Los crisantemos: entre lo bello y lo triste

(La luz interior en un cuento de John Steinbeck)

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Por Reinaldo Spitaletta

John Steinbeck, un novelista de altos quilates, solo publicó un libro de cuentos, El largo Valle (The Long Valley, 1938), que primero se desgranó en revistas como Esquire, North American Review y Harper’s Magazine. En sus relatos, en los que, como en su mayoría de novelas, el nacido en Salinas, California, incluirá su valle natal como territorio geográfico (y literario) no solo físico sino mental de personajes y situaciones diversas, que oscilan entre granjeros y cosechas, esposas insatisfechas, braceros de ranchería, agitadores de revueltas sociales y ciudadanos domesticados, con los cuales pinta un fresco que, más que de materialidades y conocimiento del mundo real, se torna una metáfora de dosificada belleza y hondura sobre la condición humana.

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El largo Valle (The Long Valley, 1938).

Aventuraré en esta nota una hipótesis, arriesgada si se quiere, sobre el cuento Los crisantemos: es, en la vasta literatura estadounidense, uno de los más bellos, en que el escritor, que casi siempre abordará el mundo del afuera, que en su parcela literaria siempre tuvo que ver con piratas, leyendas artúricas, cosecheros en búsqueda de redención, guerras como la que pinta en su novela La luna se ha puesto, en fin, una obra de dimensiones colosales que le mereció, entre otros galardones, el Nobel de Literatura, digo que además de lo exterior, en este caso, con un personaje femenino como Elisa Allen, explora lo interior, con los símbolos y las inquietudes de una mujer que, así, de sopetón, tiene una como especie de epifanía.

Decir “uno de los más bellos” es ya un establecimiento de fronteras. Una aseveración peligrosa que puede excluir (también convocar) a tantos y tantos escritores, maestros del relato corto (y del largo), que vienen desde Poe, Hawthorne, Melville, O. Henry, Bierce, London, pasando por los de la Generación Perdida y llegando a Carver, Cheever y el nacionalizado Isaac Bashevis Singer. En un género moderno que los de ese país son los “inventores”, el cuento, es una osadía denominar a uno de ellos como una perla (valga el término en tratándose de Steinbeck) o un diamante.

Habría, por supuesto, que discutir y establecer qué es la belleza, y más en un cuento. O por qué uno se pone, casi que desde una óptica provocadora, a expresar que Los crisantemos es uno de los más bien logrados cuentos de la literatura de un país rico en literatura. Vamos al meollo del asunto. Muy discutible, por cierto. Porque, no es extraño, que a otro lector o especialista en tales disquisiciones literarias le parezca, digamos, que de los del autor de novelas como Las uvas de la ira y De ratones y hombres, sea más interesante (o gozar de más belleza) uno como La serpiente o Johnny el Oso. De acuerdo. Hasta razón puede tener. Pero lo que sucede y cómo sucede en Los Crisantemos, una pieza de sutilezas bien engarzadas, de conocimiento hondo de la naturaleza femenina, además de flores y ganados y granjas y carreros y hasta con la sugerencia de combates de boxeo, lo convierte en una creación de antología.

Como cosa rara, bueno, mejor dicho, como casi una inevitabilidad en este escritor, el cuento comienza con una descripción del Valle de Salinas, de carácter climático, pero con una conexión indispensable con lo que acontecerá. Y con la luz, una luz amarillenta que es la única que destaca en la grisitud melancólica del ambiente. El rancho de los Allen, con ganado, manzanos, unos compradores que visitan al dueño y con un jardín en que una mujer de treinta y cinco años se convertirá en ficha clave para expresar lo que sería una suerte de esplín, un descubrimiento, quizá tardío, de nuevas sensaciones corporales y del espíritu de una fémina que a veces tiene apariencia hombruna por sus indumentarias y movimientos.

La mujer va ingresando en el paisaje, se muestra su figura, su ropaje, la madurez y el entusiasmo en el manejo de las tijeras de jardín, en los cuidados de las flores, en su habilidad. Y de, pronto, como sin querer queriendo, en un segundo plano la condición femenina, de no ser solo una pieza más en la producción de la finca, sino una dama que requiere cuidados, que no solo está dedicada a una faena preciosa, con la que ella seguro disfruta, sino una esposa. Todo esto se va introduciendo con detalles escogidos, con una medida como de gotero, para que resulte un final intenso y pleno de simbolismos.

El lector recibe información precisa de aspectos del rancho: tractores, perros, gallinas, voces de visitantes, la voz de Henry, y así, de súbito, esta, la de su marido, que saca de concentración a la mujer. Y las palabras que, en el fondo, son un reproche porque ella, la de la “mano de jardinero”, milagrosa y eficiente, bien pudiera ayudar para que en vez de crisantemos de diez pulgadas los manzanos de la hacienda alcanzaran las dimensiones de las flores.

He ahí, en ese como cocotazo que el marido le da a su cónyuge, una cáscara en la que, más adelante, la mujer resbalará, pero no para caer, sino para tener otra visión de sus relaciones, del mundo que se reduce a un universo de hermosos crisantemos y a una vida sin más paisajes. Es una revelación la que va teniendo Elisa. Y que le ayudará, tal vez  sin conciencia suficiente de la situación, a combatir el aburrimiento. O, mejor, aquella sensación que los italianos denominan la noia y de la que ella no era del todo consciente.

Un suceso, en apariencia sin significados relevantes, una aparición en el rancho, cuando ella ya sabe que el marido, para celebrar una venta de reses, la convidará a la ciudad a cenar en un hotel y al cine, cambiará la existencia monótona, aunque feliz frente a sus flores, de la señora Allen. La presencia de un carromato de ballesta, tirado por un caballo y un burro, conducido por un hombre barbado, un reparador ambulante de herramientas y recipientes, le va a dar otra perspectiva del mundo a la mujer que a estas alturas del relato muestra energía y un carácter fuerte.

Los diálogos entre la señora Allen y el carretero, que además está acompañado por un perro desmirriado, son de alta precisión frente a lo que cada uno hace. El encuentro fortuito sirve para que ella muestre su pasión singular por los crisantemos, para que además, le crea con entusiasmo al buhonero que hay una vecina que quiere cultivarlos. Y, de contera, para que ella, con convicción, le diga que no hay nada para él en la finca, nada que arreglar. Por algo, el hombre se desvió de su ruta, por alguna razón está allí, en un rancho en el que la irritación de la mujer cambia cuando el forastero le pregunta “¿qué plantas son esas, señora?”. “Son crisantemos gigantes, blancos y amarillos”, le contesta ella y se inicia un estado de excitación sin límites, que va en crescendo desde que él visitante agregó a modo de interrogación que si esas flores son las que parecen una nube de humo coloreado.

Lo que sigue en el cuento es la demostración, de un lado, de la destreza del escritor para poner en escena a los dos personajes, con una conversación que sube en intensidad, y, del otro, la especie de metamorfosis que sufre Elisa, no solo gracias al amor que les tiene a los crisantemos, sino porque una aparición inesperada le ha cambiado la manera de ver y sentir el mundo. Y le ha conferido un conocimiento de ella misma, de su fortaleza, de su feminidad, de sus ganas de no ser más un agregado de la granja, solo la mujer de Henry y nada más.

Sin duda, el relato tiene símbolos bien dispuestos en la narración, unos conectados con la ruptura frente a un mundo que parece incambiable; otros, al sentimiento de una mujer-esposa, que siente que hasta esos momentos solo ha sido decorado, y para su marido una especie de mujer amachada, fortachona, sin otros atractivos, pero que, con metáforas boxísticas, descubre que es fuerte en lo sentimental y que hay otros ámbitos, otras emociones. Quizá a esa percepción novísima la conduce el haberse percatado con pesar de lo que el carretero hizo con los crisantemos que ella le sembró para la presunta vecina… Pero quizá ya sea un poco tarde, o eso parece representar el débil lagrimeo final de Elisa, su hallazgo sin consuelo de que tal vez su tiempo mejor ya pasó.

Los crisantemos destilan belleza, y dolor contenido, y un hondo conocimiento de los elementos que componen la interioridad de una mujer, que, en todo caso, sabe que por encima de todo le ha otorgado con creces su amor a las flores, que parecen importar poco al resto del mundo.


Reinaldo Spitaletta: Periodista, es columnista de El Espectador, director de la revista Huellas de Ciudad y coproductor del programa Medellín Anverso y Reverso, de Radio Bolivariana. Ha publicado más de quince libros, entre ellos las novelas El sol negro de papáEl último puerto de la tía Verania; los libros de ensayo Escritores en la jarra y Macabros misterios y otros ensayos; el libro de cuentos El último día de Gardel y otras muertes; y los libros de tango Las plumas de Gardel  y Tango sol, tango luna.

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