Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos – Capítulo XVII

In Novela, Por entregas on 1 septiembre, 2016 at 12:32 PM

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

Abrió los ojos y lo primero que vio fue el cielo negro chamuscado, un sol que había consumido todo a su alrededor, dejando la tierra cubierta de cenizas y el ambiente lleno de un insoportable olor a carne quemada, como si un gran cerdo peludo acabara de ser inmolado. Las palmeras incólumes habían perdido sus largas coronas y la calle estaba invadida de escombros. Lo molestaba un fuerte pitido en los oídos, intentó levantarse y sintió mareos, intentó de nuevo y un tirón en su brazo lo devolvió, cuando se miró reconoció unas uñas prendidas a su piel. Pensó en Azucena y la buscó lejos con la mirada, luego ya cerca, solo vio la huella de otro cuerpo que estuvo a su lado y había dejado su boceto dibujado con ceniza en el piso.

Continuaba el pitido que no lo dejaba pensar con claridad y prefirió quedarse quieto un rato más, esperando desapareciera. Al pitido se le unía el chillido intermitente de una sirena, seguro de los bomberos, que pasaba y volvía a pasar cerca del bailadero. Sentía la presión de algo tieso, y que no era el suelo, bajo su cabeza, mandó la mano y palpó lo que parecía ser un pequeño arrume de discos puesto allí como almohada. “No me morí… ¿Mi mamita? ¿Azucena? ¿Será que ellas tampoco? Que así sea Dios”. Quería recordar algo, pero estaba demasiado aturdido y se le enredaban las imágenes. De pronto una sombra de mujer le tapó la luz plomiza que llegaba a sus ojos.

—Oistés mijo, qué hubo ve… Mirá cómo quedaste. —Era la voz de Serafina a la que con gran esfuerzo le sonrió. Su mamita estaba vestida de blanco y sostenía entre sus manos un velón prendido.

—Más candela, mamita. —Atinó a decir con dificultad.

—Los muertos necesitan de la luz para el camino que ahora recorren. —Contestó acariciándole el cabello tostado—. No te preocupes mijo, a mí no me pasó nada, ni a la casa, solamente la puerta del solar se desquició, el estruendo me tumbó de la cama, nada más mijo. —Le remoja la cabeza con agua, que la vecina que siempre la acompaña, le trajo de un chorro que brotaba indomable frente al bailadero—. Casi que no te encuentro mijo, oíste… Te he buscado largo rato, si no es por las tablas paradas paso sin verte.

Serafina le estaba lavando la cara, cuando Catalino empezó a llorar derrotado, creyendo lo peor de Azucena, cerró sus ojos desesperados y no vio acercarse a una tercera mujer que junto a las otras le ayudaron a levantarse, y a medida que se incorporaba dejaba jirones de piel y de ropa en el lugar que ocupaba. Ya de pie abrió los ojos y la vio a ella sosteniéndolo, no lo creía, pero allí estaba con los brazos envueltos en trapos blancos y la mitad de su rostro atollado de una crema blanca, algún ungüento, era ella, con su vestido ya quemado y roto, mostrando su cuerpo, ella, con el cabello enredado y retorcido, era ella: Azucena linda. Con un poco de conciencia de la situación, miró todo perplejo y aterrado. Parecía que estaba en otra época, la de las cavernas y él era uno de los primeros hombres que había salido y encontrado un mundo desolador.

—Esta es otra ciudad… Yo no estoy en Cali. —Gritó y terminó tosiendo.

No veía nada conocido, ni las casas, ni la estación del ferrocarril, ni la galería. El cuartel de la policía menos, no vio bodegas, no vio hoteles, no vio a la negra Maximiliana con sus empanadas, no vio, no oyó, las cantinas con música de carrilera, no había calles.

Lo que había, que había quedado, solo tablas de lo que era el bailadero, alguna viga ilesa que sostenía a Casa de Mangle, un chorro de agua embarrando la tierra de la calle abierta, y más allá, el muro caído del cementerio dejaba ver las bóvedas abiertas y sus huéspedes sin ojos sacados a la fuerza, de la capilla no quedaba sino la torre en cuya cima un Cristo metálico descolgado de los brazos estaba de cabeza prendido del clavo de los pies. Y por entre el espacio de destrucción que recorría su mirada, estaban esas formas desperdigadas que no sabía distinguir de los escombros, y que observando con cuidado iban dejando reconocerse con familiaridad: piernas desde la rodilla y sin pies, dedos con media mano, cabezas calvas y calcinadas, tórax con senos o con un brazo saliente, pubis de hombres y mujeres, miembros de pequeños cuerpos y pedazos informes de carne humeante que habían caído allí quién sabe desde qué distancia.

Volteó hacia arriba para evitar esas imágenes y se encontró de nuevo con las palmeras, soberbias en su desnudez. La melodía rayada del disco volvió a su memoria y le recordó un poco la noche anterior, ahora sólo oía la soledad de este martes por la mañana. Algunos ruidos desde el rincón donde habían estado los músicos, lo desconcentró y al mirar aparecieron sus amigos como unos prisioneros de guerra que se acercaban alzando las manos. Fue demasiado y cayó de rodillas. Las mujeres se le acercaron y lo sostuvieron como a un árbol que iban a sembrar.

—Oíme, mijo. ¡No te rindás! —Le dijo su mamita con voz apacible, pero con autoridad—. Acordáte de tu papito, tenés promesas que cumplirle.

Recordó con rabia la confesión que le había hecho Memo Cocha: “Tú papito y la Zarca fueron amantes”. Negro traicionero, pensó y no quiso responderle a su mamita. Las mujeres lo impulsaron de nuevo, Azucena lo besó, solo un roce de labios. Serafina le zafó un pedazo de corbata que aún le apretaba el cuello, mientras la vecina le daba de beber más agua, era cerca del medio día y los músicos, que habían sobrevivido por segunda vez, junto al misionero, que nadie supo cómo se salvó, se acercaron trabajosamente hasta donde estaba Catalino y sus mujeres. Allí Serafina y la vecina los atendieron, dándoles agua y pomada blanca para las quemaduras. Uno de ellos continuaba en el rincón removiendo escombros, buscando su instrumento, las claves que se le habían caído. Saturnino Mosquera había perdido toda su ropa de gala, sin saco y sombrero, le brillaba el cráneo lizo, pero el violín y el machete, seguían seguros en sus manos. El del flautín estaba lleno de cenizas, había quedado bajo tablas que se consumieron y por fortuna no lo tocaron las llamas. El fantasma Figueroa rescató su redoblante y una sola baqueta, sentado junto a los demás tocaba frenéticamente el instrumento con una mano. El Tirijala con sus manos quemadas, el ardor no lo dejaba mover sus maracas. Y el misionero, acostumbrado a la destrucción, lloraba silenciosamente, tal vez de no haber podido escapar a la tragedia. La guerra civil española y esta explosión han acabado con su optimismo. Se paró en lo que era la calle principal, observa y llora. Miraba más allá adivinando donde estaba el albergue, con los niños y la hermana Teresa preparando el gazpacho por la mañana. No había nada. Solo ve humo y polvo levantándose por el viento caliente. Llega la vecina con agua, el misionero se sienta en un pedazo de concreto que sobresale y bebe a sorbos. Serafina lo mira con el velón en la mano.

—No se preocupe cura, huérfanos es lo que va a sobrar de ahora en adelante.

***

Bandas de ladrones y oportunistas recorren el desastre, despojando dedos que tienen anillos y argollas, desatando relojes y esclavas de manos con trozos de muñecas, esculcando pantalones con piernas solas, tórax con camisas, con blusas, cabezas de mujer con zarcillos, cuellos con cadenas fundidas a la piel, zapatos en pedazos de piernas. Cuatro de ellos intentaron entrar a los escombros del bailadero y al ver dos mujeres de blanco con cirios en las manos, cubriendo un grupo de lo que parecían cadáveres, se devolvieron espantados.

—Hay que enterrarlo hoy. No hay tiempo para velarlo. —Dijo Catalino con un ímpetu cansado, con palabras entrecortadas. Su mamita asintió con un gesto y mandó a la mujer por una sábana blanca con  encajes de flores satinadas en las orillas.

—Andá buscála en el último cajón de la cómoda. —Indicó Serafina.

Un muñeco estropeado que han tirado a la basura, eso era Memo Cocha. En esto lo había convertido el fuego del infierno que él temía para la otra vida y le tocó sufrir en esta. A su lado Serafina colocó los dos velones, uno a la cabeza y el otro a los pies. Opacado el chillido de la sirena, ahora se imponía el rugido de cuatro  bulldozer que no muy lejos trabajaban agrandando el diámetro y la profundidad del cráter dejado por la explosión de los camiones militares. Otro bulldozer hacía lo contrario trayendo la tierra de los escombros y restos, sin detenerse a ver qué o quiénes desaparecieron, se sabía que no empujaban sólo tierra, por eso un joven cura iba parado junto al maquinista bendiciendo toda la tierra que iban arrojando al profundo hueco. Pequeñas oraciones balbucientes acompañan las  bendiciones, mientras la pala mecánica arruma montones de tierra muerta que van formando una colina donde gallinazos y perros empiezan a llegar.

Y alrededor del hueco se reúne lo que queda de ciudad, mirones que les tiran piedras a los perros y a los gallinazos, esperando ver algo de valor entre los escombros, ladrones que se meten a hurgar entre la tierra con los animales, rezanderos justificando a Dios por permitir esto, todos santiguándose, tapándose la nariz y la boca con los pañuelos, observando el sufrimiento de los que buscan desaparecidos, que Dios no quiera ya estén en la colina.

Después de varios intentos Catalino aceptó que su mamita le untara la pomada blanca en las quemaduras de su rostro. La vecina llegó presurosa y silenciosa con la sábana. El cuerpo de Memo Cocha, reducido como una carne seca al sol se perdió en la tela y envuelto parecía el cadáver embalsamado de un niño faraón. Fue necesario hacerle varias vueltas y nudos a la sábana, para que se distinguiera la forma de muerto real.

—No será como en Nueva Orleans, como querías,  —dijo Catalino para sí mismo, todos escucharon— con percherones, banda de jazz y gente siguiéndolo, cantando y bailando. —Tosió y estiró la mano pidiendo agua, se la pasaron y bebió un poco, luego se tanteó el pelo achicharrado en su cabeza—. Pero algo haremos, papito.

—Enterrémoslo a nuestra manera. —Gritó alegre José como si nada hubiera ocurrido, acababa de limpiarle las cenizas a sus claves y ya empezaba a tocar algún ritmo fiestero—. No importa que no haya percherones… Hagámoslo a nuestra manera, ya enterramos a uno y nos salió bien, a la manera alegre y bullangera de Cali.

El fantasma Figueroa y el Tirijala pendientes del violinista que se había zambullido en un montón de escombros donde quedaba la barra, allí rebuscando entre discos, botellas, vasos, cuadros, por entre la estantería aplastada, Saturnino emergió con una botella intacta de aguardiente en sus manos. Celebraron el hallazgo y se fueron a ayudarle sin percatarse que venía huyendo con una mirada de miedo, cuando lo recibieron emocionados por la botella no vieron que tras de él aparecía como un espanto Julio Lobo-Guerrero, el periodista Judicial de El Relator. Cubierto con una capa gris de ceniza y el rostro hinchado, caminaba renco de una pierna y había perdido un zapato. Aún la cámara colgaba de su cuello, pero el flash estaba roto. Como Catalino hace un momento, el periodista observaba horrorizado todo el lugar. Se fue adonde estaba cada uno de los sobrevivientes y se quedaba lelo mirándolo, reconociéndolo y buscando en otro un rostro más querido, buscando a su esposa. Espantado de no encontrarla entre ellos se devolvió hasta el montón de escombros y entonces empezó a fotografiar todo y a todos enloquecidamente, saltaba entre los escombros como si estuviera jugando, llegando de nuevo al grupo reunido preguntó:

—¿Quién es ese niño?

—No es ningún niño, es Memo Cocha. —Contestó Catalino.

Abrió la sábana buscando el rostro de Memo Cocha, luego lo retrató tres veces de diferentes ángulos.

—Esta noticia saldrá hoy por la tarde. —dijo mirándolos a todos. —Voy a imprimirla.

—¿Y en qué periódico? —Preguntó Catalino.

—No sé, aunque sea en un mimeógrafo, pero se va a saber lo que pasó aquí y a los que perdimos.

Recorrió de nuevo el salón hasta ubicar el sitio donde había visto por última vez a su esposa, pero allí no había nada, salvo escombros sin forma. Lloró abundantemente, gemía con rabia y sus lamentos despertaban la congoja de los presentes. Catalino fue hasta donde él estaba y conversaron un rato. Luego el periodista le entregó la cámara y el tabernero lo fotografió en medio de los horcones que alguna vez sostuvieron las puertas de entrada a Casa de Mangle. Tomó su cámara nuevamente, le dio la mano a Catalino y se marchó sin despedirse de los demás.

—Pasen una ronda para los difuntos. —Dijo Catalino a los que tenían la botella.

Así los únicos sobrevivientes en el centro de la hecatombe, empezaron a velar el cuerpo de Memo Cocha. Por el lugar pasaba gente que sorprendida por el velatorio, se acercaban a echarse la bendición frente al cuerpo, creyéndolo el de un niño.

—Están velando un niño.

—Pobre ángel, vaya con Dios.


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