Los candados del amor

Portada de la novela La vida secreta de los perros infieles.
Portada de la novela La vida secreta de los perros infieles.

Ensayo leído por Fernando Cruz Kronfly en la presentación de su novela La vida secreta de los perros infieles, el 29 de junio de 2012 en Santiago de Cali.

No es fácil escribir sobre la infidelidad en el amor sin que se levante la sospecha de la autobiografía. Pero la literatura en serio no es para exponer ante el público la vida íntima de nadie, sino para conmover estéticamente y hacer pensar. El mejor recurso para superar esta desgracia interpretativa es darle a la infidelidad la importancia conceptual que se merece y hablar en nombre de toda la humanidad. De esta manera todos quedamos cubiertos por la presunción de la inocencia. Por lo tanto, pido a ustedes disculpar por anticipado la ligera carga teórica a la que me veo obligado, bajo la promesa compensatoria de ser breve.

Los científicos humanos (antropólogos, psicólogos, etólogos y hasta lingüistas) demuestran que la humana es la única especie animal que ya no pertenece a la órbita de la pura naturaleza en cuanto somos doble naturaleza: biología y cultura. A esta ruptura con la naturaleza pura debemos nuestra humanidad. Cyrulnik resuelve esta fragmentación mediante una fórmula inquietante: somos 100% naturaleza, dice, pero también 100% cultura adquirida. Lèvi-Strauss denomina a la cultura nuestra segunda naturaleza. La oposición entre estos dos mundos –naturaleza/cultura-,  instaura la dimensión trágica de la existencia humana, umbral del gran salto evolutivo. La infidelidad en el amor se instala en el corazón de este conflicto.

La naturaleza en los animales actúa mediante instintos. En los seres humanos, la naturaleza se expresa como pulsión y deseo reprimidos. No es el momento de entrar a desarrollar esta diferenciación, que es sustancial. Dejémoslo por ahora así. En los instintos animales no interviene ninguna Ley de cultura normativa reglamentaria. En el mundo humano los viejos instintos ahora convertidos en deseo y pulsión, han quedado atrapados en las coordenadas de la cultura normativa que reprime, reglamenta y orienta su ejercicio de un modo socialmente permisible. Denominaremos “candados” y “enmallados de contención” a estos dispositivos culturales que reprimen y reglamentan el ejercicio de los deseos.

Estos “candados” y “enmallados” culturales marcan el aparecimiento mismo de la especie humana. Por lo tanto, son inevitables. Los primeros fueron los tabúes y los imaginarios totémicos asociados para definir los marcos del parentesco y la inhibición evitativa del deseo intramural. El más originario y universal de todos los tabúes fue el impuesto al deseo carnal. Se llamó tabú del incesto.

Lo anterior es parte sustancial de la dimensión trágica de la existencia humana. Somos por tanto, de entrada, conflicto y tensión entre la naturaleza que arrastramos y las normas del deber moral, la culpa y el arrepentimiento consecuenciales. Somos miedo a la tentación, culpa por hacer lo que más deseamos, terror al castigo, temblor, ansiedad, desasosiego. Somos fractura, escisión interior. Somos “pecado” en marcha, naturaleza en busca de oxígeno.

El deseo carnal, al que a partir de este momento nos referiremos con énfasis, ya no tiene por finalidad principal la reproducción de la especie sino el goce. Pienso no estar equivocado al decir que uno de los pocos que todavía cree que el deseo carnal humano tiene por fin la reproducción es el señor Ratzinger, más conocido por todos como Benedicto, jefe de media humanidad que todos los días le desobedece.

La sexualidad humana, debemos insistir, tiene por fin casi único y excluyente el goce. En la vida útil de un ser humano, la reproducción ocurre hoy apenas una o dos veces, si acaso. La primera, quizás, con intención deliberada y las otras casi siempre por error de cálculo. Pero, este, en fin, no es el problema que aquí nos trae.

Lo que deseo enfatizar es que el deseo carnal humano, junto con la pulsión agresiva que por ahora dejaremos de lado, es el que ha merecido más fuertes “candados” y “enmallados” culturales y psíquicos, para someterlo. Con el agravante de que se trata de la pulsión más liberada de su función natural. El impulso carnal está, pues, repito, en el centro de la dimensión trágica de la existencia humana. La literatura registra este hecho sin cesar. Que lo diga Madame Bovary. Pero esto no significa, de ninguna manera, que este deseo de goce haya desaparecido. Lo que significa es que ha quedado aplastado por variopintos y diversos dispositivos normativos a lo largo de la historia de la humanidad.

Vamos un poco más al detalle: la garantía de cumplimiento de los tabúes y mandatos totémicos era la venganza de los espíritus. De ahí el horror a la trasgresión, porque los espíritus demoníacos eran crueles y actuaban sin consideración. Con posterioridad a los “candados” y “enmallados” totémicos y tabúes, una vez aparecidos los dioses sobre la tierra para terminar de arrancar a los seres humanos de la pura naturaleza, el deseo carnal quedó atrapado en el dominio de los dioses y las burocracias clericales. A este “candado”, en el ritual católico, para ser breve, se denominó sacramento de matrimonio. La mitología griega, por su parte, inventó diosas furiosas que vengaban los actos infieles y las transgresiones en contra de la paz del hogar y sus reglamentos. Estas diosas iban por el mundo armadas de cuchillos y serpientes enredadas en sus cabelleras y encima de todo eran mujeres. Imagínense ustedes el peligro, porque como diosas representaban el dolor gremial de las mujeres “traicionadas”, lo sabían todo y se mantenían supremamente bien informadas. Los hombres griegos le tenían terror a la venganza de las Erinias. Las señoras Alecto, Megera y Tisífona.

Tenemos ya en este momento histórico, acumulados, dos “candados” impuestos al deseo carnal: los tabúes ancestrales y el  matrimonio convertido en sacramento, impuesto por los dioses y administrado por sus lugartenientes en esta tierra cruzada de tentaciones y de siembras de árboles insinuantes de manzanas del bien y del mal. Tentaciones enemigas, dicho sea de paso, del proyecto de salvación de estas pobres almas asustadas, sometidas a la encrucijada.

Por supuesto que sin “candados” y “enmallados” impuestos por la Ley de cultura, el animal que somos no sería humano. Entre represión de los impulsos y emergencia de la humanidad hay una relación ineludible, humanizante, constituyente. Pero, precisamente por esto, trágica. Ulises huye de la paz doméstica mientras Penélope permanece en casa tejiendo y destejiendo, a su espera. Una joven híper-moderna de nuestro tiempo, si acaso leyera a Homero, no se vería representada en la metáfora de la mujer doméstica que teje y desteje a la espera de su marido en viaje, como táctica para eludir el asedio de los hombres que la pretenden. Ulises escucha el canto de las sirenas y se debe atar al mástil de la embarcación para no sucumbir a los encantos. Y sufre, claro, como sufren todos los seres humanos que, atados a los “candados” y “enmallados”, deben someter sus deseos, domesticarlos, encadenarlos a las patas de la cama en el hogar.

Pero prosigamos el curso de la historia. Pues, adicional al “candado” del sacramento del matrimonio, el mundo moderno atrapó el deseo carnal en las redes del contrato civil. Que es un “candado” adicional a los tres anteriores, que por el hecho de haber nacido en la modernidad no eliminó los anteriores sino que los subsumió.

A la larga, aquel mundo moderno se hizo “híper” moderno en los tiempos contemporáneos. La revolución femenina, expresada en justo reconocimiento de las libertades, autonomías e igualdades de género, empezó a despedazar los “candados” y los “enmallados” para volverlos relativos, efímeros, ligeros, de ocasión. Todo lo contrario de vínculos sólidos hasta la muerte. Según el lenguaje de Sygmunt Bauman, los vínculos sentimentales de los jóvenes ahora son líquidos, evanescentes, pasajeros y en casi todos los casos tienen fecha de vencimiento.

Vivimos la época “híper” moderna en la que los tabúes, el sacramento de efectos eternos y el contrato civil duradero han entrado en crisis. Esta crisis se hace aún más intensa en un contexto hedonista de goce al día y a la carta, de libertades y conversión del cuerpo en objeto estético que se ofrece a la contemplación y al intercambio. El mundo se desnuda, se exhibe y se llena de tentaciones abiertas. Los “candados” se abren, todos tenemos la llave y los “enmallados” se rompen con sólo abrir el corazón para ponerlo a la deriva. La fidelidad de la pareja tradicional entra en crisis. Y se impone la higiene del sufrimiento, cada quien haciéndose “el loco”. Los “cachos” se vuelven llevaderos y hasta decorativos. Surgen las relaciones abiertas, denominadas “civilizadas”. Relaciones “ojo por ojo, diente por diente”. Porque, guerra es guerra. Suena la música y la fiesta se enciende.

Pero, no por esta “tolerancia abierta” de todos contra todos la sensación de “traición” o de “engaño” desaparece. Extrañamente, la palabra “traición” sigue adherida al higiénico lenguaje híper-moderno, a pesar del reconocimiento mutuo de las autonomías y las libertades a ultranza. Parecería un contrasentido. Por la misma razón tampoco desaparece de la escena el dolor del “traicionado” ni su sufrimiento, derivados de la herida narcisista. Pero no está bien visto reconocer en público este dolor. “Un clavo saca otro clavo”, es el lema. “Ojo por ojo”. Se impone la sospecha, pero al mismo tiempo los pactos de autonomía y libertad. Cuando las parejas por alguna razón deciden juntarse, ambos vienen de ser toreados en muchas plazas convertidos en diferentes toros y vaquillas. La agitada vida pasada debe hacerse a un lado, omitirse, pero aún así Raymond Carver considera que debe escribir un hermoso cuento denominado: “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?  Se impone el perdón a regañadientes, jamás el olvido. Y todo se vinagra hasta terminar en ruptura.

 ¿Qué hacer?

Surge entonces un cuarto “candado”, hermoso por su origen en el reino de la autonomía moral del sujeto asumido en la responsabilidad Kantiana, pero a la vez terrible por sus efectos y tristes espectáculos de auto-mutilación. Es la promesa de fidelidad como “candado” que uno mismo se traga y hace suyo, que uno mismo se impone. Por conveniencia, por cálculo, por miedo de ser sorprendido o abandonado, por hastío de una vida pasada de sufrimiento a partir de sucesivas heridas narcisistas, en fin, por decisión libre.

Este cuarto “candado” no proviene de una imposición externa al sujeto, sino de un pacto interior en el que ambos en la pareja han decidido hacer un paréntesis y confiar en ellos mismos, cerrando los ojos a las impresionantes tentaciones que circulan por doquier. Muchos hombres empiezan a caminar por los centros comerciales con los ojos en el piso. Sus compañeras los miran de reojo y ellos a ellas también. Este cuarto candado que uno mismo se impone, engulle y racionaliza hasta convertirlo en decisión libre y autónoma, no hace desaparecer sin embargo el deseo carnal, sino que lo aplasta por un tiempo para concentrarlo en el hogar. Porque la pasión, vertida ahora en el pacto intramural de fidelidad, tiene su ciclo según los psicólogos y en menos de cuatro años según las encuestas tiende a declinar. De ahí en adelante se convierte en mutuo apoyo, compañía y lealtad. El advenimiento de los hijos, si acaso esto ocurre, termina dándole sentido de perdurabilidad al pacto de fidelidad, pero aún así no hay garantía de nada. Porque, como casi todos dicen, cada quien tiene derecho a “rehacer” su vida, al costo que sea. Antes de las rupturas, al final, la vida de la pareja se convierte en permanente lectura de síntomas, espacios de sospecha, seguimiento de llamadas extrañas a los teléfonos móviles, incursiones al correo electrónico a espaldas del otro, consultas a las adivinas, ataduras y ligas con brebajes, fumadera de tabaco, contratación de detectives privados, en fin. El infierno de nuevo, donde no faltan las palizas, los chantajes, los ultrajes, las infidelidades por desquite.

Ante esto, no existen más que dos caminos principales conocidos, con sus correspondientes variantes, ambos de muy graves consecuencias: en primer lugar la sinceridad, es decir la confesión arrepentida ante la pareja, de los episodios de caída en el “pecado” debido al poder aplastante de la manzana seductora que todavía cuelga de todos los árboles en los centros comerciales convertidos en pasarelas y absolutamente en todas partes en este mundo erotizado; o, en segundo lugar, el recurso a la vida secreta de los infieles, mejor llamados perros o perras que recurren a la clandestinidad y la intimidad absoluta de sus vidas para no renunciar al goce merecido, a pesar del pacto de fidelidad siempre en riesgo. Es lo que en el lenguaje popular se conoce como “morronguera”.

Como ustedes acaban de escucharlo, el tema de la vida secreta de los perros infieles de ambos géneros, es un tema que hace parte sustancial de la dimensión trágica de la existencia humana. Quien lleva a cabo “actos infieles”, jamás se propone intencionalmente hacer daño a nadie. Pero, si se llega a filtrar la noticia, el daño y el dolor son inevitables. La pareja entra en el terreno de la víctima y el victimario. Sin embargo, lo que busca el infiel no es causar dolor a nadie sino hacerse regalos a sí mismo y a su necesidad abierta de goce en este mundo que no es, dicho sea de paso, sino uno solo, el de esta maravillosa tierra que nadie puede impedirnos convertir en una fiesta. Salvo que uno crea en la otra vida y en el aplazamiento del placer, es decir salvo que uno se haya tragado el candado hasta la entraña y considere que la continencia fiel es parte del camino de salvación.

Tal como ocurrió con el pobre de San Agustín, que una vez convertido a la fe abandonó a su compañera con la que fue feliz, en un acto de aterradora deslealtad y traición por terror al placer en libertad; y que abandonó igualmente a su hijo en un gesto de peor deslealtad, aterrorizado ante la idea de que su vida pasada había sido de pecado e inadmisible libertinaje y concupiscencia. Tanto fue el terror infundido, que el pobre abandonó la carne deliciosa, abandonó a su mujer y a su hijo adolescente, se tragó el candado de la castidad y se encerró bajo llave en clave cristiana hasta volverse santo. Pero escribió un libro conmovedor, en el que confesó su “aberrante” gusto anterior por el goce del mundo.  Renunció al demonio y a la carne –no me refiero a que el santo se hubiese vuelto vegetariano-, todo en medio de la culpa y el arrepentimiento y se perdió para siempre en la hediondez de la santidad conseguida de este aterrador modo a costa de la mayor deslealtad y traición con los suyos que la historia conozca y de la que nadie ahora quiere saber nada. ¿San Agustín, un pobre traidor? A este libro, el converso Agustín llamó “Confesiones”. Hermoso pero aterrador documento de un psiquismo desleal en pena. La lealtad a la que Agustín faltó, diferente de la fidelidad, es absolutamente otro asunto, pero no es momento ahora de referirme a esta diferencia.

Queda claro, entonces, que esta novela no tiene, a despecho de algunos que en todo quieren ver “chisme” o comilona de vida íntima del tipo “boyerisya”, un tono de autobiografía ni de “reality” vivido en la impudicia. Aquí se considera la infidelidad como parte sustancial de la dimensión trágica de la existencia humana de todos por igual, ya sea en la realidad o en las simples fantasías, porque el deseo oscila entre la libertad y la represión moral con sus culpas asesinas. Todo ser humano es una sinfonía que merece ser escuchada. Porque el otro que se ofrece al deseo tiene el encanto de convertirse en espejo de la afirmación y comprobación del Yo, que intenta dejar en el Otro una presencia memorable. No hay pues infidelidad sino afición sinfónica.

Los personajes de esta novela no son entonces cínicos mentirosos detestables, sino mujeres y hombres adoloridos inventores de historias y relatos denominados “mentiras piadosas”, recursos imaginativos e inteligentes que les permiten volver a la palomera doméstica, donde por supuesto se sienten bien y tienen allí personas a quienes aman y se saben amados. Todo esto hasta el día en que esas historias aguanten y se sostengan en términos de verosimilitud y tolerancia. En la novela pretendo referirme entonces a toda la humanidad, constituida por hombres y mujeres de nuestro tiempo, que retozan sobre hermosas brasas encendidas, mientras de regreso a casa van dejando en hilachas su sangrante y generoso corazón a lo largo de alambradas y avenidas.

La infidelidad como componente de la dimensión trágica, fragmentada y escindida de la existencia humana es entonces el tema. Pero el tema es apenas una parte secundaria, a veces sólo un asunto de paso en la literatura. Porque la pregunta es: ¿Qué tipo de tratamiento estético debe hacerse del tema elegido? Pues el tema por sí mismo no es la literatura. El “efecto literatura” jamás deriva del tema sino de su tratamiento. La literatura es lenguaje, punto de vista, metáfora, estilo, simbología. Los temas en literatura son muy pocos. La muerte, la vida, la traición, el dolor, la vejez. Lo novedoso es el tratamiento estético y lingüístico. 

Yo invito a todos ustedes a leer “La vida secreta de los perros infieles”, no exactamente desde el tema sino desde el horizonte del lenguaje, la propuesta estética, los recursos literarios.  A estas alturas de mi proceso diario de escritura silenciosa, sigo considerando que el “efecto literatura” es ante todo una derivación del lenguaje y de sus infinitos recursos. Si algo debo decirle en este momento al lector, es que fije su atención en la propuesta estética que me he propuesto entregarle en esta nueva novela.

Colaboración especial de Fernando Cruz Kronfly

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