En el jardín de Epicteto

Fotografía que envió Pessoa en septiembre de 1929 a Ophelia Queiroz, con la dedicatoria: "Fernando Pessoa en flagrante delito".
Fotografía que envió Pessoa en septiembre de 1929 a Ophelia Queiroz, con la dedicatoria: “Fernando Pessoa en flagrante delito”.

Por Fernando Pessoa*

Lo apacible de ver estos frutos, y la frescura que ofrecen estos árboles frondosos son —dijo el Maestro— otras tantas solicitaciones de la naturaleza para que nos entreguemos a las mejores delicias de un pensamiento sereno. No hay mejor hora para meditar sobre la vida, aunque sea inútil, que ésta en que, sin que el sol esté en el ocaso, la tarde ya ha perdido el calor del día y parece que llega un viento de los campos enfriados. Son muchas las cuestiones que tratamos, y mucho es el tiempo que perdemos en descubrir que nada podemos hacer al respecto. Dejarlas de lado, como quien pasa sin querer ver, sería mucho para el hombre y poco para dios; entregarnos a ellas, como quien se entrega a un señor, sería vender lo que no tenemos. Sosegaos conmigo a la sombra de los árboles verdes, que no albergan más pensamiento que el de secas las hojas cuando llega el otoño, y estirar múltiples dedos yertos al cielo frío del invierno pasajero. Sosegaos conmigo y pensad cuán inútil es el esfuerzo, y extraña la voluntad, y la propia meditación, que no es más útil que el esfuerzo, ni más nuestra que la voluntad. Pensad también que una vida que no quiere nada no puede pensar en el decurso de las cosas, pero una vida que lo quiere todo tampoco puede pesar en el decurso de las cosas, porque no puede obtenerlo todo. Y obtener menos que todo no es digno de las almas que buscan la verdad. Hijos, más vale estar a la sombra de un árbol que conocer la verdad, porque la sombra del árbol es verdadera mientras dura, y el conocimiento de la verdad es falso en el conocimiento mismo. Más vale, para un entendimiento justo, el verdor de las hojas que un gran pensamiento, porque el verdor de las hojas puedes enseñarlo a los demás, y nunca podrás enseñar a los demás un gran pensamiento. Nacemos sin saber hablar, y morimos sin haber llegado a saber decir. Nuestra vida pasa entre el silencio de quien calla, y el silencio de aquél que no ha sido entendido y, en torno a esto, como una abeja que revolotea en un lugar sin flores, ancla, incógnito, un destino inútil.

*Escrito con el heterónimo de Álvaro Coelho de Athayde, 20° Barón de Teive.

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Tomado de La educación del estoico (1999) de Fernando Pessoa.

Sobre el heterónimo Barón de Teive:

La educación del estoico, donde el Barón de Teive se propuso «decir con sencillez por qué razones» no escribió las obras literarias que quería, es una de las muchas obras, dentro de la obra general de Pessoa, que no sólo quedaron inconclusas, sino que no llegaron a organizarse siquiera. Pessoa no publicó ningún fragmento atribuido o atribuible a Teive y solamente lo menciona en uno de sus numerosos escritos autointerpretativos (que se cita en el epílogo). Pese a las pocas referencias al barón, Pessoa escribió mucho y con empeño en nombre de este hidalgo, que debía ser uno de los heterónimos «de próxima aparición» que el autor menciona en una carta a João Gaspar Simões con fecha 28 de julio de 1932. Fue Maria Aliete Galhoz quien dio a conocer al barón al incluir algunos extractos firmados por él en el prólogo de la edición que dirigió de la Obra Poética de Pessoa (Río de Janeiro, 1960). Teresa Rita Lopes sacó a la luz otros inéditos en su libro Pessoa por Conhecer (Lisboa, 1990). Ahora se presenta la primera edición completa de la obra atribuida a Teive que, además de añadir un buen número de fragmentos aislados —manuscritos y mecanografiados—, recoge los numerosos textos de Teive incluidos en un pequeño cuaderno negro que jamás llegaron a transcribirse. Son difíciles de leer y de ordenar, ya que consisten sobre todo en anotaciones y esbozos destinados a un desarrollo posterior. En efecto, el autor desarrolló algunos de éstos en fragmentos mecanografiados, pero la mayoría quedó como la obra restante de Teive —«ideas bruscas, admirables (…) pero desunidas, que se habrán de coser luego»— que, según cuenta el autor, echó al fuego de la chimenea. (Apéndice de La educación del estoico).

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Contenido relacionado: Documental Fernando Pessoa – Grandes Postugueses.

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