Lecturas Perjudiciales

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Sobre escritores y aprendices

In Entrevistas on 25 abril, 2017 at 6:44 PM

Una entrevista con Pablo Hernán Di Marco

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Por Ileana Bolívar, especial para Barbarie Ilustrada

Pablo Hernán Di Marco (Buenos Aires, 1972) es un escritor que ha labrado en silencio su camino en el mundo de la literatura. Disciplinado, exigente y autocrítico, no en vano ha logrado posicionarse como un autor merecedor de premios a nivel internacional, pese a ser crítico del manejo que los rodea. “Son fundamentales porque, teniendo en cuenta las particularidades del mundo editorial, son una de las pocas posibilidades que tienen los autores de publicar sus escritos. Y son vergonzosos porque hay demasiados concursos arreglados”.

Desde el año 2012, cuando obtuvo la XIII Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera” por su novela Tríptico del desamparo, que Di Marco tiene una relación entrañable con Colombia. Su más reciente libro, Las horas derramadas (Editorial Trifaldi), con el que alcanzó el XXI Premio de Novela Ategua, fue recientemente publicado con buena repercusión en España. Es también corrector de estilo de cuentos y novelas, asesor de la flamante editorial Ojo de Poeta, y corresponsal de la revista cultural Libros & Letras con la sección “Un café en Buenos Aires” en la que entrevista y difunde el trabajo de autores latinoamericanos.

Le damos la palabra a Pablo para conocer más de sus obsesiones y gustos literarios.

—¿En qué momento nace su gusto por los libros y la literatura?

P: De cuando era chico y veía a mi papá pasar mil horas leyendo un tomo cualquiera de la enciclopedia que teníamos en casa. Papá se veía tan feliz que yo no podía dejar de pensar que algo interesante debían ofrecer esos ladrillos de papel y cartón.

—¿Recuerda cuál fue el primer libro que leyó?

P: Tal vez haya sido “Marco, de los Apeninos a los Andes”, un cuento incluido en Corazón de Edmondo De Amicis. Había leído tantas veces la historieta que ya me la sabía de memoria, y un día mi papá me comentó que aquellos dibujitos provenían de un cuento que era mucho más interesante que la historieta. “Cuando quieras leerlo, buscá al cuento en ese libro que está ahí arriba”, me dijo señalando un estante de la biblioteca. Al rato me subí a un banquito, bajé el libro y… mi suerte estaba felizmente echada.

—¿Alguna vez leyó un libro por obligación?

P: Mil veces. Leo más por obligación que por placer ya que paso varias horas al día revisando y corrigiendo cuentos y novelas escritos por otros.

—¿Cómo ha sido su proceso para convertirse en un escritor destacado?

P: Gracias, pero no soy un escritor destacado. Es más, ni siquiera me considero escritor. Y te aseguro que no hay un gramo de falsa modestia en lo que digo. Es extraño, pareciera que quienes escriben se dividen en dos: los que van por la vida gritando que son escritores, y quienes sienten cierta vergüenza e incluso culpa de que los llamen así. Yo pertenezco al último grupo. Y varias veces me pregunté por qué me sucede tal tontería. Tal vez tenga que ver con que siento un respeto y una admiración tan grande por ciertos escritores y ciertos libros que me da vergüenza intentar jugar ese mismo juego. Por eso es que más que escritor me considero un aprendiz. Eso sí, me esfuerzo cada día para ser el mejor de los aprendices.

—¿Fueron complicados sus inicios en la escritura?

P: Los comienzos son sencillos porque, en general, se empieza a escribir con adorable irresponsabilidad. Los problemas surgen cuando se quiere ir un paso más allá, cuando empezás a buscar una voz propia, cuando te encontrás con un maestro que te explica que lo hecho hasta el momento no alcanza, y que si pretendés ser bueno debés hacer un esfuerzo extra. Y ese esfuerzo no tiene fin. El conocimiento te abre puertas, pero también te pone cara a cara con tus límites, y eso es siempre frustrante. Hoy cuento con más herramientas que años atrás, pero también siento que perdí espontaneidad. Me encantaría canjear algo de mi oficio actual a cambio de aquella adorable irresponsabilidad de la que te hablaba antes. Hay una frase de Capote que describe esta cuestión de modo genial: “Fui feliz con la escritura hasta el día que descubrí la diferencia entre escribir bien y escribir mal. Y comencé a enloquecer con la escritura el día que descubrí la diferencia entre escribir bien y el arte”.

—¿Tiene algún “rito” a la hora de escribir?

P: Ninguno. Solía escribir durante las medianoches y madrugadas en el mayor de los silencios, pero desde que nació mi hijo debí acostumbrarme a escribir en bares, entre gente que conversa, música y televisores. No puedo permitirme ni rito ni exigencia alguna. Aunque un buen expresso siempre viene bien.

—Hablemos de su obra, la cual ha sido merecedora de varios premios literarios. Por ejemplo, Tríptico del desamparo, ganadora de la XIII Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”. ¿Cómo nace esta historia, en qué se inspiró?

P: Tríptico nace de mi curiosidad por meterme en el cuerpo de una mujer de sesenta años que se enamora de un muchacho de veinte. Esa fue la idea base, claro. Después tanto la mujer como el muchacho tomaron vida propia y me llevaron hacia lugares que no imaginé. Y al igual que la historia, el libro también me llevó a lugares que no imaginé, como Colombia, país al que jamás había viajado y hoy siento propio.

—Cuando envió la novela a participar en ese concurso, ¿qué expectativas tenía?

P: Todas y ninguna. Todas porque si participo es para ganar. Y ninguna porque tengo bien en claro que un concurso literario es un mundo en sí mismo, que los demás participantes también compiten (algunos con muy buenas obras) y que en ningún orden de la vida gana necesariamente el mejor, y mucho menos si hablamos de escritura.

—¿Qué pasa por la mente de un escritor cuando le llega la noticia de que su obra ha sido galardonada? ¿Qué cambia? ¿Es mayor el compromiso?

P: La primera sensación es de incredulidad. ¿Yo? ¿Están seguros? ¿Por qué yo? En situaciones así, en primera instancia uno actúa como si hubiese sido acusado de un crimen. Y después llega la felicidad. Ganar un concurso literario tiene algo de pequeño milagro, y hay que disfrutarlo como tal. Y sí, el compromiso posterior es algo mayor. Ya hace varios años que llevo adelante un ciclo de entrevistas a escritores en la revista Libros & Letras. Y una de las preguntas que me gusta hacerles a los escritores es si haber ganado un premio les resulta un aliciente o un peso a la hora de comenzar a escribir una nueva historia. Por algo será que hago esa pregunta tan seguido.

—Su novela Las horas derramadas ganó en España el XXI Certamen Literario Ategua. Siento que el personaje central de la historia, Gabriel Desalvo, representa al hombre de la actualidad. Háblenos un poco…

P: Una de las cosas para las que me sirvió escribir es para descubrir cuáles son mis obsesiones. Una de ellas es saber cómo me manejo con los mandatos que la vida me impuso. La familia, los profesores y el mundo entero me aseguraron por años que yo era un chico muy inteligente capaz de comerme al mundo de un mordisco. Sin embargo, cuando me lancé al mundo lo único que sentí fue pánico, rechazo y ganas de desaparecer. ¿Cómo se lidia con tanta expectativa (propia y ajena) frustrada? De eso habla Las horas derramadas, ese es el sino de su protagonista Gabriel Desalvo.

—Y Espiral, novela de la que dice que es diferente a las anteriores, ¿por qué?

P: A diferencia de Las horas derramadas y Tríptico del desamparo que son novelas… llamémoslas elegantes, Espiral es una salvajada de lenguaje llano, humor negro, y una buena dosis de sexo y violencia. Todavía me sigo preguntando por qué escribí algo así. Supongo que lo hice como respuesta a tantos años de escribir desde la perspectiva y el tono de aquellas novelas anteriores. De cualquier manera, la escritura de Espiral me resultó liberadora. Solo lamento que, a diferencia de las otras, aún no haya sido publicada. Ya le llegará su hora.

—¿Son realmente importantes los premios literarios?

P: Son tan fundamentales como vergonzosos. Digo fundamentales porque, teniendo en cuenta las particularidades del mundo editorial, son una de las pocas posibilidades que tienen los autores de publicar sus escritos. Y digo vergonzosos porque son demasiados los concursos arreglados. El de los concursos literarios es una de las facetas más podridas del mundo de los libros. Y de esa fantochada son cómplices no solo los organizadores de esos concursos, sino también no pocos escritores y parte del periodismo cultural. Me alivia saber que la vez que fui jurado de un concurso de novela premiamos (junto a Luz Mary Giraldo y Marianne Ponsford) a Jacobo Cardona Echeverri, un chico tan cercano a la buena escritura como alejado de la rosca de las relaciones públicas.

—¿Qué está leyendo?

P: Al final del cielo y de la tierra, una sólida y arriesgada novela del escritor argentino Carlos Colla.

—Usted que es corrector de estilo de cuentos y novelas, ¿qué le recomienda a un joven que desea ser escritor?

P: Le recomiendo la Santa Trinidad del escritor: leer, escribir y corregir; leer, escribir y corregir; leer, escribir y corregir. Como un mantra, como un mandato, como una forma de ser felices, como si no hubiese otra razón por la que vivir. Y que no se rindan, es cierto que el camino es duro, pero a veces el destino se distrae y los milagros ocurren.

—¿Está trabajando en otra novela?

P: Sí, estoy trabajando una novela que me tiene muy entusiasmado. Ahora estoy en el proceso que más me gusta y más tiempo me lleva: el de la corrección. Me gusta esa frase que dice que la primera versión de una novela es apenas un mal necesario. Es durante la corrección cuando el escritor revela lo que la novela esconde en su interior, como un escultor que pica, lima y pule el mármol hasta obtener la forma buscada.

—¿Qué autores argentinos nuevos nos recomienda leer?

P: Nicolás Correa, Paula Jansen, Claudia Cortalezzi, Sergio Bonomo, Sebastián Elesgaray, Jorgelina Etze, Analía Pinto, Ariel Urquiza, Luis Cattenazzi, Leva Cosanovich.

—¿Qué escritores colombianos lee?

P: ¿Tenés tiempo? Puedo estar un buen rato para responder esa pregunta. Si algo bueno me dio la publicación de Tríptico del desamparo en Colombia es conocer a una buena cantidad de escritores colombianos sólidos, muchos de ellos muy buena gente. Te nombro a algunos: Marco Tulio Aguilera, Benhur Sánchez Suárez, Andrés Mauricio Muñoz, William Ospina, Enrique Patiño, Carlos Bahamón León, J.J. Junieles, Carlos Torres, Evelio Rosero, Héctor Sánchez, Daniel Ferreira, Paul Brito, Luis Felipe Núñez, Juan Camilo Rincón, L.C. Bermeo Gamboa. Hay un chico llamado Jerónimo García Riaño que pronto lanzará un buen libro de cuentos que tuve la suerte de leer cuando era apenas un manojo de fotocopias. Admiro y aprecio al maestro Isaías Peña. Gustavo Álvarez Gardeazábal tiene la gentileza de enviarme sus libros, y he disfrutado de varios de ellos. (Dios mío, ¿dónde están las mujeres novelistas?) Descubrí a poetas como Luz Mary Giraldo, Orietta Lozano, Carolina Urbano (que también escribe lúcidos microrrelatos), Fermina Ponce, Alejandra Lerma, Bibiana Bernal, Ana Patricia Collazos (Dios mío, ¿dónde están los poetas hombres?). También eché lazos con escritores del Huila como Félix Ramiro Lozada Flórez, Betuel Bonilla, Luis Ignacio Murcia Molina, Eduardo Tovar Murcia. Eso es lo mejor que nos dan los libros: la posibilidad de viajar y conocer otras geografías, otras culturas, y otros escritores, casi todos ellos tan locos y perdidos como yo.


Ileana Bolívar: Directora de la revista Aulas y de la Revista Libros y Letras. Colaboradora permanente de la Agencia de Noticias Culturales de L&L. Jefe de Prensa para escritores y entidades culturales en Colombia. En el 2008 la Universidad Santo Tomás y el Colectivo de Artistas Colombianos le entregaron un reconocimiento por su contribución a la cultura nacional.

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