El loco: imaginación y lógica

G.K. Chesterton (1874 – 1936).

Por Gilbert Keith Chesterton

En todas partes flota la idea de que la imaginación, y sobre todo la imaginación mística, supone un riesgo para el equilibrio mental. Se dice que los poetas son poco fiables desde el punto de vista psicológico y, por lo general, se tiende a pensar que hay una vaga relación entre coronarse de laureles y acabar revolcándose en la paja. Los hechos y la historia contradicen totalmente dicho punto de vista. Casi todos los grandes poetas han sido no sólo cuerdos, sino extremadamente prosaicos; y si de verdad Shakespeare cuidó caballos alguna vez, fue porque no había hombre más fiable que él. Los poetas no enloquecen, los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos enloquecen, y los cajeros también, pero los artistas creativos sólo en muy raras ocasiones. Que nadie piense, como podría parecer, que estoy atacando a la lógica. Me limito a señalar que el peligro de enloquecer radica en la lógica y no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física. Es más, vale la pena señalar que cuando un poeta ha sido verdaderamente enfermizo casi siempre se debía a que su imaginación tenía un punto de racionalidad. Poe, por ejemplo, era verdaderamente enfermizo; y no porque fuese poético, sino porque era particularmente analítico. Incluso el ajedrez le parecía demasiado poético; le disgustaba porque estaba lleno de castillos y caballeros, como un poema. Prefería las fichas negras del juego de las damas porque se parecían más a los puntos negros de un diagrama. Puede que el argumento más convincente sea que sólo un gran poeta inglés ha enloquecido: Cowper. Y, desde luego, fue por culpa de la lógica, en concreto de la lógica extraña y desagradable de la predestinación. La poesía no era la enfermedad, sino la medicina, y le permitió conservar en parte la cordura. En ocasiones lograba olvidar, entre las anchurosas aguas y los lirios blancos del río Ouse, el rojo y reseco infierno al que le arrastraba su horrible determinismo. Calvino lo maldijo, Gilpin[1] estuvo a punto de salvarlo. En todas partes vemos hombres que no enloquecen porque sueñan. Los críticos están mucho más locos que los poetas. Homero es cuerdo y sereno, son sus críticos los que lo deshacen en absurdos harapos. Shakespeare es quien es, y sólo algunos de sus críticos creen haber descubierto que era otra persona. Y aunque san Juan Evangelista viera muchos monstruos extraños en sus visiones, no vio ninguno tan horrendo como sus comentaristas. La explicación es muy sencilla: la poesía es cuerda porque flota con facilidad en un mar infinito; la razón pretende cruzar el mar infinito para hacerlo finito. El resultado es un agotamiento mental, similar al agotamiento físico del señor Holbein. Aceptarlo todo es un ejercicio, comprenderlo todo, una fuente de tensión. El poeta únicamente aspira a la exaltación y la expansión, tan sólo desea un mundo en el que desahogarse. El poeta sólo pretende rozar el cielo con la frente. En cambio, el lógico quiere meterse el cielo en la cabeza. Y por eso acaba estallándole.

Parece trivial, aunque no carezca de relevancia, que este error tan sorprendente se apoye a menudo en una cita no menos sorprendente. Todo el mundo ha oído citar así el famoso verso de Dryden: «El genio, de la locura íntimo aliado». Pero Dryden nunca dijo que el genio fuese el aliado íntimo de la locura. Él mismo era un genio y sabía de lo que hablaba. Sería difícil encontrar un hombre más romántico que él, o más sensato. Lo que dijo fue: «Los ingeniosos son a menudo de la locura íntimos aliados», y eso sí que es cierto. La pura rapidez del intelecto es lo que nos acerca al colapso. Conviene recordar además a quién se estaba refiriendo Dryden: no a algún místico visionario como Vaughan o George Herbert, sino a los cínicos mundanos, los escépticos, los diplomáticos y los políticos. Tales hombres sí son aliados íntimos de la locura. Su incesante cálculo de lo que piensan ellos y lo que piensan los demás es un ejercicio muy arriesgado. Siempre es peligroso para el intelecto pedirle cuentas al intelecto. Un frívolo preguntará por qué decimos: «loco como un sombrerero»[2]. Otro aún más frívolo podría responder que los sombrereros están locos porque deben tomar las medidas de la cabeza humana.

Y así como los grandes razonadores a menudo están locos, también es cierto que los locos suelen ser grandes razonadores. Cuando me vi implicado en una polémica con el Clarion a propósito de la cuestión del libre albedrío, el señor R. B. Suthers, fino escritor, afirmó que el libre albedrío y la locura eran la misma cosa puesto que en ambos casos se trataba de actos inmotivados, como ocurre siempre con los de los locos. No me entretendré con los desastrosos deslices de la lógica determinista. Es evidente que si un acto, aunque sea el de un loco, puede carecer de causa, el determinismo cae por su propio peso. Si puede romperse la cadena causal en el caso del loco, también puede romperse en el del hombre. Mi intención es señalar algo más práctico. Tal vez sea normal que un socialista marxista moderno lo ignore todo del libre albedrío. Lo que resulta mucho más raro es que un socialista marxista moderno lo ignore todo de los locos. Es evidente que el señor Suthers no sabe una palabra del asunto, pues lo último que puede decirse de ellos es que sus actos carecen de motivos. Los únicos de los que puede decirse que carecen de ellos son los actos cotidianos de los cuerdos: silbar mientras paseamos, golpear la hierba con un palo, entrechocar los talones o frotarse las manos. El hombre feliz hace esas cosas inútiles; el enfermo no tiene tiempo para estar ocioso. Y son precisamente esos actos inmotivados y descuidados los que jamás podrá entender el loco, pues el loco (como el determinista) tiende a ver una causa para todo. El loco vería una conspiración en esas actividades inocentes. Pensaría que golpear la hierba constituye un ataque a la propiedad privada. Que entrechocar los talones es una señal convenida con un cómplice. Si el loco pudiera despreocuparse por un momento, recuperaría la cordura. Todos los que han tenido la desgracia de hablar con personas sumidas en la locura o al borde de ella, saben que su principal característica es la horrible claridad con que ven todos los detalles y relacionan una cosa con otra en un mapa mental más complicado que un laberinto. Si uno discute con un loco, lo más probable es que salga perdiendo; su inteligencia es mucho más rápida porque no tropieza con el obstáculo del buen juicio. No le entorpecen el sentido del humor, la caridad ni las mudas certezas de la experiencia. Es tanto más lógico por haber perdido ciertos afectos de los cuerdos. De hecho, la frase con que por lo común se define la locura induce a cierta confusión. No es que el loco haya perdido la razón, sino que lo ha perdido todo menos la razón.

Las explicaciones que da el loco siempre son completas, y a menudo satisfactorias en un sentido puramente racional. O, por decirlo con más propiedad, las explicaciones del loco, aunque no sean concluyentes, al menos son irrebatibles, y eso se aprecia sobre todo en los dos o tres tipos de locura más comunes. Si alguien dice (por ejemplo) que los demás conspiran contra él, la única forma de contradecirle es afirmar que los demás lo niegan, que es precisamente lo que harían si estuvieran conspirando contra él. Su respuesta explica los hechos tan bien como la tuya. Si alguien asegura ser el verdadero rey de Inglaterra, de nada serviría responderle que las autoridades afirman que está loco, pues, si de verdad lo fuese, eso es justo lo que harían dichas autoridades. Y si dice ser Jesucristo, es inútil responderle que el mundo niega su divinidad, pues el mundo negó la de Cristo.

Sabemos que se equivoca. Pero si intentamos sacarle de su error con términos precisos, comprobaremos que no resulta tan fácil como habíamos pensado. Es posible que la mejor forma de expresarlo sea decir que su imaginación da vueltas en un círculo perfecto pero demasiado estrecho. Un círculo pequeño es tan infinito como uno grande, mas aunque sea igual de infinito no es igual de grande. Del mismo modo, la explicación del loco es tan completa como la del cuerdo, pero no tan amplia de miras. Una bala es redonda como el mundo, pero no es el mundo. Hay una universalidad angosta, igual que hay una eternidad minúscula y constreñida, como puede verse en muchas religiones modernas. Hablando de forma empírica y externa, podemos decir que la marca inconfundible de la locura es esa combinación entre una perfección lógica y una contracción espiritual. Las teorías del loco explican muchas cosas, pero no con la bastante amplitud. Y con eso quiero decir que si tuviésemos que tratar con una mente enferma deberíamos darle aire y no razones, tendríamos que intentar convencerla de que hay algo más limpio y fresco que el ahogo de un simple argumento. Pensemos, por ejemplo, en el primer caso típico que he citado, el del hombre que acusa a todo el mundo de conspirar contra él, y supongamos que supiéramos expresar nuestras quejas y protestas más sinceras contra esa obsesión. Creo que nuestra respuesta tendría que ser algo así: «¡Oh!, admito que no te falta razón, y que muchas cosas encajan con lo que dices. Está claro que tu afirmación explica muchas cosas, ¡pero también deja muchas sin explicar! ¿Acaso crees que en el mundo no hay otras historias que las tuyas y que la gente no tiene otra cosa que hacer que ocuparse de tus asuntos? Supongamos que tengas razón en cuanto a los detalles concretos: es posible que ese peatón finja no verte para poder espiarte mejor, y también que el policía te haya preguntado el nombre para disimular que ya lo sabía. Pero ¡qué feliz serías si pudieras convencerte de que en realidad le traes sin cuidado a toda esa gente! ¡Que anchurosa sería tu vida si pudieras empequeñecer y mirases a los demás con mera curiosidad y placer; si pudieras verlos paseando con su despreocupado egoísmo y su viril indiferencia! Empezarías a interesarte por ellos, porque no estarían interesados en ti. Saldrías de ese minúsculo y sórdido teatrillo en el que se representa siempre tu mismo enredo y te hallarías bajo un cielo más libre, en una calle llena de desconocidos». Ante el segundo caso de locura, el del hombre que reclama la corona, nuestro impulso debería ser responderle: «Muy bien. Tal vez estés convencido de ser el rey de Inglaterra; pero ¿a qué vienen tantos aspavientos? Haz un esfuerzo magnánimo y serás un simple mortal, y podrás mirar con desdén a todos los reyes de la Tierra». Y al tercero, al loco que se cree Cristo, si quisiéramos replicarle con claridad tendríamos que decirle: «De acuerdo: eres el creador y el redentor del mundo, pero ¡qué mundo tan pequeño el tuyo! ¡Qué cielo tan minúsculo, con ángeles tan pequeños como mariposas! ¡Qué triste ser un Dios tan inepto! ¿De verdad crees no hay una vida más plena y un amor más maravilloso que el tuyo y que es cierto que la carne debe tener fe en tu minúscula y penosa compasión? ¡Qué feliz serías y cómo se colmaría tu vida si el martillo de un Dios más poderoso hiciera pedazos tu pequeño cosmos, dispersara las estrellas como lentejuelas y te dejara en terreno despejado donde pudieras mirar hacia arriba o hacia abajo como los demás hombres!».

Vale la pena recordar que la ciencia puramente práctica aborda de este modo la enfermedad mental: no pretende argumentar contra ella, como si fuese una herejía, sino deshacerla, sin más, como si fuese un hechizo. Ni la ciencia moderna ni la religión antigua creen en la absoluta libertad de pensamiento. La teología rechaza ciertas ideas por considerarlas blasfemas, igual que la ciencia rechaza otras por considerarlas morbosas. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas animaban a los hombres a no pensar en el sexo. La nueva sociedad científica los anima a no pensar en la muerte; es un hecho, pero se considera morboso. Y al tratar a aquellos cuya morbosidad tiene un toque de locura, la ciencia moderna se despreocupa tanto por la pura lógica como un derviche danzante. En esos casos no basta con que el hombre infeliz aspire a la verdad, debe aspirar a la salud. Lo único que puede salvarle es un ansia ciega de normalidad parecida a la de los animales. Un hombre no puede concebirse al margen de la enfermedad mental, puesto que es precisamente el órgano del pensamiento lo que ha enfermado y se ha hecho ingobernable y, por así decirlo, independiente. Lo único que puede salvarlo es la voluntad o la fe. A partir del instante en que su razón queda atrapada en el viejo círculo vicioso, dará vueltas y vueltas en su círculo lógico, igual que alguien en un vagón de tercera en la línea circular no parará de dar vueltas hasta que lleve a cabo el acto voluntario, vigoroso y místico de apearse en Gower Street. Todo radica en esa decisión; es una puerta que debe cerrarse para siempre. Toda cura es milagrosa. Curar a un loco no es discutir con un filósofo, sino exorcizar un demonio. Y por mucha discreción que demuestren médicos y psicólogos, su actitud es profundamente intolerante, tanto como la de María la Sanguinaria[3]. En realidad, su actitud se reduce a lo siguiente: que el enfermo deje de pensar para que pueda seguir viviendo. Su consejo es una amputación intelectual. Si tu cabeza te induce al pecado, córtatela; más te vale entrar en el reino de los cielos, no ya como un niño, sino como un imbécil, que acabar en el infierno —o en Hanwell [4]— con el intelecto completo.

Notas:

1 – John Gilpin (1782) es uno de los poemas más conocidos de William Cowper (1731-1800).

2 – La expresión inglesa «loco como un sombrerero» equivale a las españolas «loco como un cencerro», «loco como una cabra», etcétera. Recuérdese el personaje del Sombrerero en Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll.

3 – En el original, Bloody Mary, epíteto con el que se conoce a María Tudor, reina de Inglaterra (1516-1558).

 4 – Hanwell, barrio del oeste de Londres en el que se ubicaba una famosa institución psiquiátrica.


Fragmento tomado de Ortodoxia (1908), ensayo de G.K. Chesterton.

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