Crítica: Vigencia de Baudelaire por Emir Rodríguez Monegal

Foto: Nadar (1855).

EL MÁS MODERNO

“El centenario de Las Fleurs du Mal –que se ha cumplido estos días- renueva el tradicional planteo de la vigencia de esta poesía ya secular. La modernidad de Baudelaire fue proclamada en 1924 por Paul Valéry en conferencia que se ha hecho célebre (Situation de Baudelaire, recogida luego en Variètè, II, 1929); allí se afirma que es la suya, “la poésie même de la modernitè“: allí se muestra lo que Baudelaire tomó de Edgar Poe (el método, la reunión de un talento poético con una inhabitual lucidez crítica); allí se subraya lo que trasmitió a sus herederos: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, y (aunque la molestia lo mueva al silencio) Paul Valery mismo. Aldous Huxley hacia 1929 confirma desde el otro lado del canal este enfoque y declara, también rotundamente: “Baudelaire is now the most important at French, and indeed of European, poets“. T. S. Eliot en 1930, y como si quisiera matizar un poco las audacias de Huxley, lo analiza en un penetrante ensayo (está en los Selected Essays, 1932). Pero aunque reduce un poco su estatura (no le parece compatible a Dante y Shakespeare, lo llama “a later and more limited Goethe“), no deja de subrayar sin embargo la profundidad de su intento poético, de su busca de los temas eternos y concluye, no menos enfáticamente que Valery o Huxley, que su poesía es “an evangel to his time and ours“.

Lo que estos tres espíritus conductores de la primera mitad del siglo XX declaraban en suma era, pues, la vigencia de Baudelaire. Es decir: su permanencia. Sus palabras venían a confirmar lo que algunos hombres del siglo anterior habían sabido ver a pesar de la crítica estúpida o reticente de muchos contemporáneos ilustres. Porque aunque el oficialismo literario había negado el pan y la sal al poeta de Las Fleur du Mal – Brunetière lo calificaba de “illustre mystificateur“. Emile Faguet de “un bon poète de second ordre“, muchos vieron, fuera del círculo de devotos amigos, lo que valía Baudelaire, la profundidad de su aventura poética.

A los 25 años, Swinburne escribe un artículo laudatorio y delirante; a los 23, Mallarmé lo defiende de la canalla; a los 21, Verlaine suma sus fuerzas a las huestes pequeñas pero agresivas de esos jóvenes secretos capaces de hacerse matar por él (según la frase que un día otro joven secreto diría a Mallarmé). Esta admiración beligerante asustó a Baudelaire que ya se encontraba marcado por la enfermedad, que ya había sentido pasar sobre su frente “el aletazo de la imbecilidad“. En 1866 escribió: “Ces jeunes gens me font une peur de chien: je n’aime rien tant que d’être Seúl.” El pobre ya se había acostumbrado demasiado a la soledad, al silencio, al escarnio.

Pero estos jóvenes –Swinburne, en 1862, Mallarme y Verlaine en 1865- eran las avanzadas de una opinión que iría fortaleciéndose a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX: la opinión que defendería Maurice Barrès (22 años) en 1884, la opinión que a la zaga de éste y contra Faguet fundamentaría André Gide en uno de los artículos más clarividentes de entonces (fue recogido en los Nouveaux Pretextes en 1911), la opinión que Marcel Proust, ya famoso e influyente, estamparía en la Nouvelle Revue Française de junio 1927: “je riend Baudelaire –avec Alfred de Vigny- pour le plus grand poète du XIX siécle” (el artículo está recogido en las Chroniques de 1927). Sólo que los exegetas inmediatos –Valéry, Huxley, Eliot- dejarían caer sin remordimiento a Alfred de Vigny. ¿Tal valoración parece todavía válida en momentos en que el oficialismo de hoy festeja el centenario de Les Fleurs du Mal? ¿Baudelaire está todavía vigentes?

SATANISMO DE LIQUIDACIÓN

Hay mucha cosa en su poesía que ha perecido irremediablemente. Ya el propio Eliot lo había señalado en su artículo: “His prostitutes, mulatotes, torments, cats, corpses form a machinery which has not worn very …” Y el mismo argumento sería reforzado por Thierry Maulnier (en su Introduction a la poésie française, 1939) al referirse despreciativamente a su “satanisme à bon marché“. Es cierto que la opinión de este crítico (arbitrario, si los hay) no podía pesar mucho ya que el móvil secreto de su desvalorización de Baudelaire es la proclamación de la candidatura de Gérard de Nerval como mayor poeta del siglo XIX francés. Tales maniobras preelectorales poco tenían que ver con la crítica literaria. Lo que no impide, en este caso, que Thierry Maulnier tenga razón: el satanismo de Baudelaire es de liquidación.

Como todo el satanismo del siglo XIX. Basta echar una ojeada al divertido aunque monótono estudio de Mario Praz (The Romantic Agony se titula en la edición inglesa, la más completa) para advertir los estragos que una concepción superficial del Mal, del Diablo y del Pecado han podido causar en la larga agonía y crepúsculo del Romanticismo. Baudelaire no está libre de culpa en el uso de una maquinaria que (como la mitología de los neoclásicos) huele a diccionario más que a realidad. Pero lo que en tantos poetas menores es sólo maquinaria, es sólo utilería laboriosamente recogida en las secretas fuentes consagradas (el marqués de Sade, entre otros) en Baudelaire es algo más. Y esto lo señaló asimismo con gran penetración T. S. Eliot: “But actually Baudelaire is concerned, not with demons, black masses, and romantic blasphemy, but with the real problem of good and evil“.

ESTE LIBRO ATROZ

La maquinaria satánica ha pasado. Ya está bien muerta y enterrada. Pero la profundidad con que Baudelaire hunde su mirada en el eterno problema del bien y el mal no ha pasado, ni pasará. Porque Baudelaire no se limitó a versificar armoniosamente los temas de su poesía: empezó viviéndolos, y con una intensidad tal, con una violencia, como pocos poetas han sido capaces de soportar sin destruirse. Baudelaire empezó por vivir las torturas de la carnalidad, por hundirse en el pecado más abyecto, por deleitarse en las más bajas blasfemias, antes de escribir una sola línea.

Baudelaire conoció por experiencia lo que era ese abismo (el gouffre de Pascal) que muchos, antes y después de él, se limitaron a cortejar en páginas ajenas; Baudelaire tuvo intimidad con la angustia que para él adquirió las atroces formas de l’ennui, de ese tedio vital que era capaz de devorar el mundo de un bostezo, de ese tedio al que cantó en el más lujoso, el más desolado de sus poemas del ciclo de Spleen:

J’ai plus de souvenirs que si j’avais mille ans

Las noches de Baudelaire –que para sus coetáneos se reducían al desenfreno carnal- estaban pobladas de los fantasmas de la pesadilla, de la culpa mordiendo la carne y el alma de este desdichado. Era en esas noches que el joven, lúcido e insomne testigo del vicio parisino, recogía experiencias para su serie de retratos de la ciudad. Eran las noches en que Baudelaire yacía, inmovilizada su voluntad por el tedio, esperando con angustia la llegada del día que no traería (su experiencia se lo anticipaba) el alivio ni el sueño. “Je vois de si terribles coses en réve, que je voudrais quelquefois ne plus dormir, si j’etais sûr de n’avoir pas trop de fatigue“, apuntó un día en sus cuadernos íntimos.

OTRA COMEDIA HUMANA

De esta experiencia humana que empieza precozmente para Baudelaire ese día del año 1828 (cuando él apenas tenía siete años) en que su madre, viuda reciente, vuelve a casar con el comandante Aupick. A partir de esa experiencia, que divorcia definitivamente al niño de su madre (a la que se sentía atado por lazos de clarísima sensualidad) Baudelaire no participa sino del mundo de sombra, la oscura faz del mundo. Su temprana experiencia erótica lo marcaría de sífilis y desviaría su gusto hacia las mujeres corrompidas, de la que es paradigma la espléndida mulata que se llamó (entre otros nombres) Jeanne Duval. Baudelaire, ha dicho Sartre, eligió el fracaso. Lo que es otra manera de decir que el fracaso lo eligió a él. El fracaso que le permitiría, es cierto, escribir Les Fleurs du Mal.

Porque Les Fleurs du Mal (su único libro de poemas) se alimentaron de su enfermedad y de sus pesadillas, de las traiciones de Jeanne Duval y también de su intenso perfume erótico, del resplandor intangible de la fácil Madame Sabatier y de los placeres de las lesbianas. Pero se alimentaron sobre todo de las humillaciones y los sufrimientos de un hombre que toda su vida vivió sometido a un administrador de sus bienes, que padeció la más cruel separación de su madre y para quien Dios ofreció siempre la figura del Mal. De un hombre que recorrió personalmente todos los mundos del vicio y cuya piel (esa sensibilidad nueva que Hugo reconoció en carta pomposa) mostraba las marcas del fuego.

De ahí que Les Fleurs du Mal (que Baudelaire compuso como un libro homogéneo, coherente, y no como un álbum de poesías) haya sido considerado por la crítica como una réplica decimonónica de la Divina Comedia. Gonzague de Reynold que sostuvo esta tesis en 1920 (aunque la versión más popular es la que da Thibaudet en suHistoire de la Littérature Française, 1936) ha indicado los puntos de contacto con Dante, ha enumerado los círculos del vicio que el poeta va atravesando desde los poemas del arte (Bénédiction, L’Albatros, etc.) hasta los de la muerte, pasando por el ciclo de la sensualidad femenina, del spleen, de la ciudad, del vino, del vicio, de la rebelión y la blasfemia satánica, hasta concluir en ese largo y majestuoso poema del viaje final.

Pero la Commedia de este Dante del siglo XIX es más una comedia humana (aunque en otro sentido que la de Balzac) que una Divina. Porque el mundo que pinta Baudelaire es el mundo del lado de acá de la muerte, ese mundo que debió llamarseLos Limbos, título anterior del volumen y (de acuerdo con Thibaudet) título más justo. Porque esta existencia terrena le parece a Baudelaire semejante a la de las almas que están en el borde de ultratumba, ni en el Paraíso ni en el Infierno, vagando errantes como a la espera de algo que tal vez nunca ocurra horriblemente condenadas sin culpa. Y esa visión del mundo, profunda y desolada, es la que comunica el poeta por encima y más allá de sus misas negras, de sus mulatas odoríferas, de sus blasfemias previsibles, la visión de un mundo tráfico y pesadillesco, nuestro mundo en fin.

Pro eso Aldous Huxley ha encontrado la mejor fórmula para definir a Baudelaire (a quien apresurados críticos católicos de este siglo han querido canonizar: “Baudelaire was a christian inside out, the photographie imagen in negative of a Father of the Church“. Sus blasfemias, su satanismo, son pruebas de lo hondo que sentía a Dios, sentía su ausencia, anhelaba confundirse con él. Pero este afán hacia Dios, como ese disgusto por la carne (Une charogne refleja la concepción medieval del asco a la carne y su segura podredumbre), ese puritanismo que subyace su libertinaje, no pueden confundirse con la devoción inocente o beata. Por eso pudo decir con acierto y clarividencia Eliot (también el cristiano de excepción: “His business was not to practise Christianity, but, -what was much more important for his time- to assert the necessity“. Sin el cristianismo es imposible entender a Baudelaire, sus angustias, sus terrores, su tedio, sólo se conciben en un alma sobre la que Dios ha puesto su sello.

UNA LECCIÓN DE ARTE

Queda, además su invalorable ejemplo estético. Frente a la poesía desbordante e ingobernable de un Víctor Hugo, Baudelaire levanta la contención y la lucidez del poeta que lleva (como ha apuntado Valéry) un crítico dentro. Es cierto que ese crítico suele ser, generalmente, Edgar Poe a quien Baudelaire plagió sin rubores (había encontrado en el poeta norteamericano sus propias ideas ya adecuadamente articuladas), pero en compensación Baudelaire como poeta es incomparablemente superior a Poe y pudo realizar lo que Poe sólo alcanzó a teorizar.

Les Fleurs du Mal, ese único librito de poesía laboriosamente acrecido a lo largo de los años, publicado con reticencias y lentitudes cuando el poeta tenía ya 36 años (nada de borradores de infancia para él, nada de qué avergonzarse más tarde); Les Fleurs du Mal inauguraron hace cien años un nuevo concepto de la poesía, como ejercicio responsable y lúcido, como entrega absoluta y en profundidad, como disciplina. Pero también inauguraron (para Francia) una nueva dicción, una nueva sensibilidad rítmica, un sentido de la inmovilidad del verso que (como apuntó Gide) es tal vez la mayor novedad de su arte. Y para la poesía de todo el occidente, para la poesía que habrían de escribir en todas parte del mundo poetas que se llamaron Rimbaud o Valéry, Yeats o Eliot, Stefan George o Rilke, Rubén Darío o Herrera y Reissig, D’Annunzio o Antonio Machado, este librito de Les Fleurs du Mal parece necesario, pues, repetir las palabras de alabanzas y adhesión que hace treinta años suscitar su obra en Paul Valéry, en Huxley, en T. S. Eliot. Baudelaire sigue siendo el primero de los modernos, un poeta para hoy (y para siempre)”.

Publicación original: “Vigencia de Baudelaire: para el centenario”, en Marcha, Montevideo, Nº 869, 1957.


Emir Rodríguez Monegal (1921 – 1985): crítico y ensayista uruguayo, colaboró en el semanario MARCHA a partir de 1943 y dirigió su página literaria desde 1944 a 1959. Colaboró en las revistas SUR (Buenos Aires), PLURAL y VUELTA (Ciudad de México), ECO (Bogotá), REVISTA IBEROAMERICANA (Pittsburgh), en EL PAIS y JAQUE (Montevideo), entre otras numerosas publicaciones periódicas. Fue cofundador y redactor responsable de la revista NUMERO, en Montevideo; fundó y dirigió MUNDO NUEVO, en París. Profesor de literatura en el Instituto de Profesores (Montevideo), fue designado profesor de Literatura Iberoamericana en la Universidad de Yale, New Haven.

Autor de incontables ensayos sobre literatura iberoamericana, autor de obras sobre los mayores escritores del continente (Borges, Rodó, Neruda, Bello, Quiroga, Acevedo Díaz, Onetti, de Andrade -Oswald y Mário, y sobre los autores de la narrativa de lengua hispana y portuguesa que transformaron la literatura en las últimas décadas del siglo XX).

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