Para un aprendiz de crítico

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Hernando Téllez (Bogotá, 1908 – 1966).

Pero en Colombia no hay crítica.

FUENTEOVEJUNA

Por Hernando Téllez

UN JOVEN COLOMBIANO ME escribió, hace algún tiempo, una curiosa carta sobre la crítica literaria en nuestro país. La solicitud que venía explícita en esas líneas era esta: indicarle «cuáles podrían ser las direcciones más sencillas y fáciles para ejercer en Colombia, con éxito —él mismo subrayaba— la tarea de la crítica». Exigía, además, con esa insolente cortesía, característica de la juventud, que la respuesta fuera pública.

He aquí la respuesta:

La condición previa del éxito, fijada por usted a su futura tarea de crítico literario, me parece una anticipación innecesaria y, en cierta medida, inmoral, de todas las innumerables derrotas que para consigo mismo, para con su propia conciencia, le será necesario acumular en honor del éxito y de la fama. Si usted se propusiera ser, en lugar de un crítico literario, un político, la condición resultaría inobjetable. Probablemente usted no se escandalizaría, como candidato a la vida política, al proponerle esta vieja regla, acuñada por el cinismo histórico: la moral de la política es la moral del éxito. Si se escandalizara, ello demostraría, apenas, su intacta candidez juvenil. Pero atribuir al éxito el carácter de condición previa de toda faena literaria y artística equivale a adherir a un principio corruptor de la moral del escritor. Pero no se alarme. No le voy a proponer una ética de la profesión. Me refiero, apenas, a la que se configura espontáneamente con referencia a la plenitud de nuestra verdad, y al compromiso, con nosotros mismos, de expresarla, justificarla y defenderla.

Cuando me refiero, pues, a la amenaza que para su propia moral de escritor significa la condición del éxito que usted fija previamente a su trabajo literario, aludo a una especie de turbio pragmatismo, que no le permitiría jamás estar en paz con su conciencia intelectual. Si usted dijera: no me importa el fracaso ni el éxito, sino la verdad, el asunto se presentaría de otra manera. El éxito no puede ser condición previa de ningún propósito artístico, pues el desinterés que radicalmente comporta anula, de por sí, en el acto de la creación la mortal alternativa del éxito y del fracaso. La creación artística es un «hecho» situado fuera de ese horizonte que incluye un premio o una condenación para nuestra obra.

El esquema, que usted solicita, de una cierta estrategia de la conducta intelectual en busca del éxito, del éxito inmediato, en su país, y referido a su vocación de escritor y al ejercicio de su tarea crítica, no es difícil de trazar. Se lo propongo en seguida. Usted sabrá decidir su conformidad o su rechazo. Su repugnancia o su adhesión.

Ante todo, sea usted cauteloso. En Colombia, cualquier opinión crítica contraria a la opinión establecida se vuelve instantáneamente sospechosa. Por lo tanto, procure no separarse de la corriente general de las ideas recibidas o, por lo menos, no tome esa actitud en «ángulo recto». No descubra totalmente su desacuerdo ni sus objeciones. Pero si se le hace irresistible la necesidad de opinar por fuera del canon colectivo o contra las normas de ese canon, agote su capacidad de disimulo al expresar sus conceptos. Es posible que así quede a salvo de la condenación y el desprestigio. Deje siempre en suspenso su fallo y, si tanto no puede, suscite en torno de él una atmósfera de reticencias y cavilaciones de manera que en el momento de la retirada pueda hacerlo con la máxima dignidad aparente.

No incurra jamás en el error de deslindar la verdad literaria de la verdad nacional; la verdad artística de la verdad patriótica. Aquí se considera que la necesidad colectiva de un héroe, de un jefe de partido, de un jefe de Estado, existe también para exigir la presencia y crear la realidad de un gran poeta, de un gran novelista, de un gran pintor, de un gran artista. Si usted comete la imprudencia de afirmar que ese género de exigencias colectivas no se produce con relación al arte, y que una sociedad puede vivir un número indefinido de siglos, o para siempre, sin su respectivo Homero, su Miguel Ángel, su Shakespeare o su Cervantes, y en medio de poetas, novelistas y pintores de segundo o de décimo orden, usted será calificado de traidor. Y si añade que cada nación está históricamente «obligada» a satisfacer la necesidad colectiva del héroe o del conductor político, pero no la del artista, porque el arte no es respuesta a ninguna necesidad colectiva, plebiscitaria o democrática, usted correrá el riesgo de aparecer como reaccionario político y como conspirador detestable contra la única gloria indiscutible para toda sociedad: la gloria del arte nacional.

No afirme, pues, su convicción acerca de la existencia de las fronteras que deslindan, casi siempre, la verdad patriótica de la verdad estética. No lo comprenderán. En Colombia, una obra literariamente débil, o estéticamente nula, puede quedar absuelta de sus deficiencias y elevada a una incomparable categoría artística, por razones externas y ajenas al arte mismo. Por razones políticas o por circunstancias históricas. Es incontrastable la eficacia y el vigor de esta clase de conceptos en favor de obras cuyo mérito documental, dentro del proceso de una literatura, de un género literario, de una escuela pictórica, de una moda poética, no guarda ninguna relación con el que se le atribuye falsamente como creación artística.

En Colombia nace cada mañana, según la opinión de los periódicos, un pintor genial, o un literato excelso, o un poeta eximio, o una poetisa sublime, o un sociólogo portentoso, o un novelista sin rival. A veces más de uno. No ensaye promover un juicio crítico de cuentas sobre cada uno de esos milagros cotidianos con que la prensa satisface bondadosamente nuestra sed nacional de gloria. Acepte, sin exigir pruebas, la realidad de ese milagro. Nada pierde con callar y esperar. En la fluencia del tiempo, el milagro se deshace por sí solo. A usted le gustaría clamar contra esa diaria sucesión del milagro literario o del milagro artístico. Pero si aspira al éxito, no dé pábulo a esa interna necesidad de la exactitud que, probablemente al principio, se le hará intolerable. A poco se acostumbrará a sofocar su peligrosa capacidad de protesta.

No tome en cuenta la categoría de los valores universales cuando juzgue la hora de sus compatriotas. Tal actitud de prudencia en el juicio aparecerá, apenas, como vanidosa extravagancia. Los límites críticos de su análisis no deben traspasar la geografía ni la historia patria. Absténgase de comparaciones peligrosas porque le serán recibidas como desleales. Su compromiso intelectual está determinado por su condición de ciudadano. Pertenece usted a una geografía, a una historia, a una lengua, a un sistema social, a una clase económica y a un partido político determinados. Usted se encuentra dentro de una situación dada y hace parte de un tejido nacional de conceptos, creencias, prejuicios y supersticiones cuya validez no podrá discutir sin peligro y sin escándalo.

Por lo mismo, limítese. Recorte su paisaje intelectual ajustándolo al esquema de las jerarquías nacionales. Y no olvide que difícilmente tolera una sociedad esa forma de humildad crítica que consiste en promover una tentativa de ubicación de los valores en un plano extranacional. Toda sociedad adhiere con entusiasmo, y sin escrúpulo, a la suposición de que el arte es una tesis nacional y debe ser, además, un postulado nacionalista. Si duda de la exactitud y de la utilidad de esa creencia, guarde para sí tan inobjetable sospecha. Su convicción ha de ser otra: toda frontera nacional alindera un olimpo. Y discutir los dioses de la comarca es una inútil temeridad.

No lleve su ingenuidad hasta el extremo de pretender establecer aquí, a través de su análisis, una verdadera escala de categorías. Su tarea crítica debe consistir en crear los gigantes domésticos que, se supone, solicita la demanda colectiva. Invéntelos a imagen y semejanza, y a la medida, de ese oscuro, peligroso e inexistente deseo. No vacile en hacerlo. Su lenguaje crítico irá poco a poco conociendo y apropiándose el secreto literario correspondiente a esa faena de mixtificación. No turbe con ademán intelectual insólito las grandes exaltaciones y las ceremonias rituales del olimpo nacional. Recuerde que toda parvedad justiciera parecerá mezquindad; toda discreción, ingratitud; toda contención, esterilidad; toda mesura, avaricia; todo rigor, insolencia. Ahuyente de su análisis las exigencias de la razón, a fin de que su concepto se ablande y se disuelva en la húmeda y equívoca zona del sentimiento, pues así logrará conmover y convencer a la opinión colectiva, siempre apta para participar en toda demagogia sentimental y siempre esquiva a todo acto de la inteligencia.

Corrobore y satisfaga la moral, las convicciones y el conformismo de su propia clase burguesa. Semejante corroboración constituye una preciosa garantía que todo escritor y todo artista debe otorgarse, si aspira al éxito o, cuando menos, a merecer la tolerancia de quienes disponen de la dirección social y llevan sobre sí la responsabilidad de mantener y defender un orden, un sistema, una cierta estructura de la sociedad. No olvide que ellos son siempre poderosos y, sólo eventualmente, magnánimos.

No se separe del sagrado territorio de las ideas recibidas, ni manifieste su desdén por los victoriosos lugares comunes. Unas y otros constituyen el alimento intelectual de las clases directivas, de las mujeres que aspiran a tener ideas y votos, y de los hombres en las mismas circunstancias. No olvide que a través de esas platitudes y generalidades, a través de esos tópicos, se estabilizan los símbolos de toda mitología nacional. Adhiera sin reservas el sistema de estratificaciones conceptuales en que van petrificándose las creencias de la sociedad.

No practique la avaricia en los elogios, ni tema dilapidar su reserva de superlativos. Procure instalarse en el mundo intelectual de su país como un Supremo Dispensador de Bondades cuya instancia crítica opera exclusivamente «en función de patria», y por lo mismo, puede permitirse absolver en nombre del patriotismo, todo pecado contra el arte y de justificar, con el mismo argumento, la mediocridad y la cursilería literarias. Desde luego, no acepte nunca su condición de crítico. Rechácela con indignada modestia. Se lo creerán. Quedará así sin las limitaciones y el rigor de una responsabilidad concreta, en pleno goce de libertinaje para ejercer su profesionalismo. Establecida sólidamente su fama de magnánimo, usted podrá destilar ciertas sutiles dosis de veneno sin que se advierta tan exquisita perfidia.

Disimule, si acaso lo hiere, la vulgaridad o la ordinariez de los ideales estéticos recomendados y exaltados para satisfacer al hombre común y a la masa. No investigue los ídolos de la colectividad, ni sus obras. Acepte, sin solicitar explicaciones, la gloria que a esos ídolos ha sido conferida. No contraríe la corriente en que navega la opinión general. Inclúyase en ella. Identifíquese con la tradición que proclama la semejanza ateniense y la raíz humanística de nuestra cultura. No alimente dudas innecesarias e impertinentes sobre la originalidad de nuestros poetas, la sabiduría de nuestros filósofos, la significación universal de nuestros pintores, la inventiva de nuestros músicos, el vigor de nuestros novelistas y la solidez inglesa de nuestras instituciones. Cuídese de hacer caer la sombra de una sospecha razonable respecto de las verdades establecidas, adquiridas y catalogadas. Crea en todo cuanto es costumbre y obligación creer para ser un verdadero ciudadano y un miembro intachable y seguro de la colectividad. Respete cuidadosamente el catálogo nacional de los prestigios en cuya consagración esa colectividad ha gastado y renovado sus energías.

Sólo entonces, colocado en esa ininterrumpida cadena de complacencias, y respirando esa atmósfera de corroboración indefinida, usted podrá ser un crítico «a la colombiana», respetado y prestigioso. Si, por el contrario, coloca su vocación bajo otro signo y con direcciones radicalmente opuestas a todas las que le he indicado, es posible que usted termine por convertirse, verdaderamente, en un crítico. Pero ello no tendrá significación sino para usted mismo, para su propia conciencia. El éxito que su ambición demanda no se configura como consecuencia ineludible de una verdadera posición crítica. Su alternativa, en el caso de que usted eliminara de su perspectiva la necesidad perentoria del éxito, podría ser esta: combatir toda falsedad predominante, o satisfacerla de manera incondicional. La primera posibilidad sitúa el fracaso en el vértice de su tarea. La segunda, el éxito. El desacuerdo casi constante con una sociedad, o con los voceros de ella misma que la interpretan irrazonablemente, es de sumo peligro. No me atrevería a recomendarle ese método seguro para conquistar la impopularidad y para concitar el desdén contra su propia obra. Además, en el vago supuesto de que usted resolviera jugarlo todo, y, primero que todo, el éxito, en favor de una verdad, de una sola, que usted no se resignara a callar, es indudable que su actitud sería calificada como un acto reprobable. Su decisión debe operar, pues, sobre la triunfante facilidad de ser un crítico colombiano, con las características ya señaladas, o de ser, simplemente, honestamente, un crítico. La diferencia de matiz parecerá una ofensa al sentimiento nacional, y a la idea de que, antes que las verdades literarias o estéticas, en un juicio de estimación crítica, deben pasar las verdades patrióticas. Pero si el espectro del fracaso y de la impopularidad no debilita su rigor intelectual, esa clase de consideraciones le parecerán inútiles y perniciosas. Al fin y al cabo, recuérdelo usted como un estímulo y consuelo, Sainte-Beuve es un patrimonio de todas las literaturas. Y no porque se hubiera ceñido, con humildad patriótica, a su condición de francés, sino porque fue como fue. Admito que el modelo es comprometedor. Pero toda tentativa de sobrepasar un oscuro nivel de conformismo y de mediocridad requiere ser colocada bajo las mejores advocaciones.

(De El Tiempo, 11 de julio de 1955)


Tomado de Nada contra la corriente (1995).