Cosmopolitismo Imaginario

Congreso de Freaks (1924).
Congreso de Freaks (1924).

Por María Gelpí

En el documento La conectividad es un derecho humano, el fundador de la red internacional de bloggers Gloval Voices, Ethan Zuckerman afirma que internet amplía la visión del mundo, por lo que supone el nuevo cosmopolitismo, en la medida en que todos participamos. Teniendo en cuenta que Gloval Voices surgió de la Facultad de Derecho de Harvard, no podemos tomar a broma esta contundente afirmación: sin salir de casa, nos podemos sentir auténticos ciudadanos del mundo. La tesis afirmada por Zuckerman, a pesar de no ser ninguna bagatela que no conviene pasar por alto, no dejaría de ser una anécdota si no fuera porque este renovador de ontotipologías, declaró en su canal de Youtube, en clave de solucionismo político global, que la animosidad de Oriente Medio se debe a la falta de conectividad, dado que, cuando todos participen de internet, “cuando toda la gente tenga una cuenta en Facebook, se producirá por fin, el dominio global de la empatía, por lo que no habrá más malentendidos ni más guerras”.

No deja de ser una singular ironía, si no, una maldad abyecta, otorgar a un lugar virtual como Facebook, el privilegio tópico-utópico de propiciar la paz mundial, cuando es ésta la red social donde se experimentan los malentendidos, confusiones y conflictos más banales. Pero hay que admitir al mismo tiempo, que las redes sociales son un insólito motor de serendipia, a través de los cuales se producen hallazgos más o menos afortunados, reavivando el contacto con personas que habías dejado de ver desde la primaria —quizás había algún motivo justificado para que eso pasara— o gente con la que, los motores de búsqueda Google, consideran que tienes afinidades sustanciales e ineludibles, sin las que no puedes dejar de mantener un contacto activo, desde que conoces su existencia, para afirmar tu identidad.

El problema de esta comprensión tan cerrada sobre la apertura a la humanidad está en la búsqueda de la vida auténtica, buscada sólo como experiencia participativa en clave de ludicidad. La ludicidad amenaza con invadir todo, haciendo que nada valga la pena si no está ludicitado: las empresas, las escuelas, los comercios, incluso la política, especialmente en campaña electoral. El miedo del individuo a la invisibilidad, nos hace adoptar incluso un aspecto lúdico, siempre fuera de la normalidad, lo que no es nunca una afirmación de la diferencia y de la propia subjetividad, sino una exhibición en clave empática de las anormalidades, en el sentido más kitsch. El catálogo de frikis que pasean habitualmente por los platós de televisión no son otra cosa que La parada de los monstruos, que no deja de ser un retorno a las Wunderkammer o cámaras de las maravillas del renacimiento, en las que se exhibían y aglutinaban todo tipo de fetiches insólitos, extrañas criaturas en formol, objetos exóticos, cuernos de unicornio e individuos igualmente taxidermizados. Este aglutinamiento caótico, al que el espíritu ilustrado vendría a poner orden con la llegada del cientifismo, no deja de ser, al igual que ahora, una catalogación que busca pulir las aristas de las peculiaridades, para imbuir al individuo en una supuesta igualdad cosmopolita, o lo que Freud denominaría sentimiento oceánico.

María Gelpí (Barcelona, 1976): escritora española con estudios en Derecho y Teología.

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