Países subterráneos – Poemas de Tes Nehuén

Mi deriva - María Bueno
Mi deriva por María Bueno

NOSOTRAS

Un largo tentáculo se extiende hasta nosotras,
nos impulsa con furia sobre aquello que brilla,
mas nosotras,
que ingenuas ya no somos,
usamos las tijeras
—herencia de nuestras madres y abuelas,
que nunca son por sangre—
y extendemos los brazos.
Nunca el vacío nos supo tan amargo
y, a la vez, tan urgente.


PAÍSES SUBTERRÁNEOS

De niña me inventaba países subterráneos
para viajar en caso de que la guerra
rozara el perímetro de nuestra casa.
El desagüe de la ducha,
como una entrada secreta
a ese mundo posible.
Así, deambulaba por el
esqueleto frío de las cañerías,
como un lobo sediento de manada.
Cuando la guerra estalló,
el edificio enteró voló en pedazos
y ya no hubo casa, ni país subterráneo.


RETINA MUDA

Todo es una imagen que me representa-intimida
la figura de un monstruo-hombre parado en el umbral
que se mira al espejo: otro ser le responde
voz y mundo que lucha por dominar mis piernas.
Todo es una imagen:
el beso de la madre que no llega.
No.
El vacío de la noche tenebrosa,
la voz callada-dormida del agujero.
Todo parte de una imagen-obsesión,
reflejo de la noche primera,
de la madre dormida,
del cuerpo que no cede
y los ojos que se hinchan
por cautivar la voz.
No.
La luz que se desprende del vacío.


LA MEMORIA DE LOS OTROS

Mis hermanos guardaban cosas en los armarios. Chocolatinas, pan, cigarrillos. Y a escondidas de mis padres comían y fumaban. El humo se abría paso en las habitaciones entrando invasivo en mi organismo. El chocolate, lo tenía prohibido.

Por la tarde nos subíamos al viejo árbol y comíamos mandarinas. Pelar, desgajar, morder, escupir la semilla, tragar. Pelar desgajar, morder, tragar… toser. A veces, la semilla pasaba limpia y obligaba al golpe seco de los pulmones.

Con el tiempo yo también aprendí a esconder cosas. Piedritas, lápices, caracoles, papelitos. Los armarios de mis hermanos olían mal. Mi madre lo sabía pero no les decía nada. A veces me pregunto si habrán seguido ellos escondiendo dulces y vicios en sus nuevos armarios. Porque yo, no. Porque la vida a nosotras nos obliga a la extrañeza de ciertas rutinas. Nos impulsa con furia contra un mundo agresivo del que debemos defendernos.

Cuando llegó el momento de abandonar la casa encontré una caja que contenía todo lo que había ido juntando. Papelitos, piedritas, conchas vacías, lágrimas. ¿Qué vas a llevarte?, alguien preguntó por mí ¿O fui yo? Me toqué una oreja en gesto pensativo —los dedos sobre la piel para guardar, para ser testigos materiales de todo lo que nos atravesó en un instante—. Otra vez metí todo en la caja y la dejé en la puerta de la casa. Al rato, estaba vacía. Alguien se había llevado todos esos pedacitos. ¿Para recordar por mí? ¿Para construir otra memoria encima de la mía? No quise preguntar quién había sido. Tampoco es que importe demasiado.


Tes Nehuén: escritora argentina radicada europa, ha publicado los cuentos ilustrados Cuentos para aprender a volar (Ilustrado por Nana Cuevas Otonelli) y La casa abandonada (Ilustrado por María Morales Rega) y el poemario La luz en el espejo, disponibles en Amazon.