Lecturas Perjudiciales

El Viaje

In Casa de citas, Poemas, Uncategorized on 19 mayo, 2017 at 4:37 PM

Por Álvaro Mutis

No sé si en otro lugar he hablado del tren del que fui conductor. De todas maneras, es tan interesante este aspecto de mi vida, que me propongo referir ahora cuáles eran algunas de mis obligaciones en ese oficio y de qué manera las cumplía.

El tren en cuestión salia del páramo el 20 de febrero de cada año y llegaba al lugar de su destino, una pequeña estación de veraneo situada en tierra caliente, entre el 8 y el 12 de noviembre. El recorrido total del tren era de 122 kilómetros, la mayor parte de los cuales los invertía descendiendo por entre brumosas montañas sembradas íntegramente de eucaliptos. (Siempre me ha extrañado que no se construyan violines con la madera de ese perfumado árbol de tan hermosa presencia. Quince años permanecí como conductor del tren y cada vez me sorprendía deliciosamente la riquísima gama de sonidos que despertaba la pequeña locomotora de color rosado, al cruzar los bosques de eucaliptos).

Cuando llegábamos a la tierra templada y comenzaban a aparecer las primeras matas de plátano y los primeros cafetales, el tren aceleraba su marcha y cruzábamos veloces los vastos potreros donde pacían hermosas reses de largos cuernos. El perfume del pasto «yaraguá» nos perseguía entonces hasta llegar al lugarejo donde terminaba la carrilera.

Constaba el tren de cuatro vagones y un furgón, pintados todos de color amarillo canario. No había diferencia alguna de clases entre un vagón y otro, pero cada uno era invariablemente ocupado por determinadas gentes. En el primero iban los ancianos y los ciegos; en el segundo los gitanos, los jóvenes de dudosas costumbres y, de vez en cuando, una viuda de furiosa y postrera adolescencia; en el tercero viajaban los matrimonios burgueses, los sacerdotes y los tratantes de caballos; el cuarto y último había sido escogido por las parejas de enamorados, ya fueran recién casados o se tratara de alocados muchachos que habían huido de sus hogares. Ya para terminar el viaje, comenzaban a oírse en este último coche los tiernos lloriqueos de más de una criatura y, por la noche, acompañadas por el traqueteo adormecedor de los rieles, las madres arrullaban a sus pequeños mientras los jóvenes padres salían a la plataforma para fumar un cigarrillo y comentar las excelencias de sus respectivas compañeras.

La música del cuarto vagón se confunde en mi recuerdo con el ardiente clima de una tierra sembrada de jugosas guanábanas, en donde hermosas mujeres de mirada fija y lento paso escanciaban el guarapo en las noches de fiesta. Con frecuencia actuaba el sepulturero. Ya fuera un anciano fallecido en forma repentina o se tratara de un celoso joven del segundo vagón envenenado por sus compañeros, una vez sepultado el cadáver permanecíamos allí tres días vigilando el túmulo y orando ante la imagen de Cristóbal Colón, Santo Patrono del tren.

Cuando estallaba un violento drama de celos entre los viajeros del segundo coche o entre los enamorados del cuarto, ordenaba detener el tren y dirimía la disputa. Los amantes reconciliados, o separados para siempre, sufrían los amargos y duros reproches de todos los demás viajeros. No es cualquier cosa permanecer en medio de un páramo helado o de una ardiente llanura donde el sol reverbera hasta agotar los ojos, oyendo las peores indecencias, enterándose de las más vulgares intimidades y descubriendo, como en un espejo de dos caras, tragedias que en nosotros transcurrieron soterradas y silenciosas, denunciando apenas su paso con un temblor en las rodillas o una febril ternura en el pecho.

Los viajes nunca fueron anunciados previamente. Quienes conocían la existencia del tren, se pasaban a vivir a los coches uno o dos meses antes de partir, de tal manera que, a finales de febrero, se completaba el pasaje con alguna ruborosa pareja que llegaba acezante o con un gitano de ojos de escupitajo y voz pastosa.

En ocasiones sufríamos, ya en camino, demoras hasta de varias semanas debido a la caída de un viaducto. Días y noches nos atontaba la voz del torrente, en donde se bañaban los viajeros más arriesgados. Una vez reconstruido el paso, continuaba el viaje. Todos dejábamos un ángel feliz de nuestra memoria rondando por la fecunda cascada, cuyo ruido permanecía intacto y, de repente, pasados los años, nos despertaba sobresaltados, en medio de la noche.

Cierto día me enamoré perdidamente de una hermosa muchacha que había quedado viuda durante el viaje. Llegado que hubo el tren a la estación terminal del trayecto, me fugué con ella. Después de un penoso viaje, nos establecimos a orillas del Gran Río, en donde ejercí por muchos años el oficio de colector de impuestos sobre la pesca del pez púrpura que abunda en esas aguas.

Respecto al tren, supe que había sido abandonado definitivamente y que servía a los ardientes propósitos de los veraneantes. Una tupida maraña de enredaderas y bejucos invade ahora completamente los vagones y los azulejos han fabricado su nido en la locomotora y el furgón.


Tomado de Obra Poética (1993), Primeros Poemas (1948 – 1952), Álvaro Mutis.

El profeta de América Latina

In Artículos, Casa de citas, Ensayos on 19 mayo, 2017 at 3:49 PM

mapa amtiguo

Por Jorge Volpi

Las conclusiones de los especialistas no dejan lugar a dudas: el autor del manuscrito 5678Gm, localizado en las excavaciones que se llevan a cabo en el sitio donde alguna vez se alzó la famosa biblioteca de la Universidad de Harvard, no es otro que GGM, uno de los últimos profetas de la Edad Media (476-2025). Aunque su estado de conservación no es óptimo —la segunda Guerra Atómica destruyó por completo esta región del planeta—, los paleógrafos están convencidos de que se trata del único ejemplar conocido de Cien años de soledad (c. 1967), la gran saga mitológica de los antiguos pobladores de América Latina. El hallazgo ha sido saludado como un acontecimiento único: aun si era sabido que los habitantes de esta región del mundo veneraban las enseñanzas recogidas en este Libro, heredero natural de la Biblia o del Corán, su existencia había sido puesta en duda por numerosos escépticos.

De acuerdo con las leyendas que han llegado hasta nosotros, GGM nació en una pequeña aldea en las proximidades de la extinta selva amazónica que, a la edad de cuarenta años —cifra emblemática para los locales—, fue visitado por un ángel («un señor con las alas muy grandes», según las crónicas de la época), el cual le reveló cada una de las palabras de su grandiosa Obra. Hasta entonces las vastas regiones de América Latina estaban pobladas por distintas tribus que, si bien hablaban la misma lengua —una variante dialectal del viejo español peninsular— se encontraban divididas en una enorme variedad de reinos, señoríos y taifas que no se reconocían como una sola comunidad. Cien años de soledad terminó con esta situación: de pronto todas aquellas poblaciones, hasta entonces aisladas, se reconocieron en este mito fundador y comenzaron a venerar a GGM como a su único profeta. De hecho, podemos decir sin que suene a exageración, que GGM fue el verdadero inventor de América Latina.

Así nació el culto a los Buendía, dioses brutales y caprichosos, no muy distintos de las deidades griegas y prehispánicas en las que debió basarse GGM, cuyas hazañas eran aprendidas de memoria por los niños. La nueva religión, bautizada por sus sacerdotes con el nombre de Realismo Mágico, se extendió con insólita rapidez desde el Río Grande hasta la Patagonia, aunque su influencia llegó a hacerse sentir en lugares tan remotos como Seúl, Valladolid, Seattle y Johannesburgo. Desde los tiempos de Muhammad y Karl Marx, ningún otro profeta había logrado conseguir un número tan grande de creyentes en tan poco tiempo.

Como cualquier libro religioso, Cien años de soledad está lleno de hechos asombrosos —milagros, trances, metamorfosis— que, según los especialistas, eran rigurosamente creídos por los lectores de su tiempo. Y, si bien la sensibilidad contemporánea puede horrorizarse ante algunas de las costumbres bárbaras descritas por GGM —los latinoamericanos del lejano siglo XX no eran precisamente civilizados—, su autor poseía un talento narrativo inigualable: su estilo torrencial y vibrante, cuya profunda belleza se percibe incluso en las traducciones al español moderno, no admite competencia. Tal como nos ocurre con la Biblia, la Ilíada o las sagas islandesas, nosotros ya no podemos leer Cien años de soledad como un texto religioso, sino únicamente literario: una de esas pocas obras que, sin importar las intenciones proféticas de su autor o sus connotaciones místicas y religiosas, continúan leyéndose con asombro y placer pese a los diez siglos que han transcurrido desde su escritura.


Tomado de Mentiras contagiosas (2008), Jorge Volpi.

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