Música para levantar muertos – Capítulo XII

boceto portada Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

Cachimbo fuma al revés, con la candela dentro de la boca, atizando el tabaco como en un horno. El humo maloliente que expulsa termina pegándose en las paredes de barro y esterilla del pequeño cuarto. Hay repisas de madera sosteniendo frascos transparentes de boca ancha donde, sumergidos en alcohol, se conservan alimañas: sapos, lagartos, renacuajos, culebras de jardín, nonatos de perras, mariposas negras, tarántulas, alacranes y moscardones peludos. En el centro hay una mesa pequeña donde están dispuestas boca abajo las cartas del naipe y, sentado a un extremo, está un hombre que las va volteando con poca voluntad, temiendo la suerte que le revelen. Mira las cartas sin espantar el humo que lo rodea. Cachimbo recoge y hace un mazo de cartas en sus manos, las baraja en dos, tres montones que vuelve a recoger, repite esto varias veces al azar, hasta regar de nuevo las cartas como hojas muertas en la mesa pelada. El hombre voltea y mira de nuevo el naipe, escoge dos y las muestra: un Baco sonriente, desnudo y sonrosado con una corona de uvas en su testa y un ánfora chorreada de vino sostenida con sus manos. Una ninfa cubierta con un velo de color blanco que deja entrever el seno derecho y que lleva su cabello amarillo adornado con flores azul verdosas. El hombre escoge otra carta, la tercera, la mira y arruga el entrecejo con extrañeza. Cachimbo chorrea con una vela gotas de parafina en cruz sobre cada lámina y luego, a escupitajos, las baña con puchos de aguardiente y de humo. El hombre al otro lado de la mesa sigue indiferente, masticando saliva en su boca desdentada, le devuelve dos cartas a Cachimbo y la última decide guardársela en el bolsillo. El adivinador mete las cartas en un frasco lleno de líquido tornasol y luego con bocanadas de aguardiente y humo riega al hombre, al acabar toma dos largos tragos de aguardiente que una vez más escupe, pero ahora, sobre el piso de tierra para dar de beber a los difuntos y darles las gracias.

¡Bebe! Cachimbo le pasa la botella de aguardiente al hombre que casi la desocupa de un solo trago. ¡No te olvides de los muertos! El hombre deja caer un chorro débil desde la botella a la tierra seca. El hombre se coloca el sombrero y deja sobre la mesa dos billetes amasados, abandona la pequeña pieza con techo de paja ubicada en un estrecho lote enmarcado por matas de plátano, bejucos y pequeñas materas con hierbas medicinales y otras que emboban o hacen perder la razón. Se aleja dejando atrás, en la puerta, una tenue luz rojiza que se prende y apaga a intervalos, el cigarro en la boca de Cachimbo. Es tarde y el hombre debe correr un buen tramo para alcanzar el último bus Villanueva-Belén que lo sacará de ese barrio con oscuras calles de tierra.

El cuarto es amplio, con dos ventanas: una que mira a la calle y otra al patio interior, queda en el segundo piso, al pie de las gradas y es el único que tiene servicio sanitario y cocina. El resto del inquilinato comparte baños y cocina en cada uno de los tres pisos con paredes de adobe peladas y pisos de madera carcomida. La mayoría de las habitaciones están arrendadas por putas que atienden allí mismo a sus clientes. El caserón está ubicado en pleno centro por los lados de la iglesia de Santa Rosa. Todo el que llega pregunta por “El cuarto de las dos ventanas”, que así llaman los clientes a la habitación donde todos los días se bebe y se baila. La habitación tiene una sola cama separada por una cortina de plástico y sólo hay cuatro mesas con asientos, por eso cuando la clientela es concurrida la cama hace de asiento para un guacal de madera puesto como mesa. Venta de aguardiente, cerveza y cigarrillos. Los marihuaneros deben hacer lo suyo con disimulo en las gradas antes de entrar. Sobre una pared hay una estantería llena con vinilos sonoros, discos de 33 revoluciones. La mejor bebida y la mejor música se vive en el “El hueco”, como le dicen otros clientes. Esa pieza es uno de los tantos santuarios nocturnos donde la vida se cura con rumba. Los dueños son una pareja de esposos que atienden desde las cinco de la tarde, hora en que salen oficinistas y mujeres de la confección. Normalmente son los cajeros de bancos los más fieles y abundantes bebedores, también las putas del inquilinato llevan sus clientes a bailar y a tomar. Aunque el primero que llega todos los días es un violinista anciano que también es el primero que abandona el lugar, no sin antes tomarse tres tinteros de aguardiente y tocar alguna obra clásica para el que este presente en el momento. Esta vez no sólo interpretó un preludio de Bach con su viejo instrumento, sino que al despedirse recitó Los heraldos negros de César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,/ la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma… Yo no sé!”. Como ya ha pasado el viejo músico es despedido por los aplausos solitarios de la dueña. Otra que llega sin falta es una negra, conocida ex reina popular de los carnavales de Juanchito, con taconeo sonoro entrando completamente ebria. Son las nueve de la noche y a la dueña, que está sola, le ha tocado atender los pedidos de licor y música, su esposo salió a eso de las cinco de la tarde, que iba a hacer un mandado, dijo.

Escuálido y tenue como una sombra llegó el hombre puntual a la media noche. Con el sombrero tapándole sus ojos avanzaba igual a una pluma llevada por el viento entre las mesas. Por cada mesa: un trago y un abrazo efusivo de los clientes. Desde la estantería lo observaba su mujer, esa noche lo vio más viejo y de un rostro meditabundo. Ya sabía ella que él tenía su embeleco de la suerte y la fortuna, mirar el porvenir en cartas y tabaco, cosas cuya efectividad aún dudaba. Si su esposo sobrevivió a dos ataques con puñal, a una botella despicada en espalda y tórax, a una pelea callejera con manoplas de hierro que lo dejaron, como él suele contar: “Huérfano de dientes”. Si sobrevivió a cuatro tiros que recibió en la espalda sin saberse nunca quién le disparó una noche en una calle solitaria. Si logró salir vivo él y su amigo José J. cuando la matanza de la Casa liberal. Ella no sabía si era la suerte de Cachimbo que le había hecho una ligadura con manteca de oso negro untada en el ombligo y raspadura de garra del mismo animal que le dio a beber revuelta con aguardiente y pólvora. Todo eso no podían ser gracias sólo del brujo, era porque Dios así también lo quería y sólo Dios podría llevarse a su esposo, al mismo Cachimbo y a todos los que quisiera. Igual para su marido Cachimbo era como un santo y por eso lo visitaba con sagrada puntualidad cada ocho días.

Alberto Beltrán cantaba Ignoro tu existencia cuando llegó hasta la estantería de discos y le dijo a Griselda que ya estaban nuevamente protegidos, ella, él y el negocio, que los malos humores les resbalarían y que el amor entre ellos estaba bendito. La abrazó y la besó de la misma forma que cuando eran novios, besos intensos y apasionados que se daban todos los domingos en la oscuridad del cinematógrafo Roma. Cuando la esperaba a que saliera de El imperial, un café donde trabajaba detrás del mostrador destapando botellas de cerveza y de aguardiente, sirviendo tintos de la greca, deslizando cajetillas de cigarrillos y de chicles, pasando las bolas de billar y llevando el tiempo de cada chico, colocando la música en el tocadiscos sin dar lugar al silencio. Luego se internaban en el abovedado oscuro y sonoro del teatro donde se manoseaban con un ardor que los hacía sudar. Una pareja de clientes que estaba sentada en la cama llamó con aplausos a los dueños que estaban besándose, no se sabe si para que los atendieran o para celebrarles. Ella se fue a atenderlos y dejó a su esposo que la miró con sus ojos apagados echándose el sombrero hacia atrás. En un rincón de del cuarto, sobre una mesa cubierta con un mantel rojo que hace las veces de altar, hay tres jarrones con flores junto a tres gruesos velones que iluminan estampas y figuras de santos católicos y orishas cubanos: San Francisco de Asís a quien un perro le lame las manos, San Martín de Porras con sus labios rojos y ojos azules, María Magdalena con lágrimas pintadas, El milagroso de Buga que es un cristo negro, la virgen María con cara afligida, San Judas Tadeo el apóstol, la Guadalupeña mexicana, Yemayá que es la virgen negra, diosa de la maternidad y el mar, Elegua es San Benito o San Antonio de Padua y también el ánima sola, Oggún es el dios del hierro y la guerra, Babalú Ayé que los católicos llaman San Lorenzo, la Cachita o Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y Changó que es el rey o Santa Bárbara. El hombre agarró una botella de aguardiente y fue hasta el altar donde la abrió y roció abundantemente todas las efigies.

Y puntual llegó el Ciclón del Pacífico con sus músicos: dos guitarristas, el maraquero, un bongosero y un trompetista acompañaban a Tito Cortés que entró vestido en impecable traje y zapatos blancos. Hubo bulla y aplausos, bienvenida para los que encenderían la noche. El hombre seguía regando el altar, sin curiosidad por lo que sucedía en el negocio. Sin perder tiempo los músicos afinaron sus instrumentos y arrancaron con Alma Tumaqueña, un  bolero que unió a las parejas y las llevó imantadas hasta ese pedazo de cuarto, la sala, donde apretujados bailaron. Tito cantaba mientras admiraba a todos los presentes desde la entrada, luego fijó su atención en el hombre distante allá en el altar, por eso no se percató de cuando entró un tipo vestido de negro brillante con un sombrero alón que ensombrecía su rostro, no vio cuando se sentó junto a la cortina de plástico que camufla el orinal, no lo vio cómo bebía aguardiente a pico de botella. Tito seguía cantando con su mirada fija, pero Griselda giró la cabeza impulsada como por instinto y lo vio, fue la única en observarlo y preguntarse a qué horas el tipo entró y cuándo ella misma le sirvió la botella de aguardiente, debió ser que llegó entreverado con los músicos, pensó. Al acabar la canción las parejas se quedaron en la pista de la sala esperando otra melodía, charlando y riendo en medio de la habitación, mientras los músicos afinaban de nuevo y sacaban los tonos que dejaban reconocer Derrumbes, la próxima pieza bailable de la noche. No había empezado a cantar Tito cuando de la boca del hombre de vestimenta negra salió un No rotundo como la orden de un capataz. Todos voltearon a mirar al lugar de donde provenía la voz, lo vieron y no lo reconocieron, era la primera vez que ese hombre venía al negocio. No, esa no es la canción que quiero oír, los que van a morir tienen que homenajear al señor de los gusanos con algo más alegre, que suene Espíritu burlón. La voz llenaba la habitación como si viniera de todas partes, el hombre de negro seguía quieto en su puesto y la sombra del sombrero no dejaba saber si movía los labios al hablar, parecía un muñeco de ventrílocuo. Al No le siguió una carcajada profunda cuyo eco se repitió largamente logrando intimidar a más de un valiente del lugar, incluso uno que estaba ya borracho quiso burlarse de la situación pero terminó tosiendo compulsivamente. Muchos no prestaron atención pues creían que se trataba de algún loco religioso. Tito se paró frente a sus músicos y mirando desafiante al energúmeno cliente movió su mano dando la orden de empezar la canción. El solitario de oscuro alzó la botella y brindó invitando un trago al cantante que lo recibió con desprecio.

El esposo de Griselda seguía bendiciendo con aguardiente el altar, ahí escuchó que lo llamaban, no prestó atención, estaba ensimismado. Lo llamaron por segunda vez, ahora escuchó su nombre contundente como si le hubieran gritado al oído, sintió el vaho caliente de una voz a su lado: Memo Cocha, ven acá. Se volteó enojado y con la intensión de estrellarle la botella en la cabeza al impertinente que lo molestaba en su rito. Nadie estaba a su lado. Ya fuera de su misticismo y frente al salón pudo observar lo que pasaba, en el centro estaba un hombre muy alto y de sombrero alón que lo llamaba. Volvió a escuchar dentro de su cabeza Memo Cocha, ven acá, fue una orden tan sutil que lo hizo avanzar mansamente. Afuera sin que nadie lo notara se había posado una neblina densa que rodeaba al viejo edificio de adobe. El de negro brillaba y los destellos de luz salían por las dos ventanas, luego se le fue acercando a gatas la ex reina de los carnavales de Juanchito y al llegar hasta él iniciaron un lento baile, detrás se les unieron otras parejas mientras con buches de aguardiente Memo Cocha los bañaba.

La reina estaba abrazada a una luz que lentamente como si fueran tijeras le desgarraba la ropa que caía al piso en cada movimiento rítmico del cuerpo hasta dejarla desnuda bailando entre destellos. Así se desprendió del de negro y yéndose con pasos bailados que sacudían sus glúteos y hacían brincar sus senos sin control, llegaba hasta cada pareja de la pista para desnudarlos sin impedirles el baile, metía sus manos entre cada uno y les sacaba los sacos, las camisas, los vestidos, las blusas, bajaba pantalones y calzones que eran tirados con los pies por los bailarines. Las mujeres rejuvenecidas y excitadas, los hombres viriles y potentes, las parejas se acariciaban con violencia, algunos se mordían mutuamente y se arañaban la espalda o el pecho. Después nadie supo explicar lo que pasó esa noche, alucinaciones debido a un aguardiente adulterado que les habían vendido, dijeron. Memo Cocha tiró la botella y buscó a Griselda que lo esperaba de pie con el vestido alzado entre sus brazos y las piernas abiertas mostrándole una mata de pelos en medio.

Los músicos inmunes al hechizo seguían tocando sin que la escena los conmoviera o tentara, actuaban como una orquesta de esclavos eunucos. El desenfreno hacía que las mujeres buscaran la forma de ser embestidas por los hombres, trepándose encima de ellos, amarrándose con las piernas a la cintura y sosteniéndose del cuello de tal modo que el hombre siguiera de pie y bailando. La melosa voz de Tito alargaba cada palabra de la canción hasta convertirla en sucesivos gemidos vocálicos: Espíritu burlón ohohoh/ Ohhhhoh, ja ja/ No me quieres dejar/ tranquilo vivir… La voz amplificada no se sabe por qué medio llegaba a los corredores, las cocinas, los cuartos de las putas, los sanitarios, invadiendo el caserón: Tú me quieres matar/ que tú me quieres hacer sufrir/ Oh oh oh/ Espíritu burlón oh oh/ Tú no puedes conmigo/ ¡Ay conmigo! ¡Ay conmigo!

Un tufillo de olor a azufre le llegó a Memo Cocha mientras sostenía a Griselda que lo cabalgaba incansable. En ese momento, entre los bailantes que hacían el amor, se elevó la reina de los carnavales de Juanchito y abrazada a sí misma, frotándose el sudor, gemía de placer. Espíritu burlón ohohoh/ Ohhhhoh, ja ja/ No me quieres dejar/ tranquilo vivir… Las putas habían salido de sus cuartos a bailar desnudas con sus clientes en los pasillos. El piso de madera crujió sincopadamente con el taconeo de los bailarines. Tú me quieres matar/ que tú me quieres hacer sufrir/ Oh oh oh… Al parecer en el Cuarto de las dos ventanas hubo una orgía de rumba aquella noche de julio. DIABLO/  que tú me quieres matar/ Lelo lelo lela/ Lolololololololo/ Lolololololololo… Griselda apretaba a Memo Cocha en cada repique del bongo, contra su pecho, y le mordía el lóbulo de la oreja izquierda, así haciendo el amor y bailando llegaron hasta la ventana que da a la calle. DIABLO DIABLO/ Ahora reza mi oración/ Que tú no puedes conmigo… Un relámpago brilló sobre el cerro de las tres cruces, Memo Cocha vio y como pudo se santiguó, mientras Griselda lloraba de placer. Bajo la reina que chorreaba sudor el de negro inició un baile solitario con pasos anormales, sus pies apuntaban hacia atrás y cada movimiento era aterrador, primero metió sus brazos entre las piernas y acurrucado mirando de frente se deslizaba por la pista como un duende, luego se paró para saltar y mover sus pies frenéticamente en el aire por un largo rato hasta caer de espalda al piso sin ruido, así acostado caminó con manos y pies sobre el piso, trepando como una cucaracha gigante por las paredes del lugar, de esta forma recorrió todo el cuarto hasta que nuevamente debajo de la reina desapareció justo cuando ella cayó inconsciente. DIABLO/ Que yo me voy a reír/ Que yo me voy a gozar/ DIABLO DIABLO… De pronto todo quedó oscuro, y sin pausa en la melodía volvió la luz al instante. Ahora aparecían todos totalmente vestidos y pudorosos, aún bailando y así siguieron con sus rostros alegres hasta el final de la canción y de la noche.

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