Lecturas Perjudiciales

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Una mosca entre páginas

In Autores excéntricos, Ensayos on 13 septiembre, 2013 at 4:53 PM
Barbarie_Mosca.jpg

Ilustración: Julián Cortázar

Por L. C. Bermeo Gamboa

He visto moscas posarse en libros, a veces libros abiertos, libros que están siendo leídos. Justo ahora, se para una en la palabra adonde iban los ojos que han llegado tarde porque son lentos. Veo la mosca no la palabra, frunzo el ceño, la miro y sin embargo mi mirada no la mata. Se me ocurre cerrar el libro y atraparla, una forma brutal de terminar con el insecto y la lectura. Me contengo, supongo que debe haber una forma menos bárbara de atrapar una mosca.

Ocasiones así dan para escribir un poema en los márgenes del libro, aunque sea un verso espontáneo como: “Esta mosca es antigua…”. Así lo hago y sigo mi lectura. A los meses cuando acabo de leer el libro releo esa nota y me parece un mal verso, a ningún poeta se le ocurriría iniciar con eso de “Esta (lo que sea) es antigua…”. Entonces mejor opto por escribir un ensayo, ni modo.

Ahora que inicio, sé que mi tema es la mosca en general como metáfora, pero y la mosca precisa que originó con su interrupción todo esto ¿dónde está esa mosca? La biología dice que pueden vivir hasta 20 días. Esto no me impide imaginar que esa mosca no ha muerto, pues mi experiencia leída podría demostrar que la literatura ha sabido mantenerla viva, que algunos escritores —no pudiendo evitar sus interrupciones— hallaron una forma más civilizada de atrapar la mosca, no matándola sino dándole otra vida más larga en sus propias obras literarias, me aventuro a pensar que esa mosca, que rondaba las páginas de mi libro, es un insecto mítico que ha acompañado los libros desde siempre, a su mirada —tiene 2000 ojos y puede ver a una velocidad 1/200 por segundo— los hombres pasan con una rapidez insignificante y el libro —al que está unida o atada quién sabe si por amor o como castigo— permanece.

El día que menciono cuando vi la mosca no fue la primera vez que me topaba con ella, antes ya la había visto. El primer recuerdo que tengo de ella fue cuando leía el segundo volumen del Tristram Shandy cuyo personaje más entrañable —aparte de Mr. Yorick— es el tío Toby Shandy, un alma imperturbable y tolerante hasta el extremo, como lo define su sobrino Tristram: “Su naturaleza era plácida, pacífica —no había en ella ningún elemento discordante—, todo estaba combinado en su interior para hacer de él un hombre bondadoso”. Sólo este santo encontró la manera de lidiar con esta mosca que se paseaba por la sopa y le zumbaba por las orejas y la nariz, impidiéndole cenar en paz; cualquiera supondría que después de atraparla entre sus manos la aplastaría, pero no, lo que hizo fue llevarla hasta la ventana por donde la dejó escapar diciéndole: “Vete pobre diablo, lárgate, ¿por qué habría de hacerte daño?— Sin duda este mundo es lo bastante grande para que quepamos los dos en él”. Luego nos confiesa Tristram que él debe a esa temprana “lección de buena voluntad universal” todo su humanismo.

A muchos lectores de Laurence Sterne, en el siglo XVIII —y en el siglo XXI— les impresionó tanto este gesto de su personaje que la costumbre de ahuyentar suavemente a las moscas se impuso en los círculos sociales más refinados. El brusco manoteo para espantar ya no era bien visto, ahora había que decirles “Vete, vete” e indicarle la salida por la ventana o la puerta a las moscas, es de esperar que la mosca al sentirse echada se retirara sin mayor problema, no fuera y se les olvidara su humanismo a los presentes. Así lo que es un hermoso pasaje de la ficción, en la realidad fue convertido en una caricatura de esnobistas.

Poco después tuve mi segundo encuentro con la mosca, esta vez en las páginas de Memorias póstumas de Bras Cubas, allí nuestro “difunto autor” cuenta cómo mientras discutía con su amante tuvo una pequeña distracción que lo sacó de esa incómoda situación y lo puso en contacto con Dios. Sucede en el capítulo 103, cuando el narrador salta de la ridícula discusión amorosa y nos hace mirar con lupa a otra patética pareja, compuesta por la mosca y una hormiga “que le mordía una pata”, los cuales estando en el suelo les cae un pendiente de Virgilia y “entonces yo, —dice Bras Cubas— con la delicadeza propia de un hombre de nuestro siglo, puse en la palma de mi mano a aquella pareja de mortificados; calculé la distancia que había de allí al planeta Saturno, y me pregunté qué interés podía haber en un episodio tan insignificante. Si deduces de eso que yo era un bárbaro, te engañas, porque pedí a Virgilia una horquilla, pensando en separar los dos insectos; pero la mosca olió mi intención, abrió las alas y se fue. ¡Pobre mosca! ¡Pobre hormiga! Y Dios vio que esto era bueno”. A mí también me pareció bueno, pero yo alcanzo a ver algo más en esta anécdota.

Memorias póstumas de Bras Cubas fue publicado en Río de Janeiro el año de 1880, un siglo y dos décadas después que Tristram Shandy (1760) en Londres. Estos dos libros muestran el viaje que hizo la mosca desde la casa Shandy hasta la habitación de Bras Cubas y Virgilia, ese es el recorrido de la influencia que tuvo la obra de Laurence Sterne (1713 – 1768) en Joaquim María Machado de Assis (1839 – 1908). Aunque en cada autor la mosca cumple distinto papel, en Sterne busca moralizar, mientras en Machado de Assis es un guiño literario del discípulo brasileño a su maestro irlandés. Todo eso me lleva a pensar que cuando Bras Cubas pregunta “qué interés podía haber en un episodio tan insignificante”, en realidad es Machado de Assis aludiendo a que lo importante es el honor que esa mosca le está concediendo al hospedarse en sus páginas, tal como lo había hecho en la obra de Sterne.

Hasta aquí creo haber identificado aquella mosca que interrumpió mi lectura, que distrajo a Bras Cubas de su amante y que fastidió la cena del tio Toby Shandy. Ahora me resta hablar de su sentido como metáfora y para esto podría servirme ese mal verso del inicio.

Esta mosca es antigua: es el demonio Belcebú o Baal Zebub una deidad filistea cuyo nombre quiere decir Señor de las moscas, es quien produce la putrefacción de la carne y su reino el de los muertos.

Esta mosca es antigua: es la tormenta de moscas que asoló a Egipto, fue una de las diez plagas llamada El dedo de Dios, a Dante le parecían moscas gigantes las hordas de demonios que vio en el infierno.

Esta mosca es antigua: son las moscas que se posan en las heridas para enconar y pudrir, como se lee en la parábola del rico y lázaro, en esa imagen Sir Francis Bacon ve una alegoría de la vileza humana —lo dice a propósito de la bondad este hombre reconocido en su tiempo por traidor, arribista y ladrón—.

Esta mosca es antigua: zumba en el oído de quien va a morir —Emily Dickinson— y después de la masacre de un pueblo —como escribió María Mercedes Carranza— “se oirá nada más el canto de las moscas”.

Esta mosca es antigua: es la audacia con que Atenea inviste a sus soldados en la batalla, es la que adorna el collar egipcio de la reina guerrera Ahhotep.

Esta mosca es antigua: fue una mujer llamada Mía —Myia: mosca en griego— cuya personalidad era ruidosa, entrometida y envidiosa, por lo cual fue convertida en este insecto por la diosa Selene, según cuenta Luciano de Samosata en su Elogio de la mosca.

Antigua e inmortal esta mosca, como el mismo Luciano afirma, tiene alma y si bien su cuerpo muere en pocos días, ella luego toma uno nuevo, así ad infinitum. Esto me permite argüir que sólo ha habido una mosca, la mosca original. Y esa es la que Homero “el poeta de más potente voz” ya había atrapado en los versos de la Ilíada, como bien lo demuestra Luciano. Ahora puedo decir que esa permanente fuga de la mosca es lo que ha logrado atrapar la literatura, en esas páginas está la imagen de su huida.

***

Contenido relacionado: documental Joaquim Maria Machado de Assis, un maestro en la periferia.

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