Motivos para ser perro – Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

 

Por Gabriel García Márquez

Si un día cualquiera me fastidiara de este diario martillear sobre la paciencia del público, y se me concediera el derecho de ser algo completamente distinto, y no tuviera limitaciones humanas —ni siquiera limitaciones naturales— el ejercicio de ese derecho, me dedicaría a ser ese perro gordo, rebosante de salud, que merodea por el sector comercial de la ciudad y tiene su cómodo y habitual dormitorio en el café Japi. Nadie que tenga en su puesto los cinco sentidos se ha podido privar de un espectáculo tan envidiable, tan exquisito, como es el que ofrece ese animal tranquilo, parsimonioso, que ha hecho de la suya una vida perfecta, alejada de todo mundanal ruido, como sin duda no han logrado hacerla los innumerables y calumniados perros que en el mundo han sido. Quizá ninguna agrupación zoológica se parece tanto a la del hombre como la de los caninos domésticos. Quizá, por otra parte, sea esa la razón que entraba a hombres y perros en una amistad proverbial, en un mutuo ejercicio de colaboración diaria. Y hasta es posible que fuera el perro quien domesticara al hombre, y no lo contrario, como se cree generalmente. Así encontramos perros vagabundos —como hombres vagabundos— que se acuestan a dormir en cualquier parte, sin preocuparse de que al día siguiente les caiga o no en la boca, como llovido del cielo, el hueso nuestro de cada día. Hay perros laboriosos, cumplidores de su deber, que ejecutan el trabajo cotidiano con una consagración de obreros responsables y asisten todas las noches al sindicato, donde resuelven, si las cosas están muy apretadas, organizar una manifestación callejera con elocuentes ladridos de reivindicación y públicas amenazas de morder al amo. Hay perros poetas, idealistas y románticos, perros que se dejan crecer el pelo y se pasan la noche en claro, ladrándole líricamente a la luna. Perros anarquistas que se rebelan hasta contra la bondad del agua, y salen a las calles protestando contra las instituciones vigentes, contra la organización universal, lanzando terribles aullidos de inconformidad y dejando un mordisco de muerte en cada pierna. Perros políticos hay —y en igual proporción a la de los hombres— con admirables capacidades oratorias que casi siempre ponen al servicio de una fórmula demagógica, con el objeto de convencer a sus semejantes, a ladrido herido, de que tienen derecho a vivir cómodamente durante trescientos sesenta días, porque ladraron de plaza en plaza durante cinco. Perros abogados que se pasan la vida esperando a que haya una pelea, para interponerse entre los perros litigantes y dar, al fin y al cabo, el mejor mordisco. Perros proletarios de una fecundidad admirable. Perros aristócratas con collares de oro, descendientes en línea directa de Argos, el perro homérico que dio su último movimiento de cola cuando Ulises regresó a casa de Penélope, o del que mordió al patriarca Noé cuando trató de introducirlo al arca por la fuerza. Perros charlatanes, perros farsantes, perros policías. Perros exquisitos, refinados, que sólo apoyan la pata apremiante en árboles aromáticos; y perros modernos, civilizados, que sólo la apoyan en los metálicos postes del alumbrado eléctrico. Y finalmente, no sólo hay perros carnívoros, sino también —según autorizada afirmación del pintor Orlando Rivera— perros vegetarianos en Campeche, que se alimentan única y exclusivamente de maíz pilado.

Pero de todos ellos, quizá el único perro filósofo es el que duerme todo el día, a pata suelta, en el umbral del café Japi, como durmió el otro su mediocridad versificada «en el umbral de la polvosa puerta». Posiblemente este perro ideal ni siquiera tiene el vulgar distintivo de un nombre. No tiene —como los otros hombres— preocupaciones cotidianas, porque sabe que al despertar todo el sector comercial está en la obligación de alimentarlo. No muerde a nadie, no ladra a nadie, porque el mundo es demasiado imperfecto para que un perro se interese por sus fenómenos transitorios. Es el perro sabio, concentrado, despreciativo, indiferente, que un día se hizo cortar la cola —porque es perro sin cola— para libertarse hasta de los propios y naturales sentimientos. Perro rabiosamente individualista, que no mueve la cola ante el regreso de nadie.

Marzo de 1950

Tomado de Obra periodística I Textos costeños (1948 – 1952)

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