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De Oliver Twist a Harry Potter, los huérfanos en la literatura inglesa

In Artículos, Críticas, Fragmentos on 26 junio, 2017 at 6:02 PM
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Ilustración Mary GrandPré

Por Terry Eagleton

Tanto Pip [personaje principal de Grandes Esperanzas] como Oliver [Protagonista de Oliver Twist] han perdido a sus padres. Pertenecen a una distinguida retahíla de huérfanos, semihuérfanos, custodiados, expósitos, bastardos, bebés cambiados de cuna e hijastros deprimidos que llenan las páginas de la literatura inglesa desde Tom Jones hasta Harry Potter. Hay varios motivos por los que los huérfanos resultan tan irresistibles para los autores. Por un lado, como personajes desfavorecidos y a menudo menospreciados, tienen que abrirse paso en el mundo sin ayuda, lo que despierta nuestra compasión y nuestra aprobación. Sentimos lástima por su soledad y su angustia, a la vez que admiramos cómo luchan por salir adelante. Es de esperar que los huérfanos se sientan vulnerables y maltratados, lo que puede servir como símbolo de la sociedad en su conjunto: en las últimas obras de ficción de Dickens, es como si todos hubiéramos quedado huérfanos de un orden social que ha abandonado las responsabilidades que tenía para con sus ciudadanos. La sociedad en sí misma es un falso patriarca. Todos los hombres y las mujeres tienen que asumir la carga que supone esa falta de padre. Además, las novelas, sobre todo las victorianas, están fascinadas por personajes que pasan de mendigos a millonarios con el sudor de su frente. Es una especie de ensayo para el sueño americano. En efecto, el hecho de que estas figuras no tengan padres a la hora de la verdad puede allanar el camino de su progreso, puesto que no tienen que cargar con tanta historia. No están atrapados en una compleja red familiar, sino que pueden emprender la marcha solos. En Hijos y amantes de D. H. Lawrence, Paul Morel de algún modo acaba con su madre. Al final de la historia él aparece saliendo de casa en busca de una vida más independiente. Mientras que las novelas realistas, como ya hemos visto, tienden a concluir con algún tipo de acuerdo, la novela modernista típica termina con alguien que se marcha a pie, solitario y desencantado, con los problemas por resolver pero sin obligaciones sociales ni domésticas.

Los huérfanos son figuras anómalas, con un pie dentro y otro fuera de las familias que los acogen. Su existencia está, por así decirlo, sesgada por sus circunstancias. El huérfano está de más, está desubicado, es un comodín de la baraja familiar. Es esta perturbación lo que pone en marcha la narrativa. Por eso los huérfanos resultan tan útiles a la hora de contar historias. Si somos lectores victorianos, sabemos que las cosas les acabarán saliendo bien, pero sentimos curiosidad por saber cómo conseguirán salir adelante y qué adversidades se encontrarán por el camino. Por consiguiente, sentimos inquietud y tranquilidad al mismo tiempo, lo que siempre resulta una ambigüedad agradable. Las películas de terror nos inquietan por el miedo que producen, pero nos tranquiliza saber que el terror que nos hacen sentir no es real.

El huérfano favorito de la literatura inglesa actual es Harry Potter. Los primeros años de vida que Harry pasa junto a la nauseabunda familia Dursley no se alejan mucho de la niñez de Pip o de la juventud de Jane Eyre con la familia Reid. No obstante, en el caso de Harry, el síndrome de la novela familiar de Freud se hace realidad. Realmente pertenece a una familia más glamurosa que la de los Dursley. De hecho, nada más entrar en Hogwarts en Harry Potter y la piedra filosofal, descubre que ya es famoso. Pertenece a una estirpe de magos que no sólo son superiores a los Dursley (lo que no habría resultado demasiado difícil), sino también al resto de muggles (humanos no mágicos). Sus padres no sólo habían sido magos consumados, sino también ilustres y distinguidos. Al contrario de lo que ocurre en Grandes esperanzas, al final resulta que la fantasía es cierta. A diferencia de Pip, Harry no necesita convertirse en una persona especial; ya es especial. De hecho, el personaje tiene unos matices mesiánicos inconfundibles, una categoría a la que Pip no aspiraría ni en su mejor momento. De un modo parecido a como Jaggers llega para darle la noticia de sus grandes esperanzas a Pip, el gigantesco y desgreñado Hagrid aparece para revelarle a Harry cuáles son sus verdaderas historia e identidad y para acompañarlo hacia ese futuro privilegiado que le está esperando. Puesto que Harry es un chico modesto y sin ambiciones, su figura cae más simpática que la del pedante Pip. La buena suerte le cae del cielo sin que haya luchado por conseguirla.

Harry tiene un mal padre sustituto en el brutal señor Dursley, pero ese hecho queda compensado por todo un elenco de padres benefactores, desde el viejo y sabio Dumbledore hasta Hagrid y Sirius Black. Tiene un hogar real con los Dursley que de hogar no tiene nada; por otro lado, tiene Hogwarts, un hogar de fantasía que es el lugar al que realmente pertenece. Las novelas de Harry Potter, por consiguiente, distinguen entre fantasía y realidad, pero también ponen en duda esa distinción. Dumbledore le cuenta a Harry que sólo porque algo ocurra dentro de su cabeza no significa que no sea real. Fantasía y realidad cotidiana convergen en la escritura, que oscila entre el realismo y la fantasía. El libro retrata un mundo realista en el que tienen lugar hechos absolutamente improbables. Los lectores deben reconocer su propia realidad en las novelas para disfrutar viendo cómo el poder de la magia la transforma. Puesto que la mayoría de esos lectores son niños, casi siempre sin autoridad, no hay duda de que les resulta gratificante contemplar que otros chicos disponen de poderes prodigiosos. Por tanto, la mezcla de realismo y fantasía es esencial, aunque el hecho de que lo conocido y lo exótico aparezcan uno al lado del otro pueda conllevar incongruencias en prácticamente cada página. Los personajes recurren a hechizos enfundados en pantalones vaqueros. Las escobas voladoras levantan el polvo y la gravilla cuando aterrizan. Los mortífagos y la tía Muriel coexisten. Criaturas irreales entran y salen por puertas de verdad. En un determinado momento, Harry utiliza la varita mágica para limpiar un pañuelo mugriento que ha utilizado para fregar un horno. ¿Por qué no utiliza la varita para limpiar el horno directamente?

Si la magia pudiera resolver todos los problemas humanos, no habría narrativas. Ya hemos visto que para que una historia levante el vuelo sus personajes deben sufrir contratiempos, revelaciones o cambios de fortuna. En las novelas de Potter, esa perturbación no puede surgir de un choque entre la magia y la realidad, puesto que de ese modo la magia triunfaría sin esfuerzo y no habría historias por contar. Así pues, debe surgir de una división dentro del mundo de la magia, entre magos buenos y magos malvados. Los poderes mágicos tienen doble filo. Pueden utilizarse para bien y para mal. Sólo de ese modo puede empezar a desplegarse una trama. Sin embargo, eso significa que el bien y el mal no son tan opuestos como parecen. Pueden surgir de la misma fuente. El término «reliquias» en Harry Potter y las reliquias de la muerte procede de una palabra que significa «consagrar» o «santificar», por lo que resulta inquietante verla tan estrechamente unida a la palabra «muerte». De ese modo se nos recuerda que la palabra «sagrado» en su origen significaba «bendito» y «maldito» por igual. Hemos visto que las novelas contrastan la fantasía con la realidad, y al mismo tiempo hemos demostrado también hasta qué punto los dos reinos pueden estar entrelazados. De un modo parecido, insisten en un conflicto absoluto entre los poderes de la luz y las fuerzas oscuras —entre el abnegado Harry y el malvado Voldemort—, pero a la vez ponen en cuestión esta antítesis constantemente.

Esto se aprecia de varias formas. Por un lado, las figuras del padre bondadoso como Dumbledore pueden llegar a parecer malignas. Como Magwitch en Grandes esperanzas, Dumbledore está urdiendo una trama secreta para salvar a Harry; sin embargo, igual que en el caso de los planes que Magwitch tiene para Pip, en ocasiones nos preguntamos si tras sus maquinaciones hay siempre buenas intenciones. Dumbledore resultará estar en el lado de los ángeles, si bien con algunos defectos, y eso complica el antagonismo entre el bien y el mal. Como la carrera ambigua de Severus Snape. Además, Voldemort no es sólo el enemigo de Harry. También es su padre simbólico y su alter ego monstruoso. El combate entre los dos recuerda al que mantienen Luke Skywalker y Darth Vader en La guerra de las galaxias, incluso en la V inicial del apellido del villano.

Es cierto que Voldemort en realidad no es el progenitor de Harry y en cambio Darth Vader sí es el padre de Luke, pero Harry lleva una parte de Voldemort en su interior del mismo modo que todos llevamos dentro una parte de nuestros padres. Cuando busca destruir al Señor Oscuro, pues, Harry también está luchando contra sí mismo. El verdadero enemigo es siempre el que llevamos dentro. Está dividido entre su odio por ese tirano y esa intimidad que comparte a regañadientes con él. «Detesto que pueda meterse dentro de mí —protesta Harry—, pero voy a utilizarlo». Harry y Voldemort están a un nivel idéntico. Como tantos otros rivales legendarios, uno es el reflejo del otro. Pero Harry puede aprovecharse de esa capacidad para acceder a la mente del villano y vencerlo.

Voldemort es una imagen del padre obscenamente cruel y opresivo, al contrario de lo que ocurre con los verdaderos padres de Harry, abnegados y afectuosos. Representa al padre como elemento de prohibición o superego, lo que para Freud es una fuerza dentro del yo, no una autoridad externa. En el pensamiento de Freud, ese lado oscuro de la figura patriarcal se asocia a la amenaza de heridas y a la castración. Si Harry lleva una cicatriz literal en la frente que lo vincula a Voldemort por medio de una especie de línea directa telepática, podría decirse que los demás llevamos cicatrices psicológicas de un origen similar. Puesto que Voldemort reclama a Harry como propio, el héroe pasa a ser un campo de batalla entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. De hecho, la historia evita la tragedia por los pelos. Como muchas otras figuras redentoras, Harry debe morir para devolver la vida a otros personajes. Si él no muere, Voldemort tampoco puede fallecer. Sin embargo, las historias infantiles son tradicionalmente cómicas para que, a la hora de apagar la luz, los niños no se queden temblando con un trauma, de manera que la narrativa muestra un verdadero despliegue de recursos mágicos para salvar a Harry de su destino. Las últimas palabras son las que están implícitas en cualquier final de comedia: «No había nada de que preocuparse».

¿Qué más podría descubrir un crítico literario en estos cuentos? Tienen una cierta dimensión política, puesto que una élite fascista de magos hostiles a los de su estirpe con sangre muggle luchan contra magos más liberales. Eso plantea varias cuestiones importantes. ¿Cómo puede uno ser «otro» sin sentirse superior? ¿Qué es lo que diferencia a una minoría de una élite? ¿Puede uno distinguirse de la masa de hombres y mujeres, como se distinguen los magos y las brujas de los muggles, y de todos modos mantener una cierta solidaridad con ellos? En este punto hay una cuestión implícita acerca de las relaciones entre niños y adultos, de la cual la relación entre magos y muggles es una especie de alegoría. Los niños de algún modo son misteriosos, puesto que se parecen a los adultos pero son distintos. Como los residentes de Hogwarts, viven en un mundo propio, aunque éste se superpone al de los adultos. Debe reconocerse lo que los distingue de los mayores para que puedan ser valorados por lo que son, pero no hasta el punto siniestro de tratarlos como a «otros». Ése es un error que cometían algunos evangelistas victorianos que trataban a sus hijos como si fueran obstinados e incorregibles. También lo encontramos en algunas películas de terror modernas. Hay algo en la alteridad de los niños que nos hace pensar en extraterrestres y espíritus malignos, como en E. T. y El exorcista. El niño que da miedo es el equivalente moderno del niño inmoral. Freud calificaba de asombrosas a las cosas que resultaban extrañas y conocidas al mismo tiempo. Sin embargo, del mismo modo que sería un error creer que todos los niños lanzan vómitos multicolores a la primera de cambio, supone una equivocación tratarlos como si fueran adultos de bolsillo, como solía hacer la gente antes de lo que se ha llamado «la invención de la infancia». (En la literatura inglesa, los niños empiezan a aparecer con Blake y Wordsworth). Del mismo modo, deben quedar claras las diferencias entre los grupos étnicos, aunque no hasta el punto de obsesionarse con lo que nos diferencia y obviar lo que tenemos en común.

Otro aspecto notable de los libros es el número de sílabas que hay en los nombres de los personajes principales. En Inglaterra, los hombres y las mujeres de clase alta tienden a tener nombres más largos que sus compatriotas de clase trabajadora. La abundancia de sílabas indica otros tipos de opulencia. Es poco probable que alguien llamado Fiona Fortescue-Arbuthnot-Smythe proceda de los bajos fondos de Liverpool, donde un nombre como Joe Doyle encajaría mucho más. Hermione Granger, cuyo nombre de pila es bastante común entre la clase media-alta inglesa, y cuyo apellido sugiere una gran casa de campo (granja), es el personaje más refinado del trío de protagonistas con no menos de seis sílabas en el nombre (aunque algunos estadounidenses pronuncian por error «Hermione» como si sólo tuviera tres). Harry Potter, el típico héroe de clase media, tiene cuatro sílabas claramente equilibradas, lo que no resulta ni tacaño ni excesivo, mientras que el plebeyo Ron Weasley no tiene más que tres. Su apellido evoca la palabra «weasel» («comadreja»), que también se utiliza para denominar a un individuo deshonesto. Las comadrejas no es que sean precisamente bestias imponentes, por lo que resulta adecuado que sirva para dar nombre a personajes de clase baja como Ron.

También advertimos el número considerable de palabras que, igual que «Voldemort», empiezan por la letra V y tienen connotaciones negativas: «villano», «vicio», «vándalo», «venal», «vago», «vacuo», «vanidoso», «violento», «venenoso», «vil», «voraz», «vampiro», «virulento», «víbora», «venganza», «vivales», «vómito», «vejación», «vulgar», «virago», «vejestorio», «vindicativo», «vasallo», «voyeur», «vetusto», «veleidoso», «vigilante» y (para los entusiastas de la música tradicional irlandesa) «Van Morrison». Mostrar los dedos índice y corazón en forma de uve suele tener connotaciones insultantes y es un gesto que simboliza la castración. En francés, «Voldemort» significa «vuelo de muerte», pero también podría sugerir la palabra inglesa «vole», ratón de campo, otra criatura que no destaca precisamente por su majestuosidad. Tal vez también evoca «vault» («cripta» en inglés) y «mould» («moho»).

Hay críticos literarios que consideran que las novelas de Harry Potter no merecen ser comentadas de este modo. Desde su punto de vista, no tienen el mérito suficiente para que se las considere literatura.


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