para cuentos y novelas.

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