El imperio del mal gusto

Simon Leys, seudónimo de Pierre Ryckmans (Bruselas 1935 – Canberra 2014).

Por Simon Leys

Una vez —hace muchos años— un incidente minúsculo me proporcionó una revelación profundamente perturbadora. Estaba escribiendo en un café; llevaba allí sentado ya un par de horas, cómodamente instalado con mis papeles y mis libros. Como muchos perezosos, yo disfruto con un poco de bullicio alrededor mientras tengo que trabajar (me da una sensación de actividad), así que no me molestaba en absoluto el ruido de fondo de conversaciones y llamadas. La radio, que había estado toda la mañana atronando en un rincón, tampoco me molestaba: canciones populares, datos del mercado de valores, música funcional, resultados de las carreras de caballos, más canciones populares, una charla sobre la fiebre aftosa de los bovinos, lo que fuese: esa papilla auditiva seguía cayendo como agua tibia de un grifo mal cerrado que nadie escuchaba en realidad.

De pronto, se produjo un milagro. Por una razón que siempre será misteriosa, esa vulgar rutina radiofónica dejó paso sin transición (o si la hubo escapó a mi atención) a la música más sublime: los primeros compases del Quinteto para clarinete de Mozart empezaron a fluir con serena autoridad y llenaron todo el espacio del café, transformándolo al instante en una antesala del paraíso. Pero los otros clientes que habían estado charlando, bebiendo, jugando a las cartas o leyendo periódicos no estaban sordos en realidad, y aquella irrupción mágica de una voz celestial provocó entre ellos un sobresalto general: todos los rostros se giraron, con ceño fruncido de preocupación desconcertada. Sin embargo, en cuestión de segundos y para inmenso alivio de todos, un cliente se levantó resueltamente, caminó derecho hacia la radio, giro el sintonizador y acabó con aquel intermède inquietante, pasando a otra emisora y proporcionándonos al momento ruidos más agradables, que todo el mundo podía cómodamente ignorar de nuevo.

Lo comprendí en ese momento y no lo he olvidado: los verdaderos filisteos no son incapaces de reconocer la belleza; la reconocen demasiado bien; detectan su presencia en cualquier parte, de inmediato y con un olfato tan infalible como el del esteta más sensible, pero en su caso para poder lanzarse mejor sobre ella y destruirla antes de que encuentre un punto de apoyo en su imperio universal de fealdad. La ignorancia no es simplemente ausencia de conocimiento, el oscurantismo no se debe a la escasez de luz, el mal gusto no es una mera carencia de buen gusto, la estupidez no es sólo falta de inteligencia: se trata en todos los casos de fuerzas ferozmente activas, que se afirman con furia en toda ocasión, que no toleran ningún desafío a su dominio omnipresente. En todos los campos de la actividad humana, el talento inspirado es una ofensa insoportable a la mediocridad. Si esto es cierto en el reino de la estética, en el de la ética lo es todavía más. La belleza moral parece exasperar más que la belleza artística a nuestra patética especie. La necesidad de rebajar a nuestro miserable nivel, de desfigurar, de ridiculizar y de desacreditar cualquier esplendor que se eleve por encima de nosotros, probablemente sea el impulso más deplorable de la naturaleza humana.


Tomado de Breviario de saberes inútiles, Simon Leys (2016).

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