Bitácora del lector: Reunión y otros relatos de Julio Cortázar (V)

reunion y otros relatos libro

Por Edgar Cuero Córdoba

Marzo 14 de 2016

Día cinco: La autopista del sur.

Veintiocho largas millas de cinta asfáltica. Seis hileras de carros particulares copando la autopista del sur (por algún motivo no utilicé la palabra coches). Destino París, domingo por la tarde. Inmovilización total entre Fontainebleau y la capital. Nadie sabe qué ha sucedido, se especula como en todo accidente vehicular: los muertos son varios allá adelante. Cada conductor, cada pasajero tiene una historia en su mente, la que conviene, la que sueña se convierta en realidad y los saque de esa quietud de carros estancados. Cabezas, rostros salidos por las ventanillas, averiguando, olfateando. Caminan avanzando tres, cinco, diez carros y devolverse sin tratar de ocultarla la rabia. Alguna vez en la vida hemos padecido este malestar. Leo y siento la pesadilla de los bloqueos vehiculares. Experimento con ellos casi a diario: atascamientos por marchas de desalojados del campo, manifestaciones de la rama judicial pidiendo justicia para ellos que no se la dan a los demás, las caminatas y arengas de los trabajadores en los primeros de Mayo, de los familiares de los secuestrados, taponamientos de gente contra el mal gobierno etc. etc.

El narrador muestra la situación, marcas de carros, las placas de su identificación y los rostros de los ocupantes. De aquí en adelante la razón de leer cae en una modorra inevitable. Ni el silbo de una jaracalla modifica la situación. Tres cuartas partes del relato atisbando la melancolía y abatimiento, la violencia comprimida de los ocupantes. Esa misma derrota (si no es derrota ¿qué es?) me invade en este instante sentado en un sillón al pie de una ventana con el relato en mis manos, con un sol mañanero alumbrando mis pantuflas. Siento el sofoco que acompaña a los personajes de la autopista, la desazón en sus rostros, su angustia. Sus risas falsas para con el vecino del lado. La mirada lasciva y penetrante para la muchacha que viaja sola. La felicidad de los campesinos que comen queso. El rosario de las dos monjas. La mujer de edad madura cuya belleza la abandona cada minuto. El soldado recién casado y su joven esposa. El hombre de rostro pálido inalterable. Los niños sin saber de incertidumbres. La juventud loca de dos adolescentes haciéndose notar como macacos. El hombre solo, sin emoción que piensa en tomar veneno en honor a su mujer que lo abandonó. Seis filas extensas de personajes pensando en que alguien les venda agua y maní, minutos de celular, piña en rodajas y trozos de papaya y sandía. Que un conductor se descontrole y salga en reversa u otro rompa la fila y se desplace por la berma a toda velocidad. O uno más sagaz invada el separador y arrastre con flores y machaque el pasto bonito y verde y llegue a París victorioso. Atrevimiento de psicología popular, sociología urbana de instintos bajos. Digo algo para ayudar. Mañas para ir desembotellando la autopista y no pernoctar toda una semana en ella; sufriendo nieve o sol, frío y lluvia. Avancen por Dios para que París siga siendo una fiesta y no una París retrete como quiere el narrador ofuscado. En realidad me descompongo al comprobar en el relato que la pasividad y la angustia se han hermanado innecesariamente. Por qué no abandonar los carros e irse a pie… avanzar… caminar… movilizarse… desplazarse… huir…

Lo cumplió. Se suicidó por Ivette. ¿Importó este hecho en el ánimo de la gente? Decidieron embalsamarlo en la porta equipaje de su auto. Luego se sumó la anciana cuyo cuerpo no aguantó la paralítica situación de centenares de carros en fila india. Malditos borregos metálicos le alcanzó a decir a su anciano esposo. Dos muertos y tan natural todo. Viene a mi memoria el libro Las uvas de la ira de John Steinbeck donde hay una situación semejante al borde de carretera. En esta novela se invierten los difuntos: aquí muere el abuelo y su esposa anciana que le dice al oído antes del deceso: “Te vas a morir viejo mañoso”.

El amarillo del sol se desliza junto al atardecer. En otro momento y lugar hubiera sido de ensoñación mirar al horizonte. No lo miraron. Solo uno miraba, el vigilante y adolescente precoz dando alaridos de alegría. La masa se movía, el eco de los motores arrancando llegaba como sonido de olas a la playa. Busco un mejor acomodo en mi sillón y agarro el libro convirtiéndolo en el timón de mi carro. Sé lo que se viene, sé de la desbandada de  pitos y cornetas, de no respetar las filas, de mirar por última vez su vecino de estadía y si es la muchacha sola que ya viaja preñada (ella lo quiso) mirarla con amor y deseo, emparejando los dos carros para no perderla de vista. Ella insiste en desaparecer, pitando para que le den paso, le den vía maldiciendo sin mirar al dueño de su sueño. Y el hombre cada vez más atrasado en su fila decide no perseguirla pensando que París es un retrete. ¿Y el envenenado? No nos interesa. Seguramente estará parqueado a la vera del camino. Leo desaforadamente como si estuviera conduciendo y pienso: “¡Que ningún malnacido se vaya a estrellar!”.

¿Y la anciana que murió de pena moral? El viudo debe de llevarla al lado del chofer consolándola: “Ya partimos mi vidita, no te preocupes”. La autopista del sur convertida en una salvaje pista de carreras lleva a seres humanos totalmente transformados en quinta velocidad, ya todos miran hacia adelante. ¿Me importa el vecino del lado? No para nada. Las hileras de carros suben y bajan como en un ascensor, los vecinos de toda la semana se han perdido, pueden estar atrás o adelante. No se sabe. Las monjas rezan a media voz. Los campesinos tomando vino que sacan de debajo de los asientos y comiendo queso rancio, ríen. Los adolescentes traviesos no dejan de ser macacos. El soldado y su esposa inundados de felicidad a ciento veinte por hora. Todos hacia adelante dejando atrás la pesadilla de los carros inmovilizados. “¡Acelerar hacia adelante. Todos hacia allá!”. Veo la autopista desocuparse paulatinamente. Los últimos carros corren apaciblemente. No Hay afán. Entre ellos va el Caravelle conducido por un hombre de rostro pálido que nunca se bajó del carro. Va acariciando el lomo de París era una fiesta de Hemingway. De pasajera lleva un póster de Catherine Deneuve y encima de ella el último álbum de Serge Gainsbourg: Rock a round the bunker de 1975.

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