Tres breves novelas río

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Giorgio Manganelli y su hija Lietta (octubre de 1970).

Por Giorgio Manganelli

I

Un señor de mediana cultura y decorosas costumbres encontró, al cabo de una ausencia de meses, debida a acontecimientos horriblemente bélicos, a la mujer que amaba. No la besó; sino que, apartándose en silencio, vomitó copiosamente. No quiso dar ninguna explicación de aquel vómito a la mujer estupefacta; ni se la dio a nadie; y sólo con paciencia llegó a entender que aquel vómito expulsaba de su cuerpo las innumerables imágenes que de la mujer amada se habían depositado, intoxicándolo amorosamente. Pero, en aquel momento, comprendió que ya no le sería posible tratar a aquella mujer como si entre los dos sólo hubiera existido amor, un amor suave, ansioso únicamente de superar cualquier obstáculo y de tocar la epidermis del otro, para siempre; él había experimentado la toxicidad del amor, y había entendido que la toxicidad de la distancia sólo era una alternativa a la toxicidad de la intimidad, y que había vomitado el pasado para dar lugar al vómito del futuro. Aunque resultara imposible explicárselo a nadie, sabía que precisamente el vómito, y no los suspiros, era el síntoma de un amor necesario, al igual que la muerte es el único síntoma seguro de la vida.

A partir de aquel momento, se halla en la situación deliciosamente atormentada de no poder desdeñar, ni cortejar, ni acariciar, ni contemplar a la mujer que, indudablemente, se ama —es más, ama de manera insoportable, ahora que la ha hecho partícipe del vómito—, ni dejarla al margen de su secreto; para aceptarla totalmente debe absorberla, apoderarse de ella hasta el momento en que ella se revele como veneno, cosa que ignora que es, y que él no desea explicarle. Mientras tanto, por doquier, la vida se hace inestable, amenazan nuevas guerras. Los muertos previstos se preparan, y la tierra se reblandece, en espera de fosas. Por todas partes se pegan carteles que explican la sangre. Puesto que nadie habla del vómito, el enamorado piensa que el problema es ignorado o dado por ignorado o excesivamente conocido. Besa a la novia, deja a su antojo la noche de bodas, cabalga vomitando el poderoso caballo de la muerte.

II

Un señor extremadamente meticuloso ha fijado para la tarde de mañana tres citas: la primera con la mujer que ama, la segunda con una mujer a la que podría amar, la tercera con un amigo, al que, en pocas palabras, debe la vida y tal vez la razón. En realidad, ninguna de estas personas formaría parte de su vida, si no formaran parte también las demás; de modo que la cita vespertina tiene unos fundamentos tan fatales como psicológicos. Y, sin embargo, las tres personas, recíprocamente necesarias, son recíprocamente incompatibles. Ninguna de las dos mujeres siente simpatía por el amigo, ya que ninguna de ellas ha salvado la vida y la razón del señor; al contrario, su comportamiento intolerante y caprichoso ha exigido la intervención de un amigo prudente y displicentemente sutil. El amigo considera al señor como su obra maestra, y le preferiría menos accesible, la mujer amada desconfía de la mujer que el señor podría amar, no tanto por el amor que, se supone, dedica ella al señor que la ama, como por la respetabilidad que el señor ha conseguido con riesgo de la locura y siendo salvado por un amigo que todos quisieran conocer, de cuya calidad de salvador todos están al corriente, aunque nadie se atreva a pedir una presentación formal; finalmente, la mujer a la que el señor podría amar no ama a su vez al señor, que por otra parte no la ama en el sentido exacto de la palabra, aunque sepa, sin embargo, que es un objeto potencial de amor, y descubre que disfruta de esta posibilidad destinada probablemente a permanecer irrealizada, como de una perfecta mezcla de indiferencia y de pasión, pero esa mezcla está amenazada por la realidad de la mujer amada, sin la cual, por otra parte, no existiría la amada potencial, sería mantenida al margen por el amigo, que ella no conoce, pero que imagina fuerte e indiferente. Ha convocado a esta cita a las tres personas porque quisiera explicar y comprobar que sin ellas le resulta imposible vivir. Él es débil, intensamente mortal, y sobrevive únicamente gracias a un juego de eventualidades. ¿Pretende, pues, llevar a cabo una escena de confesión melodramática? Ya no. Ha comprendido, precisamente ahora, que él no acudirá, ya que el día de mañana es demasiado angosto para acogerle a él y a las explicaciones de los demás. Pero lo que es especialmente angosto es él, y la entrada simultánea de las tres imágenes incompatibles y necesarias le consumiría instantáneamente.

III

Un señor que no había matado a nadie fue condenado a muerte por homicidio; se suponía que había matado, por razones de interés, a un socio de negocios, cuya conducta privada no pretendía explicar ni comentar. En su conjunto, le pareció que, tratándose de su socio, hubiera podido tocarle en suerte una condena más infamante. Los jueces llegaron a admitir que él, el condenado, había sido injustamente estafado. Realmente, aunque estuviese convencido de ello, él nunca había intentado saber si había sido engañado, y en qué medida. Había aceptado mentalmente el porcentaje de dos tercios como una aproximación sensata. En realidad, en el proceso había descubierto que la estafa era mucho menor. En cierto sentido, el proceso le alegró; le proporcionó la certidumbre de que su amigo era un estafador, pero descubrirlo tímido y mojigato le conmovió profundamente. Intentó explicar que él estaba convencido de haber sido estafado en unos dos tercios, y, sin embargo, jamás había pensado en matar. ¿Podría haber matado por un perjuicio tan pequeño? Fue inútil; le explicaron que tenía un mal carácter, y que sufría fantasías de omnipotencia. Sin embargo, no estaba loco, pese a que experimentase, más que inclinación, una especie de amor hacia la demencia. Admitió que la observación estaba fundada. A partir de aquel momento, dejó de defenderse de manera razonable y bien argumentada. El hecho de que a él, hombre apacible hasta la escrupulosidad, le hubiera tocado acabar en un tribunal, acusado de homicidio, le pareció tan extraordinario e improbable, que decidió que había conseguido uno de los grandes temas de su vida: la conquista de una demencia objetiva, no sólo la propia demencia, sino una demencia estructural, en la que todo estaba firmemente ligado, todo deducido, todo concluido. ¿Delirio de omnipotencia? Era realmente omnipotente. Puesto que él, el inocente, había sido juzgado culpable del homicidio, él y sólo él era la piedra angular de la estructura demente. Qué papel tan difícil: no podía mentir, ni simular locura, sin poner en peligro el edificio total de la locura. Se precisaba mucha sagacidad, y la poseía.


Tomado de ‘Centurias, cien breves novelas río’ (1979), por Giorgio Manganelli.