Lecturas Perjudiciales

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Sueño con un solo ojo

In Cuentos on 26 junio, 2017 at 5:14 PM

William Blake – Book of Job

Por Edgar Cuero Córdoba

Sueño poco. Pero hoy finalmente volví a soñar, un sueño tan diáfano, nítido. Parecía estar deambulando dentro de una película y todo era tan real que decidí retener lo presenciado antes de que llegue el olvido. No me gusta soñar, para mí es inoficioso gastarme en pesadillas que me hacen sudar con sobresaltos desmesurados al abrir mis ojos dilatados por esta aventura nocturna. Todo lo visto, lo vivido sale corriendo por un túnel oscuro. Hoy es diferente, lo soñado me da vueltas en la cabeza, la atmósfera sigue ahí como esperando que me integre. Estoy alegre, yo soñando largo y tendido, esa sensación no la había tenido nunca. Asumí este sueño con tan solemne privilegio que decidí relatarlo para la posteridad, escribir esta experiencia de años sobre años de no soñar nada.

Me pongo mis anteojos sin salir de la cama, miro el reloj despertador: las 4:10 AM brillan en puntos amarillos que parpadean. Descalzo no siento el frío del piso, busco el computador, lo abro, lo prendo y la luz de la pantalla me hiere un solo ojo, no había notado que durante todo este trayecto mi ojo izquierdo permanecía cerrado, hice esfuerzos con los músculos de la cara de ese lado, traté de abrirlo con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda, nada, mi ojo seguía cerrado. Al esforzarlo con las dos manos y sus dedos una punzada de luz penetró en él y la película de mi sueño se desbocó corriendo hacia el túnel oscuro. En una locura de muecas, moviendo mi boca, elevando y bajando mis pómulos, abriendo y cerrando la mandíbula, intenté taponarme las fosas nasales para matarme por falta de oxígeno, cuando con mis diez dedos cerré mi ojo izquierdo a la brava, noté que la película frenaba su loca carrera hacia el hoyo de la perdición. Sudaba a mares, la emoción de no haber perdido mi sueño justificaba el forcejeo que había tenido con mi ojo. Qué contradicción tan tremenda: abrirlo y cerrarlo a puro combate para que mi sueño no escapara.

Una especie de caleidoscopio con espejos de diferentes tamaños y direcciones se apoderó de mi vista, de mi ojo. El abierto mostraba las tramas de mis sueños. Giraba y aparecían infinitas posibilidades de personajes que antes no creía haber visto. A veces me mostraba retazos de mis sueños pasados como el de la vecina que le di un beso robado y ella me respondió con una sonora cachetada. O la vez que un mastín me tasajeó media pierna, el calidoscopio mostraba al perro con sus colmillos afilados untados de sangre, ladrándome furioso. Yo sabía guiarme, esperaba encontrar al viejo manso y paciente con túnica desgastada comiendo un pirulí de mora, sentado en una piedra plana. De ahí para atrás era mi sueño. Único sueño    que apetecía guardar. Seguramente muchos han quedado sueltos, se escaparon. Este que he perpetuado en mis pupilas debe de ser valiosísimo, a que sí. El ojo cerrado se mueve nervioso, impaciente con movimiento apenas perceptible de pestañas. Y de pronto el hombre salta de gozo junto con la silla donde está sentado. Ahí como en foto fija de celuloide aparece el inicio de su sueño, el que ha capturado con tanta lucha y sacrificio “Yo también sueño querida”, miró a su mujer que roncaba con requiebros musicalizados nacidos en su garganta.

El calidoscopio abandonó sus frenéticos giros. Sus espejos de diferentes tamaños y colores se alinearon de tal manera convirtiendo el sueño en un dechado de imágenes nítidas e inquietas unas veces sobre las teclas del computador y otras jugando nerviosas y coquetas alrededor del ojo abierto. El hombre escribía frenéticamente, única forma de que el sueño adquiriera la prontitud de embeleso y de orden para poder interpretarlos como piden los tratados de lectura de sueños:

De Jezabel, la princesa Fenicia, los perros comieron de su cuerpo muerto. Dos días atrás, ella había dado la orden de matar al profeta Elías. El sueño comenzaba a tener seriedad y fundamento. Lloraron desconsoladas las prójimas recostadas a la pirca de piedras grandes y frías. Muro emblemático de las mujeres de conducta dudosa o rabizas, prostitutas de buena envergadura, como también las rabonas mujeres que acompañaban a los soldados en sus marchas hacia la guerra. Al otro lado de la ciudad la prole en algarabía se disputaba la jifa sobrante. El jifero con cuchillo de matarife servía de árbitro sanguinario en la contienda por trozos de desperdicios vacunos. Todo esto exacerbaba a la prole hambrienta. Acunaban sus manos igual a vasijas, a vasos, a peroles esperando el paso del olor de los jilotes para capturar esa neblina olorosa de granos asados sin reventar para llenar la panza a punta de olores. Olores convertidos en esperanza de comida. Olores de mazorcas biches asadas al carbón.

Por las ventanas del palacio también se escapaba la delgada neblina de olores exquisitos venidos de la cocina imperial. Flotaban en la calle sin descender ni avanzar, seguramente el vocerío de la prole mantenía la  comida  flotante allá  arriba, mientras miles de peroles lanzaban tarascadas a la ola caliente de la Jinestada que hervía burbujeante en las lujosas ollas saliendo encabritada en salsa de leche, arroz, dátiles y especias.

Y no solo estos olores alborotaban la murria. El jipar de un holgazán andrajoso expulsando sus gemidos cautivaba a la prole que se movía a la par de sus chillidos. Hombre alto y flaco, ya pronto sería un recuerdo, la muerte le rondaba en forma de perro igual de lánguido. Ese jipar alborotaba con más intensidad el hambre transeúnte. Todos alzaban sus jofainas a ver si el olor se dignaba planear en utensilios parecidos a platones de aseo personal.

La multitud no contenta con levantar y agitar las jofainas a viva voz, hacían tronar las jícaras de madera untadas con restos de trigo seco, abriendo las jetas como hocicos de puerco esperando un mínimo de alimento, sobras, raspado, algo, un untado. Con un turrón de jijona aunque fuera, un gramo de turrón que traen los marineros en sus alforjas, un turrón para cada habitante, para la mendicidad de la ciudad con esto era justo y necesario. Eso pensaba la prole hereditaria de la Roma Imperial.

4:50 me dice el  reloj  nocturno. Sus puntos amarillos titilan en mi ojo abierto. Soñar con tanta hambre acumulada me llena de inquietud. Un sueño lo sé. Su realidad no puedo esconderla. Virtud, eso siento al escribir este sueño epopéyico sintiendo la misma hambre, la igual necesidad de la prole en mi cuerpo, en mi estómago.

De pronto los gemidos fueron cambiando de tono. Los gemidos alternaban sus notas entre bajo y alto terminando en una algarabía fiestera. Lo jocoso del ambiente daba paso a la jocundidad transformadora de bocas, rostros antes inundados de miedo, de terror de cobardía, ahora era una finiquitada de ansias acumuladas en sus cuerpos, en cada hombre, mujer y niño. Y sin pensarlo dos veces por las ventanas del palacio empezó a llover en cantidades alarmantes jarope, un trago amargo y feo que era el preludio para engatusar las gargantas y prepararlas para lo especial: el rico jerez, blanco y fino vino. Sí, de verdad vino gentil para la prole. Yo con mi ojo lo veía sin poderlo creer, al fin el sueño me decía tratando de engañarme. Pero cómo discutir conmigo mismo sí era verdad.

El jarrear del vino fue abundante y los del palacio lo fueron alternando con musicalidades líricas de dos y cuatro versos, la dulce jarcha, melodía perfecta, ayudaba a esa tortura. Y sin más preludio todo acabó, la algarabía fue apagándose lastimeramente terminando en un aaahhh prolongado. Silencio total. Ni un solo murmullo de vida. Nula respiración.

La jeremiada se fue elevando ganando en lamentación exagerada con tal intensidad, haciendo vibrar los cimientos del palacio. Los pájaros se devolvían ante semejante explosión de gargantas. La prole pedía, protestaba. Al fin, tramoya de teatro romano. Al interior del palacio renació la fiesta mundana y ollas y cacerolas, jarras y ánforas revivieron a su cotidianidad y sin hacerse esperar renació otro rico tufillo, otro olor inquisidor de estómagos: el sabrosón jerricote, guiso para paladares de corona en la testa; guisado de almendras, azúcar, salvia y jengibre. Y allá abajo los brazos medrosos volvieron a levantarse para esculcar el aire con sus jofainas y ya se fortalecían los lamentos y se fue identificando en la memoria colectiva ese olor, ese chasquido de lengua, labios, paladar y hasta dientes. Y la prole trató también con las narices. Pero nada, era algo viejo que ahora volvía a sus recuerdos y el olfato había desechado ya. Todos volvieron sus cabezas buscando ese tufillo de algo. Y vi lo que ellos vieron: al mismo anciano que yo había visto al principio de mi sueño. El anciano venerable sentado en una piedra plana, vestido con una túnica vieja chupando un delicioso pirulí de mora, con toda la paciencia y sabiduría, con toda la justeza de sus años. Ese es Job, pensé. Y antes que la muchedumbre hambrienta lo abarcara para asesinarlo por el pirulí, tiro el pirulí vacío por encima de sus cabezas y todos se destrozaban buscando el dulce en el suelo. El viejo Job se encamino hacia el túnel oscuro. Yo luchaba con mi ojo izquierdo para mantenerlo cerrado, pero  comenzó a abrirse solo. Con mis ojos plenos y abiertos todo mi sueño se fue perdiendo en ese túnel fatídico. Miré mi reloj despertador y los puntos amarillos me dijeron: 6:00 AM.

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