Lecturas Perjudiciales

Sobre los ingleses – Leandro Fernández de Moratín

In Casa de citas on 24 agosto, 2016 at 10:01 PM

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El pecado mortal de los ingleses, el que cubre toda la nación y hace fastidiosos a sus individuos, es el orgullo; pero tan necio, tan incorregible, que no se les puede tolerar. ¿Se habla de religión? Todas las demás naciones son fatuas, supersticiosas y fanáticas en sus principios y prácticas religiosas. No obstante, sin contar las varias sectas de presbiterianos, independientes, anabaptistas, metodistas, socinianos, hugonotes, calvinistas, quakers, judíos y otras que se componen de ingleses, como fácilmente puede inferirse, y constituyen una gran parte de la nación, llenas de ilusiones y extravagancias, la dominante anglicana, ni carece de intolerables abusos con respecto al orden político; ni en cuanto a la creencia, de supersticiones y prácticas ridículas, ni es menos apta a inspirar todos los furores del fanatismo que la más intolerante y rígida. Esto se ha visto muchas veces, y se repetirá de tiempo en tiempo, a causa de la disposición que ofrece la bestial ignorancia del populacho al interés o al celo fanático de los que le agitan y conducen. ¿Se trata de Gobierno? Ninguno hay mejor que el suyo: su gloriosa constitución es la mejor de las constituciones posibles no obstante de la División, poco filosófica a la verdad, de Nobleza, Clero y Plebe, no obstante el privilegio hereditario de representación en la Cámara concedido a los Nobles porque son nobles, y el que adquiere la alta clerecía en razón de sus dignidades; no obstante la lucha continua y funesta a la felicidad pública, entre las facultades de que goza el soberano y las restricciones con que han querido en vano impedir el abuso de ellas. Las leyes le quieren justo y le hacen dueño de los ejércitos y las escuadras; las leyes le niegan la facultad de disponer de la riqueza material y le dejan arbitrio de las operaciones del gabinete, de hacer alianzas, ajustar tratados, declarar la guerra cuando quiera y conducir a la nación a su ruina si le resiste o al estado de monarquía absoluta si le complace. Las leyes, en fin, han querido que el rey de Inglaterra no sea un déspota; pero le han puesto en las manos los medios de serlo, cuando menos lo parece, ya por la autoridad irresistible que ejerce en la nominación de los más importantes cargos y dignidades, ya por la fuerza militar de mar y tierra que administra, y ya por la facilidad con que puede seducir y corromper a los representantes de la nación. Sin embargo, sería menor el mal si esta gloriosa constitución, tal cual es, se observase rigurosamente, pero no sucede así: todo se ha reducido a formar ranas, el texto de las leyes y su ejecución son tan discordes, que sólo una obstinación ridícula se atreverá a negarlo. Los ministros lo hacen todo, y el célebre espantajo del partido de la oposición (que nunca pasa de la quinta parte del número de votantes en ambas Cámaras) sirve sólo a llenar los papeles públicos de oraciones patrióticas muy bien declamadas y muy inútiles, y de hacer creer a los ignorantes que se sostienen como es debido los intereses de la nación y que si las cosas no van de otro modo consiste en que no pueden ir mejor. Ni ¿cómo un inglés confesaría que la forma de su gobierno puede enmendarse, y que no es el más perfecto que existe sobre la tierra? Esto no lo sufre su vanidad. Los he visto mil veces confundidos a vista de las poderosas razones con que se les pueden probar los defectos de su decantada constitución, o los abusos introducidos en su práctica; pero jamás he visto con que convengan de buena fe en ninguno de los puntos sobre que con tanta razón se les arguye.

Es de inferir que en todas materias serán consecuentes. Su ejército, su marina, son invencibles; Inglaterra es inatacable: si tienen alianza con otro reino, es para protegerle; si le declaran la guerra, es para destruirle: las demás naciones son miserables y pobres y tontas, si se comparan con la suya; sus literatos los primeros del mundo; su Shakespeare el ingenio más divino que ha existido jamás; y por consiguiente, el teatro inglés (a pesar de tantas extravagancias y delirios como en él se sufren), comparable, si no superior, a todos los demás, antiguos y modernos.

¡Pobre del extranjero que antes de llegar a Londres no haya aprendido el ejercicio de las ceremonias y modales ingleses! Si no se peina como ellos, si no toma el té como ellos, si no va vestido como ellos, si no come y bebe como ellos, es hombre perdido: antes de oírle una palabra, se le graduará de extranjero, que es decir, un bestia sin educación. Esta dulce satisfacción de que nada hay bueno sino en Inglaterra les hace mirar todo lo que no es inglés con una caritativa compasión, que aturde; les hace decir tan clásicos disparates acerca de las otras naciones, y atreverse a preguntas tan necias y extravagantes, que no hay extranjero que pueda contener la risa al oírlas.

Este ignorante orgullo, acompañado de las costumbres feroces que aún conservan, les da un aire de rusticidad, que ofende a la vista. Cualquiera que haya asistido a los espectáculos donde se reúne la juventud más decente de Londres, habrá observado en su fisonomía, acciones y movimientos, una grosería insultante, que dista mucho de la dulzura, y urbanidad, que son hijas de la riqueza, el lujo y la buena educación. Todos ellos me parecen otros tantos carniceros o toreros puestos en limpio: tal era el aspecto rústico y amenazador con que se presentaban. ¿De dónde pueden nacer defectos tan notables, sino de la ignorancia, y la ridícula altanería y presunción que nace y vive con ellos? Es inútil advertir que hay excepciones; y ¿en qué cosa no las habrá? En este artículo no he hablado de los sabios ingleses; he hablado sólo de los ingleses.


Tomado del libro Apuntaciones sueltas de Inglaterra de Leandro Fernández de Moratín.

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