El riesgo de vagabundear

lectura

Por Julián Alejandro Hernández

Definir los motivos que lo llevan a uno a leer, son diversos. Van desde no querer estar solo, la rebeldía, el dolor, la arrogancia, el desencanto y sobre todo, un profundo deseo de ponerse a prueba, de ser capaz de someter a incertidumbre nuestras vidas, de sentir que se puede dejar la pusilanimidad y ser valiente de una forma elaborada.

En promedio los colombianos leemos 1,9 libros al año, —siempre dejamos algo sin terminar, ni siquiera llegamos a los dos—, si lo comparamos con el índice de lectura de otros países de la región, los nuestros son bochornosos. Pero ahora no quiero hablar de lectura en términos de competencia y extensión, de promedios y estándares, deseo hablar de la lectura de la forma en que algunas personas lo vemos: como un ejercicio vital, capaz de reconciliarnos con el mundo, de darnos fuerza para seguir adelante, en últimas, como un ejercicio espiritual de primer nivel.

No conozco ningún lector empedernido que se encuentre seguro de saber algo con certeza, que se crea capaz de poseer una verdad irrefutable. En una entrevista a Pascal Quignard, el autor de El odio a la música, asegura que leer es una actividad peligrosa, un vagabundeo que nos expone de forma implacable a la posibilidad de perdernos, de no volver a ser los mismos. La idea de la lectura como un vagabundeo me llena de entusiasmo, sobre todo en una época en la que nos vemos forzados a estar ocupados siempre, a ser productivos, a invertir nuestro tiempo y vitalidad a la consecución de una vida “respetable”. En este punto puedo decir que la lectura libera, es un acto de rebelión silenciosa.

Se lee para no estar solo, para encontrar interlocutores mucho más inteligentes, generosos y enigmáticos que los que normalmente tenemos al alcance. Mis primeros recuerdos de la lectura involucran a mis padres, a mis hermanas y mi hermano, —cuando aprendí a leer lo hacía en voz alta para ellos—. El principio de la lectura me conectó con mi familia, me permitió descubrir que hay otras formas de interactuar con las personas que amamos y así hasta el día de hoy, eventualmente leo en voz alta con amigos.

Steven Pinker en su libro Los buenos ángeles que llevamos dentro, demuestra como la lucha contra el analfabetismo, estimular la lectura, el razonamiento lograron disminuir los índices de violencia de muchos países que ahora consideramos avanzados, demuestra que vivimos en una época mucho más pacífica que cualquiera otra antes de la nuestra, leer nos ayuda a tolerar la otredad a comprender que el mundo no se configura a partir de mis pequeños y torpes prejuicios, que ellos son una pequeña parte de una enorme totalidad a la que debemos lograr inscribirnos.

En Colombia con tanta convulsión social, no lograríamos apaciguarnos a punta de lecturas, pero, al menos los debates públicos no estarían cargados de broncas personales, someteríamos a discusión ideas y aceptaríamos con desenfado que alguien demuestre que sus argumentos están por encima de los míos, que no hacen falta las broncas, que a lo mejor no entendemos muy bien la vida y tal vez los libros sean un recurso válido para empezar a comprender mejor en qué consiste la vida, que a lo mejor en ese riego de vagabundear perdamos esos rasgos mafiosos que se enquistaron en nuestra manera de discutir.

Acabo con la conclusión que André Maurois expone al final de su ensayo El arte de leer: “El arte de leer es, en gran parte, el arte de hallar la vida en los libros y comprenderla mejor gracias a ellos”.

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