Lecturas Perjudiciales

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Elogio del perro

In Ensayos on 26 enero, 2013 at 5:42 PM
Francisco de Goya . Perro (1820 - 23)

Francisco de Goya – Perro (1820 – 23)

Por LC Bermeo Gamboa

La Odisea, ese inventario fantástico, siempre me ha impresionado, pero lo que más me cautiva de la historia de Ulises es una muy sencilla y realista escena: sucede cuando regresa a su isla, Ítaca, y ha sido transformado en un anciano por la diosa Atenea, han pasado más de 20 años, está irreconocible, pero en la entrada del pueblo está echado un sucio y viejo perro que de inmediato lo reconoce, con dificultad el pobre animal se levanta, mueve la cola y ladra, se echa de nuevo y muere. Se trataba de Argos el perro que Ulises había criado desde niño y mantenía en su palacio, y aunque el héroe sólo pensaba en vengar su honor y reencontrase con su amada Penélope, otro ser había esperado su regreso, tal vez con más devoción y fidelidad.

Homero sabía que quien escuchara, o leyera, su historia, no se dejaría seducir sólo con sus héroes y dioses, que están en la superficie, sabía también que el lector hallaría, en lo profundo, algo más trascendental que cualquier dios. Con un perro creó una de las metáforas más bellas de la literatura y de la vida.

La metáfora del perro, que ha sido siempre marginal pero significativa, ha traspasado lo meramente literario y no hay cultura, por primitiva o refinada, que no tenga una mitología dedicada a los canes. La vida cotidiana está llena de referentes caninos: en lo sexual y en lo moral, en lo artístico y en lo religioso.

En el perro se unen creencias y artes, lo culto y lo popular, nada más hay que ver el recorrido que ha tenido: en la Biblia encontramos La parábola del rico y Lázaro (Lucas XVI, 19 – 31), un mendigo leproso a quien sólo los perros se le acercaban y lamían sus llagas, de allí Francis Bacon concluye en su ensayo Sobre la bondad que hay personas “Tan buenas como los perros de Lázaro que le lamían las llagas” y otras tan viles como moscas alrededor de una herida. Luego nos percatamos que hay un santo apócrifo de la iglesia católica llamado San Lázaro patrono de los perros y que en Cuba los santeros llaman Babalú Ayé, muy popular por una canción-invocación de Celina y Reutilio. Y si esto no es suficiente, en un pueblo de centro América se hace una celebración religiosa anual dedicada a los perros.

Decía Estanislao Zuleta que el hombre es el único animal que sabe que va a morir; el perro, según algunas tradiciones, presiente la muerte. En oriente los parsis suelen poner a un moribundo frente a un perro para que en el puente de la otra vida el animal reconozca el alma del muerto y lo guíe al paraíso. Hay, debemos reconocerlo, algo de sagrado y divino en el perro, y para quien observe bien sabrá que este animal es harto más literario que el resto. El perro comparte con el hombre una patética condición que conmueve, la suya es la especie de los animales tristes.

Yo puedo darle nombres de perros a los capítulos de mi vida, sería un pobre homenaje para una criatura de la que el mismo Konrad Lorenz llegó a decir: “El hecho simple de que mi perro me quiera más que yo a él constituye una realidad tan innegable  que, cada vez que pienso en ella, me avergüenzo”. Sería mejor entonces darle nombre de perro a toda una literatura y a una mitología, así lo hizo Homero y su tradición ha continuado, no es arriesgado afirmar que todo poeta en algún momento de su vida debe imponerse “La secreta obligación de definir la luna”, y de definir el perro.

La experiencia leída, como R.H. Moreno Durán llamaba la lectura, nos depara encontrar aquí y allá, a veces sólo una frase o un verso; otras un poema o una novela que llama la presencia del perro como un puente entre la literatura y la vida. Su simbología es tan amplia que empata estos extremos, tiene una mitología que no se agota  en la imaginación más compleja y al mismo tiempo recurre a los referentes cotidianos más cercanos. Del perro se compone una vasta antología: Píndaro, Diógenes, Homero, Luciano, Catulo, Ovidio, Bocaccio, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Nietzsche, Mann, Woolf, Gimaraes Rosa, Steinbeck, Paz, Onetti, Bolaño, Vargas Llosa y Pamuk no faltarían en ella. De esa tradición ha dicho Chesterton: “Los perros no son una parte de la historia natural, sino una parte de la historia humana”, y esto le permitió concluir que la rosa como el perro muerde sino se le trata con amor, por eso inventó la palabra inglesa dagrose: rosa perro.  

Hasta aquí mi intención no es cansar al lector hablándole sin respiro del mismo tema, desaprovechando el tiempo con el perro cuando podría hablar del gato que es tan enigmático. Si el lector lo desea corte aquí y pase por acá donde tengo El gato encerrado. O si prefiere siga conmigo hasta abajo, ya no queda mucho qué decir, además si le gustan las repeticiones, circunloquios y variaciones sobre un mismo tema, entonces lo tiene asegurado con este escritor que es: “Como el perro que siempre vuelve a su vómito”.

La imagen del perro es tan rica en significaciones que, a un tiempo, es amada en su figura de compañero de vida: resignación, lealtad, obediencia y sumisión lo convierten en una humilde divinidad que como dijo Whitman: “No se atormenta ni se queja de su condición”, así como los creyentes que aceptan sin protesta los mandatos de su señor, dice Bacon: “El hombre es un dios para el perro, y el hombre un perro de dios”, existe también una orden monástica que lleva el nombre de Dominicanes.

A un tiempo, es temida y reverenciada cuando se asocia su figura con la muerte y lo demoniaco, en ella se originan dos de sus principales metáforas: guardián del otro mundo como en el mito de Cancerbero en Grecia, y guía después de la muerte como en la leyenda de Kakarakibu el dios perro de los Arhuacos en Colombia. En la literatura esta imagen se precisa: “Los perros son como la muerte: quieren huesos”, dice Alejandra Pizarnik en un poema de El infierno musical y, en el Fausto de Goethe, es a través de un perro negro que hace su aparición el demonio.

La literatura ha influido en el mundo reivindicando esos seres marginados que para muchas culturas primitivas han sido superiores al hombre, así en un fragmento de Píndaro se habla de que el dios Pan es un perro de mil formas consagrado a la diosa madre Cibeles (Tierra y Luna), Nietzsche nos dice que el mar es un perro viejo y fiel que siempre regresa a lamernos los pies. Son pocas las metáforas que existen, entre esas la luna y el perro, y la literatura no es más que la historia de esas metáforas que una y otra vez nos confiesan: “La gloria de lo pequeño, el misterio de lo cotidiano y la universalidad de lo doméstico”, esas son palabras de Emily Dickinson quien solía pasear por el pueblo de Amherst acompañada de su perro Carlo: “Un perro de mi mismo tamaño, que me compró mi padre. Valen más que seres humanos, porque saben pero no cuentan”.

Así en la muerte como en el amor el perro es la imagen visceral y apasionada con la que algunos poetas han logrado expresarse. A Yehuda Amijái: “Después que me abandonaste le di a oler a un perro mi pecho y mi vientre para que llene su nariz y salga a encontrarte”. A Bukowski: “Algunos perros que duermen a la noche deben soñar con huesos y yo recuerdo tus huesos en la carne”.

Usted se habrá encontrado con seres más extraordinarios, eso le pasa a usted que conoce el mundo, yo por mi parte no he salido mucho de mi pueblo y casi todo lo que me inquieta y me admira lo he encontrado en mi hogar: libros, amigos y perros. Y hasta acá me ha llegado la voz alarmada de Robert Graves, de que en el mundo actual: “Son deshonrados los principales emblemas de la poesía”. Es por eso que toda generación debe reinventar sus mitos, aprender de la sabiduría mítica no para engañarse, sino para otorgarle algo de belleza a la tragedia humana. Este elogio es una forma de preguntarse dónde está la mitología del perro en una sociedad que no baja la mirada.

¿Existe algún mito que nos hable del origen y condición del perro en el mundo? En el Diccionario de símbolos de Jean Chevalier, se habla de un mito que data del siglo XIII y se le atribuye a los Tártaros. Allí se cuenta que Dios en la creación confió el hombre a la custodia del perro, que entonces era un poderoso ángel, para que lo preservara de los ataques del diablo. El perro se dejó seducir por el enemigo y se convirtió por ello en el responsable del pecado original y la expulsión del hombre. El castigo que recibió fue su forma actual y estar  condenado a seguir en su vagar errante a los descendientes de Adán. La aparente sumisión del perro no es más que la forma en que un ángel paga por traicionar a Dios, esto explicaría por una parte la condición divina del perro y por otra la resignada sumisión a la especie humana. De ahí que muchos hayan concluido que el verdadero ángel caído es el perro.

Hay una ancestral relación del hombre con los perros que la literatura se ha encargado de expresar, han sido los escritores y poetas quienes logran convertir el amor por un animal en una metáfora de la humanidad. Y con esto no me refiero a que el hombre haya sido bueno con estos seres, me refiero a que los perros y los animales son más humanos que los hombres. Esto llevó a que Borges se preguntara por esa “Misteriosa devoción de los perros”, a que Baudelaire descifrara una súplica en los ojos de los perros callejeros que decían al poeta: “Llévame contigo y juntando nuestras dos miserias haremos una especie de felicidad”, a que Fernando Vallejo ante la muerte de un perro atropellado llegara a una conclusión metafísica: “Dios no existe y si existe es la gran gonorrea”. Por todo esto es aleccionadora la sabiduría del cínico Diógenes: “Cuanto más conozco a los hombres más amo a mis perros”.

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