Cuento: La ventana de Aida Junkers

Foto: René Timmermans.

Por Edgar Cuero Córdoba

“Desde mi ventana veo el malecón. Es la hora de la tarde en que las olas se estrellan contra el muro, levantando un tapiz de variados colores. Escasos carros y muchos niños esperan el salpique del aguamarina. Yo también anhelo estas tardes de todos los días, quisiera bajar las escaleras y sentir por un instante el rocío de esa agua que se evapora con la brisa. Los dolores reumáticos me impiden ese goce”.

La mujer se aleja de la ventana ayudada por un bastón. Es alta y delgada con el cabello totalmente blanco recogido en moño. Sentada en una silla giratoria de antebrazos altos, acomoda unos portarretratos y varios libros diseminados en el pequeño espacio del escritorio. En un extremo, a su lado derecho, una resma de papel reposa pisada por un libro. En otra hoja que descansa solitaria sobre un rectángulo de vidrio grueso, ella lee lo que hemos leído arriba. Otra hoja más que está en el piso, al pie del cesto de papeles, tiene escritos un título y un subtítulo centrados: MEMORIAS DE AIDA JUNKERS, LA HABANA CUBA.

“Los dolores reumáticos me impiden ese goce. Hoy extraño a mi amiga Camila Quiroga que no se ha acercado, ni ha llamado a casa. Extraño el café negro que me trae en una tetera esmaltada. Camila es vieja como yo, pero se mueve más de prisa. Recuerdo que en su juventud organizaba los actos populares donde más de uno en la isla se vinculó con la cultura y la política. Hoy es el día en que la penumbra de los recuerdos me agobia, pero me satisface pensar en el disfrute y las ansias del grupo de amigos intelectuales en aquellos años cuando intentamos fundar un teatro moderno en La Habana. Invertimos algo de nuestro dinero, dólares, y conseguimos un local en el muelle que, si no recuerdo mal, lo llamamos El Tinglado. —Aquí la mujer le saca filo a la punta de un lápiz con una cuchilla de afeitar, para continuar escribiendo—. Sin embargo, todo se fue al traste, no pudimos conseguir actores para las dos únicas piezas que íbamos a montar: Mambrú se fue a la guerra de Marcel Achard y otra obra inédita de nuestro Alejo Carpentier, titulada El retablo de acero. Alejo alegaba que a los actores les daba miedo interpretar los personajes de forma realista, los suyos eran una mujer, un industrial, un dandi, el revolucionario, el dictador, tres soldados pintados en cartón y otros diez personajes haciendo bulto. Entonces, en La Habana, los actores mantenían vigentes las reglas del teatro del siglo XIX y de antes, aún estaban sometidos a convenciones antiguas como de actuar con máscaras, convenciones que querían mantener a pesar de las ideas innovadoras que traía Carpentier; no les importó y se tiraron todo el proyecto. Esta frustración es un recuerdo que aún tengo viviente. Como no se pudo hacer nada por la cultura, optamos por lo único que se podía hacer en Cuba, nos dedicamos a escuchar y a bailar sones en la Playa de Marianao”.

“Un año después Alejo Carpentier se alejó de la isla hacia París. Iba como corresponsal de las revistas Social y Caretas. En ellas realizó una labor periodística admirable, pero sobretodo aprovechó para codearse con la intelectualidad parisina. En este punto ya puedo confesar algo: yo amaba a Alejo en silencio, ahora no me importa saber si él lo notó. Nunca se lo dije, ni el me preguntó. Supongo que en algún momento de esos años bañados en ron de caña, cuando bailábamos sones deslizados por nuestros cuerpos, él lo llegó a sospechar. ¡Ah pero no! Omitan este punto. Es la resaca del recuerdo. Alejandro marchó con valijas abultadas: llenas de sus propias obras para teatro político, popular, criollo, nacional, en fin, quería llegar a la esencia del teatro cubano, y darle vida en París. Fuera de partituras para operetas, mazurcas y sinfonías; viajo cargado de un impresionismo caribe vigoroso que convenció a Europa de la maravilla latinoamericana, luego desde allá nos conmovió con sus crónicas donde contaba cómo lo nuestro era valorado y defendido. Creo era el año de 1924 o el 25, aquí mi mente patina. Lo que sí tengo vivo es la escena de despedida al pie del vapor que lo trasladaría a Francia. Lo despedimos con una alegría inmensa, y yo le di un beso en la mejilla al pie de la escalera”.

Aida deja de escribir. Se levanta con dificultad de la silla y a medida que se acerca a la ventana con la mano libre se alisa el cabello. El sol es una naranja que se va hundiendo en el mar. Las olas que se estrellan en el malecón son de ese mismo color. La mujer como aspirando el cuerpo de todos esos fantasmas amigos de La Habana vieja, toma aire. Después de unos minutos largos de meditación devuelve sus pasos hacia el escritorio.

“No se demoró el tiempo en premiar a Carpentier y de este modo poder compartir su talento haciendo parte de la primera obra escénica a la que Edgar Varese compondría la música, Varese había sido combatiente en las trincheras de la primera Guerra Mundial, y ya había cosechado triunfos en América del norte donde su novedosa música sorprendió con obras del tamaño de Ameriques estrenada en Filadelfia, por las cual fue tildado de anarquista musical.

“Yo sé que mis lectores, de estas memorias, se preguntarán por estas ansias mías de escribir algo sobre Alejo. Sabrán percibir que no es por razones obvias. Las escribo porque sé que las leerán los espíritus de mis amigos y, claro si sobrevive a mí, mi amiga Camila Quiroga, que aunque no lo sabe me ha ayudado a recordar entre tanto tinto caliente. Con todo respeto les confieso que todas estas vaguedades son para que la memoria vuelva a mi ser, espero no levantarme más de este asiento por hoy, hasta no concluir lo que tengo en mente. Ha llegado la noche y las olas son oscuras como ella.

“La obra escénica era The one all alone y fue escrita no sólo por Alejo Carpentier, sino junto a Georges Ribemont Dessaignes y Robert Desnos, esa obra nunca la vi, pero entre las pocas cartas que recibí de Alejo antes de perder contacto, me contó como algo inaudito el día que se estrenó en Berlín. Me describió la orquestación de otro mundo que armó Varese, no había sino cellos y contrabajos por cuerdas, en cambio metió una tumultuosa batería completa como las de jazz, y añadió otros instrumentos exóticos como claves hechas de rieles torcidos en espiral, güiros criollos y maracas, ahí está la influencia de ese Alejo obsesionado por mezclar algo del son con la sinfonía, ni más faltaba.

“Me dijo que era una obra religiosa que representaba una estrella estática en el fondo del escenario como el ojo de la trinidad divisando a la humanidad, y con personajes de todas las clases desesperados por alcanzarla, uno de ellos es un astrónomo con sus aparatos prediciendo el fin, también una pareja de enamorados sin importarles lo que ocurre, dos jugadores de ajedrez indiferentes: un aristócrata y un artista, todos esperando que las catástrofes y hecatombes prometidas sacudan a la tierra.

“También describió otros dos personajes, un político y un hombre de negocios que desde una tribuna incitan a los trabajadores del mundo a ignorar el apocalipsis y seguir labores como un día cualquiera, los incitan con parlantes a que salgan a iniciar la jornada incluso cuando el sol no aparece en el horizonte. El político y el negociante son los que invocan los valores de la revolución: igualdad, fraternidad, justicia, paz y religión. Un caos perfectamente orquestado con unos coros angustiosos que dicen frases largas y cortas de ritos vudú, esta parte desde luego escrita por Carpentier que como a todos les había contado en Francia había participado de muchos ritos religiosos en Haití y en sesiones de santería en Cuba, que se sabía como un abecedario los dioses del panteón Yoruba: Changó, Yemayá, Achón, Obatalá, Eleguá, en fin, con eso me imagino que alardeaba en Europa.

“Se me olvidó mencionar la prostituta, mejor dicho la prostituta francesa, un símbolo inmortalizado en grandes obras literarias, una Naná de la que cualquiera puede enamorarse con solo leerla. Sin embargo la prostituta de esta obra no pertenece sólo a París, es la prostituta del mundo entero acorralada por la ciudad, perseguida por mendigos, policías, obreros y vendedores de periódicos que en medio de la desesperación quieren sus servicios.

“Me habló del sorprendente escenario que usaron, dijo que era una máquina construida por ingenieros mecánicos que hicieron autómatas que actuaban como personajes de la obra, quién iba a decir que en Cuba los actores usan máscaras y en Francia no usan actores sino máquinas, pero algo de arte hubo en la decoración hecha por el pintor ruso León Bakst encargado darle color, un poco de vida, a los inventos teatrales de los ingenieros.

“De esta manera Carpentier se sumó a las corrientes de vanguardia en el continente europeo, estuvo en el movimiento surrealista enseñando sobre las alucinaciones de las pitonisas yorubas que se embriagan y hablan como hombres y estuvo con el experimentalismo musical de Edgar Varese, enseñándole como se hacen los pianos de la selva. Y puedo creer que no faltó la madame parisina a la que enseñó a bailar danzón cubano. Ahora lo digo sin equivocarme y sin pretender ocultarlo: fueron muchos los danzones que bailamos y era él quien me seguía el paso.

“En la obra había también un negro que dirigía los coros y la percusión que estalló como un volcán, haciendo levantar a los espectadores alemanes de sus butacas en los últimos actos de la obra. Un sonido de destrucción y muerte que ese país en poco tiempo reproduciría por toda Europa”.

El lápiz se ha quedado sin punta. La luz de la lámpara de mesa es baja, la mujer se retira los anteojos de lentes pequeños y se restriega los ojos con ambas manos. En la soledad de la luz se nota su perfil, no hay duda que en su juventud fue bella. Se levanta apoyada en el bastón y retira la silla. Se sirve un vaso de agua y camina hacia la ventana. Se oye el rumor agitado del mar. Antes de beber, tira un sorbo de agua al piso para que beban sus amigos difuntos. Una música vecina le llega, es un danzón titulado Almendra. Aida baila con su corazón, es su pareja.

Anuncios