Una mirada hacia el limbo poético

José Asunción Silva
José Asunción Silva

Ásbel Quintero Moncada

Los poemas no pueden restituir y, sin embargo, pueden hacer los gestos de la restitución. No pueden revertir el tiempo y, sin embargo, pueden mentir contra el tiempo.

La cábala y la crítica. Harold Bloom

    La poesía, esa extraña manera de ser de algunos seres afectados, ronda las noches y los claustros de algunos noctámbulos. No es posible, es más, no es lícito ser poeta cuando se es feliz o conforme. El poeta está siempre en la cuerda floja de la razón y la sinrazón. Habita la celda de los conventillos o pasillos solitarios de duendes que no tienen sosiego.

   La poesía es búsqueda y a su vez encuentro; partida y llegada. Por eso los eternos ambulantes de la noche son sus mejores clientes. Ella es logro que se encuentra en la otra esquina del loco-cuerdo. Uno de los grandes de nuestra poesía dice en un párrafo lo que es este sistema de soñar: 

    “El gran tema de la poesía es el retorno al paraíso. O sea el retorno a donde, más allá  de cualquier contumacia nostálgica, nunca hemos estado. He ahí un misterio que, de hecho, es el misterio de nuestra  propia condición. Esto podría explicarnos la textura mitológica de nuestra vida. Por alcanzar tan existente lugar, y serle fiel a esa perversa metáfora de la felicidad, el hombre ha soportado, y seguirá soportando, el desconcierto y el horror de sucumbir en el absurdo. La palabra, pues, es nuestra única compañía y nuestro supremo recurso de exorcización. Estimulada por ella, la inocencia (siempre la invencible, restañadora y entelerida inocencia) busca salvarnos, busca e incluso trata de inventar las claves que podrían contener el esclarecimiento de este viaje sin mitigación y sin término”. Héctor Rojas Herazo, Prólogo a “Los cinco entierros de Pessoa”.

    ¿Qué clase de compañía es ésta? La extraña musa que llega sin invitación al baile de preocupaciones. Camino que permite llegar a ninguna parte. Cada cual o quien se considere hecho de jirones de cultura y quien esté afectado tendrá la cómplice dama inasible: la palabra.  Pero la palabra no es la misma en manos de un hombre normal que del ser que trasiega laberintos, el poeta.

    No existe un horario para hacer poesía como en otros oficios. La musa del primer verso de la Ilíada de Homero se aparece en el momento menos esperado y el poeta no es más que ese artesano de las fibras del misterio de la poesía. Digamos que la palabra adquiere magia y se acerca al acto poético cantando con ellas el mensaje de la gran inspiradora. Hay disciplina en horarios o espacios para otros oficios como la novela y el cuento, pero un poema surge de improviso y hay que tener una memoria prodigiosa para grabar los primeros versos o todo el poema o recurrir a nuestra confidente, la hoja de papel.

     Escribir poesía es un riesgo y una osadía  porque no sólo depende de los estados de ánimo sino que se deben dominar unas técnicas mínimas del buen decir.  Las palabras por sí solas no significan, hay que darles cierta organización para que ellas generen significaciones especiales. En su defecto se vuelven un problema y dañan la estética del escrito. Demos una mirada a los escritos de juventud y en ellos encontraremos ejemplos que nos dicen cómo no debemos escribir. Un estado de ánimo puede ser importante pero no basta y es muy peligroso creer que es suficiente. El poeta es un artesano de la palabra y debe saber utilizar las herramientas adecuadas para que la obra de arte perdure en el tiempo. Sucede a veces que hay excepciones como el caso de Arthur Rimbaud que dejó un obra inmarcesible de los 16 a los 19 años. El paso del tiempo lo único que hace es decir que esa obra es clásica. O Sor Juana Inés de la Cruz que desde muy temprano inició su carrera de poeta y sólo la dejó cuando se “suicida” antes de los 45 años.

   Konstantino Kavafis, un admirable cantor de lo cotidiano del Eros que se atrevió a desafiar una modernidad pacata que, en su tiempo, lo relegó al olvido. Pero la historia deja al margen lo que no perdurará, lo perecedero. Este fue un poeta intenso, no apto para mojigatos ni hipócritas. Llegó, en su momento, a cantarle a sus amantes con la delicadeza y amor de una hermosa y talentosa mujer. Hoy es fácil encontrar poemas con poca poesía. De ahí que todo lo poético es humano, pero no todo lo humano es poético.

    Aunque la recomendación es la misma: “hay que seguir escribiendo”, no es bueno creer que el solo hecho empirista de por sí basta. Una vez más digo que hay procesos que se pueden acelerar y una de las formas es abordar desde muy temprano a los petas clásicos o los libros que perduran en el tiempo. Leer a Shakespeare, Hölderlin, Goethe, Ezra Pound, T. S. Eliot y seguramente cada uno tiene su lista de los preferidos. Pero hay que seguir leyendo a Borges entre los nuestros. Ahí encontramos la técnica y las esencias del buen escritor. Leer los textos fundamentales de Neruda: “Residencia en la tierra” y “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” son de obligada consulta. Otros ejemplos no son de libros sino de un puñado de poemas cuando no uno y con eso les fue suficiente para estar en la lista de los más grandes. El caso de José Asunción Silva con “Nocturno III” o Porfirio Barba Jacob con “La canción de la vida profunda”.

   Cada uno tendrá su propia antología y sus temas preferidos. El amor es uno de los más recurrentes. La crítica social para otros. Estoy seguro que el gusto tiene qué ver con la cultura más que con la moda. Pero volvamos. El problema no queda resuelto ahí porque lo social visto por Juan Manuel Roca no tiene la dimensión panfletaria o comprometida como en Mario Benedetti. No es lo mismo leer la poesía de Walt Whitman quien supo tomar distancia de los simples síntomas de una sensibilidad social que los últimos poemas de Pablo Neruda.  No creo mucho en el compromiso histórico del artista. Aquí estaría la clave de muchos actos fallidos en la historia de la literatura. No creo en los cantores del régimen. El artista debe tomar cierta distancia para no caer en la manipulación del poder. El poder maniqueo hace que el artista no respire aire puro y que su obra se desnutra cuando no que vaya de una vez al olvido.

   Si bien todo vehículo de comunicación es susceptible de caer en el control, dependerá del ojo avizor o de la independencia del poeta para no dejarse tentar por la escritura “comprometida” o de conveniencia histórica. La poesía no tiene más compromiso que la exaltación de una queja, una congoja. Para que sea arte y trascienda ese instante de arrobo, se  exige -como forma- que además de decir algo lo diga bien. Puede suceder que el poeta use recursos retóricos aunque el léxico sea común, o que a raíz de situaciones históricas concretas tenga que hacer una obra hermética en donde el mensaje sea cifrado y con múltiples miradas. Ese fue el caso de Sor Juana Inés de la Cruz con su extenso poema “Primero sueño”. Quizá este no sea el único ejemplo pero me sirve de primera mano para decir que hay épocas en donde el artista tiene que ser un prestidigitador más que un simple decorador del buen decir.

   La irreverencia ideológica o estética se vuelve tema de época y si cae el poeta en él puede suceder que su mensaje se quede ahí y pasados unos años ya nadie se acuerde de su texto o del mismo poeta. Habría que ser un Baudelaire, Trakl o Villon, que a pesar de sus temas fuertes y escatológicos a veces, siguen siendo referencia poética del buen uso del verso. Ellos no tuvieron otro compromiso que darle salida a sus necesidades y las del momento histórico y de qué forma. Algunos sufrieron la censura y a pesar de la saña sus voces se hicieron oír. Joyce vivió algo similar con los cuentos del libro “Dublineses” y “Ulises”. Obviamente el arte tiene ese drama: superar el tiempo y trascender lo cotidiano. El poeta es un ser atrevido que no es fácil amordazar o seducir. Cuando la tiranía aparece, el arte, extrañamente, se rejuvenece, se vigoriza. ¿Por qué? Una posible hipótesis sería la búsqueda de un lenguaje más sutil y más indicial.

   La falta de tino y de gusto llega a extremos que la política no tiene recato en hacer histórico, pero no para bien sino para peor. Vemos lo que nos dice Juan Gabriel Vásquez en su novela “Historia Secreta de Costaguana”, al respecto:

 “Porque en mi país estaban a punto de suceder cosas de esas que los historiadores siempre acaban por consignar en sus libros, preguntándose entre sonoros interrogantes cómo fue que llegamos a esto y luego contestando yo lo sé, yo tengo la respuesta. Lo cual, por supuesto, tiene muy poca gracia, pues hasta el más despistado habría sentido algo raro en el aire de esos años. Por todas partes había profecías: bastaba con saber interpretarlas. Ignoro qué habrá pensado mi padre, pero yo habría debido reconocer la tragedia inminente el día en que mi país de poetas ya no fue capaz de escribir poesía. Cuando la República de Colombia perdió el oído, confundió el gusto literario y desechó las más mínimas reglas de la lírica, yo habría debido sonar la alarma, gritar hombre al agua y detener el barco. Yo habría debido robar un bote salvavidas y bajarme de inmediato, aunque corriera el riesgo de no encontrar tierra firme, el día en que escuché por primera vez los versos del Himno Nacional.

Ah esos versos… ¿Dónde los escuché por primera vez? Más importante ahora es preguntarme: ¿de dónde salieron esas palabras, palabras que nadie comprendía y que a cualquier crítico literario le habrían parecido, más que pésima literatura, el producto de una mente inestable? Recorramos, lectores, los rastros del crimen (contra la poesía, contra la decencia). Año de 1887: un tal José Domingo Torres, empleado público cuyo mayor talento era armar pesebres en época de Navidad, decide convertirse en director de teatro, y decide también que en las próximas fiestas nacionales se habrá de cantar un Poema Patriótico producido por presidencial pluma. Y esto para los bienaventurados que lo ignoran: el presidente de nuestra República, don Rafael Núñez, acostumbraba a distraerse en sus ratos libres haciendo versos de bachiller aburrido. Seguía en esto una arraigada tradición colombiana: cuando no estaba firmando nuevos concordatos con el Vaticano para satisfacer la elevada moral de su segunda esposa -y para lograr que la sociedad colombiana le perdonara el pecado de haberse casado por segunda vez, en el extranjero y por lo civil-, el presidente Núñez se empiyamaba, con gorrito y todo, se echaba encima una ruana para el frío bogotano, pedía un chocolate con queso y se ponía a vomitar heptasílabos. Y una tarde de noviembre, el Teatro Variedades de Bogotá es testigo del profundo desconcierto con que un grupo de jóvenes, que no tienen la culpa de nada, entona estas inefables estrofas.

De Boyacá en los campos

el genio de la gloria

con cada espiga un héroe

Invicto coronó.

Soldados sin coraza

ganaron la victoria: su varonil aliento

de escudo les sirvió.”

 (Vásquez, Juan Gabriel. Historia de Costaguana. Págs. 173-174).

 

Cualquier comentario se cae de su peso.

Poesía y tristeza

    La poesía heroica-épica, himnos, elegías, no pueden ser alegres, festivas. El comienzo de la literatura fue profusa en ejemplos de que ella surge con la poesía cercana al mito y que según Marx toda cultura nace con él. En verdad que la épica está siempre cantando hechos grandiosos de hombres o de pueblos que se erigieron a través de ingentes esfuerzos. Eso quiere decir que no fue tan idílico su proceso. Igual sucede con los himnos, otra forma de decir poesía heroica. Las elegías casi siempre son tristes o cantos de profundo dolor. Y aquí recuerdo las palabras de García Márquez al recibir el Premio Nobel en 1982:

     “Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Ilíada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

   “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.”

(Gabriel García Márquez: La soledad de América Latina)

 EL HACER POÉTICO Y LA CRÍTICA

   La relación existente entre creación y crítica es distante y riesgosa porque cuando se pertenece a un grupo, movimiento o escuela se pierde la objetividad y se hace propaganda, o se sitúa en el concierto de los elogios mutuos. De ahí que el creador, el artista debe ser cuidadoso de no caer en artimañas y malabarismos de amigos y decir sus impresiones sobre la obra del otro sin ningún compromiso más que el del arte. Razón tenía Friedrich Nietzsche con su frase lapidaria: “La dignidad del artista es su incapacidad para la crítica”. Aunque en la historia reciente de la poesía tenemos el caso de Octavio Paz que fue un excelente poeta y a su vez un gran crítico. O en el caso de Juan Gustavo Cobo Borda en quien parece que la crítica está por encima de su hacer poético y nos dice que “La mirada del artista es literalmente despiadada…”. Pero creo que se refiere a su creatura. La pregunta sería ésta: ¿el ensayo es literatura? Obviamente que para ser ensayista y bueno, en arte, se debe tener mucha condición de artista.

   Quizá Baldomero Sanín Cano sea el ejemplo del ensayista que estuvo siempre fuera de la frontera del hacer artístico y su producción fue siempre eso: análisis de lo que los otros iban produciendo y dejando su mirada sobre esas otras producciones.

   No quisiera oficiar de crítico en estas líneas; por el contrario quedarme en el plano de observador que disfruta de las cosas bellas que los grandes nos han legado. Más que ser un crítico quiero ser un sibarita de la buena literatura, por eso quisiera dejar constancia de unos cuantos poemas que son, a mi parecer, la cumbre en poesía colombiana, los poemas: Muertos de Aurelio Arturo, Canción de la vida profunda de Porfirio Barba Jacob y Nocturno III  de José Asunción Silva.

Colofón

    El crítico y poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, ha dicho mucho de la literatura colombiana, en el libro Historia de la poesía  colombiana, que: “La poesía, como la violencia colombiana, son dos de nuestros rostros que aún no asumimos del todo. Violencia y poesía: allí se origina nuestra imagen más significativa.” Creo que en estas líneas está la radiografía de la literatura nuestra desde hace muchos años, quizá desde el origen de la identidad colombiana.

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