Música para levantar muertos – Capítulo XIII

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

No lo vio llegar, pero sintió el peso de una mirada conocida. Catalino colocaba una botella de aguardiente con seis tinteros en una bandeja ajedrezada. Volteó la cabeza y lo vio allí, masticando como una cabra, despacio, moviendo mecánicamente su mandíbula sin dientes. Se miraron sin sorpresa, los viejos amigos no necesitan muestras efusivas de afecto, se saludaron con sus miradas sin decir palabra. El tabernero ofreció una cerveza en silencio y el otro la tomó para vaciarla en un trago, luego sacó una empanada de la bolsa que traía, mordió con dificultad y regresó a su masticar lento.

Los diminutos ojos del visitante se posaron en todas partes. Vio las mesas concurridas con licor abundante, pero notó que el murmullo de la gente ganaba a la música —qué descuido— nadie bailaba en la pista, sólo un borracho, hablando consigo mismo, patinaba tratando de bailar algo —imperdonable—. Allí fue cuando descubrió que la música desentonaba con el sitio, lo que sonaba era melodía de cantina: Como alumbraba el farol/ aquella noche que te vi por vez primera./ Eran sus ojos un sol y su sonrisa florecía en la primavera./ Hoy sólo queda de ayer/ entre la bruma fría y sonriente de los años,/ más que pesares y desengaños,/ pero en mi angustia te quiero más. Era El caballero gaucho quien se lamentaba y agitaba las almas dolorosas, estrujaba con fuerza corazones ya rotos, desencadenaba recuerdos amargos y provocaba el llanto en los clientes solitarios, indisponiendo a las parejas —Esto debe cambiar ahora mismo—.

No duró mucho el reencuentro, al momento arrugó la bolsa de papel mantecosa con una mano y con la otra levantó la tabla que da acceso a la barra y se adentró hasta los toca discos, un espacio cerrado y pequeño: la cabina de mando. Alrededor discos, botellas, vasos, tinteros, cuadros, fotos, dos platones con agua para lavar los cristales, dos trapos rojos para secar y limpiar, una mata de ruda metida en un botellón con agua, un revólver 38 largo nuevo tapado con papel periódico, el dinero de los pagos regado en un cajón de madera, estampitas de santos y vírgenes pegadas con alfileres, cajetillas de cigarrillos y de fósforos, cuatro velones casi nuevos alumbrando en cruz un rincón,una pequeña olla arrugada con un colador de tela adentro y varias papeletas de café arrumadas al pie y sobre todo, discos, discos y discos que la mirada abarcaba pero no podía contar. El recién llegado se sintió como en un altar.

Catalino salió a dejar un pedido. Desde una mesa, donde lo invitaron a tomarse un trago, miró cómo el hombre tras la barra se familiarizaba con el lugar, ahora estaba con el trapo rojo limpiando las tablas pulidas de la barra, sacudiendo discos y cuadros, lo vio detenerse por un instante en la foto matrimonial de José Joaquín y Serafina, lo vio esculcar, sacar y meter discos de los anaqueles, hasta que se decidió por un LP y sin remordimiento cambió la música. A la mesa donde estaba Catalino llegó el canto amoroso de Panchito: Por no saber pensar,/ hoy estás en la desgracia,/ el vicio te ha arrastrado hasta hacerte infeliz,/por no saber pensar hoy vas sin rumbo cierto…/ Vive tu vida loca llena de incertidumbres…/Vive tu vida paria digna de compasión…/A mí poco me importa lo que hagas con tu vida…/ Vive tu vida loca… Una mujer que trabaja en la cantina de la gorda Esperanza se paró y sacó a bailar a Catalino, en un principio les costó coger el paso, en la mitad del bolero, la mujer ya acoplada, se dejó conducir sin problema por toda la pista. Otras parejas se aventuraron y los siguieron, aunque sin la elegancia del tabernero. Por encima del hombro de la mujer Catalino miró a su amigo que no dejaba de mover la boca, seguía mascando. Entre tanta música se sintió abrumado y complacido, entonces envolviendo sus brazos y moviendo las manos con frenesí comenzó a mirar caratulas y discos buscando la esquiva perla de la melodía para que sonara a continuación.

Memo Cocha llegó un viernes por la noche a Casa de Mangle. Venía comiendo empanadas de la negra Maximiliana.

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