El cigarro puro de Groucho

Julius Henry Marx, más conocido como Groucho Marx (1890 – 1977)

Por Italo Calvino

Lo que diferencia a Groucho Marx de los otros grandes cómicos de la pantalla es que su disfraz se presenta con los atributos externos del prestigio, del éxito, de la autoridad, del saber vivir: puro, mostacho, gafas, traje oscuro y esa manera de caminar a grandes zancadas, con las rodillas dobladas hacia fuera, como patinando, que es su invención mímica más simbólica.

Mientras que el espacio vital del que sus dos hermanos sacan su frenética euforia son la libertad, la avidez, la astucia del pobre absoluto (Chico, con sus aires de emigrante italiano del Brooklyn de principios de siglo; Harpo, con su aire de ángel poseído y algo perverso, llovido de un cielo chagalliano) –y en eso pertenecen al filón de los disfraces cómicos clásicos, desde Chaplin y Keaton hasta Woody Allen, en los papeles de inadaptado patético, de pobre perro tratado a patadas por la vida, de underdog social o psicológico–, los papeles que Groucho encarna son siempre, de alguna manera, figuras de poder (dictador, millonario, empresario, gran abogado, profesor universitario).

Pero de ese poder, Groucho saca a la vista toda la esencia innoble, desvelando de cuánta bajeza está formada toda afirmación de prestigio, de cuánto cinismo toda pretensión de respetabilidad, y cómo todo éxito no es más que una precaria vacación sin ilusiones para volver a caer en el nivel cero del que se ha partido. Si los tipos del underdog subliman el fracaso, Groucho desnuda el mito del éxito de toda posible sublimación, demostrando todo lo que de miserable y bellaco lleva consigo la afirmación social.

Consumado viveur y conquistador irresistible, Groucho persigue a viudas rubias y exuberantes. Y, sobre todo, sus cuentas bancarias, pero sus lances como seductor son tan despreocupados y faltos de ilusión que le quita a la conquista todo valor y significado. Lo que Groucho sabe es que la meta de toda acción, ambición o deseo, es el poco o el nada. Por ello, a fin de cuentas, éxito y fracaso se equivalen en su imperturbable sarcasmo.

Puede decirse que Groucho no tiene mímica facial: su fisonomía es siempre inmóvil (en contraste con Chico y Harpo, que están permanentemente con los ojos en blanco); sus gags están confiados a la palabra; sus operaciones expresivas consisten en cortocircuitos verbales, en fulminantes cambios de comportamiento. «Pido mil dólares.» «Te ofrezco diez.» «¡Ah, ah, ah!» Carcajada despreciativa y de compadecimiento, e inmediatamente después: «I take it!» («¡de acuerdo!»).

Chico, que habla el pésimo inglés de los emigrantes, y Harpo, el mudo, que se expresa sacándose objetos de sus inagotables bolsillos, compensan su falta de diálogos con la música. (El primero es un virtuoso del piano, el segundo, del arpa.) Groucho es la negación de la música, la vulgaridad más brutal, el desafinamiento perpetuo.

Pero justamente por rechazar toda autoilusión, justamente por deshacer los oropeles y reducirlo todo a una esencia humana elemental, Groucho afirma la mayor dignidad de quien se muestra como es, la inocencia de quien juega con las cartas descubiertas, el desinterés de quien sabe que todas las victorias se desvanecen en humo.

Por ello siento la necesidad de inclinarme ante la memoria de Groucho y lo asocio en mi sentimiento a otro gran cínico que nos ha dejado este verano, a otro despiadado observador del género humano como espectáculo cómico y desagradable, a otro manipulador de la elasticidad de la lengua (del inglés, la más elástica de las lenguas) para poner de manifiesto las mofas y los pasos en falso de la existencia: el novelista Vladimir Nabokov.


Corriere della Sera, 28 de agosto de 1977. Homenaje a la memoria de Groucho Marx, muerto por aquellos días.

De Punto y aparte: ensayos sobre literatura y sociedad (1980).