Lecturas Perjudiciales

Bitácora del lector: Reunión y otros relatos de Julio Cortázar (IV)

In Lecturas en progreso on 17 marzo, 2016 at 11:42 AM

reunion y otros relatos libro

Por Edgar Cuero Córdoba

Marzo 1 de 2016

Día cuatro: Final de juego.

Son 7 ¿o son 14? Páginas de un color amarillo viejo que contienen esta historia de mucho corazón femenino y juvenil hinchado de amor. Tres mujercitas adolecentes viviendo con mamá y tía Ruth. Tres: Leticia, Holanda y yo. Soy la narradora. Por ahora no me interesas le contesto. Leeré esta pequeña historia con libre albedrío. Hombres, hay uno solo: el primo Tito, hermano de Leticia, no hace ninguna labor se está preparando para “la primera comunión”. Creo que cabe en esta categoría José el gato al que queman con agua caliente periódicamente. La “puerta blanca” del solar que da los rieles del ferrocarril, a la curva larga y rápida, a la pendiente de tierra y hierba. Plataforma y escenario de las tres. Según ellas el escape a su verdadera libertad. Su trinchera entre la realidad y los sueños.

Holanda y la narradora son hermanas y mantienen celos escondidos contra Leticia, aun sabiendo su limitación física. Y por ende contra Tito que se mueve libremente por la casa, la misma tirria la aplican también con José. Solo les importa la puerta blanca y salir a un mundo nuevo como hace Alicia en el país de las maravillas. Creo que están en todo su derecho, buscar su felicidad y sueños. Busco a Leticia para curiosearla y saber algo de ella. Si se mantiene acostada es por su enfermedad lo rectifico y que más puede hacer: leer aventuras rocambolescas, novelas góticas y antigua, aventuras de ficción. De estos estados de postración han surgido novelistas y hasta poetas muy importantes. En estos instantes la encuentro leyendo Turquesa la pecadora cuyo autor es Pierre Alexis Ponson du Terrail, escritor francés. Pero leer es lo importante, pienso. “De pie se parece a una tabla de planchar”, dicen las dos hermanas riéndose con ganas de Leticia. Holanda y la narradora se olvidan que cada una pesa 50 kilos y que son igual de flacas que su prima. Estas limitaciones no son excusa para buscar en ellas asomos de belleza. Algo hierve en sus cuerpos, en lo femenino de las tres. En estos instantes la narradora lleva un vestidito rosado transparente, Holanda uno amarillo y Leticia uno azul celeste, todos cortados con el mismo molde y sin mangas. Mi curiosidad se posa en los cuerpos de las tres adolescentes, veo dos puntos negros, dos lunares, o bien dos botones que figuran donde deberían estar sus senos. Me meto en la cocina y observo que Leticia es la dueña del caldo de hueso” y creo que dueña también de las frutas y las legumbres. La demás familia debe conformarse con ravioles solos y arroz.

Leticia es dueña de un cuarto solo para ella, mientras Holanda y su hermana duermen en uno más pequeño y con camarote. Descubro que Leticia está sometida a un tratamiento con medicamentos y vitaminas para que pueda girar la cabeza a los lados y doblar su cuerpo por la cintura. Nació con los huesos desgastados y  en vez de sangre en las venas le corre yeso licuado. La narradora y Holanda lo comentan en murmullo donde nadie las oiga principalmente la tía Ruth. Las observo con más determinación y noto que el encanto de la coquetería femenina se mezcla con la intención de hacer daño, esto se hace evidente en las tres. De todas maneras el encanto de ser mujeres sigue escondido en ellas. Pienso en Vladimir Nabokov estructurando una novela con estas pobrezas de niñas. Escogiendo y desechando. Rompiéndose la cabeza. Y a Humbert Humbert  con ojos hambrientos de lobo escudriñándolas a las tres. Cortázar las salvó de ser unas Lolitas. Las prefiero torturadoras de José, de ser maledicentes con Tito, de ser inocentonas, caprichosas, soñadoras, flacas y sin curvas, dando los primeros pasos para conquistar el universo de las calles, de la ciudad. Así lo quiere la mamá: “Acabarán en la calle estas mal nacidas”. Y qué mejor opción que el teatro, son teatreras, lo leo y me alegro porque sabrán engañar a la vida dejándola pasmada de felicidad. Estatuas y actitudes: la tarea de sus cuerpos para interpretar estos dos estados. Anhelos de público le sobran a las tres, el ruido del tren en la curva es su auditorio pasajero. ¿Y los aplausos? El escándalo de las ruedas metálicas brincando en las juntas de los rieles. ¡Tac, tac, tac! Para que más. El hombre ese de pelo amarillo y de gris vestido enmarcado en la misma ventanilla de todos los días con su sonrisa de dientes completos y su mano saludando como político. Y nosotras las estatuas infantiles, quietas, fundidas, interpretando la envidia, la muerte, la felicidad, al amor. Leticia triunfando en cada representación. Su enfermedad, y la tiesura de su cuerpo le dan la mano en las representaciones: “¡Qué belleza tan original de esa princesa china!”, exclaman los ocupantes de los vagones.

Todo se vino abajo, se descompuso con los celos de las tres cuando empezaron a caer papelitos desde el tren envueltos en tuercas y tornillos oxidados. Por ejemplo, aquí está el primero, leo el contenido escrito con letra chabacana: “Muy lindas las estatuas viajo en la tercera ventanilla del segundo coche, Ariel B”. Indudablemente se ha fijado en ellas, ha visto las representaciones. Y el segundo día aterrizó uno sobre un muslo de la narradora: “Las tres me gustan mucho. Ariel”. De todas maneras de las tres una debe de gustarle más. Lo de las tres lo dice por formalismo, seguramente le da pena de ellas. Y como las representaciones eran por sorteo, a Holanda y a la hermana les tocó representar de a dos veces seguidas y el tercer papelito no se hizo esperar y vino a embrollar o a aclarar toda esa ensoñación de amor en las nubes: “La más linda es la más haragana”. Los benditos papelitos siempre caían al lado de la narradora y este último le pegó en una mejilla. Ella estaba convencida que era la elegida. Holanda y la hermana tenían celos, su actitud y desespero por no ser ellas las favoritas era evidente. Quisieron hacerle la vida imposible a Leticia como dicen en las telenovelas, pero no, ellas esperaron mejor que la parálisis la derrumbara ante los ojos de Ariel B. y así quedarían como únicas receptoras de los papelitos del galán de ojos claros.

Leticia hace de Venus de Milo y su parálisis es su mayor y mejor talento para nuestro galán de pelo amarillo y ojos claros que estudia en el colegio inglés, se quiere tirar por la tercera ventanilla del segundo coche.

Esta vez no fue un papelito, fue una carta, mucho papel para lo poco que estaba escrito. Cayó al lado de la narradora confirmando que estaba predispuesta a que los papelitos siempre le cayeran a ella: “Mañana bajo en la estación. Las visitaré. El terraplén me guiará hacia ustedes. Saludos a las tres estatuas muy atentamente. Ariel B”. La alegría de las dos hermanas era indiscutible y físicamente todo se aclararía al verlas, Ariel de cuerpo presente, no en la rápida curva del tren. Me dio pena de Leticia, verla acostada y llorar copiosamente en medio de tanta almohada y tomos de libros de Pierre Alexis aquí y allá y leo los títulos sintiéndome entrometido en la vida privada de Leticia: La señorita Elena, Los amores de Aurora, Carmen la gitana, La cárcel de mujeres, La hermosa jardinera, de todos ha sacado fragmentos y con ellos escribió una carta para Ariel B. Y de soslayo leo la misiva. Disfruto lo que mi mente va guardando y a medida que leo mi opinión sobre estas tres mujeres va cambiando. Vladimir Nabokov con estas tres damas tiene material suficiente para una segunda Lolita.

Viene caminando lento, todo de gris. Holanda guarda entre el cinturón y la cadera, la carta que le entregó Leticia. Es alto y tímido, lento para responder y hablar. No parece el audaz que lanza tornillos y tuercas. Sus manos son pálidas y las dos mujeres —ya dejaron de ser niñas— lo miden con sus miradas febriles. Oigo que les cuenta que estudia en un industrial y ellas pensando en un colegio inglés, por eso tuercas y más tuercas. Holanda acaricia la carta con dos dedos ¿y Leticia? Pregunta Ariel B. Sus ojos son más claros por el refilón de sol que pega en su rostro. “No pudo venir”, dijo Holanda estática y seca como una estatua. “Qué lástima”, dice el hombre mientras acaricia el tul que le colocaron a Leticia cuando interpretó a Afrodita. Holanda no aguantó y le pasó la carta a Ariel. La carta aceleró la despedida. Se despidió de las dos mirando siempre la puerta blanca. La carta viajaba en un bolsillo del saco. Se despidió con un “Hasta siempre” y las dos bobas creyeron que se había despedido con un poema corto. Quedaron fascinadas.

Al día siguiente Leticia se empecinó en ser estatua. Llegó cargada de encajes y tules, de turbantes con pequeñas joyas sacadas al escondido de los cofres de mamá y de tía Ruth. Antes de llegar el tren a la curva, Leticia se encontraba en posición de estatua señalando el cielo con sus dos brazos y sus manos como saetas, con su cabeza echada hacia atrás; con una tiesura de su cuerpo que no podía ocultar. Así y todo estaba esplendida, magnifica, exuberante. En esos instantes recordé pasajes de la carta que le espié a Leticia: “Mañana en mi posición de Minerva, de diosa romana que representa la inteligencia, te señalaré hacia donde voy a partir, acompañada de ti, amor mío”, me acorde de otro trozo de escritura que me dejó divagando toda esa tarde: “Estas dos bobaliconas y celosas primas mías te van a invitar a que representes a Nerón con una lira vieja y rota de mi mamá Ruth; o si no para que hagas de Julio César y te van a echar las avispas del limonero y si esto no funciona en vez de puñales te arrojarán agua caliente como hacen con José”.

Desde ese día representan miles de posiciones, centenares de personajes y actitudes. Las estatuas brotan como hierba. El de los papelitos tirados nunca volvió a aparecer. Holanda y la narradora miran a Leticia interrogándola, su rostro no manifesta ninguna señal; ni cuando el tren vuela en la curva.

Ariel B. viaja en el segundo coche y en la tercera ventanilla del lado opuesto, mirando fijamente el río achocolatado que caminaba paralelo a los rieles del ferrocarril.

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