Esperanza sin optimismo – Terry Eagleton

Terry Eagleton (Inglaterra, 1943)
Terry Eagleton (Inglaterra, 1943)

Por Terry Eagleton

En una entrevista por televisión la cantante Sinead O’Connor señaló una vez que la resurrección le parecía mucho más alegre que la crucifixión, como si estuviéramos eligiendo el color de un pañuelo y pudiéramos decantarnos por una u otra opción dependiendo de nuestro temperamento. Esto es la quintaesencia del optimismo. O’Connor perdía de vista el hecho de que la resurrección es esperanzadora precisamente porque lo que redime es la agonía y la desolación de la cruz.

Se ha afirmado que el acontecimiento más sangriento en la historia de la humanidad fue la revuelta y la guerra civil de An Lushan en la China del siglo VIII, que según algunos cálculos se saldó con la impresionante cifra de 429 millones de muertos. Se cree que esa catástrofe es responsable de la pérdida de dos tercios de la población del Imperio chino, lo que representaba un sexto de la población mundial en aquel tiempo. Las conquistas de los mongoles en el siglo XIII, con quizá 278 millones de muertos, no están muy a la zaga. Tamerlán pudo ser causante de cinco veces más muertes que Stalin, mientras que la guerra de los Treinta Años duplicó el número de bajas de la Primera Guerra Mundial. La Segunda Guerra Mundial acabó con unos 55 millones de muertos e incluso la Guerra Civil inglesa pudo haber provocado la muerte de un millón de personas. El exterminio de los indios americanos superó las matanzas de Mao Zedong en una proporción de más de 2 a 1. Durante el siglo XX hubo más de cuarenta millones de bajas en combate.

Muchos de nuestros antepasados eran verdaderamente crueles, como también lo son algunos de nuestros contemporáneos. La Biblia describe un mundo de violaciones, pillaje, tortura, esclavitud y matanzas indiscriminadas. Los antiguos romanos ataban a mujeres desnudas a estacas para ser violadas o devoradas por animales; a san Jorge lo sentaron a horcajadas sobre una hoja afilada con pesos en las piernas, lo tumbaron sobre una hoguera, le perforaron los pies, le aplastaron en una rueda con pinchos, le clavaron sesenta clavos en la cabeza y por último le cortaron por la mitad. Para colmo de sus desgracias, más tarde sería nombrado patrón del movimiento de los Boy Scouts. Un atrocitólogo calcula que el número de muertes provocadas por las Cruzadas, en proporción con la población mundial de la época, es comparable al Holocausto. En el pasado, en distintos momentos, a uno le podían dar muerte por chismorrear, robar repollos, buscar leña el sábado, discutir con sus padres o hacer comentarios críticos sobre los jardines reales. Hasta hace muy poco tiempo, la tortura no era algo esporádico y clandestino, rechazada universalmente, sino una práctica sistemática y pública, que incluso fue encomiada por desarrollar el ingenio tecnológico.

Esto no inspira esperanza precisamente. De hecho, si el terrible clamor de esta carnicería fuera atribuible simplemente a la naturaleza humana, no sería fácil discernir alguna perspectiva de que nuestra condición fuera a mejorar. Es indudable que todo esto no es ajeno a la naturaleza humana. Si los seres humanos son capaces de comportarse de esta forma, es evidente que actúan de acuerdo con su naturaleza. Esta es la mala noticia. La buena noticia es que esa naturaleza no es espontánea. Está moldeada por las circunstancias históricas, que hasta ahora ha jugado sobre todo en contra nuestra. A lo largo de la historia humana la política ha sido violenta y corrupta en la mayoría de los casos. La virtud, cuando se ha cultivado, ha sido algo privado o minoritario. En La cura en Troya el poeta Seamus Heaney habla de esos momentos casi milagrosos en que la esperanza y la historia riman, pero lo más frecuente es que la relación entre las dos haya sido la del verso suelto. En parte esto es así porque hombres y mujeres se han visto obligados a vivir en sistemas sociales que generan escasez, violencia y antagonismo mutuo. Es esto a lo que se refiere Marx cuando dice que la historia oprime como una pesadilla la mente de los vivos. Y en nuestra mente siempre hay mucho más pasado que presente. Como en una tragedia de Ibsen, el pasado siempre puede hacer sentir su peso en un momento de crisis para dar al traste con la perspectiva de un futuro emancipado.

En esas condiciones, es improbable que las personas vayan a mostrar su mejor semblante moral. Sus inclinaciones menos admirables tienden a exacerbarse. Esto no significa que si fueran libres de tales presiones se comportarían como querubines. Sin duda, seguiría habiendo una cuota de matones, sádicos y entusiastas torturadores aficionados en la ciudadanía. El hecho de que buena parte de nuestro comportamiento más vergonzoso esté generado por los regímenes bajo los que vivimos no nos saca del atolladero moral. Después de todo, fuimos nosotros los que construimos esos regímenes. Aun así, significa que quienes son decentes y compasivos deben practicar esas virtudes contra las probabilidades históricas. En este sentido, el experimento moral está amañado. Por eso, lo mismo que con la doctrina del pecado original, nuestros desmanes y nuestra beligerancia no son de nuestra responsabilidad exclusiva. Que nuestros males son en buena medida sistémicos tal vez provoque desaliento, pues los sistemas pueden ser extremadamente difíciles de transformar. Pero también es un motivo de esperanza. No sabemos cuánto mejoraría nuestra talla moral si cambiaran esas instituciones. Quizá no mucho. Pero nos debemos a nosotros mismos el descubrirlo. Quienes hablan de la oscuridad del corazón humano puede que no estén equivocados, pero se han precipitado. Así que esta es la buena noticia; la mala es que no hay razón para suponer que los males creados por el hombre son en principio más remediables que los naturales. Probablemente encontraremos una cura para el cáncer, pero no para el crimen.

La esperanza trágica es esperanza in extremis. El concepto de progreso, insiste Benjamin, debe fundarse en la idea de catástrofe. El optimista no puede desesperar, pero tampoco conocerá la verdadera esperanza, pues niega las condiciones que la hacen esencial. Pensando en el desarrollo de los niños pequeños, Erik Erikson describe la esperanza como «la convicción sólida de que es posible alcanzar los deseos fervientes, a pesar de las oscuras pulsiones y ansias que marcan el comienzo de la existencia».[201] Sólo confiando en el amor de quienes le cuidan puede evitar el niño que se apoderen de él esas fuerzas malignas. Al final del Doktor Faustus de Thomas Mann, quizá la más extraordinaria de todas las representaciones literarias del mal, el narrador habla de lo que considera «el lamento más terrible compuesto nunca en esta tierra». Es la cantata sinfónica Lamento del doktor Faustus, la última composición musical del condenado Adrian Leverkühn antes de su pacto con el diablo, que le arrastra al infierno. Es una obra de tristeza profunda, «un sombrío poema sinfónico que llega hasta el final sin dejar lugar a nada que signifique consuelo, reconciliación, transfiguración». Sin embargo, ¿no sería concebible —pregunta el narrador— «que en lo más irremediable germinara la esperanza?». Y continúa:

No sería esto sino la esperanza más allá de la desesperación, la trascendencia del desconsuelo; no la negación de la esperanza, sino el milagro que produce la fe. Escuchad el final, escuchadlo conmigo: uno tras otro se retiran los grupos instrumentales hasta que sólo queda, y así se desvanece la obra en el aire, el sobreagudo de un violoncelo, la última palabra, la última resonancia flotante, apagándose lentamente en una fermata pianissimo. Después, nada más: silencio y noche. Pero esa nota ya muerta que vibra en el silencio, sólo perceptible para el espíritu, y que era la voz de la tristeza, dejó de serlo. Su significado ha cambiado; permanece como una luz en la noche.

No es que la cantata termine con una nota tímidamente esperanzada. Por el contrario, como todas las piezas musicales, acaba en la nada: el silencio. Pero este silencio concreto es particularmente palpable y transforma retroactivamente la nota final de pesadumbre en afirmación, permitiéndola renovarse en el mismo acto de desaparecer. La muerte de la música genera un epílogo fantasmal. Es como si la cantata terminara dos veces: una en la realidad, cuando se desvanece la última nota, y, más tarde, otra en la mente, el mero espectro de un sonido, como algo que surge misteriosamente de la nada. La última nota se experimenta dos veces, la primera, viva y la segunda, muerta, pero es en la muerte cuando más viva parece. Cuando la nota vive literalmente, suena, como el propio Fausto, llena de pesadumbre ante su inminente final; pero una vez ha penetrado en ese vacío, se repite de forma distinta y vuelve a sonar con un significado transfigurado. Hay esperanza, además de tristeza, en el hecho de que las cosas se extingan. Acaso también quepa esperar que alguna fuente insondable de compasión extienda su favor incluso al demoníaco héroe de la novela, que, como la nota final de su cantata, está atrapado entre la vida y la muerte, pero cuyo genio, movido por la muerte, después de todo ha engendrado un arte al servicio de los vivos.

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Extracto final del libro Esperanza sin optimismo (2015) de Terry Eagleton.

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