Solfeo para un ruiseñor enjaulado

The Therapist - René Magritte (1937)
The Therapist – René Magritte

Por Edgar Cuero Córdoba

Él la invitó a cenar. En el restaurante, un muro de vidrio los separaba del jardín y del comedor. La mujer es bella. Se supone que ese trueno inmenso venido de arriba sea la manifestación celosa del cielo. Antes de recibir algo sólido prepararon la garganta con un ponche de limón. ¡Ah vanidad! Al hombre también lo bautiza y espera de la mujer caricias de palabras.

No en vano él esperaba la euforia del amor. Toda la tarde había leído J’adore de Jean Desbordes, donde el poeta solicita el canto de un ave, alguna bella elegía a un árbol y sus raíces conduciendo la pureza.

Él nota que su amor se expande y sin dejarlo fluir, mira los ojos de la muchacha y le dice: Quisiera besarla en la boca. Debe ser algo fresco, nuevo, agradable. Quisiera besarla y que estuviéramos de pie, el uno contra el otro. Yo apoyaría mi cabeza en su hombro. El perfume de su moño negro olería a piel.

La mujer, inquieta, le devuelve con su mirada desnuda parte de esos fluidos adolescentes. Yo también soy amiga de los poetas, por ejemplo de William Blake: La inocencia está en el deseo. El corazón no espera nunca un permiso para vivir. El hombre sintió que su cuerpo quedaba vacío y la armazón de sus huesos sostenía lo único vivo: su corazón.

A su memoria llegó entonces una polémica sobre los poemas domesticados de los grupos escolásticos y la pureza de la vanguardia poética, por un instante él buceó en los sueños como aconseja Jean Cocteau. El mesero los asechaba con el menú en la mano, dando vueltas igual a un tiburón. Los sorbos del ponche de limón se hicieron más espaciados. Y el hombre sintió que una armazón igual puede ser parte de la poesía: sintética, rápida, directa. Y no solo eso, no buscar el llanto en la sensibilidad de un libro triste, sino en el advenimiento de palabras bien constituidas.

Y nuevamente llegó a su memoria lo que había leído de Jean Desbordes, cuando la mujer le dijo, por favor recítame un fragmento de Dios y sus perros. El hombre quedó pasmado sintiendo que el amor no era más que un instinto cínico y tierno a la vez.

Quería sorprenderla y ella lo superaba con un sentimiento impúdico y feroz alejado del amor. El hombre decidió recitar lo pedido:

La familia cenaba rabiosamente. Nadie pedía la sal; cada cual se levantaba para tomarla. Se habían sentado ante la mesa sin encender la luz, y, poco a poco, una sombra irrespirable descendía sobre esas almas que se detestaban por una noche.

 El jardín mojado entraba por la ventana.

La puerta se abrió, empujada por los perros que jadeaban, saltaban, chocaban con las sillas, lamían las manos, tiraban del mantel, atropellando todo ese odio ordenado, con el amor del buen Dios. La madre se levanta: ¿Por qué dejaron entrar a los perros? Ella trata de llamarlos para que salgan, mientras el hijo se acuesta en el suelo, los acaricia, les habla en alta voz diciéndoles: Lindos; sí, lindos… son lindos… los quiero… ¡Stop!… dame tu patita; dame la otra…

El poema golpeaba el cerebro del hombre como siguiendo la partitura de una marimba. La mujer resaltó su esfuerzo concediéndole fragmentos de un amor ya perdido. No podía ser de otra manera, el ruiseñor estaba enjaulado y el mesero levantaba de la mesa dos cristales untados con ponche de limón.