Lecturas Perjudiciales

Diálogo inacabado entre dos caballos

In Cuentos, Ensayos on 15 diciembre, 2016 at 1:46 PM

bucowski

Por Edgar Cuero Córdoba

El decano de literatura histórica y lenguas nórdicas de la Universidad de Long Beach, ha dado la noticia de haber encontrado en la biblioteca una libreta escrita a mano y desgastada de la autobiografía de Charles Bukowski, la cual se negó a publicar en vida. Solo se conocía de esta autobiografía una parte de ella que se incluyó como prólogo en el libro Selección de poemas 1955 – 1973. El editor jefe de la misma universidad Leopoldo Zeiss la ha presentado de la siguiente manera:

“Tony Murray trabajaba en la biblioteca de la Universidad de Long Beach State acomodando los libros prestados por los alumnos y, en los espacios libres, los leía también. Prefería la poesía. Cuando hablaba de sus autores favoritos el ojo derecho sobre el cual no tenía control perdía su órbita girando locamente en su cuenca. Era un negro alto y fornido de sonrisa permanente, al hablar las palabras se perdían en su boca en un enredo de lengua contra dientes. Una mañana brillante de otoño, Tony se desplazaba por una de las autopistas de los Ángeles en su camioneta Chevrolet roja desajustada al aeropuerto, iba a encontrarse con su amigo y compinche poeta que llegaba de la Habana. Tony percibía en su mente el sabor del ron añejo que debía de viajar en la maleta del escritor. En el estómago del poeta tras una borrachera de tres pisos que jalonaba para los lados, solo venían vapores de cerveza. ¡A la taberna 49! ¡De prisa Tony! ¡De prisa!, le dijo Charles Bukowski, mascó las palabras con furia, con el rostro pálido se agitaba en el asiento al lado de Tony”.

Ahora y con ochenta años de edad y con medio cuerpo paralizado por una trombosis, Tony Murray no dudó en dar a conocer el contenido de una libreta mediana de color café gastado que se le cayó a  Bukowski de uno de los bolsillos traseros del pantalón aquel día que llegó de la Habana y que él no tuvo la delicadeza de devolverla a su dueño. La ha cedido a los herederos de Black Sparrow para que la publiquen por una buena cantidad de dólares. Pero antes y con nostalgia leyó por última vez su  contenido:

No sé si convertir esto que escribo en un cuento, que debía de ser lo más irónico; en una novela, sensata manera de mentirme o en poemas que avivan mi pasión por la bebida, por las mujeres, por el asfalto cubierto de mierda de los gatos que me dictan sus versos en medio de la noche. O en mi autobiografía que es lo verdaderamente risible. Así será, sé que esta (25 de Agosto de 1955) noche saldré vivo de esta altura ciega y pasajera, del torbellino que mueve este cacharro con alas. Las mujeres son mi protección y bendición. Las cervezas bajaran por mi guargüero seco y mis labios chuparan la rica melaza que brota de sus senos, de sus muslos, de sus sexos carnudos. Brindaré por mis amigos borrachos y perdidos, los que lamen gotas de botellas tiradas al basurero. Y por ti Jane, amor de mi vida. Cuando pisé tierra cubana volveré a ser el mismo de siempre. Leeré mis poemas en la inauguración de un hotel cinco estrellas, cuyo dueño es un mafioso de San Pedro, en Los Ángeles, gustador de mis poemas. Y yo, el Bukowski como me dicen ustedes brotaré con dólares estorbándome en los bolsillos y compraré mi combustible embotellado. Bailaré con los brazos levantados perdido en la bulla de mi radiotransmisor. Todo este ritual lo desarrollo cada que vuelo, cada que atravieso las nubes y me maldigo, lloro en silencio y no me arrepiento, soy un genio y los genios salen de las botellas de licor y alegran la vida de los meditabundos secos y desgastados por la vida. Acudo a esta vieja libreta para descargar mi vida, para contar lo que no quiero que ustedes sepan. Estoy suspendido entre la vida y la muerte. Una mujer de cabello rojo me dice llegamos a la Habana ¿Por qué de cabello rojo?

Leí, El amor es un perro del infierno lentamente masticando cada palabra, eructándolas con el sonido de un hipo, bañando cada poema con tragos largos de cerveza. Nat King Cole cantó primero. Cuando terminé mi lectura me gritó desde su mesa ¡OK! Y por último cantó un mulato acompañado de una orquesta. Con un bolero inundó el gran salón y yo aproveché para restregar mi cuerpo en el cuerpo de la mujer del mafioso, una rubia falsa de buena estampa y pensé en Linda una pecosa de 1.70 de estatura que me había abandonado dos meses antes. La relación con el cantante mulato fue rápida, fulminante, condenadamente amigable, sin tapujos, el bolero tenía por título “Y Linda” y yo acaba de leer un poema donde también preguntaba por la Linda que había sido mía. ¿O sería la misma Linda para los dos? Y todo lo cantó en inglés, en esa misma jeringonza hablada a ras de piso, de puñeteros, de atracadores, de malandrines, de prostitutas de wiski barato, de alcohólicos empedernidos, de asesinos de ojos abotagados. El que yo hablo, el inglés con que escribo mis poemas.

Daniel Santos es mi nombre, soy Boricua, de Puerto Rico. Charles Bukowski, sin alma, le contesté. De ahí en adelante nuestra charla fue un paralelismo de referencias y de coincidencias: los dos quisimos suicidarnos y nos faltó un coño de valentía, aunque no lo niego el cantante estuvo a unos centímetros más de alcanzarlo. La bebida es el núcleo de nuestra sangre, es la que sostiene nuestro trabajo, esto último lo negamos en voz alta. Hipócritas somos. Y de mujeres vamos como parejos le digo yo, aunque tú te has casado más veces que yo. He tenido, no lo niego muchas putas que han dejado empapadas de sudor mis almohadas, y también buenas mujeres que merecían un hombre con un corazón enorme, y eso es precisamente lo que nunca he poseído. Quise licuarlo con mi sabia añejada de hombre de alcantarilla, pero el bolerista este me jodió: busqué naufragar, me dijo, en el mar, una noche de luna llena caminando sobre las olas como un Cristo borracho. Una negra, negrita de la que me había enamorado, me engañaba en su propio apartamento, lo descubrí esa noche en que llevaba un ramo de flores y el anillo de compromiso. Me arrepentí. Y salí del mar caminando sobre la espuma de las olas y me senté en la barra de una taberna de pescadores y le compuse un bolero. Quise morir como Alfonsina, no fui capaz. Llevo un año de barra en barra, de trago en trago, de taberna en taberna esperando que mi negra, mi negrita se muera, para acostarme al lado de ella, para cumplir el sueño de Carlomagno de acostarse al lado de la difunta, joven y bella alemana. No dijo nada más y se tomó un trago doble de wiski etiqueta azul mirándome con sus ojos entornados.

Sí, me jodió, me hizo recordar a Jane: yo recuerdo tus huesos en la carne o mejor en el vestido verde oscuro y esos zapatos de taco alto. Oh mi Jane, mi vida, mi ser. Y una lágrima salió de cada ojo, esa fue mi orden a las glándulas lacrimales, dos gotas. Debo castigar a Jane por haberme dejado solo, con toda la putería, con todo mi semen que te mantenía sonrosada, con las interminables bolsas de cerveza, con nuestras peleas memorables de celos, aún cargo el peso del odio que mis padres te ofrecían. Me entiendes amigo bolerista, cuál es tu nombre… Daniel, sé que me entiendes. Y me limpié las dos gotas de llanto bebiéndome un litro de cerveza sin respirar. En esos instantes me sentía derrotado por el cantante. ¿Qué iba a hacer con el recuerdo de Jane? Intentar olvidarla comiendo de tanta carne olorosa a colonia barata que habitan en tétricos callejones oscuros. Así debe de ser, es el mandato de mi vida, es la orden de mis horas oscuras y solitarias donde mi empeño es morir intoxicado, pero qué va, siempre termino vomitando la realidad. Y la necrofilia por Jane retumba en mi pene y lo hace temblar pensando en los orgasmos que me regaló. Te cuento cantante que cada año visito su tumba con dos bolsas repletas de cervezas, diez cajetillas de cigarrillos, dos encendedores por si hay algún fallo y una alfombra vieja, rota llena de huellas de colillas  prendidas. Por dos cervezas el sepulturero me presta la pala y tiro tierra a los lados como si fuera un perro. Quiero ver a Jane. Abrazarla. A los veinte minutos estoy cansado, vuelvo a acomodar la tierra aplanándola con la pala. Las botellas quedan vacías paulatinamente y me acuesto sobre la vieja alfombra y me envuelvo y pienso con ardor en la capa mágica del rey Harald con que se envuelve él y su mujer muerta, para conservarla viva. Y me duermo bajo el sol primaveral que solo existe en los cementerios y sueño con Jane a mi lado y la beso abrazándola con fuerza, acariciando con frenesí su vulva húmeda. El silbo de los pájaros me despiertan y solo mi pene ha respondido al encantador sueño, bebo más cerveza y fumo cigarrillo tras cigarrillo escuchando el silencio que brota del cementerio. Sí porque el silencio tiene su murmullo aunque usted no lo crea cantante. Otro año que mi Jane me deja esperando, otro año en que la cirrosis triunfa. Siempre volveré mi amor con esta alfombra mágica y despertarás para luego dormirnos para siempre mi vida. ¡Oh Jane!

Daniel Santos apresuró otro wiski y yo otra cerveza, ambos expulsábamos humo de cigarrillo por la nariz. Usted es un caballo me dijo el cantante, usted también le contesté. Cuando vuelva por la Habana pregunte por la taberna 1888, esa es de mi propiedad, está y estará siempre a su disposición. El cantante me lo dijo con toda la sinceridad del caso. Acepto y desde ya te invito a Los Ángeles, allá hay una taberna, la 49 no es mía, el trago es delicioso y las mujeres deslumbrantes, sé que el cuchitril donde vivo te gustará. Cuando gustes ahí estaré amigo bolerista. De pronto veo venir a uno de los pilotos del chárter, la borrachera que trae es abrumadora, presiento que a él le da miedo volar como a mí. Me dice con su cara colorada: Mr. Bukowski go home. Repitiendo insistente: go home Mr. Bukowski. Veo a Daniel Santos reír a carcajadas, yo solo puedo decir: de qué se ríe este guevón.

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