La conciencia histórica, a caballito sobre hombros de gigantes

Vidriera de la catedral de Chartres, ciudad natal de Bernardo de Chartres. Puede verse a ambos lados de la vidriera central, ocho personajes, de los cuales cuatro están sobre el suelo (profetas del Antiguo Testamento) y otros cuatro, más pequeños (los evangelistas, hagiógrafos neotestamentarios), se alzan sobre los primeros.
Vidriera de la catedral de Chartres, ciudad natal de Bernardo de Chartres. Puede verse a ambos lados de la vidriera central, ocho personajes, de los cuales cuatro están sobre el suelo (profetas del Antiguo Testamento) y otros cuatro, más pequeños (los evangelistas, hagiógrafos neotestamentarios), se alzan sobre los primeros.

Por María Gelpí

«Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura». Esta cita del siglo XII de Juan de Salisbury, inscrita en su obra Metalogicon1, no es sino una idea que será repetida por pensadores medievales y renacentistas, conocida como la pugna entre los modernos y los antiguos.

Así, Diego de Estella, años más tarde, constatará en relación a la adquisición del conocimiento, que  «Unos pigmeos subidos a los hombros de unos gigantes verán más lejos que los gigantes mismos»2. De manera parecida lo hacía Robert Burton en 1621, en su Anatomía de la melancolía y más tarde el propio Newton3, que catapultaría el dicho medieval hasta nuestros días.

La querella entre los antiguos y los modernos, entendida como una cuestión relativa a su tiempo, es un asunto recurrente a lo largo de la historia, que surge y resurge frente a la idea de progresismo que niega el pasado, considerando que, el avance técnico y científico, no sería posible sin la preexistencia de los clásicos. De esta manera, según el dicho de Bernardo de Chartres, queda reconocida la autoridad de los clásicos que nos permite a nosotros, meros enanos, tener una perspectiva igual o superior a la de aquellos clásicos sobre los que necesariamente nos alzamos. Se crea pues una dialéctica entre continuidad y superioridad que nos hace ver a los clásicos como necesarios, para poder ir más allá.

Pero la arquetípica cuestión se remonta incluso a la antigua Grecia y nos llega de mano de Herodoto, en cuyo libro segundo de su Historia, narra su viaje a Egipto, en donde un sacerdote le increpa sobre su postura acerca del orgullo que los griegos tienen por sus conocimientos en geometría. Sois unos niños, dice el sacerdote, puesto que no tenéis en consideración lo aprendido de vuestros ancestros y de esta forma, no podréis crecer nunca y formar un imperio como el nuestro.

No será hasta la patrística medieval que la teología occidental propondrá esa subida a hombros como imagen genial que proporciona la superación humilde de lo antiguo, reconociendo las deudas con devoción, de donde procede, dicho sea de paso, dicho término.

El concepto en sí, que como vemos no es en absoluto nuevo, obliga a la lectura atenta y receptiva de los clásicos, como ha hecho recientemente Stephen Hawking, en su libro titulado A hombros de gigantes, parafraseando lo dicho por Bernardo de Chartres, recopilando de manera sistemática y analítica, textos de Galileo, Kepler y Copérnico, a modo de tributo, asumiendo con devoción esa perspectiva histórica.

Notas:

  1. Metalogicon III, 4.
  2. DE ESTELLA, Diego. En Eximii verbi divini Concionatoris Ordinis Minorum Regularis Observantiae (1578).
  3. La cita se encuentra en una carta remitida el 15 de febrero de 1676 (calendario juliano) a Robert Hooke, diciendo: «Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes».

BIBLIOGRAFÍA:

–BURY, J. B. La idea del progreso, Alianza, Madrid 2009 (cap. 4).

–MERTON, R. A hombros de gigantes, Península, Madrid, 1990.

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