Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos – Capítulo XVI

In Novela, Por entregas on 24 agosto, 2016 at 10:25 PM

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

Azucena linda encontró el amor todos los días en Casa de Mangle.

Soles quietos, el de las dos de la tarde está en el mismo sitio que el de las seis.

Dentro de su pequeño reino deambula un duende, Memo.

El salón se llenó de un olor fresco y alegre.

Con las brisas de mitad del mes de Julio se espanta el calor como al diablo.

¡Compro frascos, fierros viejos…

Aluminio y cobre…

Cambio huesos por caramelos!

—­Es inquieto el Memo.

—Él es así. Lleno de sorpresas, para qué, pero está manejando bien el negocio.

No bota las flores que aún permanecen frescas, después de tres días, las mete en botellas de aguardiente vacías.

Verano en Cali: calles asfaltadas y siete riachuelos llevando aguas como caldos calientes.

Las flores nuevas las deja en la mesa donde están Azucena y Catalino.

Los camiones vienen de Buenaventura y van para Bogotá.

Martes festivo, esta noche se llenará el bailadero, lunes de rumba.

Su rostro y manos negras resaltaban sobre el rosa de la camisa.

Todos los días llegaba puntual, como sabia florista regando su jardín.

***

En rojo acaba el día y llega la noche amarillenta.

Memo rey de la barra, señor de la melodía, suena la primera.

Viiiirgen de media noche

viiiiirgen eso eres tú.

A las 6:00 PM, nueve camiones por la calle principal con su rugido de leones.

Con sus vestidos descotados y sus cabellos largos.

Llevaba su corbata ancha y llena de colores, como la cola de un pavo real.

Los poetas y las declamadoras, bebiendo y leyendo sus libros abiertos, sin importar la música.

Primero se iluminó todo el salón, luego un ruido ensordecedor y al final llegó la destrucción, todo en un instante.

—La Zarca quiere que la acompañes a la mesa —le dijo Memo a Catalino.

El calor de tanta gente consumió las flores, se alborota un olor a gardenias.

En un silencio justo, oyó el graznido de un gavilán sobre el bailadero.

Están por allá arriba, hacia el norte, por la estación del ferrocarril.

—¿Cuáles camiones, ve?

El párroco Diocleciano y los cuatro comerciantes, sin saludar.

—Aquí lo velaron, padre. —Dijo Teófilo Lloreda.

Saturnino Mosquera llegó vestido de paño azul turquí.

Trozos de discos y botellas.

***

—Ojo con esos tombos que vienen allá.

Las lágrimas le arden en la cara, llueve ceniza.

La reina de las putas y el señor de los pájaros.

—Están borrachos, dejalos ir que son policías.

—¿Con que usted es el misionero que explota niños? —Dijo el cura Diocleciano.

—Al primero que dispare, lo pico antes de caer muerto.

—Son para el periódico El Relator, fotos de sociedad.

Cae al suelo mirando a Catalino.

—La Zarca quiere que la acompañés a la mesa.

—Soy negro machetero del Cauca, a mucho honor.

Largos troncos venidos del manglar ahora humeantes.

—Los muertos necesitan de la luz para el camino que ahora recorren.

Perros quemados y heridos chillando en las calles al amanecer.

—Seis camiones con dinamita, como así carajo. ¿y nadie en la ciudad sabía?

—¿De qué niños me habláis, cura de pacotilla?

—De los niños de la calle, español explotador.

Los liberales del fondo ganadero.

—Poneme un bolero, Memo.

—Sí mi reina, para que saque al muchacho.

–¿Desde cuándo tanta mariposa negra acá metida, no limpiaste memo?

—¿Cuáles camiones?

“Bajare las estrellas para alumbrar tus pies, incienso de besos te doy”.

—A culear, licor y música que el mundo se va acabar. —Grita una de las coperas desde su mesa.

—Que vivan las sinvergüenzas. —Le responde un ganadero al otro lado de la pista.

Memo se estremeció al verlos bailar, recordó su juventud cuando él y Griselda exhibían sus pasos guaracheros en los mejores bailaderos de vieja guardia.

Descalzo con los pies gruesos y cuarteados, con su violín y su machete.

—Que quiten esos camiones de ahí, brutos de mierda. —Grita el policía al soldado.

Como correa el lazo del sayal y sus sandalias de cuero burdo.

Con sombrero de paja, con un tabaco artesanal, moviéndolo de lado a lado en la boca.

—¿Qué me decías de los camiones?

Maximiliana baila atrás de su mesa con la vitrina de empanadas, bofe y papas rellenas. Al lado el fogón con la paila hirviendo.

—Ají para más sabor.

Silencio y voces.

El curita de Jesús Obrero toma pequeños sorbos de aguardiente.

Un soldado le pega un culatazo a un policía.

A cuidar los camiones, haraganes de mierda… Vamos, vamos.

“Si me muero que me muera/ con la cabeza muy alta/ muerto y veinte veces muerto/ la boca contra la grama”.

Dos ovaciones para el misionero.

***

—Te vas a cagar de miedo. —Le dice el soldado, apuntándole con el fusil.

Niños navegando incendiados con dedos en la boca.

El miedo hace que Azucena le entierre las uñas en su brazo.

No quiere despertar

No quiere despertar.

—Sacúdalo vecina que yo voy por agua.

Cuatro manzanas, ocho manzanas. No son frutas desaparecidas.

Las nubes se quemaron.

Las gardenias olor predilecto de los que mueren por amor.

—La “pájara” quiere oír Niebla del riachuelo.

—¿Por qué no baila con Ananías?

“Por qué no se llevan sus matones/ y se van de aquí/ y se van de aquí”.

¡Viva el partido comunista! —Gritan de un rincón.

—Que quiere bailar el bolero contigo, Catalino.

El cura palpa el revólver en la sotana.

Saturnino chupa su tabaco.

Se pega con la carátula del disco en la cabeza.

Fotos y fotos, la luz de flash a nadie incomoda.

—Ahora sí mi socio.

—Qué carajos, que me borre un estornudo del diablo. Ni te imaginas Griselda mía.

“Hay que haber estado preso un solo día/ para saber lo que vale la libertad”.

—Hasta aquí llegó la suerte Cachimbo, ¿por qué no me leíste la última carta?

Están cargados con dinamita.

“Puertos abordajes donde el cielo vino a aullar”

—Aflójalo si sos tan hombre. No sos más que un razo marica.

“Náufragos del mundo que han perdido el corazón”.

—Vos y mi papito, ambos son unos malditos traidores.

“Ni la suerte ni la desgracia son perennes”.

“Turbios cementerios de las naves que al morir”.

“Amarrado al recuerdo yo vivo esperando”.

“En este mundo todo tiene que cambiar”.

“Barcos carboneros que jamás han de zarpar”.

—Tú papito y la Zarca fueron amantes.

“Bailaron toda la noche antes de embarcarse”.

—Te lo digo compañero, esta será la venganza de mi teniente-coronel.

—¿Y por qué el sol está naciendo por el norte? —Pregunta Maximiliana.

“Niebla del riachuelo/ de ese amor para siempre me vas alejando”.

El sonido de un bombo en su cabeza.

Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…

Y esa misma voz me dijo adiós…

Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…

Y esa misma voz me dijo adiós…


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