Lecturas Perjudiciales

Esas cosas que no se pueden agarrar

In Parodias, Reflexiones on 12 agosto, 2013 at 9:40 PM
América

Robert Crumb, portada de América.

Por Julián Hernández Cajamarca

Sentarse frente al televisor toda una tarde es espantoso, el tiempo de “anuncios comerciales” — esa asquerosa forma de promocionar las invenciones que salen del sobaco de un mago— casi iguala el de programación.  Ofrecen “caldos de costilla con trocitos de costilla de verdad”. “El lavaplatos que deja rechinando los platos” y todo tipo de encantos. Cuando era niño, los comerciales de toallas higiénicas y sus variantes eran los más ambiguos que podía ver, no reconciliaba la imagen de esas muchachas melindrosas como hadas que reían mientras anunciaban la llegada del dolor y la sangre. Para evitar las acusaciones, cuento: en las instalaciones donde estudié primaria también se impartían clases hasta octavo de bachillerato; las muchachas de bachillerato, de vez en cuando manifestaban su rencor y se vengaban del mundo que las obligaba a estudiar cosas ridículas, de la siguiente manera: dejaban en el orinal de hombres un par de toallas higiénicas, esas que luego yo asociaría  con las vendas de algún soldado herido en guerra —así de rojo y abundante es el recuerdo—. Después de la escuela viví en casa de mis abuelos una temporada cuando ingresé al bachillerato, allí aprendí formas minúsculas de la represión y el eufemismo. Una noche, esperando la novela, vimos un comercial de protectores stay free, y mi prima —que vivía con mi tía en casa de los abuelos— preguntó con ingenuidad qué era eso. Mi abuela y mi tía temblaban a la respuesta, pero yo ya sabía para qué servían los protectores: “los protectores son los que usan los jugadores para no lastimarse los testículos. Raro que sean promocionados por muchachas”. Ellas respiraron hondo, mi prima creyó —igual faltaba poco para que descubriera su utilidad— y yo pasé por ingenuo. Voluntariamente fui un tonto, la educación religiosa ya empezaba a causar estragos. De muchachito tenía ese impulso a asumir responsabilidades y penas ajenas, y a pesar de eso, agradecía la existencia de la televisión que representaba para mí uno de los más grandes sucesos. Antes de que el internet invadiera cada rincón, la televisión era una forma rápida de no tomarse en serio el mundo; al menos las primeras cosas reveladoras que descubrí fueron gracias a la tv:

La primera mujer que vi tan desnuda como la Eva antes de comer el fruto, fue en una mala adaptación de Drácula. Las primeras peleas encarnizadas las veía los sábados en WWF, recuerdo el gordo Kokina Maximus-Yokozuna, un tipo monstruoso que se desparramaba sobre sus rivales y los asfixiaba, el miedo que el mastodonte me provocaba puede ser la causa de que no me burle de los gordos y piense que en cualquier momento pueden aplastarme. Después, las adaptaciones bíblicas me enseñaron que la gente no adora a Dios, enloquece con la idea de poder asesinarlo. En “La historia de mi vida” de Robert Crumb publicada por ediciones La cúpula de España en 1990, la primer historia es la de un hombre que se tira frente al televisor y lamenta no poder agarrar el trasero de la animadora, el personaje es sometido a la tortura de una teta que nunca se deja agarrar. Después de muchos años y sin ser ya un televidente, me compadezco del personaje, creo que lo puedo entender.

Si quiero escribir unas pocas líneas sobre Robert Crumb, lo primero que debo mencionar es que la contracultura definió buena parte de sus posiciones: el desprecio y la denuncia a la diversión masificada y que no necesita ningún tipo de esfuerzo por parte de quien contempla. En La historia de mi vida, Robert Crumb expone sin ningún escrúpulo los temas centrales de su vida: perversiones sexuales, crítica al espíritu norteamericano, la infancia, el desprecio por la música pop y el culto por la música antigua del sur, es una suerte de biografía ilustrada.

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El argumento de la primer historia del libro es TV Blues con Etoain Shrdlu, es sencillo: un viejo se pasa largo rato cambiando canales, ya siente el cerebro destrozado, hasta dar con un show en el que las mujeres son de piernas gruesas y traseros firmes. Entra el hijo. El viejo se enoja. Espanta al muchacho y se queda sólo. El hijo sale y susurra que su padre es un viejo verde. El tipo intenta arrastrar la animadora del programa desde el interior de la pantalla a su sillón, después de lograr filtrarse en la pantalla. Las intenciones son claras, el tipo está dispuesto a hacer cualquier cosa con la mujer si logra atraparla, pero es él quien acaba en el interior del tv. Dentro del programa se entera que hablan otro idioma. Lo burlan, hacen malabares con él, le zarandean la nariz y lo avientan al sillón. Escurrido en el sillón, impresionado, el hombre prefiere ceder el control a cualquiera. Es posible que en algún momento uno se sienta escupido por la programación de la TV, programas que menosprecian la inteligencia del espectador y lo embuten de cuanta bobada se puede.

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Del humor:

Estar de acuerdo con el espíritu de la época es perjudicial para algunas obras. Si un autor decide afiliarse al humor sabe que la risa se afina distanciándose,  y es el recurso que permite revaluar su época. Sin la risa de Aristófanes, los griegos son fácilmente un milagro de sabiduría y ciencia. Sin Luciano las ridiculeces romanas no arrancarían risas a un lector bienaventurado. Rabelais en sus obras edifica un hermoso monumento al humor, nos hereda una de las formas más agudas de burla. Robert Crumb consigue que la risa, la burla, la reflexión y la monstruosidad se unifiquen de forma equilibrada para reconstruir parte del siglo XX en caricaturas. El tipo se sentía de otra época, después de lograr la risa, sabía que debía conservarla y para eso evitó compromisos que la impidieran. Sobre estas medidas, poco se puede decir que el autor no haya mencionado en diferentes medios: nunca quiso trabajar con las grandes editoriales norteamericanas, se negó a diseñar la portada para un álbum de los Rolling stones, trabajó en revistas underground. Son medidas egoístas y suicidas en muchos casos. Cuando se quiere lograr un buen trabajo, algunos se niegan a los chantajes que impone el mundo cultural y los consumidores. Muchos se afanan en predicar el mandamiento de: “el verdadero artista no piensa en sí mismo, no se preocupa por el beneplácito de su época, sólo piensa en reinterpretar la tradición a la que pertenece y lograr una obra que sobreviva a los cambios venideros”, — parece un chiste difícil , pero algunos logran entenderlo y viven en él con toda seriedad—.  No sé si el trabajo de Robert Crumb sobreviva al tiempo como las obras de Rabelais y Swift con quienes se le compara, sé que hasta ahora no pierde fuerza y ése es un mérito

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Las personas prefieren delegar la tarea a los buenos de preservar la dignidad de todos, que rescaten las cosas triviales que componen nuestras vidas. Luego de descubrir que los buenos son expertos en la traición, prefiero darle la oportunidad a un pervertido con talento que rescate esa candidez. Una de las cosas que el autor se esmera en señalar es la pérdida de valor simbólica que sufre la música a causa de la comercialización de los músicos. Robert Crumb nació en el 43, en Filadelfia, en la ncasa paterna su hermano mayor lo obligaba de niño a dibujar, como la actividad era compulsiva, entre ellos lograron crear sus propios cómics. En la década de los 60 empezó su trabajo como caricaturista profesional, se vinculó con los hippies pero nunca actuó como uno de ellos, se sentía un infiltrado, como un perro que crece amamantado por una gata. Durante la lectura de Crumb uno se encuentra con citas de filósofos chinos, clásicos latinos, autores del siglo XX y una cantidad de datos biográficos sobre músicos de blues, que permiten asumir que estamos en una conversación con un enciclopédico que no teme hablar de sus perversidades. Crumb Ilustró un par de obras de Bukowski y el libro Kafka para principiantes.

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Ilustración de Tráeme tu amor.

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Ilustración de Kafka para principiantes.

No quise enumerar los personajes que Robert Crumb ha creado porque me pareció un ejercicio redundante y fastidioso, la persona que quiera conocerlos puede buscarlos en google y no tardará en encontrarlos. La lectura con las obras de Crumb implica un evento chocante con el espíritu que rige las sociedades modernas. Es un autor agudo, sin melindres, al que no le importa hablar y dibujar las cosas tan exageradas y monstruosas como son en realidad.

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