Lutz Long : el alemán que cayó ante Jesse Owens

Por Carlos Molina

La historia de Jesse Owens, que derrumbó el mito de la raza aria con sus cuatro medallas de oro en atletismo durante los Juegos Olímpicos de Berlín, es uno de los episodios más recordados del deporte del siglo XX. Un joven de raza negra de Alabama dominó las pruebas de 100 y 200 metros lisos, el relevo 4 x 100 y el salto de longitud ante un palco repleto de altos cargos del nazismo. El cuento de hadas estaba servido.

En la mayoría de las narraciones que se han realizado sobre aquella gesta, los atletas alemanes suelen aparecer como secundarios de una mala película de acción. Sin personalidad, sin más rasgos distintivos que el hecho de ser alemanes y estar muy serios y con la única función de ejercer de villanos contra los que el héroe debe luchar. La historia de Lutz Long, medalla de plata en el concurso de salto de longitud, es la mejor demostración de que la realidad fue muy distinta.

Long nació en Leipzig el 27 de abril de 1913 y pasó su infancia en una Alemania devastada por la Primera Guerra Mundial. Con solo trece años comenzó a estudiar Derecho en la universidad de su ciudad con la intención de seguir los pasos de su padre, un abogado de Hamburgo. Era alto y tenía facilidad para el deporte. En un país que pasaba hambre, normalmente nadie tenía tiempo ni dinero para dedicarse al ejercicio físico si no era a cambio de un sueldo. Sin embargo, él se las arregló para sacar adelante sus estudios y competir con éxito cuando tuvo suficiente edad para hacerlo.

 

En 1932, Hitler ascendió al poder en Alemania. La historia es más que conocida. Siempre se asociará el nazismo con los Juegos Olímpicos de 1936, pero en realidad su adjudicación a la ciudad de Berlín se había producido en 1931, todavía en tiempos de la República de Weimar. En cualquier caso, el régimen vio en el evento la oportunidad ideal para poner en marcha una gigantesca maquinaria propagandística, así que no reparó en gastos. Se construyeron unas instalaciones faraónicas, se movilizó a masas enteras de jóvenes y se dotó a los atletas de élite alemanes de los medios necesarios para triunfar. Del apartado audiovisual se encargó Leni Riefenstahl, una de las directoras de cine más destacadas de la historia, que inmortalizó los Juegos en el doble documental Olympia, de más de cuatro horas de duración.

Efectivamente, Alemania triunfó en el cómputo general con 89 medallas, muy por encima de Estados Unidos (56) e Italia (22). De hecho, Hitler quedó más que satisfecho con los resultados. Lo que ocurre es que eso no es lo que se ha recordado con el paso de los años. Los Juegos de Berlín fueron los de Jesse Owens.

La prueba de salto de longitud es, entre las cuatro medallas de oro del americano, la que ha quedado grabada en la historia con más fuerza por su victoria ante Lutz Long, el mejor saltador alemán. Curiosamente, tal vez el momento más célebre que vivieron los dos saltadores en Berlín no se produjo en la final, sino en la clasificación celebrada el 4 de agosto. Owens, que venía de ganar el oro en los 100 metros lisos, no comenzó bien y quedó al borde de la eliminación tras sus dos primeros saltos. El primero fue anulado porque pisó la tabla de batida. En el segundo no llegó en realidad a saltar, pero los jueces consideraron que había iniciado el movimiento y también se lo contabilizaron como nulo.

La presión era evidente para él, sabiendo que contaba con un arbitraje cada vez más riguroso en su contra. Fue ahí donde se produjo una de las imágenes más famosas de la historia olímpica. Long, desafiando órdenes más o menos explícitas de no mezclarse con atletas rivales, y menos aún si no eran de raza blanca, decidió echar una mano a su rival. Dialogó con él y le sugirió que, en su siguiente salto, batiese varios centímetros antes de la tabla para asegurar su validez. Llegó a poner su sudadera en el suelo del estadio para marcarle el lugar adecuado para tomar impulso. Owens le hizo caso y no arriesgó. Su tercer salto superó con facilidad los 7,15 metros que daban acceso a la final.

No debió ser fácil para Long acercarse a Owens y conversar con él delante de las cámaras. El palco estaba lleno de militares y líderes del partido. Hacía tiempo que las cosas no eran fáciles en Alemania para todo el que desafiaba al régimen, pero aquel día una de las estrellas locales estaba confraternizando abiertamente con un rival extranjero y de raza negra. Es cierto que se ha exagerado mucho sobre las presiones que tuvo que desafiar Long, pero también parece evidente que fue una amistad con la que tenía bastante que perder y muy poco que ganar.

LUTZ LONG Y JESSE OWENS: Los atletas de Alemania y EE. UU. en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, compartiendo un descanso durante la competición, ante los ojos de Hitler.

Al día siguiente, ya con las medallas en juego, Owens tomó la iniciativa desde el primer momento y realizó un primer salto de 7,74 metros. Continuó con unos extraordinarios 7,87 en el segundo, lo que prácticamente le aseguraba la medalla de oro. Long no quiso quedarse atrás y estuvo a punto de alcanzar el primer puesto en su tercer salto, pero se quedó en 7,84. La final se movía ya en marcas de récord y el alemán estaba dispuesto a poner todo el suspense posible. En su quinto salto, batió el récord de Europa y llegó hasta 7,87. Con los 100.000 espectadores del estadio pendientes de su penúltimo salto, Owens voló sobre la arena del foso de saltos y sentenció la final. Se fue hasta los 8,06 metros y logró la más espectacular de sus cuatro medallas de oro. Long fue el primero en felicitar calurosamente al vencedor. Posaron abrazados para los fotógrafos y caminaron juntos hacia los vestuarios.

Se ha dicho una y otra vez que Hitler abandonó el palco enfurecido antes de la ceremonia de entrega de premios para no felicitar personalmente a Owens. Según la propia biografía de Owens, los hechos no se produjeron así, pero el mito es ya indestructible. En realidad, tras mostrarse muy efusivo en la primera jornada con los deportistas alemanes, Hitler obedeció las sugerencias del Comité Olímpico Internacional en materia de protocolo y no saludó a ningún atleta a partir de entonces. Cuando Owens derrotó a Long, no estaba previsto en ningún caso que el Führer tuviese que estrechar la mano del vencedor.

No es la única leyenda falsa que circula sobre aquel día. Se ha escrito también que el estadio enmudeció con el triunfo del estadounidense, cuando en realidad se le premió con las mayores ovaciones de los Juegos. Sí es verdad que había acudido al estadio esperando un ambiente adverso y preparado para los peores insultos, pero no fue eso lo que después encontró. Se convirtió en una celebridad durante aquellos días en Alemania e incluso participó poco después en una exhibición atlética en Colonia. En realidad, en los años treinta el deporte no era todavía el foco de nacionalismo en que se convirtió décadas después. Menos aún en el caso de los Juegos Olímpicos, que aún mantenían buena parte del espíritu amateur y el fair-play con que nacieron a finales del siglo XIX.

Puestos a desmitificar, tampoco es que Owens tuviese muy en cuenta la carga simbólica de su victoria. Él mismo destacó años después que, tras volver a Estados Unidos con las cuatro medallas, sufrió la discriminación habitual a la que eran sometidos los negros. No podía sentarse en las filas delanteras del autobús ni vivir en barrios considerados de blancos. Llegó a afirmar que «no me invitaron a darle la mano a Hitler, pero tampoco me invitaron a la Casa Blanca a darle la mano al presidente». Efectivamente, Franklin Roosevelt no recibió a su mejor atleta en Washington y tuvieron que pasar casi cuatro décadas para que obtuviese el reconocimiento oficial del gobierno de su país.

Aun así, el resultado no gustó a las autoridades nazis, que en 1936 no estaban precisamente acostumbradas a perder. Si bien es cierto que no se tomaron represalias contra Lutz Long, parece claro que su vida podría haber sido distinta si hubiera ganado el oro. Continuó saltando y, aunque lejos del nivel que había alcanzado en Berlín, quedó tercero en el Campeonato Europeo de atletismo que se celebró en París en 1938. Poco después se retiró y empezó a trabajar como abogado.

Por desgracia para él, su nueva vida no duró mucho. A pesar de que los deportistas de élite estaban exentos de la obligación de defender a Alemania con las armas, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial fue enviado al frente. Allí formó parte de la División Hermann Goering, un cuerpo de élite en el que fue herido de gravedad durante la batalla por la defensa de Sicilia. Allí mismo murió el 13 de julio 1943 y allí continúa enterrado.

Owens tuvo algo más de suerte, pero el éxito deportivo no le proporcionó mucho dinero. Durante décadas, tuvo que aprovechar su fama para ganarse la vida como relaciones públicas, pinchadiscos de jazz y promotor deportivo. Llegó incluso a competir en pruebas de velocidad contra un caballo para ganarse unos dólares, pero se las arregló para mantener un cierto nivel de celebridad hasta que un cáncer de pulmón acabó con su vida en 1980.

Owens y Long emocionaron al público de Berlín en 1936 con su deportividad, pero la buena relación entre los dos atletas no se quedó en el Estadio Olímpico. Siguieron manteniendo el contacto durante varios años. El americano destacó siempre que las cuatro medallas de oro nunca tuvieron para él tanto valor como la amistad que alcanzó con su rival. Se dice incluso que pasearon juntos por Berlín durante aquellos días y que mantuvieron correspondencia escrita después de los Juegos.

Varios años después de la muerte de Lutz en Sicilia, Karl Long, hijo del saltador alemán, celebró su boda. Aquel día, su padrino fue un Jesse Owens que, ya de mediana edad y fumador empedernido, había viajado desde Estados Unidos a Alemania para estar una vez más al lado de la familia de su viejo rival.


Tomado de Ahogados en la orilla (Grandes derrotas de la historia del deporte), Carlos Molina (2012).