Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos – Capítulo XVIII

In Novela, Por entregas on 10 septiembre, 2016 at 5:36 PM

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

La zona verde que se interponía entre el cementerio, las paralelas del ferrocarril y la ciudad, ahora es una zona desolada, aún humeante, con chamizos  y acacias retorcidos y sin hojas. Hay a la vista miembros flácidos dispersos en esta extensión, distinguibles entre partes de berlinas, puertas, ventanas y de muros. La verja de hierro de dos naves en la entrada principal, como todos los muros fueron derribados por la explosión, yacía en el suelo cerrada. Se oye de nuevo el ruido de los bulldozer trabajando. El hedor putrefacto del cementerio es diferente del que viene de la ciudad, el olor de la muerte vieja y de la muerte fresca. En el cementerio, muerte vieja, añeja, muerte llena de experiencia. En la ciudad, es viva y joven, muerte sin conciencia de su tragedia. La explosión aún se oye en los oídos reventados de muchos que sacuden la cabeza desesperados.

El cortejo se ha detenido ante la puerta sin atreverse a entrar. Bajan al muerto y lo depositan con cuidado en el suelo. Azucena se perdió por un instante para acercarse donde estaba ubicado su puesto de flores, a ver si algo había allí. Se encontró todo revuelto, baldes rotos y flores deshechas con sus pétalos desperdigados por todo el lugar, como si hubieran llovido del cielo. Buscó y rebuscó por el suelo y  debajo de cajas de madera donde guardaba sus preciadas gardenias, alguna que pudiera servir, separa y tira, revuelca lo que fue su alacena, hasta que por fin halla dos gardenias. Después de algunos minutos, los músicos dejan de tocar, sin saber lo que pasaba con la gente que no entraba. Entonces notan que todos los acompañantes guardan silencio, mirando asombrados hacia el interior del cementerio, donde los columbarios tienen todas sus bóvedas abiertas exhibiendo a sus ocupantes sin ojos y sonrientes, con su última vestimenta intacta. Difuntas que parecía recién peinadas, otros sentados como a la espera de alguien, sobresaliendo un brazo o pie de la caja, algunos cuerpos rotos estrellados contra el suelo, y muchos miembros sin carne o secos dispersos por el cementerio. Otros esqueletos en posiciones muy vivas, están abrazados o de pie recostados a sus bóvedas. Del suelo también han brotado algunos, cubiertos de tierra y de flores. Y alterando esta armonía de cadáveres, una caldera de locomotora con el agua aún hirviendo en sus flautas de tubos encima de un nicho de mármol.

Nadie se mueve. Nadie dice nada. Serafina ya incómoda con la situación miraba alrededor, esperando que alguien hiciera algo. De pronto, se agachó trabajosamente y agarró una de las tablas donde venía Memo, levantándolo. El muerto quedó ladeado, ella aguantaba el quemón de la esperma chorreada del velón.

—A ver la melodía, que este es un muerto alegre. —Gritó a los músicos—. Padre, guíe a la gente, ¿en dónde vamos a enterrar al Memo?

—Entremos y sigamos caminando hasta encontrarle sitio, Dios proveerá. —Respondió el misionero.

Los músicos no sabían temas fúnebres, así que tocaron un danzón lento que les pareció lo más adecuado, logrando motivar a la gente que empezó a andar, las botellas seguían pasando de mano en mano y de boca en boca, humedeciendo las penas de tal modo que ya muchos se movían a ritmo de baile. Luego el flautista que había tocado en algunas fiestas de ricos caleños, se metió con la melodía de un porro conocido y los demás lo siguieron para completar, la gente reconociendo el tema, también comenzó a responder: “San, san, San Fernando…”, y la marcha triste para Memo Cocha, ahora se celebraba al ritmo de Lucho Bermúdez.

Azucena llegó a tiempo para ayudarle a Serafina con el levantamiento de Memo, antes de alzarlo puso las dos gardenias entre los pliegues de la sábana, en lo que suponía era el pecho. Y cuando fueron cruzando la glorieta de los columbarios  aparecieron un grupo de esqueletos asomados, mostrando sus calaveras sonrientes, los difuntos alegres daban la bienvenida. Todo el grupo se internó en el cementerio y atrás entre las últimas personas venía Catalino ensimismado, pensando que Memo había sido un hombre sabio, siempre quiso enseñarle algunas cosas importantes sobre la vida, pero él no lo escuchó y ya no lo escucharía más, hasta que escuchó un ruido hueco como palos de guadua cayendo o como si alguien los golpeara, el sonido era muy parecido al de la marimba, se alejó del grupo y fue hacia el lugar de donde provenía el ruido. Llegó a un callejón que dejaba ver una montaña de huesos, alguna fosa común destapada por la explosión donde un grupo de perros vagabundos jugaban lanzando al aire las tibias y fémures, clavículas, húmeros y maxilares de miles de NN que al caer hacían ese sonido particular. Uno de los perros jaló casi entero un esqueleto y mientras lo arrastraba lejos de la montaña se sacudía de tal modo que parecía bailar. Esta visión macabra le divirtió, haciéndole imaginar que destruido el bailadero Memo se había quedado sin trabajo, pero había llegado a este lugar para montar una nueva Casa de Mangle con esta clientela, se alegró y se rió fuerte, imaginando qué canciones pondría Memo para estos muertos, seguro algo tan bueno que los pusiera a bailar, les pondría música para levantar muertos y el cementerio sería el último lugar donde todos vendríamos a continuar la rumba, de la mano de Memo Cocha.

El misionero iba adelante rezando bajo, atrás venían los dolientes bebiendo y cantando, sin rumbo por los callejones del cementerio a ver sin encontraban un hueco donde sepultar al Memo. Habían muchas tumbas derruidas y aplastadas en las bóvedas, en tierra se toparon con la tumba abierta de Casiodoro Reyes, el único muerto que reconocieron por la matraca aún sostenida entre sus huesos.

Serafina voltea y ve que en la entrada está niño de los mandados, igual que siempre como si no le hubiera pasado nada, jugando en medio de los escombros del cementerio con un sombrero redondo color café, desvencijado y roto. Serafina ríe para sí, dichosa al ver que el niño sigue con vida. Alguien señala un ataúd, que reluce como nuevo, el cajón alumbra por el sol que se estrella en el vidrio de la tapa.

—Está nuevo. No tiene muerto, hay piedras adentro. —Grita uno de los que se había unido al grupo por el camino.

Al pie del ataúd hay dos palas, una pica, una linterna y cuatro coronas de flores regadas y pisoteadas. Seguramente habían profanado esta tumba, más allá se veían retazos de un vestido masculino, olía a muerte fresca, no llevaría mucho enterrado, por eso la calidad del ataúd, no dejaba de causar misterio una mancha de sangre que se alargaba hacia la salida. Los del garrón, alternan ahora con un bolero son movidito y los acompañantes les siguen con aplausos. Nadie dice nada del cajón con piedras, a nadie le interesa que ha pasado allí esa noche, con la explosión es suficiente. Al misionero se le escucha la voz ya cansada, así y todo no deja de rezar en medio de la música. Dos hombres sacan las piedras y las tiran a un lado: “Listo”. El ataúd prestado espera ser ocupado. Adentro el terciopelo blanco lleno de moños imitando flores y hojas, hiere la vista. Es un blanco estridente. Catalino observa la sábana que contiene a Memo Cocha y piensa: “La suerte que siempre tuviste, no te abandona ni muerto”.

Este día en el cementerio central es diferente, no hay familiares tristes haciendo su conversación sosa de arrepentimientos y planes nunca realizados. La noche de la explosión cambió todo, lo que fue muerte para la ciudad, aquí resultó vivificante. A la 1:10 de la madrugada, la muerte nuevamente llamó a estos finados. Tocó sus lápidas con un violento golpe, obligándolos a salir y presenciar la llegada de un nuevo difunto alegre y bullangero, acompañado de música como si fuera un rey.

Catalino le ancló la mejor cruz, sobre el montículo de tierra. De las que estaban tiradas en el suelo, la de mejor aspecto: ni rota ni desvencijada. Los nombres y fechas pasadas se habían borrado. Con un pedazo de carbón de una exhumación vieja, le colocó la fecha de la explosión y el nombre: Memo Cocha. Las cuatro coronas de flores pisoteadas, las repartieron de la mejor manera posible. Hasta bonita quedó la tumba. Al misionero, sostenido por dos hombres y con un sufrido caminar, solo le sale un murmullo de confesión de sus labios rajados y secos. Sin demasiada solemnidad la multitud se va dispersando mientras abandonan el cementerio. Comienza a notarse el silencio de la muerte. Vuelve el mismo ruido de huesos saltando y cayendo, huesos con que juegan los perros. Los bulldozer en la distancia.

—No dejen de tocar. —Grita Serafina a los músicos.

El cortejo se desintegra, son muy pocos los que se acercan a Serafina a darle el último pésame. Los músicos se paran cerca de algo parecido a un muro, siguen con la música, ahora un bambuco caucano. A Serafina le duelen los juanetes, quiere llegar pronto a casa para quitarse los zapatos, la dignidad de haber enterrado a Memo Cocha le impide hacerlo allí mismo. Es el segundo muerto ajeno que entierra, mueve la cabeza mirando los escombros: Ojalá, no me llegue la hora de enterrar a mi nieto, ni a mi esposo. Se acuerda de Griselda, la mujer de Memo: ¿Será que ya se enteró? ¿Estará viva?


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