George Orwell, algunos nexos personales

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Margaret Atwood (1980), por Wally Fong

Por Margaret Atwood

Crecí con George Orwell. Nací en 1939; Rebelión en la granja se publicó en 1945. Así que cuando tenía nueve años tuve la oportunidad de leerla. Corría por la casa y la confundí con un libro sobre animales, una especie de El viento en los sauces. Entonces no entendía nada sobre el tipo de política que contiene el libro; la visión infantil de la política de aquel momento, justo después de la guerra, consistía simplemente en que Hitler era malo pero estaba muerto. Así que me tragué las aventuras de Napoleón y Snowball, aquellos cerdos inteligentes, ambiciosos y trepas, y de Squealer el embaucador y de Boxer el caballo noble pero poco inteligente, y de los dóciles corderos que coreaban eslóganes, sin relacionarlas con ningún acontecimiento histórico.

Me quedaría corta si dijera que aquel libro me dejó horrorizada. El sino de los animales de la granja era tan sombrío, los cerdos eran tan mezquinos y falsos y traidores, los corderos tan tontos. Los niños tienen un fuerte sentido de la justicia, y lo que más me indignó fue que los cerdos fueran tan injustos. Lloré como una magdalena cuando Boxer, el caballo, tiene un accidente y le desenganchan del carro para convertirle en comida para perros, en lugar de dejarle pastar tranquilo en un rincón, como le habían prometido.

La experiencia en general me afectó mucho, pero siempre estaré agradecida a George Orwell por haberme hablado tan pronto de los peligrosos estandartes contra los que debía estar alerta a partir de entonces. En el mundo de Rebelión en la granja la mayoría de los discursos y la palabrería son en realidad mentiras tendenciosas y basura y, a pesar de que la mayoría de los personajes tiene buen corazón y buenas intenciones, es fácil asustarles y hacer que cierren los ojos frente a lo que realmente está pasando. Los cerdos usan la ideología para intimidar a los demás, y luego modifican esa ideología en función de sus intereses; sus trampas con el lenguaje me parecieron evidentes, incluso a mi edad. Como Orwell nos enseña, lo decisivo no son las etiquetas —cristianismo, socialismo, islam, democracia, dos patas vale, cuatro patas no vale, el esfuerzo—, sino lo que se haga en su nombre.

También me di cuenta de la facilidad con que los que derrocaban al opresor asumían sus costumbres y sus trucos. Jean-Jacques Rousseau tenía razón al advertirnos que la democracia es la forma de poder más difícil de mantener; Orwell lo tenía bien aprendido, lo había visto con sus propios ojos. Con qué rapidez el principio «Todos los animales son iguales» se transforma en «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros». Qué empalagosa es la preocupación de los cerdos por el bienestar del resto de los animales, una preocupación que oculta su desprecio por aquellos a quienes están manipulando. Con qué entusiasmo se ponen los uniformes de los tiranos humanos que han derrocado y que antes desdeñaban, y aprenden a usar sus látigos. Con qué arrogancia justifican sus actos ayudados por la tela de araña verbal de Squealer, el agente de prensa embaucador, hasta que controlan todo el poder, ya no necesitan disimular, y usan la fuerza bruta para imponerse. Una revolución a menudo significa eso: un vuelco en la rueda de la fortuna, por el cual los que estaban abajo suben arriba y asumen las posiciones de poder, aplastando a los poderosos destronados. Debemos estar alerta frente a todos aquellos que llenan el paisaje con sus enormes retratos, como Napoleón, el cerdo malvado.Rebelión en la granja es uno de los libros sobre el emperador desnudo más impresionantes del siglo XX, y por eso le acarreó tantos problemas a George Orwell. La gente que va en contra del pensamiento oficial del momento, aquellos que señalan lo incómodamente obvio, se exponen a ser aplastados por un rebaño de airados corderos.

A los nueve años, evidentemente, no me di cuenta de todo eso, no de una manera consciente. Pero uno aprende el patrón de las historias antes de entender el significado, y Rebelión en la granja tiene un patrón muy claro.

Luego llegó 1984, que se publicó en 1949. Así que lo leí en una edición de bolsillo un par de años después, cuando estaba en el instituto. Lo leí una y otra vez; enseguida pasó a ser uno de mis favoritos, junto a Cumbres borrascosas. En la misma época devoré a dos de sus compañeros de viaje, El cero y el infinito, de Arthur Koestler y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Me gustaron los tres, pero entendí El cero y el infinito como una tragedia sobre acontecimientos que habían sucedido en realidad y Un mundo feliz como una comedia satírica, aunque los hechos que describía difícilmente evolucionarían de esa forma. («Orgy-porgy», sobre todo). 1984 me pareció mucho más realista y me impresionó, probablemente porque Winston Smith se parecía más a mí —era delgado, se cansaba mucho y le obligaban a hacer ejercicio físico en condiciones gélidas, esa era mi visión de la escuela—, y se rebelaba en silencio contra las ideas y el sistema de vida que le proponían. (Ése puede ser uno de los motivos por los que es mejor leer 1984 durante la adolescencia; la mayoría de los adolescentes se sienten así). Simpaticé sobre todo con el deseo de Winston Smith de poner por escrito sus pensamientos prohibidos, en un libro en blanco secreto y deliciosamente atractivo; aún no había empezado a escribir, pero ya me sentía atraída por aquello. También veía los riesgos, porque son esos garabatos, además del sexo ilícito, otro asunto en especial atractivo para los adolescentes de los años cincuenta, los que meten a Winston en líos. Rebelión en la granja describe la transformación de un movimiento de liberación idealista en una dictadura totalitaria liderada por un tirano déspota. 1984 describe la vida en el interior de ese sistema. Su protagonista, Winston Smith, sólo conserva recuerdos fragmentados de cómo era la vida antes de que se impusiera el terrible régimen vigente: es un huérfano, un hijo del colectivo. Su padre murió en la guerra que desencadenó la represión y su madre desapareció, dejándole únicamente la mirada de reproche que le dirigió cuando él la delató por una tableta de chocolate, una pequeña traición que es tanto la clave del personaje de Winston como la primera de una serie de traiciones de la historia.

El gobierno de Airstrip Uno, la «patria» de Winston, es brutal. La vigilancia es constante, es imposible hablar sinceramente con nadie, hay una presencia constante y amenazadora de la figura del Gran Hermano, una necesidad de guerras y enemigos por parte del régimen, aunque ambos sean ficticios, que se utiliza para aterrorizar a la gente y unirles frente a las amenazas, hay eslóganes alienantes, manipulaciones del lenguaje y aniquilación de todo lo que sucedió en realidad a base de meter cualquier recuerdo en el agujero de la memoria; esto me impresionó muchísimo. Permítanme que insista: me metió el miedo en el cuerpo. Orwell estaba escribiendo una sátira de la Unión Soviética de Stalin, un sitio del que, a los catorce años, yo apenas sabía nada, pero lo hizo tan bien que podía imaginarme esa situación en cualquier lugar.

No hay conflicto amoroso en Rebelión en la granja, pero sí en 1984. Winston encuentra a su alma gemela en Julia, aparentemente una fanática seguidora del partido, una chica que disfruta en secreto del sexo, del maquillaje y de otros símbolos decadentes. Pero los dos amantes son descubiertos, y Winston es sometido a tortura por un crimen del pensamiento, considerado de alta traición por el régimen. El siente que si es capaz de seguir fiel a Julia en el fondo de su corazón, salvará su alma; un concepto romántico, pero con el que solemos estar de acuerdo. Sin embargo, como todas las religiones y gobiernos absolutistas, el partido exige que toda lealtad personal se sacrifique y sea reemplazada por la lealtad absoluta al Gran Hermano. Enfrentado a su peor pesadilla en la temible sala 101, donde hay un repugnante aparato con una jaula llena de ratas hambrientas entrenadas para ir directamente a los ojos, Winston se rinde. «No me hagáis esto a mí —suplica—, hacédselo a Julia». (Esta frase se ha convertido en un latiguillo familiar para evitar las obligaciones más pesadas. Pobre Julia, qué vida más dura le habríamos dado si hubiera existido en realidad. Hubiera tenido que ir a muchísimos debates, por ejemplo).

Después de traicionar a Julia, Winston Smith se convierte en un fastidioso pelele. Se cree realmente que dos y dos son cinco y que ama al Gran Hermano. La última vez que le vemos está sentado en un café al aire libre, bebiendo como una esponja; sabe que está condenado, sabe que Julia le ha traicionado a su vez y escucha un popular estribillo: «Bajo el castaño en flor, yo te vendí a ti y tú a mí…».

Orwell ha sido acusado de amargura y pesimismo, de dejarnos una visión del futuro en la cual el individuo no tiene ninguna posibilidad, y donde las botas brutales y totalitarias del todopoderoso partido oprimirán a la raza humana para siempre. Pero esa visión de Orwell se contradice en el último capítulo del libro, en el texto sobre newspeak, el sistema de lenguaje inventado por el régimen. Este consiste en eliminar las palabras que pueden resultar conflictivas, ya no está permitido decir «malo», que ha sido sustituido por «doble más no bueno» y en que las palabras signifiquen lo contrario de lo que significaban: el lugar en que se tortura a la gente es el Ministerio del Amor, el edificio donde se destruye el pasado es el Ministerio de Información, las normas de Airstrip One intentan que pensar con coherencia sea literalmente imposible para la gente. Pero el artículo de newspeak está escrito en inglés convencional, en tercera persona y en pretérito, lo cual sólo puede querer decir que el régimen ha caído y que el lenguaje y el individuo han sobrevivido. Para quienquiera que haya escrito el artículo sobre newspeak, el mundo de 1984 ya no existe. De manera que en mi opinión Orwell tenía mucha más fe en la resistencia del ser humano de lo que mucha gente piensa.

En una etapa muy posterior de mi vida, durante el auténtico 1984, Orwell se convirtió en un auténtico modelo para mí. Fue el año en el que empecé a describir una distopía en cierto modo distinta, El cuento de la criada. En aquel momento yo tenía cuarenta y cuatro años y había aprendido bastante sobre despotismos reales, estudiando historia, viajando y por mi pertenencia a Amnistía Internacional, así que no necesitaba inspirarme sólo en Orwell.

La mayoría de las distopías, la de Orwell incluida, fueron escritas por hombres y desde un punto de vasta masculino. Cuando aparecían mujeres eran o bien autómatas sexuales, o bien rebeldes que desafiaban las normas sexuales del régimen. Actuaban como una tentación para el protagonista masculino, por muy bienvenida que esa tentación fuera recibida por parte de los hombres. Como Julia que participa en orgías, lleva picardías y seduce al salvaje de Un mundo feliz; como la mujer fatal de We, de Yvgeny Zamyatin, un clásico escrito en 1924. Yo quería crear una distopía desde el punto de vista femenino, el mundo según Julia, fuera el que fuera. Sin embargo, eso no convierte El cuento de la criada en una «distopía feminista», excepto en cuanto que da a la mujer una voz y una vida interior que siempre considerarán «feminista» aquellos que piensan que las mujeres no deberían tener esas cosas.

En otros aspectos, el despotismo que describo es igual que el de todos los casos reales y la mayoría de los imaginarios. Hay un reducido grupo de poderosos al mando que controla, o intenta controlar, a todos los demás, y consigue el pedazo más grande del pastel. Los cerdos de Rebelión en la granja se quedan con la leche y las manzanas, la élite de El cuento de la criada se queda con las mujeres fértiles. En mi libro, la fuerza que se opone a la tiranía es aquella en la que el propio Orwell depositó siempre su confianza, aunque creyera en la necesidad de una organización política para combatir la opresión, la honradez de la gente corriente como la que elogia en su ensayo sobre Charles Dickens. La cita bíblica que alude a esa cualidad es probablemente «Cuanto hagáis al más humilde de ellos, me lo hacéis a mí». Los tiranos y los poderosos creen, como Lenin, que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos y que el fin justifica los medios. Orwell, en último extremo, hubiera creído, por el contrario, que los medios definen el fin. Se puso del lado del pensamiento de John Donne, quien dijo: «Cada vez que muere un ser humano, muere una parte de mí». Y me gustaría pensar que eso decimos todos nosotros.

Al final de El cuento de la criada hay un fragmento que debe mucho a 1984. Describe un simposio que tiene lugar en el futuro, varios cientos de años después, cuando el gobierno represor que se describe en la novela no es más que un tema de debate académico. El paralelismo con el fragmento de Orwell sobre newspeak es evidente.

Orwell ha sido una fuente de inspiración para generaciones de escritores por otro aspecto importante: su insistencia en el uso de un lenguaje claro y preciso. «La prosa debe ser como el cristal de una ventana», dijo, abogando por el lenguaje directo en contra de las florituras. Los eufemismos y la terminología sesgada no deben oscurecer la verdad. «Pérdidas asumibles» en lugar de «millones de cadáveres en descomposición», pero ¡eh!, los muertos no somos nosotros; «desorganización» en lugar de «destrucción masiva», ese es el principio de newspeak. La verborrea arbitraria es lo que confunde al caballo Boxer y justifica las consignas de los corderos. Para insistir en «lo que es», frente a la justificación ideológica, el consenso popular y los desmentidos oficiales, Orwell sabía que se necesita honestidad y mucho valor. La postura del individuo disidente siempre es incómoda, pero el momento en que miremos a nuestro alrededor y veamos que ya no hay disidentes entre nuestros portavoces públicos será el momento de mayor peligro, porque será entonces cuando estaremos maniatados, preparados para los tres minutos de odio.

El siglo XX puede verse como una competición entre las dos versiones del infierno inventadas por el hombre, el opresivo estado totalitario de 1984 de Orwell, y el sucedáneo de paraíso hedonista de Un mundo feliz, donde absolutamente todo es un artículo de consumo y los seres humanos están programados para ser felices. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, durante un tiempo pareció que Un mundo feliz había triunfado, que a partir de ese momento el control estatal sería mínimo, y que todo lo que teníamos que hacer era ir de compras y sonreír mucho, entregarnos al placer y tomar un par de pastillas si aparecía la depresión.

Pero tras el legendario ataque al World Trade Center del 11 de septiembre de 2001, todo cambió. Ahora parece que nos enfrentamos a dos distopías posibles y contradictorias, mercado libre, mente cerrada, porque el control estatal ha vuelto para vengarse. La terrible cámara de torturas de la habitación 101 ha permanecido con nosotros a lo largo de los siglos. Las mazmorras de Roma, la Inquisición, la Star Chamber, la Bastilla, los métodos del general Pinochet y de la Junta argentina, todos estaban basados en el secretismo y el abuso de poder. Muchos países han creado sus versiones propias, su forma de silenciar a los disidentes conflictivos. Tradicionalmente, las democracias se han definido a sí mismas, entre otras cosas, por ser transparentes y respetar la ley. Pero en la actualidad parece que en Occidente autorizamos, tácitamente, métodos de las etapas más oscuras de la humanidad, actualizadas tecnológicamente y dedicadas a nuestros propios intereses, por supuesto.

En nombre de la libertad debemos renunciar a la libertad. Para avanzar hacia un mundo mejor, hacia la utopía que nos prometieron, primero debe modificarse la distopía. Éste es un concepto verdaderamente contradictorio. También es, en cuanto a la sucesión de los hechos, y por raro que parezca, marxista.

Primero la dictadura del proletariado, durante la cual deben rodar muchas cabezas; luego la utópica sociedad sin clases, que por extraño que parezca, nunca se materializa. Lo que se obtiene, por el contrario, son cerdos con látigos.

¿Qué hubiera dicho George Orwell sobre esto? Me lo pregunto a mí misma muy a menudo.

Muchas cosas.


Tomado de ‘La maldición de Eva’ (2005), de Margaret Atwood.