Bitácora del lector: Oscuridad en luz alta de Alejandra Lerma (III)

libro oscuridad en luz alta

Por Pablo Hernán Di Marco

No puedo leer un libro sin un lápiz en la mano, o en el bolsillo, o por lo menos en la mochila. Subrayo, marco, tacho, dibujo al margen caritas sonrientes o de enojo. Es mi manera de ayudar al autor a hacer de su escrito un escrito mejor, a fin de cuentas soy el coautor de cada libro que leo (espero que algún día  lleguen mis regalías, la esperanza nunca se pierde).

A poco de empezar mi lectura de Oscuridad en luz alta, un poema me llama especialmente la atención. Subrayo algunos pasajes:

        ¿Cómo será el rostro de mi padre cuando muera?

        ¿Llevaré zapatos altos al entierro?

       ¿En el hombro de quién recostaré mi cabeza?

       ¿Discutiré con mamá la frase del obituario?

       Me hago estas preguntas en una mañana cualquiera

       Mientras papá sirve un tazón

       de aguapanela humeante

       y me mira escribir

      sin saber lo que pienso.

Releo el poema. ¿Cómo se llama? “Futuro imperfecto”. Lo leo una vez más. Y otra. Me agrada percatarme de que caí en la red de la autora.

Todos los lectores cargamos una biblioteca. Una biblioteca conformada no solo por libros sino también por películas, canciones, pinturas, fotografías… Cada vez que leo un libro, veo una película o escucho una nueva canción, mi mente comienza a hacer asociaciones (algunas bastante lúcidas, la mayoría disparatadas) entre toda esa información acumulada. Algunos versos de “Futuro imperfecto” me remiten a “Si la muerte pisa mi huerto”, una vieja letra de Serrat en la que el catalán se pregunta quién, llegado el día de su muerte, “… se acostará en mi cama, se pondrá mi pijama y mantendrá a mi mujer”. Apostaría a que Lerma escucha a Serrat. Y si no lo hace debiera hacerlo, sé que le gustaría.

Pocas páginas más adelante me estremecen unas líneas de un poema titulado: “Poema a mi hermano muerto”.

     “Llevo una tumba conmigo

       Un ataúd atado a mi pecho”.

Sigo adelante. Subrayo unos versos de otra poesía llamada: “A la anciana que seré”.

     “Aún no nos conocemos

      pero estoy muriéndome

      de a poco

      para que existas”.

Brillante. Me reacomodo contra el respaldo del sofá y busco la solapa del libro. Quiero volver a ver la fotografía de la autora. No la busco a ella sino a la muerte. Quiero saber en dónde la guarda, en dónde la esconde. ¿En lo hondo de la mirada o bajo algún gesto? No lo sé, pero esta chica (me corrijo, esta mujer) lleva a la muerte consigo. Pero no la lleva como a un melancólico cliché adolescente-juvenil, tampoco para cultivar esa postura torturada que tan bien sobreactúan tantos escritores. Alejandra Lerma lidia con la muerte sin preámbulos ni artificios, como si no fuese otra cosa más que una vieja compañera que la acompaña desde siempre. Mi mente me dispara (una vez más) una imagen ridícula: la autora en un bar, sentada cara a cara con la muerte. Conversan animadas, por momentos incluso parecen sonreír cómplices.  Y Serrat de fondo, cantando “… de vez en cuando la muerte toma conmigo café… ”. ¿Por qué pienso cosas así? ¿Le pasará a todo el mundo o  solo a mí se me ocurren estupideces semejantes? Es tarde, tal vez deba seguir leyendo mañana e irme a dormir. No, no puedo. El libro me tiene atrapado.

¿En qué página estaba? En la 28. Arrimo el velador y sigo leyendo. Algunos minutos más adelante marco unas líneas que me reafirman lo que vengo pensando:

     “Me veo como a un cadáver

      que se viste

      Me acuno entre mis huesos

      a contemplar lo blanco del silencio

      Entre los escombros

      se levanta mi sombra”.

Poco importan sus veinticuatro años, la autora es un alma vieja. El mundo debe resultarle un lugar insoportablemente vulgar, previsible y anodino. Su edad no es otra cosa más que un accidente circunstancial, un mal necesario que debe atravesar para alcanzar lo que viene. Me recuerda a mi amiga Adriana. Las dos colombianas, las dos de insólitos veinticuatro años. Cuando conocí a Adriana pensé cuánto debía sufrir al cargar tanta juventud encima. La juventud. Pocas cosas de este mundo están más sobrevaloradas que la juventud.

Siento que me llama un poema que leí minutos atrás. Retrocedo algunas páginas y al fin lo encuentro. Vuelvo a leerlo y subrayo:

     “Mi boca no es discreta

     Tengo muy sucias las palabras”.

Lo sé, Alejandra. Lo sé.

Cierro el libro sobre mi pecho y miro la hora. Casi las cinco de la mañana. ¿Por qué sigo despierto? ¿Cómo haré para levantarme dentro de apenas dos horas? Debiera acostarme, pero sigo echado en mi sofá. No puedo desprenderme de algunos versos, sus imágenes me persiguen como aquella de: “Llevo una tumba conmigo, un ataúd atado a mi pecho.” Vuelvo a preguntarme cómo es posible que una chica así de joven pueda escribir con semejante aplomo. En lo que a poesía se refiere sostengo una ridícula teoría con la que nadie coincide: los escritores debieran empezar escribiendo novelas (a fin de cuentas hasta la novela más maravillosa es imperfecta), más adelante cuentos (que deben ser inevitablemente exactos como relojes suizos) y recién en la vejez poesía (para la que debiera requerirse cierta dosis de sabiduría). Es razonable que nadie coincida con mi impracticable teoría. Pero cuando leo algunos de los versos de este libro vuelvo a pensar que no estoy tan equivocado.

Al igual que el escritor, el lector también tiene obligaciones: recomendar los buenos libros, hacerlos circular para no dejarlos morir en esas bibliotecas que a veces no son más que cementerios de papel, y  de ser posible, intentar hacerle llegar nuestras opiniones al autor. A fin de cuentas, como dije antes, los buenos lectores siempre somos quienes terminamos de escribir sus libros. Así que mañana le escribiré a Alejandra. Si encuentro las palabras quisiera recomendarle que… no, ¿quién soy yo para darle consejos en relación a los años, la vida y la muerte? Me limitaré a decirle que leí sus poemas, que algunos versos lograron de veras conmoverme, que tiene el don de trasladar al papel imágenes perdurables, sensibles pero a la vez poderosas. Eso sí, intentaré ser moderado, no debo exagerar mis elogios. Pese a ser dueña de un alma vieja, a Alejandra Lerma aún le queda un buen trecho por recorrer. Que transite ese camino liviana, inconsciente de su destino.

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