Lecturas Perjudiciales

Bitácora del lector: Reunión y otros relatos de Julio Cortázar (VIII)

In Lecturas en progreso on 22 abril, 2016 at 3:42 PM

reunion y otros relatos libro

Por Edgar Cuero Córdoba

Abril 3 de 2016

Día ocho (Final): Texto en una libreta

Después de la primera lectura me veo en la necesidad de hacer una segunda. De atrás para adelante o del final hacia el principio. Recular en este cuento es necesario. No concuerdo con el final en el café. Es más, el principio del relato debe iniciar con la atmósfera peculiar de estos sitios: golpes de tacos empujando bolas de billar, risotadas emergiendo de los murmullos, olores etílicos: coñac, ginebra, aguardiente, los humeantes pocillos con café caliente, el infaltable humo de cigarros. Y el narrador escribiendo con urgencia, evitando que la memoria le falle, buscando con su mirada turbia detener a algún intruso inoportuno. Escribe en hojas sueltas sobre una mesa redonda de cerámicas azules, necesita entregar un informe. Sorbe café, sus lentes se empañan fugazmente. Un vaso con ginebra está al lado izquierdo de su mano. Escribe lo que yo ya he leído: “Pero el canario ¿Vos lo cuidás, verdad? ¿Vos le das el alpiste todas las mañanas, y el pedacito de vainilla?”. El narrador se toma la ginebra de un solo trago. No puede ocultar su encrucijada.

No puede dilucidar que unos seres pálidos y misteriosos, a los que él ya considera intrusos se mezclen con los clientes cotidianos del tren subterráneo. El narrador, el protagonista se entrama en un recorrido de pasajes ocultos, de puertas viejas y oxidadas cerradas con candados que solo se abren a personas muy especiales, cuya mayor cualidad es ser pálidos de rostro. (Lo piensa y lo escribe). Se suma a la velocidad de los trenes dedicado a atisbar por la ventanilla sin encontrar los terroríficos seres pálidos.

Leo el meollo especulativo que se formó por una simple cuenta de cuatro pasajeros que suman al entrar en el tren, pero que restan al salir, su presencia no aparece en los tabulados de cantidad. Es decir, nunca emergieron en ninguna estación. ¿Qué se hicieron estos cuatro pasajeros allá abajo? La burocracia inactiva ve la oportunidad de hacer presencia: el inspector-jefe Montesano da la orden de drenar todo pozo y buscar en cada recoveco visible donde viven los mendigos. No aparecieron. La especulación ha invadido la mente del narrador que es un subordinado. La cantidad de seres pálidos ha crecido en su imaginación viven debajo de la superficie, los hay en los túneles y en las bocacalles donde se cruzan los trenes. ¿Me crees? Me pregunta inquieto. Le digo sí con la cabeza. Aprovecho la ocasión para opinar: también es de humanos el que sean pálidos, tienen alguna enfermedad o simplemente pernoctan acá debajo y claro, no les da el sol. Se necesita una cuota mayor de misterio para sostener el ombligo del relato, le comento al narrador, explotar con ahínco la palidez de esos rostros. Por ejemplo anexar que el alimento con carne de perro que consumen no satisface su alimentación y deciden probar con la carne de cuatro pasajeros. La expresión del narrador es dura, su rostro cambia de colores y llega a ser pálida también; eso no, no queremos ampliar la angustia. Deseamos que todo siga suave como si nada. Su rostro sigue atormentado cuando deja de mirarme. Una melodía se inmiscuye en los ruidos del local, miro hacia los grandes ventanales buscándola; los pocos árboles que observo mueven con alegría sus ramajes y hojas, caigo en cuenta que es primavera. Por la boca del tren subterráneo que también diviso, emergen y se zambullen manotadas de gente con prisa cotidiana. Le hecho una mirada de reojo al narrador, sigue embadurnando de letras su informe. La presencia de la música es monumental: “La consagración de la primavera” de Igor Stravinsky ambienta el lugar con sus primeros tonos musicales. Sueño despierto con esta atmósfera.

El narrador insiste: la gente pálida lo tiene ubicado, ya lo conocen. Saben quién es. Le digo que me los muestre, los señale. Me cuenta de los maquinistas, de los choferes de los trenes, los ayudantes. De los que timbran los tiquetes. De las personas que realizan el aseo, los que barren los andenes. Los vendedores en los quioscos. De los que se pasan de un tren a otro sin salir a la superficie. Me habla del negocio de los que piden monedas en los rincones. Se seca el sudor del rostro con un pañuelo amarillo. ¿Entendés? Te entiendo desde hace rato le contesto. Y remata: si insisto con los pálidos es por el bien del cuento, lo quiero lleno de presencia y cautivador, con una expectativa de terror pálida como ellos.

Narrador no te fatigues, olvídate del autor y retomemos a la suicida pálida. Esto se lo digo con precaución mirándolo de frente. Noté que apaciguaba su ser, las hojas de papel en sus manos adquirían la serenidad de alguien que escribe una carta de amor. Esta pequeña tranquilidad me dio ánimos para seguir. La mujer desaparece al tirarse al tren, pero la escena, que es memorable sigue vigente; es esencial que permanezca, que sirva de columna, de soporte para que el relato no se derrumbe. Es necesario que sostenga el tiempo del escrito, su contenido, su drama, su textura y que más que ella para hacerlo. Eso del suicidio es muy humano. Me quede mirándolo firme. El narrador simplemente bajo la cabeza y siguió con su trabajo ahora escribiendo en voz alta: se lo escuché a ella en la cabina telefónica, antes de descolgar la bocina lloró, y después lo de la vainilla y el alpiste ¿Me crees? Te creo le conteste. Después se suicidó. Antes de eso hizo un viaje corto, seguro pensaba renunciar o embolatar las ganas de morirse; yo la seguí, era extremadamente pálida. Se arrojó al tren. Yo la conocí por los zapatos rojos y la cartera de color tenue.

¿Quieres escuchar y leer nuevamente lo que dijo por teléfono? Las veces que sea necesario le conteste; es lo más sublime que le he escuchado a una suicida, aun siendo pálida era muy nuestra. Si es cierto, me contestó el narrador con los ojos fijos en el papel: “Pero el canario, ¿voz lo cuidás, verdad? ¿Voz le das el alpiste todas las mañanas, y el pedacito de vainilla?”. El narrador al cabo de observarme  me comenta: si a Anna Karerina no la salvo el amor, seguramente tampoco lo hubiera hecho un canario.

El narrador acomoda las hojas escritas en la carpeta, se seca nuevamente el rostro con el pañuelo; abandona la mesa sin despedirse. Lo veo parado en la boca del subte, cabila en bajar o no, la gente lo empuja y desaparece. Mientras tanto Igor con su música me brinda la opción de soñar con la oportuna muerte.

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