Semper Idem

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Por Jack London

El Doctor Bicknell estaba de muy buen humor. Un hombre que había salvado, murió la noche anterior por un pequeño accidente, un ligero descuido. El enfermero jefe había estado en la silla de los penitentes durante toda la mañana, pensó que el tipo debía ser un marinero, uno de tantos mugrosos. No era la muerte de aquel hombre lo que le causaba malestar, su angustia residía en el hecho de que la operación se había llevado a cabo con éxito. Él sabía que el Doctor era muy bueno en su oficio, uno de los mas delicados en cirugía, era tan prestigioso como audaz e inteligente. Todos habían esperado su salida, las enfermeras, el enfermero jefe, pero el hombre había muerto. No mucho, un pequeño descuido, era suficiente para llevar la ira profesional del Doctor Bicknell a sus oídos y perturbar el trabajo de todo el personal durante las siguientes 24 horas.

Cuando el enfermero, asustado y tembloroso le informó del deceso del hombre, sus labios no hicieron mucho más que formar una silaba de censura; estaban tan fruncidos que daba la impresión que retazos de trapo flotaban de ellos suavemente en el tiempo, para ser interrumpidos sólo por una consulta amable, por la salud de otro paciente —Después de haber sido informado, el Doctor seguía de muy buen humor—. El enfermero, considerando imposible  que él no entendiera la esencia del asunto, se lo repitió.

“Sí, sí”, dijo el Doctor Bicknell impaciente. “Entiendo, pero ¿cómo está Semper Idem? ¿Ya está listo para marcharse?”

“Si, le están ayudando a vestirse en este momento”, respondió el enfermero, y siguió a hacer la ronda obligatoria, adhiriéndose a la paz que reinaba en las paredes saturadas de yodo.

Era la recuperación de Semper Idem lo que compensaba al Doctor Bicknell  la pérdida del marinero. Las vidas eran casi nada para él, igual los incidentes desagradables pero inevitables de la profesión. Pero ah, los casos, los casos eran todo. Las personas que lo conocían eran propensas a considerarlo un carnicero, salvo sus colegas quienes lo veían como un hombre audaz, y el más capacitado hasta ahora frente a  la mesa. No era un hombre imaginativo. Él no poseía, y por lo tanto no toleraba las emociones. Su naturaleza era exacta,  precisa, científica. Los hombres para él no eran más que peones sin individualidad o valor personal —pero en algunos casos era diferente—. Entre mas deshecho se encontraba un hombre, entre mas frágil su vinculo a la vida, más grande era el significado que hallaba ante los ojos del Doctor Bicknell. Él abandonaría fácilmente un laureado poeta que sufre un accidente común, por un destrozado vagabundo sin nombre, quien desafía cada regla de la vida negándose a morir, era como un niño que renunciaba a un acto de Punch y Judy* por uno de circo.

Este había sido el caso de Semper Idem. El misterio del hombre no lo atraía, ni su silencio o el velado romance con el que los periódicos amarillistas habían explotado sensacional e infructuosamente su historia en diversas ediciones dominicales. Pero la garganta de Semper Idem había sido cortada de oreja a oreja, ése era el punto, allí era donde su interés se había centrado. Ningún cirujano entre mil haría el mínimo gesto por una posibilidad de recuperación. No obstante, gracias al rápido servicio de ambulancia, y al Doctor Bicknell,  había sido arrastrado de nuevo al mundo que procuraba dejar. Los compañeros del Doctor Bicknell sacudieron sus cabezas cuando el caso había ingresado. Imposible, dijeron. Garganta, tráquea, yugular, en realidad todo cortado, y una pérdida de sangre espantosa. Era una conclusión inevitable. Pero el Doctor Bicknell había empleado métodos y hecho cosas que, incluso dentro de sus capacidades profesionales, los habían hecho estremecer. Y Voila! El hombre se había recuperado.

Por lo tanto, esta mañana que Semper Idem dejaría el hospital, sano y fuerte, la genialidad del Doctor Bicknell no podía ser de ninguna manera perturbada por el informe del enfermero, y procedió alegremente a poner orden en el caos del cuerpo de un niño que había sido molido bajo las ruedas de un coche eléctrico.

Como muchos recordarán, el caso de Semper Idem despertó una desbordada pero muy natural curiosidad. Él había sido encontrado en la posada de un barrio marginal, con la garganta cortada —como se mencionó anteriormente—, la sangre goteó sobre los inquilinos de la habitación de abajo, perturbando sus festejos. Lo había hecho evidentemente de pie, con la cabeza inclinada hacia adelante para contemplar su pasado en una fotografía que había sobre la mesa apoyada en una candelero. Fue esta actitud lo que hizo posible al Doctor Bicknell salvarlo. Tan profundo había sido el barrido de la hoja de afeitar que lo mas lógico era haber echado su cabeza hacia atrás, como debería haber hecho para llevar acabo el acto adecuadamente; con el cuello estirado y las paredes vasculares elásticas distendidas, habría asegurado con certeza poco menos que decapitarse a sí mismo.

En el hospital, durante todo el tiempo que atravesó el repugnante camino de regreso a la vida,  no había dejado escapar una sola palabra. Los detectives a cargo del jefe de policía tampoco lograron descubrir nada relevante. Nadie lo conocía, tampoco lo habían visto ni habían escuchado de él. Era estricta y únicamente del presente. Su ropa y pertenencias parecían ser del trabajador mas humilde, sus manos eran las manos de un caballero. Pero ni un trozo de escritura era descubierta, nada, excepto una pieza en particular, que podría servir para indicar su pasado o  su posición en la vida. Esa pieza en particular era la fotografía. La mujer de la fotografía proyectaba directamente la mirada al espectador como si no tuviera semejante, era, de hecho, una criatura sorprendente. Debía ser una producción hecha por algún aficionado, porque los detectives estaban desconcertados al no poder atribuirla a ningún fotógrafo profesional, firma o estudio. En la esquina de la montura, con letra delicada estaba escrito “semper idem; semper fidelis”. Se trataba de un rostro que no se podia olvidar. Astutamente se publicaron retratos muy similares en los principales periódicos del momento, pero esto sólo provocó una incontrolable curiosidad pública y notas interminables para los columnistas.

A falta de un nombre mejor, el suicida rescatado era conocido entre los asistentes del hospital y el mundo, como Semper Idem. Y Semper Idem permaneció. Los periodistas, detectives, y las enfermeras lo desesperaban. No lograban disuadirlo a pronunciar una palabra; sin embargo, una fugaz luz de consciencia en sus ojos permitió saber que sus oídos escuchaban y su cerebro comprendía cada pregunta que se hacía sobre él.

Pero este misterio y romance no despertaron el interés del Doctor Bicknell al estar un momento en la oficina para conversar con su paciente. El, el Doctor, había obrado un prodigio respecto a este hombre, logrando un virtuosismo sin precedentes en los anales de la cirugía. A él no le importaba quien o que era el hombre, y era poco probable que volviera a verle; pero, como el artista que contempla su obra de arte, quiso observar por ultima vez el trabajo de sus manos y su cerebro.

Semper Idem aun guardaba silencio. Parecía ansioso por irse. Ni una sola palabra pudo el Doctor arrancar de sus labios, y al Doctor poco le importaba. Examinó la garganta del convaleciente minuciosamente, pasando por la espantosa cicatriz con la persistencia y el cuidado de un padre. No era algo agradable a la vista. Una línea enojada rodeaba el cuello – como si el hombre hubiese escapado de la soga del verdugo – y, desaparecía debajo de la oreja a cada lado, tenía la apariencia de completar una ardiente periferia en el cuello.

Manteniendo su silencio tenaz, soportando los exámenes anteriores como un león encadenado, Semper Idem sólo traicionó su deseo de estar alejado del público para salir de allí.

“Bien, no te voy a retener” finalmente dijo el Doctor Bicknell, poniendo una mano en el hombro del hombre y robando un último vistazo a su propia obra. “Sin embargo, te voy a dar un consejo. La próxima vez que lo intentes, mantén la barbilla levantada. No te retraigas y descuartices como una vaca. Pulcritud y exactitud, ya sabes. Pulcritud y exactitud “.

Los ojos de Semper Idem brillaron en señal de haber escuchado, y un momento después desplegó la puerta del hospital en una zancada.

Era un dia ajetreado para el Doctor Bicknell, y la tarde iba bien mientras prendía un cigarro preparándose para salir de la mesa, donde parecía que los enfermos  pedían estar. Pero el último, un viejo reciclador con la escápula rota, había salido ya, y los primeros aros de humo del cigarrillo habían empezado a circundarle en la cabeza, cuando el bullicio de una ambulancia a toda prisa entró por la ventana abierta hacia la calle, seguida por el inevitable ingreso de la camilla y su espantosa carga.

“Póngalo en la mesa” ordenó el Doctor mientras se volteó un momento para colocar el cigarrillo a salvo. “ ¿Que le sucedió?

“Suicidio – Garganta cortada” Respondió uno de los que llevaba la camilla. “bajando por el callejón Morgan, creo que tiene pocas esperanzas Señor, esta casi muerto”.

“Eh? Bueno, le voy a dar un vistazo de todos modos”, Se inclinó sobre el hombre en el momento en que la prisa hizo un débil aleteo y se desvaneció.

“ Semper Idem ha regresado” Dijo el enfermero.

“Ay”, dijo el Doctor Bicknell, “ y se ha vuelto a ir, esta vez sin torpezas.  Bien hecho esta vez Semper Idem, buen trabajo. Ha tomado mi consejo, no soy requerido aquí. Llévenlo a la morgue”.

El Doctor Bicknell tomó su cigarro y lo volvió a encender. “Eso”, dijo entre bocanadas, mirando al enfermero, “Eso le sucedió incluso al que usted perdió anoche, estamos en paz”.

Traducción de Laura Guevara para Barbarie Ilustrada.

 

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