Lecturas Perjudiciales

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Música para levantar muertos – Capítulo XIX (Final)

In Novela, Por entregas on 14 septiembre, 2016 at 5:55 PM

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba 

Lejos del centro de la explosión quedaron arruinadas las puertas y ventanas de casas y edificios que lograron mantenerse en pie. Por eso, el periodista Julio Lobo-Guerrero que había sobrevivido a la noche en Casa de Mangle, pudo entrar a las oficinas de El Relator a través una puerta descolgada de la edificación. Llevaba su cámara Rolleiflex al cuello, se encontró con las rotativas cubiertas por mantas brillantes de cuerina, los rollos inmensos de papel, empolvados y recostados a la pared, trozos de tejas quebradas, galones metálicos de tinta negra que filtraban su contenido por huecos y rajaduras. La mayor parte del techo estaba destruido, chorros de luz solar se filtraban por el lugar dándole un aspecto teatral. El periodista caminó entre el desorden hasta la sala de redacción. Cinco mesas con sus respectivas máquinas de escribir cubiertas de polvo y trozos pequeños de escombros caídos del techo, en algunas mesas se conservaban aún ceniceros con colillas y pocillos con ripios de café, máquinas con papel puesto para iniciar la redacción de alguna noticia que se quedó sin publicar. El periodista se fue hasta la que usaba de costumbre, limpió con su mano la mesa y la máquina, sopló enérgicamente el aparato y luego agarró una resma de papel de un cajón, insertó una hoja en el rodillo y pensó un momento lo que iba a escribir, después pasó a teclear con fuerza y rapidez, veía cómo aparecían sus palabras ayudado por la luz que se filtraba hasta el escritorio.


SANTIAGO DE CALI, AGOSTO 7 DE 1956 
VIOLENTA EXPLOSIÓN DESTRUYE PARTE DE LA CIUDAD

En la madrugada del martes nuestra ciudad se estremeció con una violenta explosión que destruyó completamente los barrios y lugares emblemáticos del centro de Cali: San Nicolás, El Porvenir, Jorge Isaac, Fátima, El Hoyo, El Piloto, El Teatro Roma, La Galería Belmonte, El cuartel de la Policía, una guarnición militar, la Estación del Ferrocarril,  hoteles, cantinas, bailaderos, casas de inquilinato y los hogares de miles de caleños desaparecidos para siempre. Aún las autoridades no reportan la cifra de vidas perdidas en esta catástrofe que tiene de luto a la capital del Valle. Se estima que son más de 2000 muertos.

La causa de esta tragedia se debió a la imprudencia oficial que dejó estacionar siete (7) camiones cargados con dinamita frente a la estación del ferrocarril, los camiones venían del Puerto de Buenaventura con destino a Bogotá. Otros nueve (9) camiones no permanecieron en la ciudad al no hallar parqueadero disponible, por lo cual la explosión no fue de proporciones todavía mayores.

La explosión ocurrió este martes festivo, día patrio, a la 1:10 de la madrugada. Desafortunadamente en vez de celebrar la Batalla de Boyacá, hoy se cancela cualquier actividad y entre el llanto de los miles de dolientes se adelantan laboras de rescate y reconocimiento.

En el lugar de la explosión, donde quedaba la estación del ferrocarril, sólo quedó un cráter gigante que está siendo usado como fosa común para los restos y cuerpos irreconocibles que se encuentran dispersos por el perímetro de la onda explosiva. No se recomienda a los curiosos acercarse a este escenario macabro.

No hay declaraciones oficiales sobre los hechos que desencadenaron la explosión, pero vox populi se afirma que todo pasó a raíz de la irresponsabilidad de un soldado y un policía que en medio de una discusión por  definir cuál de las dos instituciones era más respetada y mejor defendiendo la patria. Que uno de ellos era liberal y el otro conservador, por eso empezó una pelea que terminó a tiros de fusil y pistola, uno de los cuales fue a dar con los camiones de dinamita.

Para conocimiento general se hace un relato de los hechos acaecidos durante la noche anterior a la explosión.

La noche del 6 de agosto, en el reconocido rumbeadero Casa de Mangle, se habían reunido un grupo representativo de personajes caleños, la mayoría ahora desaparecidos por la explosión, esta noche en particular, asistieron: el cura Diocleciano Lozano de la parroquia de Jesús Obrero, acompañado de los comerciantes cristianos custodios de la virgen: Sofonías Tobar, Timoteo García, Lucas Holguín y Teófilo Lloreda. Algunos dirigentes políticos liberales y conservadores. Ganaderos, zapateros del centro, carniceros y gallineras de la galería. Así como buen número de damas de compañía y las llamadas coperas. Tuvo la presencia, inesperada de la bella dama conocida como La Zarca y su novio Ananías, dueños de conocidas casas de placer en la zona de tolerancia.  Estaban la señora Verónica Almeida y su esposo, el periodista encargado de las páginas judiciales de El Relator, reunidos con el subdirector de este periódico, Aníbal Escalante y su señora Rosa María Copete. Esa noche la música estuvo a cargo del reconocido melómano Guillermo Zarria más conocido como Memo Cocha.

Todos ellos perecieron en la explosión y los que sobrevivieron perdieron a sus seres amados allí. En la memoria de la ciudad quedará esa última noche de alegría en Casa de Mangle.


Al terminar, sacó la hoja y en contra de toda su formación periodística, escribió a mano un mensaje y lo firmó: “Vero, mi amor, siempre te recordaré. Julio”.  Luego se dirigió a un rincón donde se encontraba el mimeógrafo, buscó tinta con que llenar el tanque, sacó más hojas de la resma y acomodó el original para empezar a copiarlo, listo el aparato empezó a maniobrar una palanca para que funcionará, al instante salió la primera copia. Repitió el proceso hasta quedar agotado, finalmente le parecieron suficientes, al ojo parecían cien copias, no le importó. Ahora le preocupaba encontrar algo que le sirviera para pegar las hojas en las paredes y postes de la ciudad. No olvidaba que en la bodega había tarros de pegante Colbón, fue allá y tomó uno con una brocha. Regreso a la calle y en la puerta del periódico pegó la primera hoja, y así se fue caminando con las hojas envueltas y amarradas con un cable bajo el brazo derecho llevando la brocha en la mano y el tarro de pegante en la otra mano, iba a llenar el centro de hojas para que todos se enterarán de lo que había pasado y no olvidarán jamás esa noche.

***

En otro extremo de la ciudad Griselda se enteró de la explosión, por el estallido que se oyó en toda la ciudad y pueblos vecinos, y por las noticias de voz a voz que traían los vecinos del inquilinato, pero no temió por su esposo, estaba confiada en la suerte de Memo. Debido a esta sensación de seguridad, esa mañana decidió ponerse un vestido de lino rojo. Calzaba también sandalias con tiras amarillas. Se miró al espejo, era atractiva aún. Al terminar de acicalarse fue directo al  pequeño cofre donde Memo guardaba sus pendejadas como le decía, sacó uno a uno papeles, dinero y las láminas de barajas con imágenes de santos, vírgenes, Jesucristo en todas sus variantes, de varias Magdalenas, de Querubines, de ángeles de la guarda, de arcángeles. Todas las láminas se encontraban amasadas por los puchos de aguardiente que les había soplado Cachimbo. Pensó que lo mejor era guardarlas en su cartera y llevárselas a Memo, eran su protección y en estos instantes debería tenerlas consigo.

Al cerrar el cofre vio otra carta en el fondo, bien resguardada, estaba al revés y no se veía su figura, la sacó y al voltearla, Griselda sintió su cuerpo temblar; recordó que Memo Cocha se la había mostrado la otra noche, pero ninguno de los dos le prestó mayor atención. En la carta se veía una opulenta pista de baile, con fuertes colores rojos y amarillos, había personas que bailaban en círculos cogidas de las manos y al fondo un volcán en erupción; debajo de la imagen decía este nombre POMPEYA. Memo le había dicho que esa carta le recordó Casa de Mangle y al muchacho, por eso al otro día se fue a visitarlo. Griselda empacó todo y salió de la pieza, bajó corriendo las gradas de madera hasta la calle, cogió hacía el norte esperando encontrarse con Memo, se fue con un mal presentimiento. No había dejado de correr cuando llegó a la frontera que separaba la destrucción de lo que aún seguía en pie. Ve grupos de gente leyendo en las paredes, en los postes. Griselda se acerca a una pared donde hay una hoja pegada, lee una, dos, tres veces señalando con un dedo de la mano lo que mira. Lee lo último de la noticia: “Esa noche la música estuvo a cargo del reconocido melómano Guillermo Zarria más conocido como Memo Cocha. Todos ellos perecieron en la explosión y los que sobrevivieron perdieron a sus seres amados allí”.

—Memo, te fuiste sin avisar. —Dijo para sí y sonrió como si hubiera acabado de leer un chiste. —De esta si no te pudo salvar Cachimbo, adiós mi amor. Espero te vayas una noche de ronda allá en el cielo y te tomes algunos buenos tragos con el Señor, mientras me esperas llegar.

Oscurecía y tras el cielo rojo se distinguía pequeña y como temerosa, la luna. Griselda arrancó la hoja y la guardó doblada en su cartera junto a la carta de Cachimbo, luego emprendió el camino entre las ruinas del centro de la ciudad, buscando lo que quedara de Casa de Mangle y su esposo. Al ver la luna recordó una canción de Daniel Santos que le dedicaba Memo cuando se iba lejos: “Dile que la quiero / dile que me muero / de tanto esperar, / que vuelva ya. // Que las rondas / no son buenas / que hacen daño / que dan penas / que se acaba / por llorar”.


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