Bitácora del lector: Reunión y otros relatos de Julio Cortázar (III)

reunion y otros relatos libro

Por Edgar Cuero Córdoba

15 de Febrero de 2016.

Día tres: El perseguidor.

En las primeras hojas de El  perseguidor, me cuenta: mucho artista llegando a París para embeberse por entero de la “Ciudad luz”. Descifrar su espíritu de “Musa”, seguir el rastro de los que dejaron trazado un camino. Muy buen camino, ni más faltaba en todas las artes. Me introduzco en un edificio de pensión de emigrantes por un patio negro, sin luz de sol y sin el soplo del aire de las nubes errantes. El negro saxofonista arrumazado en un  pedazo de mueble, desnudo, cobijado por una alfombra vieja llena de rotos. Difiero del autor que dice frazada. Bruno me lo cuenta, me dice: el sitio huele a mugre a pobreza. Me habla de Dédée, de su vestido rojo de lentejuelas que luce aparatoso ante tanta miseria, de su cuerpo hábilmente manejado para atrapar músicos en potencia de creación. Para calmarles el deseo de carne y el hambre por las drogas y el licor. Bruno me explica lo de Johnny Carter, ha botado el saxofón y no se sabe dónde, él dice que en el metro y todo por la marihuana y el coñac que le suministra Dédée. En este punto cavilo: la marihuana y sus trabas solo dan hambre desaforada, ojos rojos y ataques de risas infantiles (Por cualquier pendejada), altera la percepción agudizando la visión y el oído, como en el caso de Johnny la creación musical le bulle en cerebro y dedos, en la lengua, en los labios, en los pulmones. ¡Qué carajo! ¡En todo su cuerpo! Sin más preámbulos, me inmiscuyo en el relato y presento sin bombos y sin platillos a Charlie Parker metedor de heroína inyectada, el verdadero saxofonista, el ego consciente de Johnny Carter soplador de raquíticos cigarrillos de marihuana. ¿Debido a qué, caramba, Cortázar o Bruno no convirtieron de una vez a Johnny en un ogro heroinómano, cocainómano, dejándolo en el relato solamente como consumidor de un pacato pitillo de hierba, bañado con tragos de coñac barato de esos que dejan a la persona ciega? Debió de influir la época, el año en que se escribió la novela: 1959. Años de epístolas retardatarias, de golpes de estado, de la atmosfera moral para el pueblo raso; de la vigencia del cielo y del infierno (¿Cierto Bruno?) Bruno no contesta sonríe y me mira con malicia.

De suerte Dédée todavía tiene algo de café y una belleza vieja interesante. Les brinda café y cuerpo. Johnny se acomoda a su alfombra que lo arropa; Bruno prende un cigarrillo gauloises y le ofrece otro al saxofonista. Beben sorbos cortos de café, Bruno de siente complacido, nota que no rondan por la miseria, tienen algo que tomar. Dejo de leer y recuerdo que en El coronel no tiene quien le escriba, él y su esposa en el último recurso raspan el tarro del café de donde caen solo briznas de zinc. Qué alcahueta que eres, Bruno. Un sinvergüenza cuando le pasas la botella de ron a Johnny para que sacie su sed de locuras y sueños; necesitas que hable, que navegue en su  paroxismo inatajable. Que piense entrecortado, que sus ideas haya que atraparlas al vuelo y luego ensartarlas con aguja e hilo. Sé que por esto te elogia Johnny. Utilizas el tirabuzón para sacarle sus ideas, sus monólogos mochos. Me da rabia y asco leer esto. Y él te lo cuenta todo y tú le dices el libro va  ser bárbaro.

Leo y pienso en una tasa con tizana. Johnny me dice: la música me saca del tiempo presente introduciéndome en vericuetos sin salida. Es ahí donde toco con el alma. La música solo me sirve para comprender mejor mi terquedad de inmortalidad. Solo eso busco, has de creer. Al mismo tiempo Bruno me comenta que la droga y la miseria no deben de andar juntas y en ese estado siempre anda enredado el saxofonista. Bruno en los conciertos de Johnny va a la par anotando la música que va naciendo, sus críticas,  alabanzas o fanfarronerías, los solos instrumentales, los movimientos de su cuerpo, la interpretación de sus dedos, cayendo en depresión cuando Johnny paraliza al auditorio con su interpretación.

Mientras leo hago memoria de artistas que han caído en este problema de las drogas y llego a Héctor Lavoe siempre tarde a los conciertos, a las grabaciones, olvidándosele las letras. Inyectándose a más no poder la espuma blanca de la discordia. Benny More con el hígado destrozado por el ron cubano. Charlie Figueroa por la misma razón. En fin son muchos. Gloria a los genios. Hago este ejercicio para meditar y descansar de la lectura de lo que han dicho hasta ahora Johnny y Bruno. Debo de seguir este proceso para concluir el viaje de hoy.

Johnny me cuenta su estadía en París. De tres mujeres que han sido muy generosas con él: Dédée, la marquesa Tica y Baby Lennox. Por lo menos lo han solventado en sus necesidades básicas: comida, sexo, drogas y alcohol. Con esta bitácora no voy a navegar por acantilados donde pueda naufragar pasaré por un lado timoneando firmemente. Por ejemplo, para qué citar y enfrascarme en la situación del incendio de la pieza del hotel y su desnudez en el pasillo. De salir descalzo en un estudio de grabación. No sabían que él necesitaba bajar a tierra. Por qué escandalizarse si ya Cesaria Evora lo hacía en cada presentación, llamada también “La diva de los pies descalzos”, alcohólica ella, internada en sanatorios también. De sus llegadas tarde a las presentaciones con el saxofón alto colgado en el hombro igual a tula de cartero. De no ir a grabar. Para qué relacionar la muerte de su pequeña hija, son intimidades de familia. Para qué comentar las semanas enteras perdidas en drogas y alcohol. Sus semanas internado en sanatorios, sus intentos de suicidio. Ya existe una película. ¿Entonces? Por qué no hablar mejor de las horas de grabaciones que hay almacenadas sin llevarlas al acetato, de la creación del “bebop” con Miles Davis y Dizzy Gillespie. De tantos tríos y cuartetos, de un quinteto fenomenal que dejó configurados. Esto es hablar de Charlie Parker. De Johnny Carter. Ahora hablaré con Bruno.

Hablemos del libro, de tú libro sobre Johnny, le comenté a Bruno. He leído que el público del jazz, solo quiere escuchar la música no quiere nada de análisis profundos sobre los ritmos y por eso no quieres maquillar la imagen de Johnny; lo quieres dejar como siempre: “…Seguir presentando a Johnny como lo que era en el fondo: un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado como tanto músico, tanto ajedrecista y tanto poeta del don de crear cosas estupendas sin tener la mayor conciencia (a lo sumo un orgullo de boxeador que se sabe fuerte) de las dimensiones de su obra…”. Esto es insano le digo a Bruno que fuma y me mira de reojo. Te has apoderado de Johnny exprimiéndole su cerebro, te has convertido en su sombra, espiándolo, bebiendo de su grandiosa música y le pagas faranduleramente diciendo de él que es un pobre diablo de inteligencia mediocre. Te arrastras muy feo Bruno ¿o todo esto te lo dictó Cortázar? Lo veo fruncirse e incomodarse, luego me contesta sin dejar de fumar: A la gente le gusta así, lo adoran de esa manera, mientras más se intoxica, más amor le brindan en el escenario. Mira la producción que acaba de salir: “Amorous” los fanáticos lo compran en cantidades y el libro a la par, es buena competencia.

Quiero terminar la lectura esta noche, me aferro al libro, me ajusto a Cortázar y a la densidad de su escritura, a la defensa de su gusto por el jazz, dejando quieto en su pedestal a Charles Christopher Parker. Dándole vida al miserable de Johnny Carter para poder descargar en él, sus reproches, publicitar aún más sus vicios, castigándolo con ser un pobre marihuanero aturdido (Porque no le diste heroína a Johnny o cocaína, le reclamo nuevamente) ayudando a bajar el humo a sus pulmones con chorros de coñac barato (No hubo ni wiski ni ajenjo). ¿Será que París es eternamente frío?

El trayecto es largo y culebrero. Me preparo unas tizanas de manzana con apio en una tasa generosa para el largo aliento que me espera. Cuatro galletas integrales van desapareciendo en mi lengua a medida que soplo la humeante tasa.

Me pongo pesado y terco esta noche, agarro el libro de igual manera que cuando una mujer no quiere dejarse besar. Y sigo el cuestionamiento. Leo que Johnny le confesaba a Bruno en cada audición, en cada presentación, que la música, su música lo sostenía, que navegaba en los solos de su saxo alto eternizándose con el tiempo, a veces sin importarle el desgaste de los otros músicos, brotando la música como si estuviera preñado de ella. ¿Qué quieres? Le dice Bruno, eso es lo que sabes hacer y lo anota en la libreta que siempre carga y saca cuando Johnny comienza a desvariar. No olvides que mi música es mi Dios, no lo olvides Bruno. Qué se va a olvidar si necesita sacar el libro, una segunda edición sin reformarle nada, pienso yo. ¿Será esta misma novela corta? ¿Será El perseguidor el que está escribiendo Bruno? La novela o el cuento ya tienen fama, entonces por qué seguir echándole barro al pobre Johnny. De entrada porque no se la jugaron Cortázar y Bruno con Charlie en vez de Johnny. ¿Hubiera sido igual el éxito del libro? No más era recalcar lo que ya se sabía de la vida del saxofonista. ¿O la novela necesitaba más ficción? Te pregunto a ti Bruno. ¿O me remito a Cortázar?

No sé si Bruno lo dice con sinceridad, le presto más atención. El problema de Johnny es el fantasma de la marihuana, (Dale nuevamente, si la venden ya en cajetillas. Por qué no le suministraron cocaína) me lo dice cabizbajo sin mirarme.

Él no tiene grandeza porque en Johnny habita otro fantasma. No intervengo, lo dejo que siga. Uno lleno de grandeza, el otro, el fantasma falto de toda una dimensión, el que se da contra la pared cada que quiere, cada que desea. Johnny se porta como el chimpancé que quiere aprender a leer y no importa que fracase con la droga y el licor; siempre nos molerá a palos con su música. No tiene grandeza, por eso se da contra los muros. En este momento me puse escamoso y le dije a  Bruno, te voy a contestar despacio, sin ofenderme, son las 2 y media de la mañana y aún me falta leer y sé que es una minucia pero te la digo. Por qué no decirle pájaro, en vez de chimpancé, pájaro, ese es su apodo en el mundo musical, es más hasta identificarlo se puede: gorrión, mirla, cuervo, águila, cóndor, gaviota, hay tantos nombres de pájaros o de la gallina también. Y decirlo como conviene: Johnny el pájaro o Johnny la gallina. Johnny el pájaro se da contra los alambres de la jaula quiere salir y volar y dejar la música tirada en el plato donde le dan el alpiste. Qué harían ustedes si el volara, quedarían huérfanos, limitados, perdidos en las marejadas de la teoría del jazz. Le digo a Bruno. Chimpancé y paredes y muros no caben en el saxofonista. Inteligencia limitada tan poco. Aquí me enojo y grito: “¡De cuál grandeza hablan ustedes! ¿Qué grandeza? ¡No les basta con su música!”. Mi mujer me susurra desde el cuarto: “¿Te sucede algo Edgar?”. Le contesto: “Estoy leyendo en voz alta”. Es falta de respeto para quien les ha dado ideas, brindándoles su cuerpo, su vida para que penetren en ellas como voyeristas implacables. Les ha dado toda su música de primera mano. El  ha hecho famoso tu libro Bruno, te sostiene las ventas. Yo insisto, debieron de involucrar a Charlie de una sola, no embromarlo con fantasmas que hacen sufrir a los lectores y le crean disyuntivas al escritor. No ponerlo a consumir marihuana que ya está legalizada terapéuticamente, sino algo más duro. Claro que en 1959 había que ir a los cementerios a fumarla plácidamente sentado sobre una lápida con un ramo de flores en la mano para disimular. Pobre Johnny tuvo que cargar la múcura con toda esa agua sucia que le brindo Cortázar. ¿O Bruno?

Yo creo que si Charles Christopher Parker. Jr. (Bird – Yardbird) se levantara del libro y me viera a las tres de la mañana sacando con la lengua conchos de tizana a la tasa, nuevamente moriría de la risa.  Precavido me curo en salud por si esto llega a suceder: busco en la red al Thelonious Monk Quartet y escucho “Round Midnight” por si las moscas.

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