Lecturas Perjudiciales

Afrenta y rechazo: la poesía de Aníbal Arias

In Críticas, Reseñas on 21 junio, 2016 at 3:09 PM
Aníbal Arias (Barbacoas, 1948).

Aníbal Arias (Barbacoas, 1948).

Por L. C. Bermeo Gamboa

Los sentimientos que no tengo, no los tengo.
Los sentimientos que no tengo, no diré que los tengo.
Los sentimientos que dices que tienes, no los tienes.
Los sentimientos que quisieras que tuviésemos, ni tú ni yo los tenemos.

Los sentimientos que la gente debería tener, no los tiene.
Si la gente dice que experimenta sentimientos, puedes estar seguro de que no los tiene.

Por eso, si quieres que alguno de nosotros sienta algo,
mejor abandona cualquier idea de sentimientos.

D. H. Lawrence

La poesía de Aníbal Arias (Barbacoas, 1948), constituye el único, aunque fallido, atentado directo contra la tradición poética colombiana. Su breve obra, seis poemarios entre 1977 y 2004, así como poemas dispersos desde 1970 en revistas y antologías, prueban que hubo un disidente alejado de toda impostura pública quien acometió una obra transgresora que socava, desde dentro, los cimientos conservadores y solemnes mantenidos en la historia de nuestra poesía. Por su actitud de conspirador profesional, solitario como dijo Borges: “para que lo supieran sin cómplices”, logró desarrollar una “metafísica del provocador”[1] que articulada con un lenguaje vilipendioso rompió la dicción del verso débil, hostigando la decadencia de su medio literario y la bajeza humana por igual. Su poesía ha tenido eso que Baudelaire llamó la: “gloria en no ser comprendidos”[2], por lo cual se ha mantenido hasta hoy como uno de los poetas más vigentes y, desde luego, menos leídos.

La mejor crítica a su obra, y la más profética, sigue siendo la que en 1976, cuando fue incluido en la antología de Diez poetas colombianos[3], le hiciera Fernando Garavito: “Arias es un innovador, que no le teme a nada. Y cuando se sobrepasa el temor, cuando el temor que agobia a toda la poesía colombiana, la de hoy y la de ayer (y la de mañana) encuentra alguien que no le teme, valga la redundancia, ese alguien, o esa poesía, puede salvarse”. Su profecía fue cierta, porque el crimen de Aníbal Arias falló a la perfección, como le sucedió al policía protagonista de El hombre que fue jueves, este poeta descubrió que su obra era una ruptura necesaria para la renovación de la poesía, que su destrucción permitía abrir espacio para otra tradición, su caos prometía otro orden. Pero, esto no lo hizo Aníbal Arias, ese hombre del pacífico nariñense radicado en Cali y vinculado a una biblioteca universitaria; para comprender su poesía no debemos confundir a ese Aníbal Arias con “ese alguien” de sus poemas: un daimón[4] o demonio creador sin límites, por lo que en este caso la obra hizo al poeta y no al contrario, Arias escribió una obra para concebir un poeta anarquista y forajido “que no le teme a nada”, un poeta cuyo precedente más cercano podría ser Luis Vargas Tejada (1802 – 1829), el conspirador de Bolívar que en su momento, al mejor estilo de Jonathan Swift, hacía estas recomendaciones para lograr la paz:

“Si a Bolívar la letra con que empieza

y aquella con que acaba le quitamos,

oliva de la paz símbolo hallamos.

Esto quiere decir que la cabeza

al tirano y los pies cortar debemos,

si es que una paz durable apetecemos”.

Aún hoy pocos poetas se arriesgarían siquiera a cortarle simbólicamente la inicial del nombre al presidente o alcalde de turno. Junto a Vargas Tejada, José Asunción Silva, Clímaco Soto Borda, Luis Carlos López, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Luis Vidales, serían algunos de los exponentes propios que encontramos de la poesía satírica colombiana, siempre necesitada de un Arquíloco sin pudor para mostrar sus cobardías, un Marcial implacable con las falsas pretensiones, un Catulo rencoroso y ofensivo con sus amantes, un François Villon que amara los vicios y el bajo mundo para cantarlos con esa vulgar autenticidad. Por cada una de estas características, manifiestas en su obra, podemos ubicar dentro de esta genealogía literaria, poco transitada al menos en Colombia, la poesía de Aníbal Arias. Desde 1974, aún sin publicar su primer libro (Datos, 1977), cuando sus poemas aparecen en la Revista ECO dirigida por el crítico Juan Gustavo Cobo Borda, muestra ya los gestos claros de esa personalidad poética, como en la serie titulada Policías, donde deja estas recomendaciones cívicas:

en la cocina

señora ama de casa

tenga veneno

y cuando lleguen hasta ahí

que de pronto llegan

bajo cualquier pretexto

sea amable

ofrézcales

tinto

o un refresco

para que se lleven un trago amargo

***

si de pronto escucha

cuando usted habla por teléfono

un runruneo

no lo dude les han interceptado la llamada

a lo mejor no escuchará

y téngalo bien presente

les están grabando

resuélvase hablar del perro

a lo máximo del último film

y póngales un sonido estridente

que les rompa los oídos

No es nada raro que este poeta desconfíe de la autoridad y no crea en la patria: “dan ganas de irse lejos/ de fugarse/ que nadie venga con el cuentito aquel/ hoy es veinte de julio”. Lo que notamos en estos primeros poemas es el calibre de su verbo, pero aún se contiene, como Luis Carlos López cuando ve pasar al cura en Tarde de verano:

Limpiando mi fusil, me digo:

—¿Qué hago con este fusil?

Este poeta no tardará mucho en disparar contra todos, Dios incluido, desde la humilde condición de un vendedor de frutas, con el infalible poema H. M.[5] de su libro Sucesos aún no registrados (1987), poema traducido al inglés y francés, y donde nos ataca con un ritmo de hexámetros dactílicos similar al de algunos poemas de Catulo, poeta latino, probablemente del que Aníbal Arias obtuvo el prosaísmo agresivo de su tono, una influencia que podemos constatar en estos poemas:

“Taberna lasciva y vosotros, los asiduos de ella, la de la novena columna a partir del templo de los hermanos del píleo, ¿creéis que sois los únicos que tenéis cojones, que sois los únicos a los que está permitido joder a todas las jóvenes y considerar a los demás unos cabrones? ¿Es que, porque estéis sentados en fila cien o doscientos cretinos, creéis que no me voy a atrever a llenaros la boca a los doscientos a la vez? Pues creédmelo, porque, escribiré que sois unos maricas por toda la fachada de la taberna”. (Carmina XXXVII).

***

buscamos en el viejo burdel

y

sus caras nos dicen del trasnocho

y tantas bebas que han tenido que mamarse

oímos por fin

en el viejo burdel

voces que salen del biombo

y

a no ser por el ruido de la radio

una palabra fea

hijueputas

qué miran

(Motivos ajenos a la voluntad, 1979)

Un poeta que no teme a las consecuencias, sobre todo no ha temido nunca al rechazo del lector, y será por este permanente enfrentamiento que en reiteradas ocasiones su poesía no será bien asimilada. Esto debido al efecto tan contundente que produce su poesía en la sensibilidad del lector común, del lector de poesía acostumbrado a un lenguaje consabidamente poético y que tiene una respuesta predecible para todo tipo de poemas: amorosos, sociales, humorísticos, y que, a pesar de ello, no lo han preparado para la poesía de Aníbal Arias:

si es porque se cree

de tal o cual forma

se gana tranquilidad

no se dirá nada

de cómo brinco en tu espalda

y sobre el suelo

te pateo la cara

(Motivo ajenos a la voluntad, 1979).

Lo que tenemos aquí es una amenaza, violencia pura, pero ha sido dicha en un poema, y de esto debe estar consciente el lector, puesto que el primer logro del poeta ha sido hacerle olvidar el poema, con su contundencia bloqueó la interpretación crítica y sólo quedamos ante la reacción humana que rechaza este lenguaje sintiéndonos vulnerados en nuestra integridad —alguien nos amenaza ¿el poeta? y en nuestra civilidad —leer un poema como andar por la calle obliga a asumir normas y modales colectivos que al romperse generan inseguridad—. Asumido el poema como una situación real de posible violencia, no nos permitió reflexionar sobre su fondo poético cuyo tema no es otro que el frágil amor al prójimo, al poeta que no es la persona que lo escribió sino otro configurado según el mismo poema, no le importa qué creen o a qué se dedican sus semejantes, todos son libres siempre que no se metan en asuntos privados de cualquiera, ya que de lo contrario nadie dudaría en defender su propia tranquilidad acabando con la del otro, en tanto haya ese delicado respeto donde “no se dirá nada”, todos seguirán en lo suyo en paz y “se gana tranquilidad”. Así que el segundo logro del poeta es confundir el rechazo del lector con una situación ficticia de violencia latente en los continuos roces de privacidad, nuestro rechazo es un rechazo buscado por el poeta para que expresemos la violencia que provoca el poema cuando nos amenaza.

Afrenta y rechazo son dos ideas fundamentales para comprender la poesía de Aníbal Arias, la mejor prueba de esto se observa en una anécdota de gran significación ocurrida en 1982[6], durante un encuentro de poetas en Popayán[7]. En esta ciudad culta, tradicional y reaccionaria, con gran predilección por la poesía, donde la gente acudía a escuchar de pie los recitales que ofrecía Guillermo Valencia desde su ventana.

Justamente allí, una noche de viernes[8], invitado junto a María Mercedes Carranza y Guillermo Martínez; Aníbal Arias como un conjurado que: “no ignoraba que todas las empresas del hombre son igualmente vanas” tuvo la bravura de fustigar el recinto “disparando palabras de grueso calibre/ torpemente pronunciadas” a un público compuesto por la alta burguesía payanesa, autoridades locales y literatos oficiales que abandonaron el lugar enseguida, prontos a declararlo persona non grata, mandar su inmediata expulsión y escribir el acta inquisitorial que se publicaría en los periódicos, era lo menos que podía esperarse. Pero quienes no siguieron el consenso fueron los estudiantes y algunos poetas jóvenes que permanecieron escuchando su afrenta, y después acogieron al poeta cuando fue echado del hotel, manteniéndolo hasta su regreso a Cali. Días después apareció un auto de fe, publicado en El País de Cali, donde Fernando Solarte Lindo, literato payanés, calificaba así la intervención del poeta Arias: “Si el arte es un producto humano no puede utilizarse para afrentar el sentido de lo delicado y la sensibilidad de unos espectadores, con vómitos de palabrejas y situaciones escatológicas, puestas como una gran cagada en un recinto donde payaneses y artistas de verdad, de otras partes, se habían reunido para rendir tributo a la poesía”. ¿Qué sentido tiene decir esto en 1982 cuando por el siglo XX ya habían pasado Ezra Pound, T. S. Eliot, Gottfried Benn, W. B. Yeats, W. H. Auden, Guillaume Apollinaire, William Carlos Williams? ¿Es aceptable “afrentar el sentido de lo delicado y la sensibilidad” cuando ya Luis Vidales, Salvador Novo, Nicanor Parra, Oliverio Girondo, Carlos Drummond de Andrade, Jaime Jaramillo Escobar han despojado a la poesía de toda seriedad y recato? Habría que recordar la sentencia siempre moderna de Terencio: “Hombre soy; nada humano me es ajeno”, o los primeros versos de La temporada en el infierno de Rimbaud: “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”. Para ayudarnos a comprender que la poesía moderna se define, dicho sea por Gabriel Zaid, como: “Una cerrazón a veces defensiva, a veces hiriente, que surge con el arte moderno. Una ruptura que necesita (significativamente) la conciencia del rompimiento”[9]. Esa conciencia queda confirmada en el rechazo obtenido, que desde luego, es lo que pretendía Aníbal Arias aquella noche y lo que su poesía efectivamente logra.

Esa noche pudo haber terminado de otro modo, como tantas otras cosas en este país, pudo ser la oportunidad de cambiar la tradición, como sí sucedió con otra lectura de 1955 en un bar de Chicago, donde Allen Ginsberg presentó su poema Howl calificado de obsceno y cuyo libro fue decomisado, así como encarcelados sus editores, que finalmente tras un juicio donde se defendió el valor de la poesía moderna, fueron liberados y el libro se puso en circulación con gran éxito, dando nacimiento a una conocida generación literaria.

Pese a todo, ese recital malogrado va a quedar, para la historia negra de la poesía colombiana, como el intento fallido de la poesía moderna por imponer un nuevo rumbo. Y, a cambio, nos queda una poesía marginal, procaz, satírica, mundana, irónica y cruel, que hace un retrato despellejado de la realidad sin dejarle un pelo de romanticismo. Una poesía directa y explosiva, que revela: “el tipo de sinceridad violenta que estaríamos tentados a concedernos, si no fuéramos tan temerosamente decentes”[10].

Notas:

[1] Baudelaire, un poeta en la época del alto capitalismo. Walter Benjamin.

[2] Diarios íntimos. Charles Baudelaire.

[3] Diez poetas colombianos. Selección y nota de Fernando Garavito.

[4] La ansiedad de las influencias. Una teoría de la poesía. Harold Bloom.

[5] Nombre del poema: Hijueputas Malparidos. Leer poemas de Aníbal Arias

[6] Al respecto existe un cuento donde se recrea la anécdota: Homenaje del escritor payanés Jaime Cárdenas en su libro El nuevo rumor de los trigales.

[7] No se tome esta anécdota como una crítica tajante de la ciudad, he tomado el hecho en su valor simbólico, reconociendo la cultura y el amor de Popayán por la poesía, además de ser residencia permanentemente del gran poeta colombiano Giovanni Quessep quien, entre otros pocos, ha sido de los que valoran la poesía de Aníbal Arias, sobre todo su libro Peces brujos (1991).

[8] Marzo 5 de 1982.

[9] La efectividad poética. Gabriel Zaid.

[10] Cómo leer poesía. Terry Eagleton.

***

Leer Poemas de Aníbal Arias en Barbarie Ilustrada

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