Sopa maromera para Fifí

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Por Edgar Cuero Córdoba

Circo de tolda y colores rotos. Por esas aberturas son espectadores el sol, la luna y el vuelo fantasmal de los murciélagos. Ni Tom, ni Tila, se esfuerzan por ser fieros. Tom, león viejo y desgastado con sus dientes ya flojos, solo aúlla cuando le tiran pastos secos, o una porción de perro robado. Tila, la tigresa, conserva algo de garbo femenino, se lame sus rayas y suspira sin ufanarse. Desprecia el pasto seco, comiendo de la pata del perro.

No producen miedo ni espaviento en los niños, solo lástima y preguntas: ¿Por qué no lloran los animales, papá? Ni la mujer peluda de bigote abrumador y con joroba, levanta escalofríos. Solo los payasos, viejos y tristes, con sus pantalones bombachos y remendados, causan euforia y calientan las caras con risas, producto de su trabajo centenario.

Esta noche algo cambia en el orden rutinario del espectáculo: han incorporado, como novedad, la muerte de la esposa del director. El redondel del pequeño circo se ha convertido en sala de funeraria festiva, dándoles cabida a todos sus integrantes.

Cantan y bailan al pie del cajón. No importa el aroma ni la causa de la muerte. No interesa que el olor a descomposición paulatina, ocupe espacios, ranuras y rincones, o se estacione arriba en los parches de colorines. O que el aroma de todo lo ahí amontonado, se mezcle con los ramos de flores recién cortados.

Es un conjunto de acordeón, guitarra, guacharaca y redoblante. Un diluvio de música, de música normal. Pero es un cuerpo de seres flacos, flácidos y ojerosos que con humor ayudan a despedir a la difunta que si respirara se alegraría. El director toca el acordeón. De dedos gordos solamente, de rostro que por más que se ausculte no tiene ningún significado. Los demás, es innecesario hablar de ellos: son insignificantes. Los pocos asistentes aplauden y algunos tratan de bailar en sus sitios. Si los deudos de la muerta cantan y bailan, porque no lo pueden hacer ellos. De pronto de la boca del telón, sale un niño flaco y largo persiguiendo un perro criollo, desgarbado y de color caramelo. ¡Fifí… Fifí venga para acá! ¡Fifí… Fifí haga caso!

El perro se detiene un momento con la lengua afuera y observa todo, entreverado pasa en medio de los artistas. Con su boca y gruñendo sacude los pantalones anchos de los payasos y le muerde las patas a la yegua ceniza de costillas marcadas, encima de la cual, la hija del director realiza sus danzas de ballet. Los ladridos de Fifí se unen al duelo de la difunta, abalanzándose sobre el cajón, al percibir que ella está ahí, la única que le daba pedazos de pan untados de café. El perro desparrama las flores y tumba dos cirios, uno de los cuales le cae encima al único enano de la compañía. La gente ríe y aplaude, al fin y al cabo es un circo.

Por fin el muchacho agarra de la cola al perro y se lo hecha al hombro ante la mirada filosa del director. La música no ha cesó en ningún momento.

La familia del dueño del perro, de Fifí, la componen: papá, mamá, hermano mayor y Julio el amo del animal. Son los trapecitas del circo. La mama aunque es flaca y elástica, no está en condiciones de cruzar las alturas, la cotidiana vida ambulatoria le ha mermado los ánimos. De ellos solo un integrante puede levantar a los espectadores de las tablas peladas para que aplaudan a rabiar al ejecutar el triple salto mortal. Ese es Julio. Levantado desde el ombligo de su madre a punta de sopa maromera: agua sal con trozos de papa.

Algunas veces, escasas veces, con fideos. La sopa tiene ese sabor se quedó impregnado igual que una foto en su cerebro de nonato. Al nacer no hubo leche de seno, ni de tarro oxidado. Solo la sopa maromera degustó su cuerpo. Se hizo un joven huesudo, aunque vital al lado de payasos tristes. Su madre lo sometió a desgastantes ejercicios desacomodándole el cuerpo: donde antes le aparecía la cara, ahora florecía un culo paliducho, los brazos cambiaban de lugar con las piernas. Y risas, sonrisas a granel con sus dientes torcidos.

Al llegar del cementerio la madre le comento: ¿Ya estás listo para subirte al trapecio? Él le dijo sí, con la cabeza. Ahora que voy a volar me le puedes echar un hueso al plato. Madre le contestó con la sabiduría popular que no engaña: Allá arriba no puedes subir con sobre peso. Ah, y se me olvidaba, los vecinos han guardado a todos los perros. El director quiere que compartas a Fifí, entre Tom y Tila. La mujer se rascó con insistencia las canas. El joven la miró con preocupación, se agachó y le sobó la cabeza al perro. No te de temor madre, solo te pido, me des doble porción de sopa, de todas maneras, échale un hueso.

El director y su hija se alebrestaron al sentir el peso de la unanimidad, de toda la compañía circense, en defensa de Fifí. Y la muchacha se fue de llanto al saber que la vieja yegua ceniza, ciega y con las costillas a punto de estallar, iba a servir de alimento por dos semanas a lo menos, de Tom y Tila. Hacía dos noches que el circo no abría. El domador con su pierna de madera se negaba a entrar a la jaula, donde los dos animales aullaban como lobos.

En la familia del trapecio la situación era igual. Julio defendiendo a toda costa a Fifí con el apoyo de la madre, y en contra del hijo mayor y del papá. No querían al perro en el trapecio, ponía en peligro la vida de los tres. Julio les prometió que en pocos días el animal estaría listo para ejecutar el arte meticuloso de volar en las alturas. Solo incorporándolo al espectáculo podía salvarle la vida.

La espalda y el pecho de Julio sangraban por los arañazos del perro evitando caerse mientras Julio, antes de caer a tierra, ejecutaba la vuelta canela de la monja. El perro se acostumbró a su espalda y le enterraba más las uñas a medida que subían: uno, dos, tres, cinco, diez metros, pero Julio no sentía dolor. Solo felicidad cuando daba el triple salto y su padre le agarraba los tobillos con firmeza. El perro ladraba en todo el recorrido por el aire. El público aplaudía de pie. El director y su hija se abrazaban sonrientes. Las entradas mejoraban y los integrantes del circo colaboraban con monedas para la sopa y el hueso maromero de Fifí. Inclusive a Tom y Tila la dieta les mejoró: ahora comían de caballos carretilleros desechados y viejos.

Un día, Julio sintió que las manos de su padre le temblaban en los tobillos y vio en los ojos de su hermano la misma tristeza de su madre añorando nuevos horizontes. Meditó un buen rato y decidió contárselo a su madre: Voy a buscarle esposa a Fifí, a los perritos los entrenaré para que nos reemplacen en los trapecios. Madre sonrió y le dio un beso en la frente.

Vamos Fifí… Vamos a buscarte una esposa. El perro entendió y dio dos vueltas canelas, levantando las hojas secas de un almendro. Se notaba el provecho de la sopa maromera. Al alejarse los dos, sintieron un imán en sus espaldas, giraron y notaron que la carpa se desarmaba sola, se inclinaba a un lado como queriendo acostarse; notando el esfuerzo del sol luchando por darles calor a sus colores. Era simplemente una tolda, sin ningún nombre, sin identidad. Su esencia de circo había desaparecido sin que sus ocupantes lo notaran.

Esa luz, parecida a la de un día nuevo que sonríe, que había notado en la mirada de su madre y en el hermano mayor, le llegó a él de improviso haciéndolo parpadear. Miró algo, una bruma de nubes se mezclaba con las montañas a lo lejos. De todas maneras vamos Fifí… Debemos encontrar el amor.