El Etnógrafo

Más de dos años habitó en la pradera, bajo toldos de cuero o a la intemperie. Se levantaba antes del alba, se acostaba al anochecer, llegó a soñar en un idioma que no era el de sus padres. Acostumbró su paladar a sabores ásperos, se cubrió con ropas extrañas, olvidó los amigos y la ciudad, llegó a pensar de una manera que su lógica rechazaba. Durante los primeros meses de aprendizaje tomaba notas sigilosas, que rompería después, acaso para no despertar la suspicacia de los otros, acaso porque ya no las precisaba.

Para un aprendiz de crítico

Y si añade que cada nación está históricamente «obligada» a satisfacer la necesidad colectiva del héroe o del conductor político, pero no la del artista, porque el arte no es respuesta a ninguna necesidad colectiva, plebiscitaria o democrática, usted correrá el riesgo de aparecer como reaccionario político y como conspirador detestable contra la única gloria indiscutible para toda sociedad: la gloria del arte nacional.

#Poema No podemos saberlo – Natalia Ginzgurg

No podemos saberlo. Nadie lo sabe. Puede ser también que Dios tenga hambre y debamos quitársela, tal vez se muera de hambre, tenga frío y tiemble de fiebre bajo una manta sucia y llena de chinches, y tengamos que correr en busca de leche y leña, y llamar a un médico, y quién sabe si encontraremos enseguida un teléfono, la ficha y el número, en la noche llena de gente, quién sabe si tendremos suficiente dinero.

Diálogo nocturno con la emperatriz Carlota

“Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina Victoria de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austriacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del palacio de Laeken.