Bitácora del lector: Reunión y otros relatos de Julio Cortázar (VII)

reunion y otros relatos libro

Por Edgar Cuero Córdoba

MARZO 23 de 2016

Día siete: Lugar llamado Kindberg

Escritura directa y sin atenuantes. Evoca películas de carretera. Por lo que apresto mis sentidos para una lectura entretenida. Inicio de plenitud musical abarcándolo todo con sonidos agitados: Sonny´s  Back rápida sucesión de un cuarteto de jazz juguetón. Un aviso de bienvenida a dos millas del pueblo: BIENVENIDOS A  KINDBERG. Traducción del narrador: Montaña gentil o Montaña de los niños. ¿Alguna desconfianza con estos nombres? No. Imposible, es una atmósfera inocente. Llueve en la carretera, Marcelo conduce un carro de modelo reciente. Suena Blosé en la radio con un saxofón alto inquietando el oído. Aparecen los limpiaparabrisas. En un recodo, una mujer sin sombrilla hace señas con su mano, las farolas del carro la iluminan. Marcelo no sabe si es joven, si es bella (Este pensamiento es inmediato en su mente) de todas maneras detiene el vehículo y la mujer sube chorreando agua. Aquí la música cambia de tono: dejó de ser primaveral para convertirse en una percusión de lluvia interminable con algo de suspenso. Mama Rose llena el cubículo móvil. ¿Será ella una asesina de carretera? ¿Será el conductor un violador y asesino? ¿Existirá el compinche de la mujer en otro recodo del camino? Nada de esto ocurre. Marcelo es vendedor de prefabricados y recorre toda Bruselas, toda Bélgica. Conocedor de carreteras y hoteles y con billetera abultada y vaya uno a saber si coleccionista de mujeres en auto- stop. Me confiesa el narrador que Marcelo es un mañoso. Me dice que la mujer es joven y mochilera, Chilena por más señas y Marcelo, Argentino, evocador de los años cuarenta y cincuenta del Buenos Aires aquel. La chilenita huye de la dictadura convertida en hippie. Me tomo un pequeño espacio para meditar y los veo a ambos reflejados en los retrovisores de sus vidas. Evocaciones idas que los inquietan. Los espejos aquí y allá mostrándoles lo que quieren dejar atrás sin siquiera intentarlo. El pasado se acomoda y lo filman: todo ordenado, limpio, glamoroso con el infaltable incidente de violencia. Juventud sin intermedios, el cálido manto familiar abrazándolo todo. Y de pronto la pregunta: ¿De dónde sale toda esa música? Les cuento lo que leo: Lina, la chilenita, en el morral multicolor fuera de las toallas higiénicas y algo más, trae un álbum de Archie Sheppe del que ya han sonados dos temas y suena Song for Mozambique en estos instantes. Yo me interrogo: ¿Saldrá el valiente que fabrique una película con este relato? El carro se interna en la bóveda oscura y torrencial (perdón, es inevitable este lugar común) seguido de dos puntos rojos intermitentes y tras él un jazz libre se entrecruza y lo persigue con el embrujo musical de A Collective Improvisation de Ornette Coleman. (Música hay para realizar la producción cinematográfica).

Instalados ya en un hotel de Kindberg por cuyas paredes se deslizan condes y príncipes de peluca en cuyo restaurante nuestros personajes mastican pan untado de sopa, ensalada con bastante lechuga, (leo y me parece estar viendo cine) hilos de queso generosamente untados con mantequilla y una botella de vino blanco; Marcelo pide un coñac, quiere entrar en calor. Lina devora todo, hasta el contenido del plato de Marcelo. Ah, y la música sigue y efectivamente Sheppe susurrando Ballad for a childe, Lina a media voz acomete pedazos de Sheppe. A Marcelo le gusta también el saxofonista, tiene discos de él en Bruselas y los escucha con Marlene. Esto no se lo cuenta a Lina. Marcelo canturreando un tango intenta llevarla hacia lo romántico, ella lo evade masticando lechuga y silbando como un saxofón. La lectura me da el apoyo para convertirme en director cinematográfico y poso mi lente en el vaso con coñac donde Marcelo acaba de depositar una pastilla, aspirina para que no te vaya a dar gripe dice él cuando ella con sus ojos lo interroga. Le cree. Yo no. Lina tamborilea con sus dedos, el vendedor de prefabricados insiste en ver nuevamente la barriguita de la mochilera, ella se la muestra, es pequeña y redonda con un huequito de ombligo ¿Preñez? Es lo que trata de averiguar Marcelo. Yo creo que es efecto de la comida.

Suben las gradas anchas de madera pulida, van al dormitorio donde una alegre chimenea los espera. La cama enmarca la habitación, nochero, lámpara y agua embotellada. Lina  quita con un soplo algunos cabellos que invaden su rostro. Tararea Blue Train despacio. La música llena todo el espacio apoderándose de los sentidos de la pareja. Ella sentada junto al fuego, él de pie despojándose de camisa y zapatos. Y Sheppe compañía perfecta. En este cuadro dejo al guionista libre. Para que cuente. Yo grabo: “El pelo suelto, ayudándola a soltarse la blusa, buscándole el cierre del sostén, su boca ya contra el hombro desnudo, las manos yendo de caza entre las chispas, mocosa chiquita, osita boba, en algún momento ya desnudos de pie frente al fuego y besándose, fría la cama y blanca y de golpe ya nada, un fuego total escurriendo por la piel, la boca de Lina en su pelo, en su pecho, las manos por la espalda, los cuerpos dejándose llevar y conocer y un quejido apenas, una respiración anhelosa”. Los anhelos de disfrutar la vida son cortos, Marcelo siempre lo ha entendido así y martilla a Lina con la consabida pregunta. Yo no dudo. No duden que le ha hecho la misma pregunta a otras mochileras: “¿No es por gratitud que lo haces verdad osita querida?”. Cuestionamiento con dos filos lacerantes: uno, se busca el derrumbe total de la ebullición amorosa. Dos, se glorifica el nacimiento del amor en dos seres. Parece ser que en esta pareja ninguna de las dos opciones se dio. Aunque Lina trató de afirmar la segunda: “Cómo puedes, cómo puedes Marcelo dudar de mí”. El compás de Ruby my dear sonó cadencioso. Lina no bajó los brazos, al contrario acunó a Marcelo con nuevos y placenteros ruidos amorosos y lo cabalgó  acompañada de espasmos que bajaban de su cerebro, en cada orgasmo su alegría se sumaba a la tensión de sus músculos, en cada beso alocado absorbía la vida de Marlene o los encantos juveniles de Mabel o Nélida. En cada esperma agitada de Marcelo, ella le sonreía a Sheppe y a su música. Yo leía todo con la cámara en los ojos. En cada suspiro de ansias locas, Lina le interpelaba a Marcelo sus variadas lecturas de Borges, de Eliot, de Arlt y de Rilke que no te sirvieron para nada. De leer antes de ir al cinematógrafo en un café de poetas abochornados con la neblina de la vida. Esa neblina se te pegó en el rostro Marcelo. Cine de carretera (Y muy buenas películas hay pienso yo). Y yo sola con Sheppe en mi mochila. Y tú, con la pregunta estúpida. Pensando solo en Copenhague mientras Marlene te espera en Bruselas.

El sol ilumina el cuarto por la ventana mientras Lina trata de ordenar su abundante cabellera, utiliza un cepillo, lo desecha después de varios intentos, ahora usa los dedos de las manos. Marcelo despierta a intervalos mientras la voz coqueta de Bunny Foy le acaricia su humanidad. La melodía es del álbum A sea of Faces. La cámara se pasea por el lugar, disculpen soy yo leyendo. (Sigo de terco pensando en mucha película con mucha música) Sheppe picotea a Lina en las mejillas, es su saludo. El desayuno es parco: café y panecillos con poca mantequilla. La charla es trivial. Cada uno espera del otro algo sustancial, algo comprometedor. Nada. Marcelo mira de reojo a la mochilera, mira su barriguita, el mechón de pelo que le llega a la nariz, la ve insípida, quiere decirle algo, no se atreve. Realizan otra parada en un pequeño hotel de carretera, (estos son enigmáticos, seductores) de nuevo dos cafés, cuatro turrones de azúcar para la chilena. Ella le pide que la lleve donde él quiera. No contesta. El álbum de Sheppe los ha acompañado en todo este trayecto, en toda esta lectura.

El auto para de nuevo. Es el cruce de cuatro caminos vecinales. La cámara se eleva mostrando todo el paisaje, mejor dicho: me levanto yo del sillón. El cruce es concurrido, aquí te será fácil lograr un envión le dice el hombre dándole un beso en el cabello. La chilenita desciende tranquila sin ningún reproche, en la mano lleva los cuatro turrones de azúcar, empieza a masticarlos suavemente de a uno. El auto arranca en un solo pique alcanza los ciento cincuenta kilómetros, al frente lo espera el sol y una arboleda a lo lejos. La música cambia, ahora es Hipnosis lo que suena, el saxofón tenor se regodea con Lina: la envuelve, la circunda, la investiga. Sheppe la esculca con su música, el piano de Dave Burne remonta sonoridad, Bunny Foy toca las maracas (leí bien, si maracas), Charles Green Lee ataca repercutiendo con su trombón. La cámara sigue a un torbellino invisible de música. La carretera guía zigzagueante, sube, baja, se encoge en las curvas, en las rectas se desorbita; deja atrás otros autos, casas de veraneo. El guionista no me dice si están persiguiendo a Marcelo, el narrador tampoco, siento a Hipnosis que cobija mi cuerpo y les digo: ¡Sigan! ¡Sigan! Me les uno formando un solo cuerpo. De pronto el auto de Marcelo humea estrellado contra un árbol, el conductor agoniza sobre el volante. Sheppe devuelve sus pasos esparciendo su saxofón sobre el paisaje. Regresa donde Lina. La encuentra en el mismo lugar donde la dejó. Le falta un turrón por lamer.

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