Música para levantar muertos – Capítulo XIV

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

Catalino lo supo la noche que buscó un disco y no lo encontró en el sitio habitual. Se percató —recorrió todo el estante y notó con asombro que todos los acetatos habían rotado de lugar. Incluso la cristalería, los santos, los velones— de que todo su orden estaba trastocado.

—¿Quién te dio la orden de cambiar de lugar los discos? —preguntó el tabernero con algo de disgusto a Memo Cocha que barría el estrecho espacio.

—Yo, ¿quién más? —dijo mirándolo con sus ojos de centavo y siguió barriendo las tapas de cerveza y las colillas de cigarrillos.

—¿Cuál es la razón, no la veo? —el tabernero movía las manos con nerviosismo.

—La razón es que tú —Memo Cocha con el dedo más largo de su mano derecha golpeándole el pecho, lo empujó tres veces— de ahora en adelante, vas a estar allá afuera atendiendo a los clientes, bailando, charlando y bebiendo con ellos —Memo Cocha se paró frente a él con la escoba entre las manos, parecía un soldadito en una obra de niños, y lo fue empujando poco a poco, con la suavidad de un relojero—. Tienes tiempo de irte a cambiar esa ropa de obrero. Andá cambiáte —Memo se echó el sombrero a los ojos para no verle la cara a Catalino—. Sé que tu armario está lleno de trajes sin estrenar, ponte alguno, ponte a la par del negocio, vístete para que te respeten.

Catalino lo miró con rabia y quiso echarlo, así como llegó de improvisto, arrojarlo de vuelta a su cuarto de dos ventanas, ¿quién era él para venir a dar órdenes?

—No quiero apoderarme de tu negocio, no —le leyó la mente y dijo con rapidez—, te ayudo para que se cumpla el sueño de tu papito. Tú ya sabes, se lo debo.

El tabernero tranquilizó a medias su palidez, estaba rucio de la ira.

—Ahora, ve a vestirte y cuando vuelvas compórtate como el verdadero dueño que eres —la voz de Memo es sólida como la de un padre amonestando a su hijo, agitó la escoba en el suelo y una polvareda recorrió todas las mesas. En ese instante Catalino supo que no volvería a poner un solo disco. Que lo que su papito deseaba desde la distancia, empezaba a cumplirse—.

***

Con la risa última de los muertos del fin de semana llegó el lunes y en el cementerio central están los parientes dando el toque con los nudillos en la losa, avisándole al ido que llegaron y luego que se van. El día pasó lento, cae la tarde y Azucena linda ha vendido todas las flores, solo le queda el habitual ramo de gardenias de todos los lunes. Se quita el delantal de plástico y lo deposita en un cajón donde también guarda las flores sobrantes. Humedece su ondulada cabellera con agua de claveles, se peina despacio con una peineta de nácar que le sirve de prendedor para el cabello, mientras disfruta la brisa coqueta que ondea su vestido verde esmeralda de dos piezas. Decide cubrirse los hombros con una chaqueta manga corta y entre su falda estrecha con abertura se ven dos piernas forradas con medias veladas color negro que llegan a sus pequeños pies descansando en zapatos altos de tacón puntilla con correas verde biche. Así, con la última campanada que anuncia la culminación de la misa, se aleja del cementerio.

Llegó hasta la calle donde queda el bailadero, esperó enfrente a que pasaran varios buses y camiones, escuchando los silbidos y piropos que le mandaban conductores y pasajeros. De Casa de Mangle salía pura savia de boleros. Vio entrar a dos parejas conocidas, unas compañeras floristas y dos zapateros espléndidamente vestidos. Los hombres con vestido entero y corbata, de zapatos brillantes, las mujeres con vestidos ceñidos al cuerpo, de encajes estampados y satinados, y zapatos cerrados de tacón cubano. Azucena linda se miró y notó que estaba bien vestida, ¡en fin! ella iba a tomarse una caneca de aguardiente, escuchar boleros y ver bailar. Entró y se dirigió a la mesa de siempre. Notó nuevamente que el tabernero no estaba en su sitio, ya van dos lunes que observa la barra atendida por un ser lánguido, fantasmal, perdido en la ropa que lleva puesta, rumiando. Esos lunes vio al tabernero charlando con los músicos en el rincón de la tarima y luego, cuando todos bailaban, quedarse solo con una botella de licor mirando al bar con ansias de atender.

Este lunes se sentó y miró nuevamente hacia la tarima, allí estaban El Fantasma Figueroa en los timbales y El Tirijala con las maracas acompañando un bolero, faltaba el tabernero. Giró la cabeza y vio a varias parejas bailando, el local estaba a medio llenar. Algunas de sus compañeras levantaron la mano y saludaron desde la distancia, lo mismo que uno que otro galán conocido, ellos sabían que del saludo no pasaba, se quedaba sentada y listo. Se volvió a ver la barra y el mismo sujeto revoleteaba con los discos, destapaba cervezas, atendía las mesas con un caminadito presuroso atravesando la pista, por entre los bailadores, sosteniendo una bandeja con botellas y tinteros. Al momento lo vio venir trayendo la caneca de aguardiente, un tintero y un florero de cristal trasparente.

—Buenas tardes —Dijo mientras limpiaba la mesa con su bayetilla.

—Buenas tardes —contestó ella, mirándole la cara detenidamente. Memo, destapó la caneca, le sirvió un trago, cogió el ramo de gardenias, les quitó el amarre y las depositó en el florero de cristal—. Gracias —Dijo y se tomó el primer trago de la noche.

Estaba relajada bebiendo su aguardiente cuando, allí pocos conocían el don de Memo Cocha para sacudir a las personas con la música, la tocó un bolero. Era Bienvenido Granda el que le había llegado sin solicitar y logró hacerla temblar. De reojo Memo la vio estremecerse y tomarse un trago para entrar en cordura, no fuera que Bienvenido la sedujera esta noche con: “Te quiero mi vida te adoro/ eres todo para mi / Morena oye mi canción / Mi canción llena de amor y de pasión / Para ti / Solo para ti / La compuse / Te quiero mi vida/ Te adoro / Eres todo para mi / Ven morena por Dios”.

El bolero fustigó con caricias de seda a los que estaban sentados y poco a poco, obedeciendo, fueron saliendo a llenar la pista, Azucena sintió desfallecer su cuerpo, algo le impedía respirar y no supo porqué tuvo la necesidad vital de salir también a bailar, era como si estando mucho tiempo en una cueva de pronto se arriesgara a respirar el aire puro del campo en la mañana, pero el baile se respira en pareja y nadie la invitaba a la pista, todos sabían que ella siempre se negaba, nadie creería que ahora se moría de las ganas.

Antes que mostrarse necesitada se contuvo y trató de observar lo que estaba sucediendo en la pista. Una de las parejas asumía el liderazgo dando guía con sus cuerpos al fluir de la música, exigían la obediencia de los demás danzantes para una interpretación colectiva en la que cada uno debía respetar su lugar si querían darle la forma precisa al bolero. Azucena comprendía todo los movimientos y sabía que el conjunto seguía el ritmo sin esfuerzo con cada paso, todos a la vez, como repitiendo al tiempo una misma oración, no le parecía raro, pues mil veces ha escuchado este bolero y podría bailarlo en silencio con la música en su cabeza: “Te quiero mi vida /Te adoro/ Eres todo para mi / ven morena por Dios…”. Se tomó un trago doble y cerró sus ojos para imaginarse que ella también bailaba.

A Memo Cocha la noche y la música lo habían vuelto un sabio de barra, esos que saben cómo solucionar momentáneamente las desdichas de la vida con canciones. Sabía reconocer en los rostros las penas del alma y el corazón, por eso cada elección la meditaba con seriedad, no fuera a causar un dolor más profundo que llevara a malas decisiones, a muchos les gusta que la música decida por ellos y Memo Cocha siempre prefería inspirar que despechar, alentar que consolar, sabía que a muchos les cuesta expresarse y decían lo que querían con canciones, así que debía elegir bien para que pudieran comunicarse. Tenía claro que con música alegre se ganan más clientes, una canción mal escogida puede causar la muerte y los muertos no consumen.

Esta noche Memo Cocha quería liberar de su cautiverio a la florista, sin dejar de observarla mandó a Daniel Santos con un detalle para ella: “Dos gardenias para ti / con esto quiero decir / Te quiero / Te adoro / Mi vidaaaa / Ponle toda tu atención / Que serán tu corazón/ Y el mío / Dos gardenias para ti / Que tendrán todo el caloooor de un beso / De esos besos que te di / Y que jamás encontraras en el calor de otro querer…”.

Se puso de pie, esta vez no pudo evitarlo. Ahora miraba a la pista con ansiedad, ya varias parejas comenzaban a bailar y ella aún sola de pie. Memo vislumbró en el horizonte que si no hacía algo antes, esa mujer desesperada se lanzaría a bailar sola. Si eso pasara no volvería por vergüenza, no dejaría perder ese cliente así no más. Ella dio dos pasos hacia la pista cuando una mano la agarró suave pero decidida por el brazo. Volteó y se encontró con Catalino que sonreía como actor de cine mexicano.

No lo reconoció, porque ahora el ex-tabernero fungía como administrador de Casa de Mangle y su nueva vestimenta así lo demostraba: un traje color vino tinto de saco cruzado que cubría una camisa negra con corbata roja ancha y el pantalón con pliegues terminado en boca angosta donde sobresalían los zapatos de dos tonos, café y blanco.

Memo Cocha observó la escena y para que pudieran disfrutar completa la canción paró el disco que iba en mitad del recorrido, espero que la pareja se montara a la pista y lo puso de nuevo. Muchos chiflaron y gritaron: “¡Soltá el muchacho!” como se hace en cine, cuando la cinta se rompe. Gritos y aplausos acompañaron nuevamente el baile. Ahora ella tomó la iniciativa y Catalino se dejó guiar confiado, acercándosele más. Al roce de sus rostros se percató que ella no estaba borracha. Azucena linda se ajustó al cuerpo de Catalino cuando Daniel Santos dijo: “Dos gardenias para ti / Que tendrán todo el caloooor/ De un beso / De esos besos que te di / Y que jamás encontraras en el calor de otro querer /”. No recorrieron la pista que podía hacerse inmensa si ellos querían mientras la música siguiera, prefirieron bailar profundamente sobre el mismo punto, como dos viejos que han bailado siempre la misma canción.
Catalino se había convertido en un Camaján y al parecer elegió a la florista como su pareja, así lo entendieron quienes los vieron bailar esa noche. Antes de acabar la canción Memo Cocha se tomó un trago escondido para celebrar la iniciación del muchacho. Decidió que esta sería una noche íntima y sonrió cuando supo cuál sería el bolero que venía a continuación.

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