El desencanto de Brian Jones (Un cuento de ¡Que viva la música!)

Extraído como un cuento independiente de la novela, este es el monólogo más largo que María del Carmen, personaje de ¡Qué viva la música! (1977), le dedica a su pasión por el rock, en este caso hablando sobre los Rolling Stones y la figura del desaparecido Brian Jones.

brian-jones-photo-harry-goodwin
Brian Jones (1942 – 1969) Foto por Harry Goodwin

Por Andrés Caicedo

Yo salía menos a la Sexta. Leopoldo no hacía otra cosa que presentarme amigos fascinantes. Llegaban de USA y les hacíamos grandes rumbas. Oíamos música las 24 horas, porque uno con la cocaína, no duerme. Acumulé una cultura impresionante. Que no me vengan a decir a mí que Brian Jones murió de irresponsabilidad o flojera; ni siquiera de amor en vano. Las cosas no se dan así como así. Murió fue de desencanto. El fue el que los unió a todos, el que primero leyó música, el que les enseñó, el más fotogénico, el que se le medía a todos los instrumentos raros: cítara, arpa, marimbas, toda clase de cuerdas y de cobres, mellotrón, violoncello, mientras que la lacra de Keith Richard no se concentraba sino en el «chacachaca». Quería cantar él, monito bello. El que no lo dejó fue el Jagger, que siempre fue exhibicionista. Luego vino la imposibilidad de escribir para que un usurpador cantara, y el trabajo fuerte, tanto concierto que es lo que más moneda da, tener en cuenta que el Jagger hizo dos años de economía, y el peor golpe: una noche Keith Richard se encargó de Anita Pallerberg, la pelada de Brian, a la que más quiso, usted la ve, de mirada como burletas, dientes grandes, yo no sé qué le vio de bueno al Richard con su diente cariado, hay mujeres que son muy brutas. Al otro día fueron ambos a la casa de Brian, a anunciarle que Anita se le pisaba. No lo encontraron. Lo buscaron por Londres, luego por todo Londres. Lo vinieron a encontrar en un bosque de las afueras, dándole a la flauta. Anita le dijo: «Brian, era para decirte que me paso a vivir con Keith», y Keith le clavó a él la mirada. Brian se levantó, sonrió, no dijo nada, los abrazó flojito, con ese modo de ser de él, y no tocó más la flauta. Acababa de idear Ruby Tuesday, que no le acreditaron porque él no quiso romper la imagen Jagger-Richard. Se dedicó a la rumba con tremendo éxito, teniendo al lado siempre alguien que velara por él, pero me imagino que ya se estaba debilitando por dentro de pensar en lo infortunado que era. Keith Richard había sido su mejor amigo: arrendaron juntos un apartamento, recién se reunían para tocar y se la pasaban haciendo las mil cagadas: casi electrocutan poniéndole dos enchufes de amplificador en cada oído a un gordo medio cacorrón que vino a buscar a Brian desde su mismo pueblo, porque Brian no era de Londres, y dicen que lo acomplejaba, supersensible que era, sentirse medio provinciano, qué sentirían luego cuando eran la mejor banda de Londres, la mejor banda del mundo, y él encargándose de que nadie incumpliera los ensayos, dándole pinta al grupo, vistiendo a la última moda, elegido dos veces seguidas el «Artista Pop Mejor Vestido». Todo esto fue mucho antes de que fuera el Jagger a decirle que habían decidido hacer una nueva gira por USA, y dicen que él se espantó y se negó de una. No estaba para esas, qué creen, no le gustaba como a ellos USA, eso de no poder ni oír la música por el alboroto de unas culicagadas histéricas. Alegó lo más claro de todo, debilidad, pero no estaba débil, tocaba más que nunca. Richard se encontraba también en esa entrevista. No sé, a lo mejor, seguro. En todo caso es falso lo que se dice de que había grabaciones en las que Brian se quedaba tirado en el suelo mientras él tenía que hacer las dos guitarras. Hombre, es una cosa que se nota, cuando un miembro dobla a otro, hay como un raspón y un vacío, así es, un raspón y un vacío. Y yo siempre a ese grupo lo he oído es tocando y seguido. Jagger le dijo: «¿Entonces qué, podemos tenerlo como una propuesta de que te retiras del grupo?», y él, que ya casi no conversaba y que había llegado a intimidarse ante Jagger, contestó: «Sí, me retiro», y luego, irónico: «busquen un reemplazo». Antes de irse, Richard se portó cortés. «Te llamo dentro de una semana para ver qué has decidido, ¿okey?». «Okey», dijo Brian, y se sentó a pensar. Sabía que no encontrarían un reemplazo. Esperaba que, de encontrarlo, no les sirviera y lo tuvieran que llamar a él, y él así recuperaría algo de su antiguo control sobre el grupo. Porque Jagger había perdido confianza en su genio. Y él sabiéndolo, fue incapaz de plantear otra relación que la súplica y la humillación. Eso era que llegaba a los ensayos, caminaba hasta donde Jagger y sin mirarlo a la cara, todo tembloroso, le preguntaba: «¿Qué debo tocar, Mick?». Y el otro: «Eres un miembro de esta banda, Brian toca lo que te dé la gana». Entonces Brian tocaba algo en su guitarra, y Jagger lo interrumpía: «no, Brian, eso no está bien». «Entonces, ¿qué debo tocar, Mick?». «Lo que te dé la gana». El Brian intentaba de nuevo, pero volvían y lo paraban: «No, eso tampoco está bueno, Brian». Así que el pobre terminaba era todo borracho en un rincón golpeando el suelo fuera de ritmo y ensangrentándose la lengua sobre una armónica, de la imposibilidad de cambiar la situación. No llegó a imaginarse ninguna de las maquinaciones de Jagger, que desde hace una semana se venía en habladitas con el sardino éste, Mick Taylor, que entonces tocaba para John Mayall: citicas en centros no muy in y conversaciones largas y escribir cositas en las servilletas, flechas, signos para los golpes, y siempre quedar de estarse llamando, de estar en contacto, me cago en ellos. Cómo se quedaría Brian al leer la noticia, él, que fue el primero en irle diciendo a todo el mundo que el taylorcito tenía talento. «Hasta hace tu misma chacachaca», le dijo a Keith, y luego lo golpió en el brazo, duro. Así bromeaba. Leyó la noticia y a los cinco días lo encontraron muerto, eso es lo cierto. Allí sí vaya uno a saber. Yo he resuelto que lo mataron, pero ¿quién? Habría tocado estar en el mundillo. Que hubo rumba, que hubo despelote, que Brian se fue alejando de los invitados, y allí lo tiene: muerto en la piscina con la cara inflada y rosada, tal como si hubiera pronunciado la nota que nunca cantaron. Cantaron y tocaron pésimo al otro día, ellos. La idea de Brian les endureció la música, sé que lo que buscan es endurecerla más, porque el Taylor es cejicerrado, pelirrojo, malgeniado y silencioso, y el Jagger desfigura cada vez más su canto y el Charles Watts se come más las uñas y el langaruto de Bill Wyman ya ni repasa las cuerdas: es un sólo bloque de impulso lo que saca de su bajo. Cómo sería la bullaranga a donde la guitarra de Richard, cada vez más incisiva, no la hubieran suavizado vientos: Billy Keis y Jim Price en saxo y trompetas, allí los tiene, banda de ocho, el espiritual Nicky Hopkins en el piano. Verano del 72: el del achicharre.

Yo no salía a la calle por conversar de esto, con amigos de Leopoldo tan de aires extranjeros. O salía sólo por la tardecita, única hora en que se me permitía el necesario contacto con el viento mágico de esta ciudad, y sabía que en mi caminado, en la manera de golpear las rejas, los muritos y acompasar los saludos, iba repitiendo el teclado de Salt of the Earth o She’s a Rainbow o la difícil Loving Cup.


Contenido relacionado: Andrés Caicedo y la música de los Rolling Stones, en Señal Memoria.

Anuncios