Lecturas Perjudiciales

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La marginalidad perdida

In Ensayos, Entrevistas on 15 noviembre, 2014 at 6:47 PM

(Entrevista a Daniel Ferreira)

Daniel Ferreira

Daniel Ferreira: “Salirse del sistema es más estimulante que aspirar a ser parte”.

Por L.C. Bermeo Gamboa

Cuando en los diarios de Baudelaire leemos el recordatorio que anota sobre comunicarse con Maria Clem, suegra de Poe, para definir los asuntos de la traducción del poeta norteamericano, lo que parece un trámite común es en realidad el modo subterráneo en que un poeta iniciaba una reacción estética rescatando la obra de un escritor marginal. Puesto que Dickens, Emerson y  Whitman —autores representativos— despreciaron a Poe, y por otro lado, mientras Hugo presidía la literatura en Francia; Baudelaire como un genio criminal organizaba su acometida traduciendo a Edgar Allan Poe, lejos de la atención pública, lidiando con sus vicios y problemas domésticos, configuraron una modernidad literaria que los reivindicaría.

Whitman ciertamente criticaba que la obra de Poe no estaba conforme a los ideales de la democracia, tenía razón. Baudelaire amó y luego detestó a Hugo, así como admiraba su poesía le repugnaba el proceder público del autor consagrado por la nación, le parecía pomposo y ridículo, tenía razón. En ellos la marginalidad surgió como alejamiento de los valores imperantes en la época, así en el caso de Poe; y surge también como una reacción a la moral acomodaticia de los escritores representativos, así en el caso de Baudelaire. Fue en el siglo XX cuando consagrados por una literatura heredera y una crítica moderna, estos dos autores dejaron de ser marginales; aunque no del todo, siempre el carácter marginal de un autor permanece en su visión literaria y en la estética de su obra, el hecho de que finalmente sea leído por la mayoría no cambiará su naturaleza.

La marginalidad conspira, así como una nota al pie puede anular el texto principal o como una organización criminal pretende ser el nuevo estado de una población; así en literatura los autores que viven y crean en los márgenes sin ninguna aspiración de reconocimiento masivo, que escriben para su minoría de lectores — suscriptores en facebook y twitter, seguidores de blog—, publicando a través de medios gratuitos y con ediciones independientes, estos autores sin moldes que los ordenen y justifiquen en ningún proyecto oficial son los perpetradores de otra literatura esencialmente crítica, inconforme, osada y con el despropósito de no buscar el éxito editorial, sino la calidad literaria.

Sólo ahora, después de la reacción de internet —la mayoría de autores marginales son blogueros y obsesivos lectores de ebooks, mientras sólo con algunas gratas excepciones los autores representativos consideran demasiado bajo abrir un blog, porque para ellos está la columna en el gran diario nacional—, ahora es cuando la marginalidad dejó de significar carencia de recursos o conocimiento, para aludir al rechazo voluntario que ciertos autores asumen frente a la idea tradicional de literatura representativa. ¿Cuál es la tradición de autores marginales colombianos cuya literatura de gran calidad ha permanecido oculta a la mayoría de lectores que están embotados por la masa literaria representativa? En esa tradición podríamos incluir el nombre de Daniel Ferreira.

Después de 5 años leyéndolo desde los márgenes de su blog y en las revistas donde ha publicado, un premio como este podría significar la pérdida del carácter minoritario de sus lectores y en coherencia con la atención mediática alcanzar el éxito editorial, sin embargo sabemos —como dijo Onetti al ganar el Premio Cervantes— que realmente todo esto no es una cuestión literaria sino alimentaria, por lo tanto, esperamos que su aura marginalis permanezca y sobre todo consideramos necesario que continúe la guía del crítico apócrifo Stanislaus Bhor cuyos ensayos y reseñas son su otra obra lograda.

Si vivimos en el adverso medio literario de Colombia donde hay patriarcas y matriarcas que favorecen y excluyen a voluntad sin muestra de buen gusto por sus elecciones, entonces también sabemos toda la reacción que se mueve en los márgenes y entendemos que con Daniel Ferreira parece estar sucediendo, una vez más, el relevo generacional entre la tradición representativa y la marginal, lo que significa una inversión  de valores en términos formales, estéticos y morales; o como quiere Harold Bloom estamos presenciando el segundo round de la pelea entre semidioses y efebos por la primacía literaria.

 ***

En 2012 movido por el interés de conocer la experiencia de un escritor que ha optado por ser un marginal, le propuse a Daniel Ferreira un cuestionario cuyas respuestas se alargaron por más de 10 páginas, algunas de las cuales, aprovechando la ocasión, comparto con ustedes.

***

—Hay una cita de Witold Gombrowicz que leí en una de sus reseñas, dice: “El arte malo ¿no puede caracterizar a una nación?”. ¿Cuál es para usted la mala literatura que caracteriza a Colombia?

La cita de Gombrowicz es más amplia. Si alguien se interesa en estas impugnaciones de literatura nacional, está en el Diario I editado por Alianza Tres: “¿Por qué solo la historia de la buena literatura? El arte malo ¿no puede  caracterizar más a una nación? La historia de la subliteratura polaca posiblemente nos diría más sobre nosotros que la historia de los diversos Mickievicz y Pons”. En ese sentido quizá Gombrowicz se refiriera a una corriente subterránea más significativa en la medida que ha sido obliterada. Una literatura secundaria que ha sido menospreciada o tirada al basurero para catapultar otros valores que siguen un esquema (diagnosticado también por Gombrowicz más adelante: la actitud, el tono, la forma de la impostura). Casi siempre se desprecia a los transgresores y a los arcanos, a los ininteligibles y a los panfletarios, a los impresentables que nadan a contracorriente. Esto pasa en cada país. El canon no siempre corresponde a un acierto estético. Y es en ese sentido que la cita puede ser aplicada a otro contexto, como por ejemplo el colombiano. Hay una literatura que aparece reseñada mes tras mes en las escasas revistas culturales de circulación nacional, o que figura en los manuales de literatura y en las antologías. Es, si quiere llamarse así, la literatura oficial. Aparte de tres o cuatro nombres antiguos y otros cuatro actuales (Vallejo, Miguel Torres, Rafael Baena, Tomás Gonzales, Evelio Rosero), esa literatura no me interesa. Pero un diálogo socrático como La Cárcel de Jesús Zárate, una poesía como la de Gómez Jattin, una crítica suicida y pormenorizada de los hilos que mueven la cultura en Colombia como la que hace Harold Alvarado Tenorio en Ajuste de Cuentas, un panfleto literario y radiografía social como Cartas a un analfabeta político de Tulio Bayer pueden caracterizar mejor a Colombia que la literatura oficial.

—La marginalidad, en literatura, se ha convertido también en una opción ética, más que estética, para disentir de ese mundo cultural que está en decadencia, es una voluntad de mantenerse afuera y que podría emparentarse con un término que usted aplica a muchos de sus escritores reseñados en su Blog, el término outsider. ¿Por qué se consideraría o no un escritor marginal?

Mi posición tiene que ver con mantenerse al margen de todo, de la vida social, del adefesio que llaman vida profesional, no con una condición del ser ni una imposición ajena. A mí nadie me ha marginado de nada. Yo mismo he fabricado mi propio encierro y estoy dichoso en la trinchera de libros en que paso la mayor parte del día. Soy un disidente de casi todo lo que emprendí antes de los treinta años. La razón abstracta es que para mí el futuro es un obstáculo en el que no quiero pensar. La razón concreta es que no quiero un empleo. No quise una profesión. Pero definirse ante alguien como escritor, también resulta incómodo, porque eso atrae otras preguntas. Es más fácil decir soy Médico o Chofer de bus. Como si tuvieras que justificarte por dedicarte a leer libros, a oír las historias de la gente y escribir tus imaginaciones. Antes creía que me ponía nervioso la pregunta ¿usted qué es, qué hace? Ahora creo que es una pregunta de relleno, para clasificarte en algo, y que amerita una respuesta mecánica. Los que se definen médicos o abogados o ingenieros se están imponiendo una tara, un peso aplastante, una visión única de la vida. La vida son más cosas que una profesión. Estas cosas nacen de la curiosidad y la capacidad de asombro. No sé qué soy, pero sé que es lo que no quiero ser. La aspiración real del escritor es borrarse, diluirse en lo que escribe.

—¿Cómo definiría a los escritores marginales?

Si tuviera que hacerlo, lo haría por las características transgresoras de sus obras, más que por el karma de sus vidas: obras revolucionarias por la forma, por el lenguaje o por las ideas: transgresoras de una moral como en Henry Miller, o de un lenguaje como en Cabrera Infante, o de la forma como en Pitol, o por ir a contracorriente como en Thomas Bernhard.

—¿Qué autores considera marginales?

Escritores de audiencia minoritaria, iconoclastas, difíciles de clasificar: Agota Kristof (húngara, escribió sus obras en Francés después de un penoso exilio en Suiza donde murió en un accidente hace dos años. Sus novelas y relatos es una de las obras más duras revelaciones sobre los lazos familiares, la pérdida de un país y el rechazo de un entorno extranjero que te explota y te quita la lengua). Dalton Trevisan, mi maestro en la descripción (vive en un encierro feliz en Curitiba, Brasil y la desaparecida Editorial Norma publicó en español Cementerio de elefantes). Leopoldo María Panero, el poeta español que habita un manicomio. Miyó Vestrini, una extraordinaria poeta Venezolana de la que nadie parece saber nada. Jorge Alberto Aguiar Díaz, un cuentista cubano que mal vive en España. Saúl Alvarez Lara, extraordinario escritor de cuentos que escribe en Medellín. Jean Giono, novelista francés que fue acusado de apátrida por no haber participado en la guerra mundial. Uno de los escritores que más frecuento es Joseph Brodsky, marginal y poco conocido por aquí aunque haya obtenido el Premio Nobel: en la Unión Soviética fue condenado a trabajos forzados por parasitismo social (así llamaban allá y entonces el definirse poeta). En una barraca de edificios soviéticos junto al mar Báltico, Brodsky encontró una carátula de los Beatles mientras pegaba ladrillos, entonces decidió escapar de Rusia y hacer su obra en Estados Unidos. En uno de sus ensayos más lúcidos, dice que el Rock, la minifalda y la Coca-Cola hicieron más por la caída de la Cortina de Hierro que la Perestroika. Como ve, me gusta hacer listas de escritores por afinidades. Creo que también encajaría el periodista John Reed (que siempre buscó temas para sus reportajes a fondo en episodios incómodos para el gobierno, en lugares distantes y en voces políticamente incorrectas, y así consiguió no figurar en la historia de El periodismo en Estados Unidos de Edwin Emery aunque sus frescos de la Revolución mexicana y Rusa y de las revueltas mineras en Estados Unidos son piezas fundamentales del periodismo mundial). Acabo de leer un texto tan divertido, extraño e inclasificable como El Uruguayo de Copi, todo un marginal. Y bueno, hay obras marginales también por la particularidad de un tema que las hace excepcionales: la fascinación por la camaradería de los hombres en guerra, el viaje a las antípodas y al mundo de los vagabundos como en Blaise Cendrars, o esa cosmología doméstica que obliga al exilio domiciliario como la poesía de Emily Dickinson que fue hecha por una mujer confinada en una casa voluntariamente y que solo por un desinterés personal se mantuvo inédita hasta después de su muerte. Esos, para no exagerar la lista.

—¿Qué opina de la relación, para unos normal y para otros perversa, entre la cultura literaria, el poder mediático y político en un país como Colombia?

En el poder mediático, la cultura no tiene espacio (ni la literaria, ni ninguna otra). En el poder mediático (la prensa, la televisión, la radio comercial) toda la cadena ha sido acaparada por banqueros y cerveceros y políticos y petroleros y mineros para promover extracciones y prestigio y limpiar nombres y sanear fortunas hechas con la explotación y la ruina de la gente. Todo lo que toca este poder se convierte en propaganda. El arte no puede hacerse con amos. El poder político es ignorante e iletrado, ¿qué podemos esperar de congresistas que no leen los decretos que aprueban, de un gobierno que convirtió a la instrucción pública en un adiestradero de operarios y esclavos para el libre mercado, de un ministerio de cultura que simplificó la literatura y redujo el presupuesto asignado a un género para premiar por año, de universidades sin fondos para la investigación, sin humanidades, con filtros de acceso que dejan las puertas abiertas a una minoría potentada que puede educarse y cerradas para el resto, de alcaldes analfabetas que convocan a los artistas para hacer proselitismo y patrioterismo en celebraciones absurdas como el 20 de julio o el día del idioma? Colombia desmerece los artistas que tiene.

—¿Qué clase cultural, en sus palabras, han engendrado estas relaciones endogámicas?

Si se refiere a una aculturación de la que surge una elite que se lucra de las partidas del Estado o que se toma la vocería desde el poder de los medios para designar lo que es arte y lo que no es, creo que es una conjetura en la que muchos caemos, pero que resulta insustancial y paralizante. Lo peor que ha sido engendrado es un anquilosamiento de la voluntad: artistas que no crean, resentimientos que impiden vivir tranquilos y abrir caminos, enemistades insubsanables y esa mutación perversa de un artista en un gestor que se pelea con proyectos llenos de objetivos etéreos y promoción de los derechos humanos los pocos recursos destinados para la creación. Basta con que pregunte usted a los pintores cómo se resuelve el salón nacional de artistas en su provincia, o a los poetas locales qué piensan del Festival de poesía de Medellín, o a los cineastas qué piensan de las películas de diciembre, o los escritores que no viven en Bogotá y Medellín qué piensan de Revista Arcadia o El Malpensante o de los catálogos de las editoriales mayores, a los teatreros del Festival Fanny Mikey, o a los lectores y escritores de la periferia del Hay Festival de Cartagena, o a los artistas de los pueblos en qué tipo de eventos se van las partidas de cultura para hacerse a una idea colectiva de esa tara. Muchos le dirán que ya no participan, porque “hay rosca”, porque no les llaman, o porque no les pagan, o porque no hay recursos para ellos, o porque en sus ciudades o pueblos los ven como una especie de locos domésticos, o porque la élite es excluyente. Aceptar esas vías como único camino es engrandecer y aceptar el yugo del que te ha excluido. Hay que buscarse caminos alternos antes que convertirse en un artista del hambre o en un resentido. Funda tu revista. Haz tu festival de cine o de poesía en bares, en lugares de tránsito, sin pagar auditorios ni patrocinios. Edita tu libro en plaquetes o en digital o en clones fotocopiados sin ISBN. Filma ese guión en video con unos pocos amigos y distribúyelo por internet. Salirse del sistema es más estimulante que aspirar a ser parte.

—Apelando a una supuesta tradición nacional: ¿Qué temas recurrentes y característicos identifican la literatura Colombiana?

Prevalece un solo tema inagotable: la violencia. Pero hay otros temas interesantes aunque parezcan menores: el paisaje en Tomás Vargas Osorio, en Mutis, en José Eustasio Rivera, en Gómez Valderrama. Los mitos fundacionales. La prostitución como motor del desarrollo en cientos de novelitas menores que se borró de la historia oficial. El acervo léxico del país que aún no se ha hecho tomando como referencia las novelas. El panfleto y la sátira social en los escritores de Antioquia. El inframundo de la poesía colombiana. La dramaturgia que ha sido desatendida pero es muy moderna.

—¿Cuál es el atractivo literario, y hasta estético que encuentra en la violencia?

Ser fiel al horror.

—Si partimos de George Bataille en La literatura y el mal, la violencia es un arquetipo literario, que ha sido tratado en nuestro país, con mayor o menor fortuna. ¿Cómo han logrado los escritores superar las limitaciones, ya delatadas por García Márquez, de la llamada literatura de La violencia?

Si se refiere a las notas de prensa de los años 50s (Dos o tres cosas sobre literatura de la violencia y La literatura colombiana un fraude a la nación) creo que García Márquez allí no delató limitaciones que le puedan concernir a un escritor interesado en este tema hoy. Tal vez interesen a los periodistas acorralados por el espejismo de la objetividad, porque destaca más el señalamiento ético que el estético, pero ya sabe usted si ha leído a Philip Roth que las indagaciones que interesan a un escritor no son las que busca el periodista y menos el sociólogo. El periodista pregunta: ¿por qué mató usted?  El sociólogo se pregunta: ¿por qué matará la sociedad? El novelista se pregunta: ¿por qué matará la gente? Según esas notas del joven redactor García Márquez, era inviable escribir sobre violencia como se hacía entonces: describiendo las heridas e inventariando a los pobrecitos muertos, es decir escribir desde la denuncia y la quirúrgica nota roja. Lo que verdaderamente interesaba a la literatura según García Márquez era el mundo de los sobrevivientes y la forma en que se recomponía la vida después de asistir a la tragedia. Hay que recordar que entonces a Colombia aún le faltaba recorrer medio siglo de matanzas y ver el partido de fútbol entre la barbarie legal y la barbarie ilegal con un balón que era una cabeza, aún estaba por venir la guerra guerrillera y el aparato paramilitar de mutilaciones humanas y el terrorismo indiscriminado de los carteles y el sicariato de los cuerpos de seguridad del Estado, es decir aún faltaba la mitad del genocidio que vivió Colombia en el siglo XX. Otro García Márquez muy distinto es el que escribe Noticia de un secuestro, como usted sabe. Pero a la literatura le interesan los vivos, los muertos y los que matan. Si un autor colombiano es incapaz de hacer algo con toda esa vida desperdiciada, con los millares de historias de vidas segadas o conminadas a convertirse en trabajadores de la guerra o en perpetradores a sueldo, si se siente incapaz de bucear en la sangre que empapa a Colombia, entonces debe elegir otro tema. Tal vez sea más escandaloso narrar la violencia desde el perpetrador o desde la víctima que desde el testigo o del sobreviviente, pero no es menos literario si un escritor utiliza todas las herramientas que le permiten a la literatura interrogar un hecho y narrarlo bien (que sea intenso, que esté escrito con técnica y poesía, que sea verosímil). Intentar, por ejemplo, una novela hiperreal desde la vida de perpetradores a sueldo y una crónica metafísica desde la vida interior de los que van a ser asesinados. Temas rurales y domésticos como las matanzas de los años 80s y 90s narradas con procedimientos narrativos modernos. Según Henry Miller, el escándalo ocurre cuando se aproximan dos mundos que usualmente están separados, entonces ocurre que uno rechaza a otro. Creo que el punto de vista narrativo no invalida la escritura de un hecho violento. Lo que hace execrable un relato es la pobreza de recursos literarios. García Márquez notó que se escribía sobre violencia porque el país no había dado un salto social. Sólo en ese sentido tuvo razón. El país sigue sin dar el salto, siempre al borde de una pacificación que no resuelve los lastres sociales y alimenta la siguiente matanza.

—¿Cuáles son las virtudes y reservas que como escritor tiene frente a internet?

Mis libros han sido publicados fuera del país, lo que me convierte, para quienes los han leído, casi en una especie de autor extranjero que vive en Colombia. Sé que la obra solo existe si encuentra lectores, pero el encuentro puede esperar y cualquier casualidad puede provocarlo, como pedirlos prestados en la biblioteca Luis Ángel Arango. Llevo cinco años publicando ensayos, cuentos, reseñas y crónicas a través de internet y esas notas a nadie se las he cobrado y también harán parte de mi obra. Con internet, para la literatura, por ahora, solo hay buenas noticias: estamos ya en un mundo de autores-editores. Sin embargo, esto obliga a los autores a entrar en contacto con la programación y el uso de los programas y las plataformas si quieren aprovechar el potencial. Las posibilidades que abrió internet permiten saltos a la forma de leer y en la forma de la textualidad, es decir, que también podemos pensar ya en relatos donde no prima el texto, sino donde habrá que cambiar la arquitectura y adoptar el cruce de varios lenguajes (la imagen, el video, el sonido) para contar historias. Si no nos adaptamos al medio y no proponemos modelos con todas las herramientas hipermediales que ofrece y no damos la pelea por la libre circulación de las ideas, para nuestros nietos seremos tan lejanos como unos neandertales. Las reservas que tengo como usuario de internet más que como escritor tienen que ver con los límites de uso, cuyas primeras normas y restricciones han pasado a aprobación en el congreso de Colombia. Las restricciones que imparten países como Estados Unidos para regular Internet en el mundo pueden provocar que una herramienta para la formación y la cultura y la circulación de las ideas pueda convertirse en un aparato ideal de represión y control soñado por Orwell. O defendemos la libertad de uso, acceso y de expresión en Internet como en la calle, o estaremos condenados a conspirar y a ser perseguidos y condenados por los monopolizadores de las patentes, el poder financiero, los que usufructúan el copyright y los gobiernos al servicio del capital. Ver por internet los documentales The Pirate Bay, Obsolescencia programada, Zeitgeitz y Teoría del shock da una aproximación al alcance de cualquiera a problemas fundamentales de esta época tan extraña en que nos volvimos cyborgs y vampiros caminando en la luz.

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