Lecturas Perjudiciales

Notas sobre el arte de caer

In Casa de citas, Ensayos on 3 enero, 2017 at 5:47 PM
John Berger (1926 - 2017)

John Berger (1926 – 2017)

Por John Berger

Considera que lo que pasa en el mundo es algo despiadado e inexplicable. Lo da por sentado. Concentra la energía en lo inmediato, en sobrevivir y en encontrar una vía hacia algo un poco mejor. Ha observado que en la vida hay muchas circunstancias y situaciones que ocurren y vuelven a ocurrir y que por lo tanto son, a pesar de su extrañeza, familiares. Desde la temprana infancia le son familiares dichos, bromas, consejos, gajes del oficio, artimañas, que hacen referencia a esos enigmas cotidianos recurrentes de la vida. Por eso los enfrenta con un proverbial reconocimiento de qué es lo que tiene ante sí. Rara vez se desconcierta.

Los siguientes son algunos de los axiomas del reconocimiento proverbial que ha adquirido.

El culo es el centro del cuerpo masculino. Es donde primero se patea al oponente, y sobre lo que con más frecuencia se cae al derribársenos.

Las mujeres son otro ejército. Hay que estar atento sobre todo a sus ojos.

Los poderosos son siempre corpulentos y nerviosos.

Los predicadores sólo aman su propia voz.

Hay tantos discapacitados que las sillas de ruedas podrían necesitar un controlador de tráfico.

Faltan palabras para designar o explicar la diaria cuota de problemas, necesidades insatisfechas y deseo frustrado.

La mayor parte de la gente no tiene tiempo propio, pero no se da cuenta. Perseguidos, prosiguen su vida.

Uno, al igual que ellos, no cuenta en lo más mínimo, hasta que se da un paso al costado y se estira el cuello, momento en que los compañeros se detienen y miran asombrados. Y en el silencio de ese asombro está toda palabra concebible de toda lengua materna. Uno ha creado un hiato de reconocimiento.

Las filas de los hombres y mujeres que nada o casi nada poseen pueden ofrecer un hoyo libre exactamente del tamaño adecuado para que se esconda un hombrecito.

El sistema digestivo suele estar más allá de nuestro control.

Un sombrero no es una protección contra el tiempo; es un indicador de rango.

Cuando se caen los pantalones de un hombre es una humillación; cuando se levantan las faldas de una mujer es una iluminación.

En un mundo despiadado un bastón puede ser un compañero.

Otros axiomas se aplican a ubicación y entornos.

Para entrar a la mayor parte de los edificios hace falta dinero, o indicios de dinero.

Las escaleras son avalanchas.

Las ventanas son para lanzar cosas o para pasar.

Los balcones son puestos desde los cuales bajar o lanzar cosas.

L a naturaleza es un escondite.

Todas las persecuciones son circulares.

Es probable que todo paso que se da sea un error, de modo que hay que darlo con estilo para distraer de la probable mierda.

Algo así formaba parte del proverbial conocimiento de un niño de alrededor de diez años –10, la primera vez que la edad tiene dos dígitos– que daba vueltas por el sur de Londres, en Lambeth, a principios del siglo XX.

Buena parte de esa infancia transcurrió en instituciones públicas, primero un asilo y luego una escuela para niños indigentes. Hannah, su madre, por la que sentía un profundo afecto, no estaba en condiciones de cuidarlo. Durante parte de su vida, estuvo encerrada en un manicomio. Procedía de un ámbito de intérpretes de music hall del sur de Londres.

Las instituciones públicas para los indigentes, tales como los asilos y la escuela para niños abandonados parecían –lo siguen pareciendo– cárceles por la forma en que estaban organizadas y estructuradas. Cárceles para perdedores. Cuando pienso en el niño de diez años y en lo que experimentó, pienso en las pinturas actuales de cierto amigo mío.

Hasta los cuarenta y tantos años, Michel Quanne pasó más de la mitad de su vida en la cárcel condenado por reiterados robos menores. Mientras estaba en la cárcel, empezó a pintar.

Sus temas son historias de cosas que pasan en el mundo exterior libre, tal como las ve y las imagina un prisionero. Una característica llamativa de las pinturas es el anonimato de los lugares representados. Las figuras imaginadas, los protagonistas, son vívidos, expresivos y vitales, pero las esquinas, los imponentes edificios, las salidas y entradas, los horizontes y callejones entre los cuales se encuentran las figuras, son desolados, sin rostro, sin vida, indiferentes. En ningún lado hay rastro alguno de toque maternal.

Vemos los lugares del mundo exterior a través del vidrio transparente pero impenetrable y despiadado de la ventana de una celda de la cárcel.

El niño de diez años crece y se convierte en un adolescente, y luego en un joven. Bajo, muy delgado, de penetrantes ojos azules. Baila y canta. También hace mímica, para lo cual inventa elaborados diálogos entre los rasgos de su rostro, los gestos de sus fastidiosas manos y el aire que lo rodea, que es libre y no pertenece a lugar alguno. Como intérprete, se convierte en un eximio carterista que extrae risas de bolso tras bolso de confusión y desesperación. Dirige películas y las protagoniza. Sus sets son desolados, anónimos, huérfanos.

Estimado lector, ya ha adivinado a quién me refiero, ¿verdad? Charlie Chaplin, el hombrecito, el vagabundo.

Mientras su equipo rodaba La fiebre del oro en 1923, en el estudio se produjo una vehemente discusión sobre la trama. Una mosca los distraía, de modo que Chaplin, furioso, pidió un matamoscas y trató de matarla. Falló. Pasado un momento, la mosca aterrizó en la mesa que había junto a él, a su alcance. Tomó el matamoscas para golpearla, pero de pronto se detuvo y dejó el matamoscas. Cuando los demás preguntaron por qué, los miró y dijo: “No es la misma mosca.” Una década antes, Roscoe Arbuckle, uno de los colaboradores “corpulentos” favoritos de Chaplin, afirmó que su amigo Chaplin era “todo un genio cómico, sin duda el único de nuestra época del que se hablará dentro de un siglo.” El siglo ha pasado, y lo que “Fatty” Arbuckle dijo se ha hecho realidad. En el transcurso de ese siglo el mundo experimentó un profundo cambio económico, político, social. Con la invención de las películas sonoras y el nuevo edificio de Hollywood, también el cine cambió. Pero las primeras películas de Chaplin no han perdido nada de su sorpresa, como tampoco el humor, la mordacidad ni la iluminación. Más aun, su relevancia parece más cercana, más urgente que nunca antes: son un comentario íntimo sobre el siglo XXI en el que vivimos.

¿Cómo es posible? Quiero proponer dos ideas. La primera concierne a la proverbial visión del mundo de Chaplin ya descrita, y la segunda a su genio como clown que, paradójicamente, tanto le debía a las tribulaciones de su infancia.

En la actualidad, la tiranía económica global del capitalismo financiero especulativo, que usa los gobiernos nacionales (y a sus políticos) como capataces de esclavos y a los medios mundiales como distribuidores de drogas, esa tiranía cuyo único objetivo es el lucro y la acumulación incesante, nos impone una visión y un modelo de vida febril, precaria, implacable e inexplicable. Esa visión de la vida está más cerca de la visión proverbial del mundo del niño de diez años de lo que lo estaba la vida en la época en que se filmaron las primeras películas de Chaplin.

En los diarios de esta mañana se informa que Evo Morales, el presidente de Bolivia, que carece de cinismo y es relativamente sincero, ha propuesto una nueva ley que permitirá que los niños empiecen a trabajar a partir de los diez años de edad. Casi un millón de niños bolivianos ya lo hacen para contribuir a que sus familias tengan lo suficiente para comer. La ley les dará algo de protección legal.

Hace unos meses, en el mar que rodea la isla italiana de Lampedusa, cuatrocientos inmigrantes de África y Medio Oriente se ahogaron en una embarcación que ni siquiera merece ese nombre mientras trataban de ingresar a Europa de forma clandestina con la esperanza de encontrar empleos. En todo el planeta, trescientos millones de hombres, mujeres y niños buscan trabajo a los efectos de contar con los medios mínimos para sobrevivir. El vagabundo ya no es un personaje singular.

La magnitud de lo que parece inexplicable crece día a día. La política del sufragio universal se ha vuelto absurda porque el discurso de los políticos nacionales ya no tiene relación alguna con lo que hacen o pueden hacer. Las decisiones fundamentales que determinan el mundo actual están en manos de especuladores financieros y sus agencias, que no tienen nombre ni discurso político. Como pensaba el niño de diez años: “Faltan las palabras para designar o explicar la diaria cuota de problemas, necesidades insatisfechas y deseo frustrado.” El clown sabe que la vida es cruel. El atuendo abigarrado de colores vivos del antiguo bufón ya era un chiste sobre su habitual expresión melancólica. El clown está acostumbrado a la pérdida. La pérdida es su prólogo.

La energía de las excentricidades de Chaplin es repetitiva y gradual. Cada vez que cae, vuelve a ponerse en pie como un hombre nuevo. Un hombre nuevo que es tanto el mismo hombre como un hombre diferente. Tras cada caída, el secreto de su optimismo es su multiplicidad.

La misma multiplicidad le permite abrazar su siguiente esperanza por más que está habituado a que sus esperanzas se hagan trizas una y otra vez. Padece humillación tras humillación con ecuanimidad. Incluso cuando contraataca, lo hace con un dejo de arrepentimiento y con ecuanimidad. Esa ecuanimidad lo hace invulnerable, invulnerable hasta el punto de parecer inmortal. Nosotros, que percibimos esa inmortalidad en nuestro inútil circo de acontecimientos, la reconocemos con la risa.

En el mundo de Chaplin, la risa es el apodo de la inmortalidad.

Hay fotos de Chaplin a los ochenta y tantos años. Un día, mirándolas, la expresión de su rostro me resultó familiar. Pero no sabía por qué. Luego lo recordé. Lo comprobé. Su expresión es como la de Rembrandt en su último autorretrato: Autorretrato como filósofo que ríe o como Demócrito .

“Sólo soy un pequeño cómico”, dice, y “todo lo que pido es hacer reír a la gente”.


Traducción de Joaquín Ibarburu.

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