El espejo de Atenea: mentiras (in)útiles

the judgement of Solomon
El juicio de Salomón.

Por Felipe Cáceres Cerón

La estructura del Mito, decía mi padre, es siempre perfecta. Guarda incluso las proporciones universales de la contradicción arquetípica en aquello que la representa. Es decir: Dinamarca podrá poseer un fondo cultural que sustenta a los creadores, digamos, porque ha cambiado sus esquemas de poder, sus jerarquías. Privilegia la igualdad en lugar del arancel suramericano, donde se debe pagar al Estado por ver cumplido un derecho, como si éste fuera un producto del mercado. Por eso nosotros no tenemos un fondo como ese, ni podríamos tenerlo pronto, porque nuestra economía es chovinista y carcelaria.

Así, Homero fue asistido por sus invocaciones preliminares, las musas, mientras Sócrates, no menos diestro, fue comido de piojos en público; en el siglo 16, en la grecia-española, e incluso después -algunos filósofos y eruditos también-, se invocaba en el prefacio de los libros ilustres a los reyes o a los favoritos de éstos, que habían suplantado en el papel el personaje de las diosas. “Al duque de Bejar, marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares… he determinado sacar a la luz mi obra al abrigo del clarísimo nombre de vuestra excelencia…”, o, “Al excelentísimo príncipe y señor Federico Cristian… Este trabajo espera ser favorecido con alguna atención…”. El autor, que se iba multiplicando por cientos cada siglo, casi sin diferencias de estilo, fue quedando despacio tras la obra, oculto, escondido detrás de la musa sometida, toda rímel y de buen traje, donde ya no se invoca a nadie en el otro mundo. O tal vez sí, pero sólo a los amigos de etiqueta, y siempre con sonrisa en la foto de los diarios y las cartas bajo la mesa.

Sin embargo los héroes y los poetas permanecen al margen. Incluso las invocaciones asistidas son, en algunos casos, recompensas. Ingenuos, ambos operan como atravesados por el rayo. El héroe sus hazañas y el poeta sus ensueños. Por ejemplo, Perseo nació después que su madre fuera encerrada en lo alto del castillo de su padre. Era virgen cuando eso, pero llegó un dios, como a María le llegó un ángel, y parió luego un varón esclarecido. Una especie de cristo menor al servicio de la institución o socorrido por ella. Que vendría a ser, en este caso, la misma diosa que ayudó a Heracles a despellejar, luego de vencerlo, al león de Nemea.

Tácito relata en sus Anales (Libro 13, cap 14) que Nerón, viendo salir de palacio a un liberto que él mismo depuso, seguido de una muchedumbre insurrecta, dijo que “Palas iba a renunciar el cargo”, pero bien sabía “que Palas había estipulado que no se le preguntase sobre ningún hecho pasado, incluyendo sus actividades en el gobierno”.

Mientras se viste para una fiesta en Notre-Dame, Napoleón pregunta a su hermano:

— “¿Qué dice París de nuestra asistencia hoy a la misa?”

— “Las gentes acudirán al espectáculo y le silbarán si les desagrada”.

— “Les mandaré echar fuera por mi guardia”.

— “¿Y si también silban los granaderos?”

— “No lo harán. En eso que se llama la opinión pública hay demasiada extravagancia y volubilidad, pero yo sabré encauzarla. Palas me dijo en el sueño mientras me acomodaba el sombrero: si su General conserva la seriedad, ellos harán otro tanto y dirán: es la consigna de hoy”.

De todas las proezas donde la diosa estuvo involucrada ninguna me afectó tanto en la infancia como la muerte de Medusa: yo no entendía por qué, si ella misma la había convertido en monstruo, no podía revertir el conjuro y redimirla por haber sido violada o por haberse acostado con un dios en su templo sagrado (las versiones no son definitivas, y mucho menos importantes aquí), Medusa Terminó condenada a mudar en piedra a cualquiera que la mirara, como si fuera pecado la belleza —parece más una acusación envidiosa que un crimen real—, aunque pueda justificarse como quiera. Proscrita pues a servir en la cueva de sus hermanas, como una reina del mal, faltaba todavía un evento para cumplir lo que su castigo demandaba: Perseo, el héroe, se ofreció entonces a traer la cabeza de la Gorgona a Polidectes, éste aceptó sin muchas quejas, se sabe. El artificio estaba dispuesto y varios fueron los dioses patrocinadores pues el muchacho tenía valor pero era tan pobre que debían dotarlo de utilería.

Aparte de los aparejos de que dispone el héroe para encarar el viaje, recibe de Atenea un escudo que a su vez le sirve como espejo por su tersura, “liso como el agua de los manantiales sin viento” (Ovidio). El psicoanálisis básico del comportamiento evoca los versos del poeta: “Ese diablo que ves allí / afuera, míralo bien y no le olvides / ¡Lo llevas adentro!” La diosa del arte, amparada sobre el poder fiscal, materializó su antagonismo en la gorgona cuando ésta todavía era hermosa, la convirtió en lo verdaderamente justo y deformado, el opuesto perfecto pero limitado al odio y al encierro, por el peligro que implica una verdad rodante que convierte en piedra el valor de los que se atreven a trasgredir el otro lado de la institución judicial, o de la institución establecida como si ser ella misma fuera un privilegio natural. “Sólo necesitaban un nombre y una garantía”.

Para eso serviría el espejo. Era el comodín que justificaría las cosas. Cuando Medusa se viera en él se petrificaría sola, quedaría oculta para siempre. Decapitada en expresión de dolor -si tomamos la concepción de Caravaggio- fue llevada ante Polidectes y luego entregada a la diosa de la estrategia para que fuera exhibida en su escudo, con el fin de convertirse en protección, de monstruo a santo, en égida, en superstición. Necesitaban el espejo porque era el único que reflejaría los ojos de la gorgona sin herir las vanidades del héroe, porque sería como si le estuviese mirando los ojos a la diosa.

Como es natural, a Perseo le dieron una estrella en el firmamento. Cuando levanto la cabeza durante las noches despejadas me pregunto -a veces, sólo a veces- cuál será su posición entre las otras, así como la de otros héroes inmortales, lo hago por mera curiosidad, porque conozco apenas algunas y las otras son tantas y tan juntas que me confunde la visión y en definitiva no me importa más que la calma eterna que imprime en mi ánimo la inmutabilidad de los astros y de sus innombrables historias.

Si yo escribiera una serie de poemas afectando el estilo de otro, y de cada verso mío suplantado un hombre encontrara la razón de su vida y de su muerte, si de allí surgiera en adelante el fervor de todas las literaturas, al descubrir el gesto que posibilitó lo inevitable no quedaría más que reír. Para Vonnegut, así como para mí, “el humor puede ser muy noble. La risa es tan honorable como las lágrimas”.

Sé de un hombre con el mérito de haber escrito cinco poemas influenciado por el espíritu de un argentino. Influencia que se da, en general, por exceso de admiración o por un ciego entusiasmo, como una infatuación eufórica. Y sé de otro que llevaba en su bolsillo izquierdo una copia de uno solo de éstos el día que lo asesinaron. Después de muerto, su hijo encontró el poema antes que cualquier fiscal y escribió una novela titulada con uno de los versos apócrifos, que le hizo más famoso de lo que era. Le había gustado el verso, sin duda, aunque imaginaba dueño a otro autor. Cuando descubrió la verdad, por boca del mismo ocurrente, se le prendió el orgullo. Había confundido la pluma de un maestro consumado, sus entonaciones y sus pausas, más no el germen, y terminó condenando al verdadero autor de los versos (de palabra no más, a falta de poderes mágicos), a ser insecto como Aracne por haber tejido un hermoso tapiz. Atenea no sólo transformó a la bella tejedora de Lidia en araña por haber hecho un mejor diseño en el telar, sino que de Medusa hizo un monstruo que ayudó a decapitar. Un solo dios-ella para conjugar la civilización, la sabiduría, la guerra, el arte, la justicia y la estrategia, la habilidad. Un ministerio de prebendas, perfectamente justificado: la espada y la balanza en manos de una ciega que tiene los dedos ocupados para quitarse la venda.

Felipe Cáceres Cerón: Cartago, Valle (1984) Cuentista radicado en la ciudad de Bogotá, abandonó los estudios de literatura en la Universidad Nacional para descubrir el mar y leer lo que se le antojaba.

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